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Putas, butano, Almodovar e IVA

En este mundo irreflexivo lo lógico es que los Gobiernos den una de cal y otra de arena. Es decir, ni puta idea.

Y digo puta porque hoy ha salido el Ministro Fdez y Fdez, que lleva Interior, para decir en el telediario de TVE que va a perseguir el puterío, algo perfectamente legal, a base de incinerar a los clientes, es decir, millones de ciudadanos que también le votan -o, más bien, le votaban-.

En vez de dedicarse, en cuerpo y alma, a lo ilegal de estas cuestiones: perseguir a las delictivas mafias que controlan la delictiva prostitución imperativa. Y perseguir que las putas y los putos, como cualquier ciudadano, cumplan con sus obligaciones con Hacienda y con la Seguridad Social. Y sean controlados sanitariamente, por el bien de todos.

Con una particularidad: localizar a los delincuentes de uno u otro signo en este sector, es sumamente fácil. Tan sencillo como era encontrar y notificar personalmente al billetero de Monedero antes de que éste hiciese voluntariamente su declaración complementaria. Y tampoco se logró.

Pero quiero aportar especialmente el asunto actualizado con motivo de la la horrible gala del Cine español: los Goya. Con el acostumbrado demagógico desprecio de Almodovar incluído: poner a parir al Wert por el IVA sin querer caer en la cuenta que TVE se ha gastado un dineral nuestro, de nuestros impuestos, que no emplea, qué sé yo, en pintores, escritores o músicos. Me gustaría conocer, por cierto, qué dineral nos ha costado esta anual feria mercantil y las razones de tal discriminación.

También llama la atención las loas a la televisión pública -que, además de aportar el dinero público, lleva semanas dándonos el coñazo en los telediarios con el anuncio de la gala- en contraste con las descalificaciones al Gobierno de España. ¿Es que alguien piensa que en TVE se gasta un duro sin permiso de Montoro? ¡Venga ya!

Y ya que hablamos sobre el IVA: voy al contenido de mi viñeta. Cómo estará la sociedad de invertebrada que permite que estos señoritos estrellas se quejen de contínuo del IVA sin que nadie salga a la calle para gritar que les aplican exactamente el mismo porcentaje que el marianismo hace pagar al humilde comprador de una botella de butano para cocinar o calentarse.

El mismo: 21%.

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IVA

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¿Los Goya? Hasta la perra se durmió

Solo Dani Rovira y Antonio Banderas salvaron una noche que parecía eterna

Carlos Boyero en El País, 080215.

Entiendes que después de tanta penuria, deserción o desprecio de esa cosa tan necesaria llamada público, más la imposición de un IVA tan brutal como desproporcionado, todo el cine español haga suyo un año tan venturoso en el que se hace añicos la certidumbre de que los manipulados espectadores no sienten amor hacia el producto nativo y se demuestra que pasarán por taquilla si ese producto les hace reír, crea tensión, entretiene, da miedo, hace sentir, gusta —películas apoyadas por la interminable, extenuante y productiva maquinaria publicitaria de las cadenas de televisión que las han financiado y de las que no tienen duda que van a funcionar, que poseen una sólida materia prima, pero que multiplicarán la audiencia si la tele y todos los derivados de ese mercado se las están vendiendo al amado público hasta en la sopa—, convence a la demanda de que la oferta compensa, de que la pasta que se han gastado en la entrada está justificada.

También imaginas que esa alegría colectiva del gremio se transmitirá a los millones de mirones que desde nuestras casas vamos a seguir su fiesta en noche tan trascendente, que la gracia y el espectáculo reinarán, que la ceremonia nos enviará a la cama con una sonrisa feliz. La han adelantado al sábado, pensando con sentido de la lógica y de la oportunidad que la audiencia será más amplia al no tener que madrugar gran parte de ella.

Me dispongo a verla en soledad, en pijama, calentito, en ese sofá con el que me he casado. Pero unos hospitalarios amigos me convencen para que disfrutemos juntos los Goya en su casa. Bendita sea su invitación, pienso al final de la gala. Ellos cabecean peligrosamente o se han quedado fritos. Hasta la traviesa y protectora perra, que nunca para de ladrar a los visitantes, reposa a mis pies vencida por Morfeo. Yo sigo despierto mediante esfuerzos épicos. Me pagan por ello.

Son las dos menos cuarto de la madrugada. El presunto jolgorio comenzó a las diez de la noche. Y no han existido esas pausas publicitarias que alargan la programación hasta el mareo del receptor. Ha durado 226 minutos, pero mi sensación es de que ha transcurrido una eternidad. A pesar de estar gratamente acompañado, compartiendo risas, aliados contra el muermo.

Y lo peor es que la movida empieza bien. Dani Rovira tiene gracia, espontaneidad, descaro. Su parodia sobre el agradecimiento y las dedicatorias de los premiados es divertida. Estalla el llanto entre algunos de los galardonados. Tal vez abusivo para el receptor, pero bueno… ellos sabrán, y además el corazón tiene razones que el cerebro no entiende, decía no sé quién. Y es bonito ver bailar claqué. Y llega un momento de especial brillantez. Es cuando un actor con justificadas condiciones de estrella, llamado Antonio Banderas, lee con el tono preciso, pausas, miradas, un texto tan largo como bien escrito. Y te crees su emocionado gesto final y la voz quebrada al hablar de su hija. Tiene lo que hay que tener. Es un profesional. Le acompaña un Almodóvar extrañamente taciturno, contenido, casi ausente, que sigue heroicamente el impagable consejo de no hablar de sí mismo, aunque dedique una perla envenenada y desdeñosa al fajador Wert, que no pierde la sonrisa.

Enrique González Macho recuerda a las autoridades presentes lo bien que se lo montan con su cine los Gobiernos estadounidenses, franceses, colombianos y dominicanos. Hay sutiles coces para todos. Seguro que bajarán su castigador IVA cuando se acerquen las elecciones. Y todos respetamos y queremos a Asunción Balaguer.

Tras la cansina, aunque también dadaísta aparición de un hombre orquesta que nadie sabe qué pinta ahí, comienza el derrumbe. Hasta Rovira decae en su vis cómica. Los jocosos e interminables cantes de dos ¿humoristas? andaluces pueden provocar sonrojo. Y los premios se van dilatando o parecen infinitos. Y el cine español que vendrá. Y yo qué sé. Pero suplicas: “Que no puedo más, que se acabe de una puñetera vez”. No hay manera.

¿Necesito repetirme hasta la náusea afirmando que La isla mínima me parece una película muy buena, que Alberto Rodríguez rebosa personalidad y talento, que las interpretaciones de Bárbara Lennie y de Javier Gutiérrez me provocan inquietud, que Karra Elejalde compone un personaje memorable? Ojalá que este año se haga buen cine en España y en cualquier lugar. Pero, por favor, que acorten la duración de los Goya. O que les otorguen vidilla.

El lobby de los Goya

Juan Ramón Rallo en Libre Mercado, 090215.

La Gala de los Goya siguió el guion cinematopolítico y terminó convirtiéndose en un acto de resistencia fiscal contra el Gobierno, representado por el ministro Wert. El auditorio se constituyó en un clamor unánime contra las subidas de impuestos o, mejor dicho, contra la subida de impuestos. Porque al parecer, y atendiendo al discurso oficialista de los Goya, desde que el nefasto Ejecutivo del PP llegó al poder sólo se ha producido un sangrante incremento fiscal: el del IVA cultural.

“Ya va siendo hora de que nos bajen el maldito IVA”, exclamó el presidente de la Academia de Cine, Enrique González Macho. Nótese el complemento indirecto de la oración: nos. Porque de eso se trata justamente: el IVA cultural es un impuesto malo porque les afecta directamente a ellos, a su negociado; todos las demás brutales subidas de impuestos impulsadas por Montoro durante esta legislatura –más de cincuenta padecidas por los españoles de todas las condiciones– o no merecen consideración alguna o, incluso, son subidas buenas, en tanto castiguen a los más ricos.

Ciertamente, no pretendo que la Academia de Cine se instituya en el representante de los intereses del pueblo español (aun cuando muchas veces se haya arrogado ese papel, convirtiéndose en “el mundo de la cultura”, “los intelectuales” “o la conciencia crítica” de los españoles): lo lógico es que concentre sus esfuerzos en defender sus propios intereses, y sus propios intereses pasan en este caso por reclamar legítimamente una reducción del IVA cultural. Que nos bajen el maldito IVA. Ahora bien, precisamente por ello jamás deberíamos haber perdido de vista que la Academia de Cine es un lobby: un grupo de presión constituido para orientar la acción del Gobierno hacia la defensa de sus intereses privativos, al margen de cuáles sean los intereses del conjunto de los españoles.

Desde luego, no estoy afirmando que la Academia de Cine sea el lobby: son un lobby más –unos cazadores de rentas más–, y no particularmente poderoso frente a otros grupos de presión con muchos más recursos y mejores conexiones. Pero sí son un lobby que convendría que la ciudadanía española comenzara a percibir como tal, para así filtrar sus bondadosas palabras. A la postre, el propio González Macho recalcó durante los Goya que había que convertir el cine en un “tema de Estado”; entiéndase, pues, el mensaje que verdaderamente estaba emitiendo como director de este lobby patrio:

“Nuestros intereses particulares merecen una mayor consideración que los intereses particulares de cualquier españolito de a pie, y por eso estamos legitimados para que el Estado instrumente su coacción contra los españoles y a nuestro favor.”

Puede que ni siquiera los propios integrantes de este lobby patrio se reconozcan en ese mensaje –la fuerza del autoengaño es muy poderosa–, pero ése es su discurso de fondo: reivindicamos simultáneamente la necesidad de maximizar las subvenciones al cine y de minimizar los impuestos que soporta el cine; esto es, reivindicamos recibir las máximas transferencias del Estado y hacernos cargo de las mínimas transferencias al Estado. Puedo entender, aunque no compartir, el discurso de aquellas personas que reclaman un mayor gasto público aceptando que tendrán que contribuir a financiarlo con mayores impuestos; también puedo entender y compartir posiciones con aquellos otros que abogan por unos menores impuestos siendo conscientes de que ello acarreará un menor gasto público. Lo que no puedo ni entender ni compartir –salvo desde la sectaria óptica del lobby– es que uno reivindique un mayor gasto público sin estar dispuesto a contribuir a financiarlo fiscalmente: las mieles para mí, las hieles para los demás.

Ojalá la ciudadanía española vaya tomando conciencia de que el comportamiento habitual de la inmensa mayoría de actores en la esfera público-estatal no es más que una permanente impostura para lograr instrumentar la coacción estatal en su privativo interés. La Academia de Cine es sólo una anécdota dentro de una categoría, por desgracia, infinitamente más amplia. Si de verdad queremos librarnos de la lacra de los lobbies de todas las corrientes y orientaciones, nada mejor que minimizar el intervencionismo estatal: sin BOE, no hay lobbies que valgan.

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El gran discurso de Antonio Banderas

Todo lo que tengo se lo debo a mi profesión, a la que preferiría denominar vocación, pero mucho más importante que esto, lo que realmente le debo no es tanto lo que tengo, sino lo que soy.

La vida como una aventura y quizás como un juego. Siempre me ha gustado la palabra jugar, incluso para definir mi tarea como actor, o director, o productor… Esto debe servir para revelar la verdadera naturaleza de quien ahora les habla. Decía mi paisano más ilustre don Pablo Picasso que ¨venía de lejos, pero era niño¨… pues eso, niño.

Si desde una de esas butacas pudiese observar a ese otro yo llamado Antonio Banderas, premio en mano, habría de reconocer, que el que está aquí subido no solo me pertenece a mí, sino a mucha gente, a todos esos que le fueron añadiendo trozos de vida, piezas de un puzzle de distintos colores, y formas. Todos esos ojos que me marcaron un camino, esas bocas que hablaron palabras sabias, esas almas que me acompañaron hasta donde hoy estoy, hasta este mismo escenario. Todos ellos son yo, y de alguna manera yo también soy ellos.

Si miro hacia atrás me veo viejo, pero si echo la vista hacia adelante me veo muy joven. En la propia naturaleza del galardón que hoy recibo, no por un trabajo en concreto sino por una trayectoria, va implícita una reflexión que se bifurca en dos direcciones, una hacia el pasado y otra hacia el futuro.

De esa mirada al pasado surgen nombres propios, Gigantes del cine y la farándula, con los que tuve la suerte, el honor y el privilegio de compartir la pantalla, en ese plató llamado vida, a un lado y otro del Atlántico. personas que dejan huella en los que, como yo, fuimos afortunados de cruzarnos en su camino. Entre esos nombres, muchos conocidos, reconocidos, admirados y celebrados, pero también entre esos que en algún momento fueron parte de mi vida hay personas a los que el público no conoce, personas que nunca estarán nominadas, a los que nadie pedirá un autógrafo, que no caminan sobre las alfombras rojas, ni son deslumbrados por los flashes de las cámaras y que sin embargo son parte de la gran familia del cine. Carpinteros, pintores, electricistas, conductores, especialistas, compañeros, amigos con los que compartí y quiero seguir compartiendo muchas horas, muchas historias, muchos recuerdos,en esas vidas en miniatura que son los rodajes.

Todavía con la mirada en el pasado me veo obligado a recordar y rendir tributo a la figura de dos personas a las que vi hacerse cada vez más pequeñas desde la ventana de un tren Costa del Sol, a las seis de la tarde de un 3 de agosto de 1980. Eran mis padres que asustados de que su hijo hubiese sido víctima de un ataque de insensatez, lo despedían esperanzados de que la razón se impusiese finalmente en la mente de ese niño que fui, y que sigo siendo. Pero la razón perdió la batalla, porque no era la mente sino el corazón lo que me guiaba. Una misión y una determinación viajaban conmigo en ese tren. La misión: convertirme en aquello que admiraba, en esos seres mágicos que desafían al tiempo, y al espacio. esos que me habían hecho viajar a la vez, en una extraordinaria pirueta artística, tanto a los lugares más lejanos, como a los más recónditos de mi alma, los actores.

La determinación: nunca, nunca volvería a mi Málaga con las manos vacías.

Ahora con este Goya en las manos alguien debe pensar que mis objetivos se cumplieron, y efectivamente es así, pero solo de forma parcial. La aventura continúa y la ruta se hace más complicada y por lo tanto más apasionante, especialmente ahora, en tiempos de crisis, pero, esta profesión siempre ha vivido en crisis. Estamos acostumbrados, somos un colectivo de supervivientes. A veces me he preguntado si el confort y la tranquilidad de lo que es estable, y permanente me permitiría acceder a los complicados entresijos de una vida en el arte. No, la crisis es nuestro estado natural, debe de serlo, hemos de asumir y abrazar la inseguridad de nuestra profesión. Es el caos el mejor aliado de cualquier artista, debemos disfrutar con las manos sucias en el barro que debemos moldear y con el aliento de la incertidumbre que proporciona tanto el éxito como el fracaso tras el cuello. En ello hemos de obligatoriamente vivir.

Hoy, con la figura de don Francisco de Goya en las manos sé que son nuestros artistas, nuestros intelectuales, y nuestra cultura la mejor manera de saber lo que somos, y de cómo hemos llegado hasta aquí, y observando algunos de los paisajes que se ven a través de esa ventana brillante que todos tenemos en nuestras casas y darnos cuenta de que la mediocridad se ha convertido en el mayor negocio de nuestro tiempo, hemos de volver a mirar con los ojos bien abiertos para tratar de desentrañar cual es la advertencia que se esconde tras las obras de Goya, o de Picasso, para maravillarnos de cómo fueron capaces Falla, Tárrega, Albéniz o Granados para encajar a España en una partitura, o Cervantes, Unamuno, Valle Inclán, Lorca, Machado, Cernuda, Albornoz o Ayala tatuando sobre papel las miserias y grandezas de nuestro pueblo, también expresado, por supuesto, por Buñuel, Berlanga, Saura, Erice, mi queridísimo y admiradísimo Pedro Almodóvar, así como tantos otros.

No sé si este premio me llega cuando me tenía que llegar, o si lo merezco, pero creo haber sabido sobrevivir con dignidad y constancia entre los bosques de las subjetividades, las mermeladas del éxito, los páramos desiertos del fracaso y las luces de gas. Pero si algo me hace sentir este galardón es un impulso a apresurarme, a deshacerme de aquello que me ha servido hasta ahora pero que ya no quiero seguir usando. Sé que este reconocimiento establece casi como si de un pistoletazo de salida se tratase una carrera contra el tiempo para no dejar lo realmente importante en el tintero, para entregarme en cuerpo y alma a encontrar los caminos que me quedan por recorrer, y que, espero me lo perdonen por expresarlo de esta manera, creo, deseo, y sé, que serán los definitivos, aquellos en los que más se me reconozca, porque ahora me he dado cuenta de algo que en mis inicios estaba oculto, o quizás no completamente identificado. Ahora se de forma clara que elegí este camino, y opté por subirme a aquel tren porque de forma inconsciente sabía que la cultura y el arte eran la mejor manera de entender el mundo en el que me había tocado vivir.

No importa lo lejos que me llevo mi propia trayectoria como actor, y el agradecimiento que siento por el mundo de Hollywood, que es mucho por lo bien que allí se me ha tratado, y se me ha considerado. O el respeto que siento por mis hermanos hispanoamericanos. Tienen ustedes que creerme cuando les digo que cada vez que terminaba un plano, una secuencia, una película, mi mente estaba puesta en España, no en Arizona, en Cleveland o en Ohio, no, no, para mí lo importante era saber como se vería este trabajo en mi tierra, y para ser más específicos en Málaga, y para ahondar aún más, en mi barrio.

Termino ya haciendo una alusión directa al futuro. No en el mío, sino en el de nuestro cine, pues aquí, esta noche se concentra un número importante de gente joven que aparte de tener gran talento han sabido rápidamente adquirir un compromiso y una responsabilidad para con ustedes, el público, del que reclaman un espíritu critico que los haga ser mejores, un entendimiento claro de los parámetros en los que se mueve el cine español que los acerque a la realidad de nuestra situación precaria en relación con otras cinematografías, y sobre todo yo les reclamo para ellos, para esas nuevas generaciones de actores, directores, y profesionales del cine, el cariño, y el apoyo que les haga sentir y saber que su esfuerzo y su sacrificio no cae en saco roto, que merece la pena esforzarse para representar a nuestra cinematografía tanto dentro como fuera de nuestras fronteras.

Creo que todo premio debe de ser dedicado, y yo mandaré esta dedicatoria a quien quizás haya sufrido más mi pasión por el cine, mis ausencias prolongadas, mis compromisos profesionales. Es la persona de la que me perdí los mejores planos, las mejores secuencias, y que sin embargo ha sido mi mejor producción. Te dedico este premio pidiéndote perdón, a ti Stella del Carmen, a ti hija mía.

Me voy, pues acaba de comenzar la segunda parte del partido de mi vida.

Gracias.

Fuente: El País.

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Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

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