[Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes].

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Relato breve

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Siempre anhelé un hijo y llegó a ser una obsesión conseguirlo. Durante mi vida no dudé en separarme de varios hombres porque sus semillas no fructificaban en mi vientre, eran incapaces de darme lo único que podía satisfacerme. Situaciones adversas que me consumían. Y presentí que debía haber alguien perdido entre los pobladores del planeta que esperaba su oportunidad para preñarme.

Y fui en su búsqueda. Me dediqué con ahínco a yacer con todos los varones que se cruzaban en mi camino con la intención de conseguir dar con él antes de envejecer del todo. Era una forma de no perder el tiempo que ya me era escaso.

En pleno periplo quedé preñada, no dando crédito al hecho hasta que me vi frente al espejo con la sonrisa de primeriza. Saltaba de gozo viviendo el embarazo como una lotería de esas que cuando te sale el premio gordo te lo pagan mensualmente, dándote una alegría permanente, alargándote la dicha y haciendo que saborees día a día las buenas sensaciones.

Aquello que iba a ser un acontecimiento maravilloso, el alumbramiento, lo convertí en el gran espectáculo de mi vida con la ilusión de compartirlo con los que podían ser el padre de la criatura, que eran muchos. Pero más tarde pensé en ampliarlo a la totalidad de los que estuvieron yaciendo conmigo pues, de alguna manera, formaban también parte del éxito definitivo.

Los reuní en una sala de fiestas de la ciudad que cerré para tal propósito. Y con la intención de hacerlo todo más fácil y natural, opté por parir a mi hijo en el agua. Para ello hice traer una bañera espaciosa y transparente. Quería disminuir la adrenalina y el dolor, relajar todos mis músculos y poder dilatar más fácilmente. Era, además, la única forma que podía imaginar para que todo el mundo observara y participara de mi momento.

Después de saludar cariñosamente a un público tan amado, me despojé de las ropas y sumergí, suavemente, mi cuerpo desnudo en la calidez de la descarada bañera. Y empezó la máxima visión, relajando el ambiente con las melodías más bellas de Mozart y Strauss, interpretadas por la mejor orquesta que encontré.

A continuación, siguiendo un parecer natural muy extendido para adelantar el parto, que aconseja, a partir de la semana treinta y ocho, hacer el amor muchas veces para estimular el cuello del útero favoreciendo su dilatación, invité a todos los espectadores a participar activamente. Fue una locura de sexo que al ritmo de las más populares polcas, fueron pasando todos y cada uno de los presentes sobre mi receptivo cuerpo pleno de vida. Nadie se quedó si añadir su granito de arena hasta llegar las ansiadas contracciones.

Todo fue más rápido y sencillo de lo esperado y mientras el niño salía, precioso, deslizándose entre mis muslos tal que un delfín, el coro masculino más galardonado de mi ciudad, acompañado por todos los asistentes, modularon sus voces con fuerza y verdadero sentimiento interpretando el Aleluya de Händel. Tras flotar en el agua placentera, lo cogí con mis brazos alzándolo plena de orgullo de madre para que aspirara todo el aire de su nuevo mundo y fuera admirada su inmensa belleza. Entonces, un aplauso ensordecedor acompañó al primer llanto de mi tan deseado hijo. Me sentí una diosa. Y lo abracé hasta brillar perennemente.

No tardó más que unos pocos minutos en empezar a mamar con dulzura de mi pecho izquierdo mientras, curiosamente, abría y cerraba cada uno de sus ojos de forma alternativa siguiendo un ritmo que me dio grima. Me recordaba el tic-tac del tiempo que se nos lleva y que rechazo. Poco después, cambié de pecho y siguió comportándose del mismo modo, como un autómata, hasta que, en un momento, me dio la sensación de escuchar en sus adentros la disonancia ahogada y profunda de una alarma que me hizo estremecer coincidiendo con el cierre definitivo de sus ojos. Aquella divina criatura dejó de succionar. Yacía muerta sobre mis brazos y todo mi trémulo cuerpo se apretujó sobre ella queriendo emular al capullo de las crisálidas, esperando que se hiciera adulta, aunque fuera en otra dimensión.

Un silencio sepulcral cercenó el ambiente; los músicos y el coro, lagrimeando, empezaron a interpretar el Réquiem de Amadeus, al tiempo que mis lamentos y lloros irrumpieron egoístamente extendiéndose por toda la sala como alaridos vesánicos. Deseaba desaparecer de la vida con mi niño. Y mi cerebro entró en pérdida vagando desorientado por los abismos del húmedo inconsciente.

Pero milagrosamente experimenté un enérgico y animoso deseo antes del temido impacto: escapar del asolamiento. Intuí claramente como la vida, siempre tan generosa, me ofrecía una nueva oportunidad. Era la ocasión. Y cuando finalizó el ruego por su alma, sequé mis lágrimas y me hice fuerte sabiendo que no había tiempo que perder. Y le dí al deceso con la puerta en las narices apuntándome al sentimiento grato y vivo.

Invité, entonces, a todos los asistentes a que intentaran ayudarme a engendrar un nuevo hijo al que yo pudiera amar, para lograr la nueva paz definitiva. Y, sonriendo plena de optimismo, abrí los muslos al compás del Himno de la Alegría de Beethoven, aguardando al primero de todos ellos.

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Enrique Masip Segarra [2015]. © Todos los derechos reservados.

enriquemasipsegarra.wordpress.com
enmasecs@hotmail.com

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Diciembre de 2011 en Osaka. Himno a la alegría. Del cuarto movimiento de la Sinfonía nº 9 de Beethoven [1823]. “Oda an die Freude” [Oda a la alegría], que es el nombre del poema original escrito en 1792 por Friedrich Schiller. Dirección: Yutaka Sado. Keiko Yokoyama, soprano; Masako Teshima, mezzo-soprano; Satoshi Nishimura, tenor; Eijiro Kai, barítono; Coro formado por 10.000 aficionados de Osaka y Sendai; Sendai Orquesta Filarmónica. En homenaje a las víctimas del tsunami de ese año. Encuentro anual para cantar en alemán este poema, que para los japoneses inspira mucha fuerza, determinación, perseverancia y despierta el espíritu de unidad entre las personas. Vídeo vía Kokoro Kara.

NOTAS.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes, son aportados por EQM.

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