[Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes].

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Relato breve

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Recuerdo aquella noche calinosa en la que nos miramos prendados por primera vez, fijamente, bajo la marquesina de la parada del autobús. Creímos los dos que estábamos frente a algo quimérico, virtual, un cartel publicitario iluminado. Y cuando redujimos la distancia se manifestó la realidad: eramos de carne y hueso.

Aprovechando tan extraordinaria verdad, decidimos abrazarnos con todos nuestros miembros. Día y noche; era un plano secuencia perenne. Y nos fuimos a vivir apretadamente juntos como si nos hubiesen envasado al vacío, sin fecha de caducidad.

Tiempo después, contra todo pronóstico, tuvimos que enfrentarnos a la siempre dura separación, romper la envoltura traslúcida que nos arropaba y establecer caminos distintos. No sé si por falta de hijos que nos unieran o porque cada uno entendió su desarrollo gradual de diferente manera. Ya se sabe que la evolución personal siempre es un enigma. Y anduvimos durante un tiempo pletóricos de gotas salíferas.

Debido a la mala situación económica decidimos repartir nuestros bienes sobre un papel, pero dejándolos donde siempre, porque no cabía la posibilidad de afrontar los gastos de una vivienda por separado. De esta manera nos fue imposible distanciarnos en exceso y cada uno se fue a vivir a un cuarto diferente, abandonando la habitación de matrimonio con todos sus enseres y renunciando a entrar de nuevo en ella.

Pasaron muchos años y muchos noviazgos por el piso. Algunas veces, le tocaba disfrutar las relaciones amorosas a uno solo y, en otras, coincidíamos ambos; mas siempre separados. En esas ocasiones de simultaneidad recuerdo como bullía la casa de emociones. Pero en ningún momento se rompió nunca el acuerdo inicial, ni la cortesía. Cada uno lo vivía aisladamente del otro, para sí mismo. Eramos únicamente compañeros de piso muy respetuosos, como verdaderos amigos.

Aquellas aventuras que nos conmocionaban el cuerpo y la mente nunca cuajaron y duraron hasta que el abuso del tiempo licuó en exceso nuestra enérgica y densa sangre, sufriendo las temidas carencias pasionales. Privaciones en principio aceptadas con naturalidad, como se acepta el paso de los días. Mas la insistente melancolía, la añoranza de épocas deseables, abrió la puerta del desván para reencontrarnos con nuestra vetusta historia.

El primero en romper el pacto fui yo. En su ausencia empecé a entrar en nuestra vieja habitación de matrimonio y, después de quitar el polvo de la colcha, me sentaba relajadamente a recordar el placentero pasado. Más tarde fue ella quién tuvo la necesidad de evocar a través de aquella estancia, la historia de amor que hubo entre nosotros.

Y en una ocasión en la que coincidimos de forma fortuita, mudos los dos, con un gesto de reconocimiento nos miramos tiernamente un buen rato, mostrando sin pudor el declive de los párpados. Hasta que un ánimo vigoroso acercó nuestras ajadas manos, apiñándolas.

Estirando el silencio, nos dispusimos a limpiar la habitación al unísono y a dejarla purificada tal que una patena, como si acabáramos de disponerlo telepáticamente. No digo que la esencia de lo que fue nuestra pasión estuviera presente, pero algún rescoldo mágico de ella se coló en nuestras vidas en ese instante en el que, lagrimeando las sonrisas, decidimos que era el momento de volver a vivir apretadamente juntos, sobre nuestro indeleble lecho de amor.

Esperando plácidamente la caducidad que marque el negro cuervo posándose sobre el cabezal.

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Enrique Masip Segarra [2015]. © Todos los derechos reservados.

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Johannes ZitsYaciendo juntos [2006], de Johannes Zits [Canada, ?]. Vía Johannes Zits.

NOTAS.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes, son aportados por EQM.

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