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r rato ep 170415De la fot. de L. Sevillano en la portada de El País, 170415.

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El cogote

Quemadas las efigies ejemplarizantes de la Pantoja y el Ortega Cano y ante el temor al imparable ascenso de C’s, Mariano, el regenerador, opta por servir al pueblo la bandeja con la cabeza de su excontrincante a la Presidencia del Gobierno de España. Los medios, echando humo, cagando leches: detenido, detenido el Rato.

¿Cómo que detenido? ¿Detenido o retenido? ¿O qué? Al rato ya estaba libre, como los hijos del Pujol, el padre Pujol o la doñita de Pujol.

Repugnante linchamiento: esa gran foto de Luis Sevillano en la portada de El País, con la colaboración especial del funcionario de la Agencia Tributaria, tomando del cuello al exVicepresidente, como si fuera un verdugo, en un acto de caridad por si el linchado no sabe que para entrar en el coche hay que agachar también la cabeza.

También la violencia de ‘género’ debería contemplar tales suplicios. Y la prensa, imagino, gritando… ¡esta es la foto de portada!

Y luego dicen que la corrupción española no es sistémica…

Los convocantes del pueblo indignado sólo tienen que esperar a que el Gobierno marianista decida linchar preventivamente a uno -no cualquiera, por cierto- de los suyos. Así de fácil e inmoral.

La práctica totalidad de los medios han contribuído al linchamiento, con portadas frikigores de aquí te espero. Pero, acto seguido, publicando artículos de opinión escritos mayoritariamente en contra de tal linchamiento. Lo que te quito por lo que te doy. Menuda broma: cualquiera de las portadas es una estocada en toda la bola… sin remedio.

Venga, Mariano, levántate de la siesta, explícanos por qué sólo investigas a 700, por qué linchas a 1 tan especial, muéstranos la lista de los 32.000… y, después, nos cuentas que la corrupción no es sistémica! Alegría!

Ahora que se han inventado, como nomenclatura, los nuevos delitos ‘de odio’, este parece uno de ellos… . Montoro, mirad a ver si van a registrar la casa de Rodrigo de forma que se entere antes todo el mundo menos, obviamente, él… . Ah, y que le ‘verdugueen’ un poco, cogiéndole del cuello, palafoto, cuando entre en el coche… . Llegará un momento, si no ha llegado ya, en que incorporarse a la casta será cosa de imbéciles… . Será por eso que cada vez hay más tontos sirviendo a la cosa pública…

Yo comprendo que haya ciudadanos que estén de acuerdo en linchar al presunto inocente… . En un país corrupto sistémicamente, que, si puede, no paga el IVA ni de coña, Twitter está lleno de sinvergüenzas insultando gratis total al linchado. Yo no comparto tal grado de cainísmo y tal deseo de expiación colectiva a base de elegir al chivo oportuno. Una verdadera pena.

La verdad es que si hemos enloquecido el Código Penal con la intrusión discriminatoria de delitos de ‘genero’, ya no me extrañaría nada que ser político acabe siendo, al menos, un agravante; y con un párrafo añadido que establezca que su linchamiento preventivo es toda una honra ciudadana a la ética y moral patria. Pero, mientras tanto, quien lincha a un presunto inocente es un canalla de la misma calaña que quien, por ejemplo, denuncia en falso. Y eso vale para cualquier tipología de linchado.

El verdadero problema de la corrupción en España es que es sistémica: si tiramos de la manta en serio no vamos a ganar para penitenciarías. Por eso yo aconsejo regeneración después de un mea culpa practicamente generalizado. Una especie de nuevos Pactos de la Moncloa dedicados, exclusivamente, al tema ético y/o moral.

Yo eso no lo discuto sobre la actuación que se le pueda responsabilizar a Rato. Lo dejo en manos de la justicia. Me preocupa otra actuación, tan nuestra: esa de sentarse ante el televisor para que el poder expíe nuestra responsabilidad social, nuestra culpa colectiva, a través de determinados personajes que cumplen como chivos.

Como decía ayer José A. Zarzalejos en La Vanguardia, “Se ha de volver sobre el gravísimo error que ha cometido el Gobierno: suponer gratuitamente que lo que acontecía en España era sólo una crisis económica y no una crisis sistémica que requería ensanchar el discurso de la Moncloa hasta alcanzar un relato moral.”

A esa putada me refiero. La de coger al presunto inocente por el cogote, para que la ciudadanía se relaje con el denigrante espectáculo.

EQM

pd.-

Parece que el Mariano le ha dicho al Montoro que a partir de ahora las amnistías fiscales conllevarán -además de la pena de linchamiento mediático- la de un lista pública y publicada para cuando cuelvan a casa por Navidad… .

¿Se imaginan vds a Hacienda invitando a los osados a regularizarse, en el futuro, mostrándoles una amnistía de nuevo cuño que permita publicaciones linchadoras?

– Venga, hombre, regularícese, que tenemos una nueva amnistía que nos la quitan de las manos…
– Entonces, si pago con las condiciones establecidas… ¿quedo limpio fiscalmente?
– Limpio sí, pero el abrillantado se lo daremos en Navidad cuando publiquemos la lista de sinvergüenzas del país…

r arias em 180415Ilustración de Raúl Arias [España, 1969] en El Mundo, 180415, para el texto.

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Caza y fusilamiento

Arcadi Espada en El Mundo, 180415.

Querido J:

Las cámaras, e incluso el pueblo, estaban perfectamente convocados cuando el exvicepresidente Rato salió de su casa detenido. El ojo mediático captó la cara seria del acusado y la oreja la banda sonora de los que le llamaban sinvergüenza y le instaban a devolver el dinero. Aunque deben tomarse más precauciones que antes del advenimiento de la comunicación digital, la detención de un hombre y el registro de su casa pueden hacerse en secreto. Si no se hace así es porque alguien no lo quiere, sean la policía, los jueces o el gobierno. Rato es el último de una larga lista. Recordarás, incluso vivamente, los casos de Teddy Bautista —el juez Ruz mandó que la guardia civil rodeara la Sgae como si fuera Fort Apache, pero tres años después no ha sido capaz todavía de dictar su exculpación o su procesamiento— y de Lluís Prenafeta y Macià Alavedra —exhibidos con sus esposas y un hatillo por el juez Baltasar Garzón, y en este caso ya procesados, pero a falta de juicio.

Los más necios de entre los justicieros argumentan el imperativo simbólico de estas fotografías para demostrar que todos somos iguales ante la ley. Pero, obviamente, la organización de estos platós no demuestra nada sobre la ley. Lo que demuestra es una verdad viejísima, y es que no todos somos iguales ante los medios. Cualquier hombre sin relieve público, acusado de los mismos delitos que Rato, habría sido registrado y llevado a declarar en el silencio y la oscuridad más indiferentes y estrictos. La llamada pena del telediario la pagan unos y no la pagan otros, y ése es un indudable privilegio del pueblo sobre la casta.

La cuestión clave es que esta pena no se cumple por ninguna sentencia, es decir, por ningún hecho establecido; sino por una acusación, es decir, por una opinión pendiente. Hasta tal punto eso es cierto que cuando se produce el hecho, sea la condena o la absolución, a veces ya no hay ni siquiera foto, tan lejano o destruido ha quedado el protagonista. La pena del telediario se cumple, además, en los términos absolutos de una sentencia convencional: Rato es un supuesto delincuente, pero la sentencia mediática destruye cualquier cautela. En la imagen del hombre demacrado, insultado por la turba y cuya cabeza, privada ya de voluntad, mete el policía en el coche como si fuera la de un títere, no hay lugar para la presunción de inocencia.

La fuerza sentenciadora es tal que arrasa, incluso, con un debate socialmente recurrente y de gran importancia. ¿Hasta dónde llega el derecho a la intimidad de un acusado? ¿Es la detención de un hombre un acto público? Vuelvo al policía que lo acogota. Es un gesto interesante. Forma parte, probablemente, de la técnica policial que se aplica a los esposados. Rato no llevaba puestas las esposas, pero esa mano subsanó el tremendo error de protocolo y se las puso. ¿La intimidad del acusado? Hombre, hombre. He aquí cómo hierve el artículo 520 de la ley de Enjuiciamiento Criminal: «La detención deberá practicarse en la forma que menos perjudique al detenido en su persona, reputación o patrimonio.»

¿Cuántos años debe de llevar Rato en los periódicos? Más de 30. En 1979 fue candidato de Manuel Fraga por Ciudad Real. Habrá acumulado decenas de miles de fotos en los periódicos. Todas prestigiosas, y felices la abrumadora mayoría, como corresponde a un hombre que llegó a la vicepresidencia del gobierno de España y a la dirección del Fondo Monetario Internacional. Y que llegó a exudar tanto poder en los buenos tiempos que sus compañeras de generación política, aquellas pepitas de muslos desinhibidos, lo encontraban no solo sexy, sino muy sexy. El auge y caída es un topos irresistible para la literatura periódica, que es la literatura dominante de nuestro tiempo. Y los medios son el lugar privilegiado de la justicia poética, oxímoron eximio, pero concluyente. Los periódicos no pueden prescindir de una foto que se contraponga a mil años de felicidad. Mucho menos cuando en este caso Rato no solo es presunto sino también culpable. Ya sabemos, por la propia confesión de sus actos, que un vicepresidente y ministro de Hacienda del gobierno de España evadió sus obligaciones fiscales. Como en el caso de Jordi Pujol el resto –alzamiento, blanqueo, fraude– tiene poca importancia: el que hizo la trampa fue el mismo que hizo la ley.

A pesar de todo hay algo envilecedor para el periodismo cuando es formalmente convocado por el poder para que ejecute la sentencia. Es parte de su trabajo, desde luego. También es un trabajo el del verdugo. Insisto en la dificultad de resistirse a la retórica del auge y caída. Pero importa la manera de apresarla.

1995

Una noche de octubre de 1994 el fotógrafo Carles Ribas, del diario El País, tomó una fotografía extraordinaria que mostraba la ventana de una celda donde el reo Javier de la Rosa comía un bocadillo. Es cierto que la foto encaraba el riesgo de la violación de la intimidad, y que por eso fue llevada hasta el Constitucional, que absolvió al fotógrafo. Pero fue el riesgo que tomó un periodista, sin protección ninguna. Entre la foto de De la Rosa y esta de Rato hay algo así como la diferencia entre la caza y el fusilamiento. Cualquier periodista entiende la diferencia, y su valor, a condición de serlo.

Los periódicos van a llenarse de interpretaciones acerca de la detención de Rato. Fin de una época: la destrucción del Partido Popular. Funciona el Estado de Derecho: el cartel electoral del Partido Popular. Y para los más sofisticados, El peso innoble del pasado: la justificación de la próxima derrota electoral del Partido Popular. No te niego, querido amigo, que estos ejercicios puedan tener su interés. Pero empalidecen al lado del ejercicio periodístico principal. El de explicar en qué circunstancias se organizó el plató televisivo que ejecutó la sentencia de Rodrigo Rato. La primera obligación del periodismo es explicar qué, quién, cómo, cuándo y dónde accedió a la noticia. No hay periodismo digno que no sepa cuándo tiene que ponerse el cañón en la boca. Y cuál es el auténtico pie que sostiene una foto solicitada.

Sigue con salud,
A.

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rato en aevía

El fiasco Rato: ¿Era poder o se trataba sólo de dinero?

Rato volvió de Washington cabreado consigo mismo y con el mundo, resentido con España y los españoles, porque, a lomos de la infinita soberbia sobre la que siempre ha galopado, estaba convencido de que la sociedad española le había maltratado, él “tenía que haber sido” presidente, se lo había ganado, y ahí estaba ahora, de vuelta en El Molino de Carabaña, sin más horizonte que la caridad de sus amigos.

Jesús Cacho en VozPópuli, 190415.

En Los Buddenbrook, subtitulada “decadencia de una familia”, Thoman Mann legó a la posteridad una obra maestra que narra la historia de tres generaciones de una familia de comerciantes de Lübeck. Se trata de una saga que aparentemente lo tenía todo para prosperar y seguir creciendo, pero que, sin embargo, termina desapareciendo por distintas circunstancias como un suspiro en el tiempo. Con la familia Rato cabría una comparación similar. Los Rato han formado parte de la elite asturiana durante generaciones, aunque fue con el franquismo cuando Ramón Rato Rodríguez San Pedro emergió como figura prominente del régimen, con la propiedad de los bancos de Siero y Murciano, además de la Cadena Rato de emisoras. Gran amigo de Nicolás Franco, a Don Ramón no se le ocurrió cosa mejor, año 1967, que reclamar la devolución de un préstamo de 4,8 millones de pesetas que había hecho al hermanísimo. Quince días después, el régimen le intervenía los bancos y le mandaba tres años a la trena. En una operación policial sin precedentes, los agentes sacaron esposados al padre y a su hijo mayor, Ramón Rato Figaredo, del Hotel Castellana Hilton, el más lujoso entonces de Madrid, donde se encontraban celebrando la boda de María Ángeles Rato Figaredo con Emilio García Botín, sobrino de Emilio Botín. Solo faltó la televisión en directo. La historia se repite.

Aquellos años de cárcel marcaron para siempre el carácter del prócer asturiano, que juraría vengarse de quienes le habían traicionado, muchos de los cuales le ayudarían después a recuperar su patrimonio embargado. No pocos recordarían el gesto crepuscular del prohombre imitando a Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó, y gritando, puño en alto en un atardecer enrojecido de aquel Gijón preindustrial, ¡a Dios pongo por testigo que tomaré cumplida venganza de las familias del régimen que me han abandonado! Don Ramón imaginó el juramento hecho realidad en la mente privilegiada de su hijo Rodrigo, a quien siempre soñó hacer gobernador del Banco de España, por lo menos gobernador, para vengar así la intervención de sus bancos. En 1977, Manuel Fraga fundó Alianza Popular con apoyo financiero de Don Ramón, y apenas cinco años después, Rodrigo Rato, 33 años, era elegido diputado por AP en las segundas elecciones de la democracia. Como en Los Buddenbrook, uno de los hijos se dedicaría a los negocios de la familia, mientras otro se adentraba en el campo minado de la política de la mano del político gallego.

A punto estuvo de lograr su objetivo. A punto, incluso, de presidir el Gobierno de España convertido, tras ocupar la cartera de Economía, en el personaje con mayor prestigio de la derecha española, bastante más que el cetrino, agrio Aznar. Rodrigo siempre supo lo justo, más bien poco, de Economía, pero supo rodearse de gente que sabía, y sobre todo supo escuchar y tomar buena nota, lo que no deja de ser una demostración de talento. De frustrar su llegada a la cima del Everest de la presidencia del Gobierno se encargó el dedazo hirsuto de José María Aznar, el bigotillo febril del hombre que hizo el PP y lo deshizo, que pergeñó su esplendor y firmó también su acta de defunción, poniendo las traviesas del camino de perdición que hoy lleva al partido –Bárcenas, Rato, Camps y tantos otros- hacia la nada de la UCD.

Dicen que sobre la mesa de despacho de Aznar en Moncloa se posó un día, cuando quedaban semanas para que Franquito eligiera sucesor entre la terna Rato-RajoyMayor, un demoledor informe sobre la trastienda del glamuroso ministro de Economía, maquinación que los enterados atribuyen a su entonces jefe de gabinete, Carlos Aragonés. Se trataba de un relato sobre la forma en que el grupo de amigos a los que el tándem Rato-Aznar había hecho rico con la privatización de las empresas públicas del franquismo salvó a escote, porque de eso se trató, de aportar fondos de forma alícuota, para que los Rato Figaredo esquivaran la quiebra fraudulenta del Grupo de Empresas Rato que gestionaba ese desastre que siempre fue Moncho Rato. La familia salvó el match ball gracias a la generosidad de los González, Alierta, Pizarro y Villalonga, cuarteto al que pronto se uniría Emilio Botín adquiriendo, a través de Banesto, primer trimestre de 1999, el 45,30% de Aguas de Fuensanta, paquete por el que pagó algo más de 1.000 millones de pesetas, lo que supuso valorar el 100% en 2.200 millones para una sociedad con recursos propios de 1.153 y deuda de 1.571. Es decir, que Aguas, que en ese 1999 perdió 46,9 millones, se había comido el capital social. Claro está que Don Rodrigo había sido el impulsor de la modificación de la Ley de Sociedades Anónimas de 1998, en particular de los artículos 153, 158 y 159 de la misma, que pasó a permitir la supresión del derecho de suscripción preferente que asiste a los accionistas en algunas ampliaciones de capital, modificación de la que Grupo Santander fue principal beneficiario. Ello por no mencionar su papel en el caso de las famosas, en su día, cesiones de crédito.

Luego volvería a ser arrecogío por Don Emilio como miembro de su Consejo consultivo, nada con gaseosa, porque el asturiano fondón ha seguido teniendo, incluso en sus peores momentos, una legión de admiradores, gente dispuesta a dar por él la cara, incluso a dejársela partir. Ocurrió después del plante o desplante del FMI, un episodio que sigue en la niebla de lo inexplicado. Volvió de Washington cambiado, aburrido de ser un florero en el 700 de la 19th Street esquina con Pennsylvania Avenue, sobre todo cabreado consigo mismo y con el mundo, resentido con España y los españoles, porque, a lomos de la infinita soberbia sobre la que siempre ha galopado, estaba convencido de que la sociedad española le había maltratado, él “tenía que haber sido” presidente del Gobierno, se lo había ganado, y ahí estaba ahora, de vuelta en El Molino de Carabaña, sin más horizonte que la caridad de sus amigos. Fue entonces cuando todo cambió, porque, agotado el carril de la política, a Don Rodrigo Rato ya solo le interesaba el dinero, el vil metal, el maldito parné. Se obsesionó con el dinero. Había hecho rica a mucha gente, había convertido en millonarios a la vieja guardia del PP que participó en las privatizaciones, y no se resignaba, en esa edad incierta de los sesenta, cuando tantas persianas caen para no volver a subir jamás, a irse a su casa con lo puesto, que no era poco, cierto, pero que tampoco era mucho.

La perfecta ecuación de las elites trinconas

Entró en tres Consejos (Santander, Telefónica y Caixa) sin que en apariencia nadie se escandalizara, y además se metió de hoz y coz en el banco de inversión Lazard, de la mano de su entonces presidente, el inefable Jaime Castellanos. Días antes de la Navidad de 2012, el fiscal de la Audiencia Nacional que investigaba el derrumbe de Bankia preguntó a Rato si había mantenido alguna relación de negocios con Castellanos. “No, relación de negocios no tenemos; amistad, sí”, declaró con todo el cuajo. Ecce Homo. Tres semanas después, advertido del desafuero, ese gran abogado que es Ignacio Ayala corrigió la desmemoria de su cliente en un escrito a la AN. Porque amistad había y dinero también. A raudales. A la Fiscalía Anticorrupción le ha parecido un escándalo que Lazard pagara 6,1 millones a Rato a través del Banco Cantonal de Zürich (como ayer reveló VP) siendo éste ya presidente de Bankia y teniendo en cuenta que entre mayo de 2011 y abril de 2012 la entidad había adjudicado hasta 5 contratos a Lazard por un importe de 16,2 millones. No solo eso: también había contratado con Willis Group, igualmente manejada en España por Castellanos, tres pólizas de los seguros para la salida a bolsa de Bankia.

En noviembre de 2009, solo dos meses antes de que asumiera la presidencia de Caja Madrid, el personaje se embarcó en la sociedad Paracua junto a Castellanos y otros dos altos directivos de Lazard, Pedro Pasquín y Joaquín Güell Ampuero. Se trataba de “aprovechar las gangas inmobiliarias” que por entonces –aún ahora- invadían el mercado como consecuencia de la necesidad de las Cajas de liquidar activos ruinosos a toda prisa. En realidad, se trataba de forrarse mezclando en las debidas proporciones política, negocios y relaciones sociales, perfecta ecuación de esas elites trinconas (“extractivas”, le llaman ahora los finos), acostumbradas a utilizar la ley y las instituciones en beneficio propio para sorber el tuétano a la ciudadanía, convertidas en ese núcleo de intereses de ricos y notables que impide el progreso de España y al que es preciso desalojar del poder para que el país funcione. Paracua se liquidó en enero de 2013, después de que UPyD denunciara su existencia. Anticorrupción lleva tiempo investigando si Castellanos et altri se valieron de la posición de Rato en Bankia para hacer negocios inmobiliarios.

A pillar, que el mundo se va a acabar. Pudo haber corregido la deriva cuando, a poco de haber tomado posesión, 28 de enero de 2010, de la presidencia de Caja Madrid (un premio de consolación que el PP se empeñó en entregarle porque sí, por ser vos quien sois, gente muy principal de la élite político-financiera. A los jefesitos que se retiran de la política hay que agasajarlos con dinero. Felipe a Gas Natural; Aznar a Endesa. Es la resaca de la dictadura franquista) Isidro Fainé le propuso fusionar la entidad con La Caixa, operación que le hubiera permitido ocupar la presidencia de Criteria (el holding de las participadas) con sede en Madrid, pero Rato rechazó la oferta “en un ataque de arrogancia”. Él quería el premio gordo: una copresidencia y su investidura como sucesor único tras la retirada de Fainé. En realidad había elegido ya otro camino: el de fusionar Caja Madrid con una serie de pequeñas Cajas, todas en la órbita del PP, en operaciones que se concertaron en los cenáculos madrileños sin due-diligence previos ni otras mandangas previsoras al uso. La guinda la puso la absorción de Bancaja, más que una Caja un queso gruyere. Don Rodrigo se imaginaba sentado en la cúspide de una especie de gran Caja de Cajas, con la Moncloa arrastrándose a sus pies. Lo que tuvo a cambio fue un gigantesco agujero que obligó a un rescate de más de 23.000 millones. Elites extractivas.

En el tráfago de idas y venidas, el personaje se había hecho rico. Lo sabemos desde que Miguel Alba publicara en Vozpopuli esta semana que la Agencia Tributaria le estaba investigando por blanqueo. El hombre se había vuelto loco por el dinero. “Rodrigo llega a la presidencia de Caja Madrid con 60 años, y piensa que en los 10 años que razonablemente puede estar al frente de la gran Caja que aspira a montar malo será no hacerse con una fortunita de 50 millones, a razón de 5 por año, más un fondo de pensiones bien dotado. Y eso es todo. Esos eran sus cálculos”, asegura un miembro del consejo de Bankia. “Que utilizara la famosa tarjeta black no tiene el menor sentido en el presidente de una entidad que disponía de su tarjeta oro para cubrir todos y cada uno de los gastos de representación que precisara sin ningún problema”. Solo tiene sentido en un tipo que ha perdido la cabeza por el dinero. Ni siquiera su actual pareja, Alicia González, conoce el alcance real de su fortuna.

Rato, convencido de que acabará en la cárcel

El personaje se declara convencido ante quien quiere escucharle de que acabará con sus huesos en la cárcel, porque ha sido elegido como “chivo expiatorio de un Gobierno que ha decidido ejemplificar en mi cabeza la lucha contra la corrupción” (sic). Morro no le falta. Consternación en el PP: “Si ésto lo hubiera parado el Gobierno, palos al Gobierno; si no lo para, el Gobierno quiere hacer leña del árbol caído. Pero, una pregunta, ¿esto hubiera salido a la luz con el PSOE?, porque ¿quién ha sacado a relucir el escándalo de las tarjetas black sino este Gobierno?”. Para los amantes de las teorías conspirativas: ¿estamos ante una operación a la desesperada, con la que el PP pretende presentarse como abanderado de la lucha contra la corrupción de cara a las generales de noviembre? Difícil de creer. Para eso harían falta unas dosis de talento imposibles de encontrar en Moncloa. Más bien todo parece producto del caos provocado por las boqueadas finales de un sistema que agoniza.

A la entrada de la mansión de los Buddenbrook en Lübeck, una placa saludaba al visitante: Dominus providebit. No es probable que el único Dios en el que Rato siempre ha confiado, el dinero, acuda a proveer su arruinado prestigio. Este no es el fin de una época (en todo caso, del PP de Aznar, otro personaje henchido de soberbia y pasión por el dinero), como tanto plumilla admirador del personaje se ha apresurado a escribir estos días. Quienes, conocedores de su arrogancia, nos las tuvimos tiesas con él en los días de vino y rosas del boom (¡gloriosas las peloteras que, a cara de perro, mantuvo quien esto suscribe con el personaje en los días de la “Rueda de la Fortuna”!), quienes desde hace casi 20 años venimos anunciando la defunción de un sistema carcomido por la corrupción, sabemos bien que esto no va de Rato o de rute, de Chaves o de chivos. Es el sistema el que está tocado de muerte. Lo ha matado la avaricia y falta de escrúpulos de sus clases dirigentes. Es un sistema que reclama regeneración urgente. Regeneración inaplazable. Esa es la realidad. Y el saneamiento integral de las instituciones, la tarea que nos incumbe como demócratas. El resto es literatura.

Diez preguntas sobre el ‘caso Rato’

Toni Bolaño en Crónica Global, 180415.

El ‘caso Rato’ ha sacudido la política española. En el PP se masca el desastre porque ha caído uno de sus referentes más queridos. Un sentimiento parecido al que se respiró el pasado verano cuando Pujol reconoció ser un defraudador. Tanto PP como CDC han recurrido a la misma línea de defensa. Sacan pecho y se convierten en los adalides de la transparencia, muestran decepción y frustración con el que fue su referente, limitan los hechos a su entorno familiar y se presentan como víctimas; unos, de los ataques contra el partido de gobierno, y otros, de los ataques contra el proceso soberanista.

Rato lo había sido todo. Miembro del núcleo duro del PP, vicepresidente del Gobierno, director gerente del FMI y presidente de Bankia, a propuesta de su amigo Mariano Rajoy. Sin embargo, sobre su caso se ciernen muchas incógnitas.

1. ¿Por qué sale ahora este caso, a solo a poco más de un mes de las elecciones?

2. ¿Por qué el Gobierno confirma que Rato se acogió a la amnistía fiscal cuando tiene prohibido dar datos sobre los investigados?

3. ¿Por qué se conoce el ‘caso Rato’ y no los otros 704 contribuyentes que están siendo investigados?

4. ¿Cuándo empezó el fraude?

5. ¿Rato ya amasaba su fortuna ilegal cuando era dirigente del PP, cuando era vicepresidente de Aznar o cuando era director gerente del FMI?

6. ¿Rato ya era defraudador cuando fue presidente de Bankia o cuando dejó el FMI en el 2008 con la intención de suceder a Rajoy?

7. ¿Quién filtra la información?

8. ¿Se filtra desde el Gobierno?

9. ¿Es cierto que existe un encontronazo entre Economía (Guindos) y Hacienda (Montoro)?

10. ¿Desde cuándo conocía el Gobierno la situación de Rato?

Esta última pregunta es la clave. Según el propio Rodrigo Rato, él mismo informó al Gobierno de que se acogía a la amnistía fiscal. O sea, Rajoy y Montoro conocían estos hechos desde el año 2012. Por tanto, ¿por qué han mantenido silencio?. Este es el hecho más grave, el que da pábulo a que el PSOE pida la dimisión de Montoro -que se ha caracterizado por amenazar con inspecciones fiscales a todo aquel que le levantara la voz- y las explicaciones de Rajoy. No las tendremos. El presidente del Gobierno sigue en silencio. Es su costumbre. Espera que la tormenta amaine pero esta vez la calma puede venir tras un tsunami después de las elecciones del 24 de mayo. El hartazgo ciudadano tiene límites.

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Notas.-

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