.

El Roto ep 270315Viñeta de El Roto [A. Rábago, España 1947], para El País 270315.

El debate homosexual

Jesús Laínz, en LD, 280315.

“Nosotros, pareja gay, decimos no a las adopciones gay. Basta hijos de la química y úteros en alquiler. Los hijos deben tener un padre y una madre”.

Estas horrorosas palabras no han salido de labios de un cardenal ni de un fascista ni de un ignorante retrógrado ni de un odioso homófobo. Las han pronunciado nada más y nada menos que Domenico Dolce y Stefano Gabbana, la pareja homosexual más conocida e influyente de la moda italiana.

Pero no se han quedado ahí, pues han admitido que, aunque les hubiera gustado ser padres, su condición de homosexuales se lo impide, pues “la vida tiene un recorrido natural, hay cosas que no se deben modificar. Una de ellas es la familia”. Por lo que se refiere a ésta, Dolce ha afirmado:

Nosotros no hemos inventado la familia. La ha convertido en un icono la Sagrada Familia. Y no es cuestión de religión o estado social, no hay vuelta de hoja: tú naces y hay un padre y una madre. O al menos debería ser así. Por eso no me convencen los que yo llamo hijos de la química, niños sintéticos. Úteros en alquiler, semen elegido de un catálogo. Y luego vete a explicar a estos niños quién es la madre. Procrear debe ser un acto de amor. Hoy ni siquiera los psiquiatras están listos para afrontar los efectos de estas experimentaciones.

De no ser las de dos homosexuales, estas palabras habrían provocado el linchamiento universal de cualquiera que hubiera osado pronunciarlas, pues en los países de asentada corrección política mencionar estos asuntos está casi tan mal visto como negar la Trinidad en el siglo XVI. Sin embargo, a pesar de la mordaza impuesta por la ideología homosexualista, en lugares como Croacia la mayoría de los ciudadanos han decidido en referendo prohibir el matrimonio homosexual. En Eslovaquia, donde están prohibidos el matrimonio homosexual y la adopción por parejas homosexuales, se ha celebrado recientemente un referendo inválido por insuficiente participación pero que ha recogido un 90% de votos a favor de mantener la prohibición. Lo mismo sucede en otros países, sobre todo de la Europa oriental, como Rusia, Ucrania, Polonia, Letonia o Lituania. En cuanto a Europa occidental, en Grecia e Italia el matrimonio homosexual sigue sin estar reconocido. Los homosexuales irlandeses, checos, alemanes, austriacos y suizos sólo pueden regularizar su situación como uniones civiles, y en la muy progresista y laica Francia, a pesar de estar autorizado el matrimonio, el debate está lejos de cerrarse.

El discurso dominante pretende reducir el asunto a la existencia de amor. Si existe el amor, ¿dónde está el inconveniente para el matrimonio? El problema de este argumento es triple. Por un lado, el amor no tiene por qué ser el único elemento fundacional del matrimonio. De hecho, durante siglos ha sido muy secundario, cuando no ha estado ausente. Por otro, además del amor entre los contrayentes habrá que tener en cuenta los derechos de los terceros, en concreto la situación de unos hijos adoptados obligados a carecer de un padre y una madre. Y, finalmente, si el amor es la única condición, nada impediría abrir la puerta a la poligamia, todavía delito en el Occidente excristiano y legal desde hace milenios en otros ámbitos religioso-culturales. O a la consagración matrimonial del incesto, sin duda existente de facto aunque conserve su condición de tabú y en el que nadie podrá negar la existencia del amor.

Evidentemente, las parejas homosexuales son tan dignas de respeto como cualquier otra pareja. Nadie tiene nada que decir contra ellas. Sin embargo, la casuística matrimonial evidencia numerosos problemas de variada naturaleza que quizá conviniese tener presentes. Por ejemplo, hace poco, en nuestro país, dos hombres anteriormente casados con sus respectivas mujeres se divorciaron y, posteriormente, tras optar por la homosexualidad, se casaron a su vez. Uno de ellos no tardó en demostrar su dominio a golpes. La indefensión con la que se encontró el agredido, al acudir a la instancia de protección contra la violencia llamada “de género”, consistió en que la ley sólo concibe ese tipo de violencia si la ejerce un varón sobre una mujer. En Inglaterra, un hombre, tras treinta años de casado y varios hijos, se da cuenta de que se siente mujer. Ni se opera ni se implanta, simplemente comienza a ponerse pelucas y a vestir ropa de mujer. Y continúa viviendo con su esposa e hijos como si nada hubiera cambiado. ¿La explicación? Que ella es mujer, pero lesbiana. En los Estados Unidos, una mujer transexualizada en hombre se casa con un hombre transexualizado en mujer, castración incluida. Como esta última, a pesar de representar el papel de mujer, no puede quedarse embarazada, el primero, que, a pesar de reclamar ser hombre, conserva el útero, recurre a la inseminación artificial de un tercero para poder tener descendencia. Ahora, en Argentina, un hombre transexualizado en mujer se casa con una mujer transexualizada en hombre. Y llega el embarazo. Naturalmente, en el útero del esposo. Y naturalmente, con el espermatozoide de la esposa. Confusa situación para su prole.

Estas situaciones extremas, contempladas con estupor por la inmensa mayoría de la sociedad, incluidos muchos homosexuales, evidencian un problema de hondas consecuencias personales, psicológicas, familiares, educativas, jurídicas y sociales. Y para resolverlo con justicia y humanidad hace falta pensarlo y debatirlo sin mordaza.

Escándalo y confusión

Una cosa es adoptar, pero no creo que nadie tenga derecho ético a ‘tramitar’ un recién nacido que carecerá desde la cuna de padre o madre.

Fernando Savater en El Correo, 290315.

En nuestra confusión planetaria actual, sólo se escandalizan por lo que ven o lo que oyen los conservadores. Claro que conservadores los hay de todas las salsas o pelajes, de izquierdas y de derechas, beatos y ateos, belicosos y pacifistas… Unos se escandalizan ante el sufrimiento de los inocentes y otros ante la falta de castigo de los culpables. Hasta hay conservadores del mero sentido común, que se estremecen con los disparates y las inconsecuencias que oímos diariamente por parte de unos y de otros. A mi juicio no es malo ser escandalizable (forma parte de la cordura ser conservador de algunas ideas o de ciertas actitudes), pero sí refugiarse en el mero escándalo ofendido para no tener que explicar los valores que uno defiende o en qué consiste lo inaceptable de la conducta que nos escandaliza.

Un reciente escándalo mediático ha sido el causado por los estilistas italianos Domenico Dolce y Stephano Gabanna que, frente a las adopciones por parejas del mismo sexo, han defendido el derecho de los niños a tener padre y madre y el modelo de familia tradicional. Lo cual ha despertado la indignación de Elton John, Madonna, Jorge Javier Vázquez y otros pensadores contemporáneos, así como los vítores entusiastas de la prensa de derechas y de representantes del clero. Como he escrito varias veces sobre la cuestión, incluso despertando también cierto griterío aunque a escala mucho más modesta y doméstica, quisiera intervenir en la polémica con algunas precisiones que me parecen necesarias no para disipar el escándalo sino más bien para escandalizarnos mejor, como diría el lobo a Caperucita.

Dejemos de lado la invocación poco afortunada a la familia ‘tradicional’. Las tradiciones familiares no sólo son distintas en los diversos países y culturas, sino que dentro de cada modelo han variado sustancialmente a lo largo de las últimas décadas, por no remontarnos más atrás. En un país como España, por ejemplo, que sin duda conserva aún vivas tradiciones familiares muy arraigadas, los modelos de convivencia doméstica han variado sustancialmente desde mi infancia por influjo de la incorporación de la mujer al mundo laboral, el tipo de vivienda urbana, la frecuencia de la separación legal de parejas, la aceptación de formas de sexualidad ayer prohibidas, etc… Sin romper totalmente con los vínculos familiares antes usuales, las formas de convivencia doméstica se han hecho más complejas y variables aunque siguen brindando cobijo y afecto como siempre han hecho. La única tradición que no varía es la de querer tener una familia, por mucho que cambien las pautas por las que se rigen los diversos modelos.

Pero en lo que tienen razón los dos estilistas italianos es en poner el énfasis en los hijos que han de crecer en cualquiera de esas familias. Porque los adultos pueden acomodarse a la forma de convivencia que mejor les parezca o más adecuada sea a sus circunstancias laborales o eróticas, pero los niños tienen en cambio sus propias exigencias y no están en condición de exigirlas por sí mismos. Y aquí hay que hacer una distinción fundamental. Una cosa es criar niños adoptados, que han perdido a sus padres biológicos o no pueden ser mantenidos por ellos, y otra encargar a una probeta o un vientre de alquiler la procreación de un infante que venga a satisfacer las ansias de paternidad de quien no puede verlas cumplidas sin tal prótesis.

En cuanto al primer caso, cualquier persona o personas con afán de dar cariño y los debidos requisitos intelectuales y éticos (ni que decir tiene, casi da vergüenza mencionarlo, que sus preferencias sexuales nada tienen que ver con su idoneidad moral) es adecuada para adoptar menores y en algunos casos será meritorio que lo haga. Pero se trata de cuidar, criar y educar, no procrear. Llegado el momento, tendrán que informarles de su origen y los interesados deberán asimilar esa noticia como puedan o sepan. En el segundo caso, poco hay que objetar si se trata de una pareja heterosexual con problemas de fertilidad y que necesitan ayuda científica para reproducirse. Pero en cambio no creo que nadie tenga derecho ético –aunque sea legal en algunos países– a ‘tramitar’ un recién nacido que carecerá desde la cuna de padre o madre. Nadie debe arrogarse la facultad de programar huérfanos. Los seres humanos somos fruto del mestizaje de los sexos y de un apasionamiento entre géneros distintos, a veces feliz, otras desdichado, pero que nadie tiene derecho a obviar por procedimientos industriales. Esa filiación de padre y madre es la raíz de lo humano, convertida por nuestra imaginación simbólica en origen de la aventura que cada cual protagoniza sobre la tierra.

Como bien ha dicho Stephano Gabanna, no se puede tener todo y hay formas de vivir la sexualidad que, aunque irreprochables éticamente, excluyen procrear hijos. En cambio no impiden cuidar huérfanos ajenos, tratando de procurarles todo el afecto y el conocimiento que les sea posible. Sin duda hoy existen ya más formas de familia de las que la tradición ortodoxa conoce: pero ninguna debe privar a nadie deliberadamente de tener padre y madre, aunque luego la biografía dicte caminos muy distintos de relación con ellos.

•••

Notas.-

Nenuco.- Marca comercial española de productos infantiles.

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

Anuncios