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El papá, la bandera y el belén

Que no se rompa un plato, parecía el mensaje. Un plato progre, claro. Tratemos de evitar que don Felipe aparezca como un símbolo para que la ciudadanía le acoja como uno más: menudo inmenso error.

Vamos a marginar la bandera de España, a los Reyes eméritos y, particularmente, a nuestro medieval belén. Nada de meterse en belenes: un buen, predominante y nórdico árbol de Navidad como fondo, detrás de la ventana, será más que suficiente.

Y la sala de estar que parezca la de un hogar de clase media donde la foto afectiva sea de un viaje al Caribe o el sofá luzca impoluto y vacío, como esos que se reservan para visitas distinguidas en las casas burguesas.

El Rey, en sus formas, como siempre, temiendo los falsetes, absolutamente desprovisto de empatía, sin las menores dotes para la interpretación ni ganas de aprenderlas y queriendo el imposible de quedar bien con todos. Y con una imagen de peluquería queriendo a/parecer como más viejo de lo que ya va siendo, es decir, transmitiendo inseguridad.

Una pena. Muchos somos, creo, los que mantenemos la esperanza, como monárquicos funcionales, de que la Corona preserve, cuando menos, la Historia de España y su solidaria cohesión territorial: pero vamos por mal camino.

Ninguna referencia sólida al medio milenio ni al afan incondicional del Rey a que cesen las soberbias territoriales y prevalezca la igualdad de derechos y obligaciones de la ciudadanía en todo el territorio español.

Nada sobre un terrorismo que no ha depuesto las armas ni sobre el dolor de unas víctimas que nos alcanza a todos, también a él.

Ni una palabra sobre el golpismo nacionalista catalán y sus delincuentes.

Mutis por el foro también ante la revolución sociológica que está suponiendo la irrupción de Pablemos y su radical cuestionamiento del Sistema.

Eso sí: mucha poesía tipo hablando se entiende la gente y arrimando el hombro o unidos somos más fuertes, sin perjuicio del poético y hediondo respeto a las sempiternas boberías identitarias.

Se veía venir: TVE ya nos advirtió del exceso de vanas ilusiones redivulgando, en los prolegómenos, también la patética imagen de Felipe como chofer del Artur.

Parece que no aprendemos. Sin necesidad de la situación extrema que sujetó a/en España la Corona el 23F, con un Juan Carlos condicionando su reinado a la existencia de la democracia, bien podría don Felipe, un día de estos, advertir al pueblo español, es decir, a los poderes y sus mayordomos, que él sin una España única -o sea, nada de país de países, federalismos asimétricos, ni majaderías similares- y sin unos ciudadanos iguales y libres, en derechos y deberes, cualquiera que sea la región y el folclore imperante donde residan, deja la Corona y se larga.

En fin, lo mejor del mensaje pertenecía a un discurso anterior:

“El pasado mes de octubre afirmé en Asturias que necesitábamos referencias morales a las que admirar, principios éticos que reconocer, valores cívicos que preservar. Decía, entonces, que necesitábamos un gran impulso moral colectivo. Y quiero añadir ahora que necesitamos una profunda regeneración de nuestra vida colectiva.”

Sugiero, pues, que se decida a dejar bien claro por lo que no va a pasar y que alguien le ayude a transmitir qué quiere ayudarnos a conseguir y cómo lo va a hacer.

EQM

Mensaje de Navidad de Su Majestad el Rey.

pd.- Algunos ejemplos de faltas de puntos sobre las íes, con mucho temor:

“Por eso me duele y me preocupa que se puedan producir fracturas emocionales, desafectos o rechazos entre familias, amigos o ciudadanos.”

[yo me preocuparía de los autores que llevan años produciendo tales fracturas]

“En un mundo que no acepta ni la debilidad ni la división de las sociedades, y que camina hacia una mayor integración.

[En una España que no no acepta ni la debilidad ni la división de las sociedades, y que camina hacia una mayor integración].

“Los desencuentros no se resuelven con rupturas emocionales o sentimentales. Hagamos todos un esfuerzo leal y sincero, y reencontrémonos en lo que nunca deberíamos perder: los afectos mutuos y los sentimientos que compartimos.”

[tótum revolutum: desencuentros, ruputuras, esfuerzos, y mucha emoción y sentimientos; en vez de denunciar el oringen secesionista de los desencuentros].

“Somos una democracia consolidada. Disfrutamos de una estabilidad política como nunca antes en nuestra historia.”

[Ni somos una democracia consolidada ni disfrutamos de una estabilidad política como nunca antes en nuestra historia].

“Regenerar nuestra vida política, recuperar la confianza de los ciudadanos en sus instituciones, garantizar nuestro Estado del Bienestar y preservar nuestra unidad desde la pluralidad son nuestros grandes retos.”

[Esta frase, precisamente, contradice la anterior: si hay que luchar por ello es que estamos siendo vencidos en tales cuestiones].

“Tenemos capacidad y coraje de sobra. Tenemos también el deseo y la voluntad. Y hemos de sumar, además la confianza en nosotros mismos.”

[ni capacidad, ni coraje, ni deseo, ni voluntad, ni confianza].

“Esa es la clave de nuestra esperanza en el futuro. La clave para recuperar el orgullo de nuestra conciencia nacional: la de una España moderna, de profundas convicciones democráticas, diversa, abierta al mundo, solidaria, potente y con empuje.”

[precisamente estamos perdiendo esa clave, por falta de orgullo en nuestra conciencia nacional, esa ya gran desconocida].

Necesitamos el Rey

Salvador Sostres en El Mundo, 261214.

ME PARECE muy bien que el Rey insista en cortar de raíz la corrupción pero la corrupción no es el gran problema de España. Es un problema, pero es un problema pequeño y controlado, y aunque a veces con retraso, los corruptos acaban pagando.

El gran drama de España no es la corrupción sino los que toman los casos de corrupción como excusa para esparcir su populismo y su mediocridad, su rabia convertida en ley por la cobardía de los que en lugar de alzarse contra su infamia y expulsarles de la ciudad se doblegan ante su demagogia cabalgante por el miedo de perder votantes. Luego igualmente los pierden, pero ya es tarde.

No nos hace falta un rey para defendernos de la corrupción. Nos basta la legislación vigente. Necesitamos al Rey para luchar contra el populismo y su violencia extensísima, para combatir las fauces de la turba, siempre dispuestas a arrasar cualquier indicio de convivencia, de prosperidad o de belleza.

Tal como en su primer discurso de coronación Juan Carlos miró a los vertiginosos ojos del franquismo y tuvo el valor de enterrarlo, el mayor reto al que Felipe VI se enfrenta es a la masa envalentonada, a los jueces que queriendo ser ejemplares se olvidan de ser justos, a las hienas que siembran el mundo de mentira y miseria exagerando la corrupción y elevándola hasta los discursos reales.

No nos hace falta un rey para decirnos que todo y todos podríamos ser mejores, para eso tenemos nuestra ciudadanía y nuestra conciencia, y a Dios que nos ama y nos mira. Necesitamos que el Rey batallador ahuyente el falso pesimismo, y la desolación también falsa, y nos libre de la tentación de caer en las garras del populismo, que es la peor dictadura de nuestra era.

Darle la razón a la gente, que es lo que Felipe VI hizo en su discurso navideño, no sólo es lo fácil sino que es lo barato, y no sólo no nos ayuda a resolver ningún problema sino que vuelve más hondo el gran problema que tenemos. Ni son tiempos para la tibieza, ni son tiempos para la complacencia, ni son tiempos para dar vueltas y más vueltas sin decir nada.

Soy monárquico y siempre lo he sido. Creo en la tradición y lo hereditario me parece más fiable que la democracia. La Historia más gloriosa la han escrito reyes admirables. Y precisamente por ello prefiero una república a un rey hermoso y vacío como un jarrón chino. Sin honor sólo somos parodia y las parodias siempre se desvanecen, dejándonos desnudos y muy frágiles. Hasta el sufragio universal es preferible a un rey del postureo o cobarde.

Tenemos la fe, tenemos el desafío, y tenemos la esperanza puesta en el Rey Felipe. Si comparece y nos ayuda, con su preparación y su fortaleza en nuestro esfuerzo por continuar siendo libres, juntos podremos escribir las páginas más brillantes que jamás haya escrito España. Lo hicimos con su padre y podemos volverlo a hacer con él: la Historia nos aguarda.

Pero si su estrategia es la de doblegarse, la de rendirse por miedo de perder o de luchar, que lo diga hoy, ahora, sin demorarse. Cuanto antes sepamos que estamos solos, sin Señor ni estandarte, antes podremos prepararnos para dar la gran batalla con las fuerzas que tengamos. Si conviene siendo muchos menos, si conviene sólo con nuestras manos y sin ninguna otra esperanza.

Discurso de Rey

Santiago González en El Mundo [Orbyt] 251214.

El primer mensaje navideño del Rey Felipe VI a los españoles fue, como cabía esperar, un discurso de continuidad con los 38 pronunciados por su padre como titular de la Corona. Está bien que así sea. En los protocolos sucesorios de las casas reales es ritual el grito “El Rey ha muerto. ¡Viva el Rey!” como expresión de la continuidad de las Monarquías, que aborrecen de ese horror vacui que llaman ‘interregno’.

Los discursos reales son así en la monarquías parlamentarias. Esto suele molestar al senador Anasagasti, que se pasó la primera mitad del reinado de su padre, pidiendo a Don Juan Carlos que interviniera en los asuntos de Gobierno, en una clara añoranza del Antiguo Régimen, de las monarquías absolutas, de cuando los antecesores del senador se reunían bajo un roble y obligaban al rey de Castilla a peregrinar por cuatro iglesias llamadas ‘juraderas’ para, como su propio nombre indica, jurar los fueros y, a cambio, ser aclamados como señores de Vizcaya.

El caso es que Don Felipe empleó ese estilo alusivo y perifrástico que emplean los reyes para referirse a las cosas, los problemas, los asuntos que dan guerra a los españoles. Decir sin decir, aludir sin dar nombres. Los espectadores más atentos, si es que la atención intelectual fuese una actitud compatible con la televisión, y más en nochebuena, pudieron pensar que estaba aludida su propia hermana en el capítulo de la corrupción. Las entrañas de la oca son en este tiempo la sintaxis y los más sensibles habrán buscado la intención a “cortar de raíz y sin contemplaciones la corrupción”.

Dijo ‘Cataluña’ con toda claridad, -aunque no citó a Artur Mas-, y nos previno contra las rupturas emocionales y sentimentales con una idea fuerza que ha repetido un par de veces desde su nombramiento: la unión hace la fuerza. No criticaré el tópico coloquial, si el juez que ha empapelado a la Infanta usó como Razonamiento Jurídico un eslogan de publicista.

La España que desea y que esbozó en su mensaje: “moderna, con convicciones democráticas, diversa, abierta al mundo, solidaria, potente y con empuje”, es la España deseable para la mayoría de los españoles. Tuvo un detalle final al desearnos feliz navidad en castellano, euskera, catalán y gallego, o sea, en español, tal como debía de pensarlo el poeta bilbaíno Gabriel Aresti al también poeta Tomás Meabe: “sólo es español quien sabe, Meabe, las cuatro lenguas de España”.

Una novedad real que ofrecía el discurso de este año, lástima, ha sido una ausencia, la de un recuerdo para las víctimas del terrorismo, esos españoles en quienes los efectos de lo que su padre llamaba sistemáticamente ‘la lacra’ son permanentes, por más que hayan desaparecido los atentados. Hay centenares de familias que anoche tuvieron, un año más, una silla vacía en algún lado de la mesa. Esto lo expresó muy bien Pilar Ruiz, la madre de los Pagaza, en aquella nebulosa que Zapatero llamó ‘proceso de paz’, cuando el Gobierno presumía de llevar dos años y medio sin muertos: “yo llevo tres años con uno”.

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Notas.-

Enlaces [en azul] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

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