[Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes].

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Relato breve

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Estoy empezándome a hartar de este hospital, son demasiados meses ya. Ser un anciano parece que ya no te da derecho a entrar en muchos protocolos sanitarios y eso me desanima. Además de tener que soportar, por culpa de los recortes, una atención deficitaria y con mala cara. Yo entiendo que están desbordados, que no dan a basto, pero mi crítica situación precisa de una atención más humana; menos mal que sobre la mesita tengo mi salvadora Biblia.

Todo principió con problemas de riñones que, después, se extendieron al hígado por obligarle a trabajar a unas revoluciones que ya no soporta. Y es que hay tratamientos que te arreglan una parte de tu cuerpo para, a continuación, destrozarte otra. Ese es el destino fatal de los añosos en franca decadencia. Y ahora se ve que unos virus o unas bacterias, la ignorancia siempre está presente, se han hecho fuertes en mis pulmones y me temo que en otros sitios; son las pulgas del hombre viejo.

Tengo fiebre, no mucha, pero lo suficiente como para que el vecino de habitación, mucho más joven que yo, tuviera la amabilidad de quitar la TV de los cojones. Pero no lo logro de ninguna manera. Siempre con programitas de mierda en los que no saben hablar si no es para insultarse. ¿Por qué no pondrá, alguna vez, un programa sobre caza o alguna película mítica del oeste, que es lo que me gusta? Encima, cuando me descuido, ya está seleccionando el canal deportivo para ver el maldito fútbol y, para más inri, se recrea viendo a su equipo del alma -cómo no- al que le tengo inquina por ser mucho más que un club. ¡Si por lo menos me diera una alegría con una corrida de toros de vez en cuando!

Mi precaria salud, añadida al poco cariño que ponen en cuidarme como persona que soy, me ha obligado a contratar a una joven de rostro dulce que se queda con mi mano y toda mi paga, a cambio de sonreírme de vez en cuando. Es un analgésico angelical. Me va muy bien porque los dolores se intensifican y el médico dice que no me hacen falta más calmantes. ¡Qué sabrá él si necesito más calmantes! Estamos llenos de mediocres que deciden por nosotros y eso es mortal. Hacerse mayor es un problema pero hacerse un cadáver en estas circunstancias es mucho más conflictivo de lo que debería de ser aconsejable.

Las noches son fatales para dormir: cuando no entra una auxiliar para cambiar las bolsas de orina, entra una enfermera para verificar cualquier cosa. Siempre alzando la voz, como si fuera mediodía. Que si la temperatura, la sonda, los sueros… Eso sí, encendiendo todas las luces para joderte mejor, aunque únicamente atiendan al burro del vecino. Tengo un foco encima de mis ojos que, desde que han cambiado las bombillas por unas de ledes para ahorrar, parece que me esté interrogando el CNI todas las putas noches. Y al alba, las escandalosas limpiadoras Y esas descargas ensordecedoras de inodoros que parecen hechas adrede para asustar. Vamos, una odisea poder dormir más de una hora seguida. No entiendo tanta indiferencia. Como respiro fatal, hoy me han conectado a un tubo que me facilita el oxígeno. Parezco un perro con bozal y no paro de mirar a mi cuidadora personal con disposición canina.

En su diaria visita, ayer, el médico estuvo más estirado de lo habitual; tiene un ego, que no para de engordarlo, malsano, mas bien mórbido. No ha querido responderme a unas preguntas que emanan de mi curiosidad y preocupación. Y se ha ausentado diciéndome: “Usted no tiene por qué preocuparse de esos temas”. ¿Que no tengo que preocuparme de mi salud? ¡Cada vez me saca más de mis casillas! Yo creo que me tiene tirria, al igual que las enfermeras, por padecer fobia a las manipulaciones médicas. Cuando uno rompe con los moldes del comportamiento establecido, aunque sea por un motivo psicológico contrastado, ya molesta, desbarata la rutina y con ella los tiempos, que son de oro. Pero un profesional debe de entender y encauzar mi sufrimiento añadido, prestándole la atención que debe. ¿Qué culpa tengo yo, si la sola visión de una aguja hipodérmica desbarata mi mente? ¿Que ellos son dioses?

Esta mañana me veo muy descompuesto y aunque la visión de mi lozana cuidadora me da ánimos para seguir, continúo sin comer lo necesario. Me han amenazado con colocarme una sonda de alimentación forzada. ¡Pero si esos menús no hay quién se los coma, coño! Y, abatido, he decidido esperar la visita del médico, aferrado a mi Biblia. Cuando ha entrado en la habitación acompañada por la enfermera jefa de la planta, le he dicho a mi amor -sí, mi amor; ahora a la cara angelical he decidido llamarla ‘mi amor’ y ella me sonríe pícara-, que le hiciera saber al médico que se arrimara a mí, pues quería decirle algo muy importante e intimo.

Cuando lo tuve pegado a la mascarilla y atento a mis palabras, abrí la Biblia, introduje la mano en su interior para aferrar la empuñadura del reducido revolver y cerré los ojos al tiempo que le descerrajaba un tiro sobre su cabeza. Sin perder la serenidad, a continuación, tiroteé a la cincuentona enfermera jefa, que pretendía huir de la habitación sin llegar a conseguirlo. Mi vecino, parece que asustado, corrió la cortina para ver qué estaba sucediendo, facilitándome acabar con él y la TV mediante dos certeros disparos consecutivos. Después, miré a mi aterrado amor y, mandándole un beso al aire, me pegué un tiro en la sien acrecentando el trabajo extra de las limpiadoras.

Tengo que reconocer que ese último tiro me costó más de lo previsto, porque por un instante olvidé que mi dulce y estrenado amor era interesado.

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Enrique Masip Segarra [2014]. © Todos los derechos reservados.

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Mihály ZichyObra de Mihály Zichy [Hungría, 1827-1906], fechada en 1895 y relativa al fallecimiento de Alejandro III de Rusia [1845-1894] en su sillón, acompañado por su esposa, la emperatriz consorte María Fiódorovna. Museo ruso de etnografía [San Petesburgo].

NOTAS.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes, son aportados por EQM.

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