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El regenerador

Este periodista nacido en Morella [Castellón], actual secretario general del PSPV-PSOE, federación valenciana del Partido Socialista Obrero Español, ostenta cargos en el socialismo valenciano desde 1983, más de 30 años, cuando fue elegido diputado por Castellón en las Cortes Valencianas y paso a ser, también, diputado de Cultura en la Diputación de Castellón.

Desde 1986 a 1995 trabajó en la Presidencia de la Generalitat, a las ordenes de Joan Lerma, primero como director general de Relaciones Institucionales e Informativas y después, hasta julio de 1995, como director del Gabinete del Presidente. En las elecciones municipales de 1995 fue elegido alcalde de Morella, cargo que ha revalidado en las convocatorias de 1999, 2003, 2007 y 2011.

En ese mismo año, 1995, se estrenó como portavoz del grupo socialista en la Diputación de Castellón. Además, desde 1999 a 2011 vuelve a ser diputado en las Cortes Valencianas por Castellón, desempeñando cargos de especial relevancia, tales como el de portavoz parlamentario o de vicepresidente de las Cortes Valencianas.

En 2008 presentó su candidatura fallida a la secretaría general del PSPV, encabezando el movimiento del Nou Socialisme Valencià. Además de portavoz adjunto del PSPV en las Cortes Valencianas hasta mayo de 2011, cuando pasa a ser diputado en las Cortes Generales por la provincia de Castellón, y portavoz de la Comisión de Industria, Energía y Turismo en el Congreso de los Diputados.

En 2012 fue candidato a Secretario General del PSPV, siendo elegido para el cargo, razón por la que renuncia a la alcaldía de Morella.

El 9 de marzo de 2014 ganó las primarias abiertas convocadas por el PSPV para la candidatura de su partido a la presidencia de la Generalidad Valenciana y, tras el Congreso Federal del PSOE, es miembro de la Ejecutiva y responsable de Reformas Democrática.

Parece que la reforma democrática que pretende el socialismo no concierne a su persona. Él, manifiesta ser ‘plenamente consciente de la responsabilidad que han depositado en mí mis compañeros y mis conciudadanos valencianos y pondré todo mi empeño en no defraudarla‘ [¿defraudar la responsabilidad?].

Suma y sigue.

Y ahora, en plena campaña electoral autonómica, suelta:

Nunca pensé que iba a estar tanto tiempo en política

Una pena. Pero hay más: sí que ha pensado en el día que dejará la política, pero no quiere decir la fecha.

Este regenerador es genial.

EQM

Ximo Puig: ‘Nunca pensé que iba a estar tanto tiempo en política’

El canditato a la Generalitat entró en el PSPV tras la muerte de Franco. ‘A mis padres no les hizo ninguna gracia, pero me dejaron libertad’, recuerda

El Mundo, 040515.

Este perfil tal vez lo hubiese querido firmar él. «Escribir es lo único que probablemente he sabido hacer en algún tiempo -ahora ya menos-, porque la única matrícula que he tenido en mi vida ha sido la de redacción periodística». El periodista Ximo Puig es hoy candidato del PSPV a la Generalitat, aunque el periodista Ximo Puig tal vez no se hubiese imaginado nunca estar hoy sentado en el principal despacho de Blanqueries respondiendo a las preguntas. Tal vez hubiese fantaseado con la idea de redactar él el perfil de otro candidato socialista.

Admite que lo siguiente puede parecer una disculpa, cuando no una pequeña mentirijilla:«Pero la verdad es que yo nunca pensé que iba a estar tanto tiempo en política; creí que era algo transitorio». E insiste: «De verdad que lo pienso aún ahora, aunque es difícil de entender». Y lo dice porque forma parte de esa generación de políticos que se remontan a los tiempos de la Transición para comenzar a ordenar los recuerdos.

Los inicios de aquella época coincidieron con sus primeros años en Madrid estudiando periodismo. Y si aquellos tiempos hubiesen sido otros… «En otras circunstancias probablemente yo no hubiera entrado en política, porque lo que me gustaba era ser periodista». Y aquí es donde viene otro pero: «Pero la politización era entonces una exigencia ética».

Eso sí, desde que tiene «uso de razón política», Puig es socialdemócrata. ¿Demasiado light para la época? Depende, viene a decir, pues en aquellos inicios turbulentos de la Transición, en un local de Valencia donde solía reunirse la progresía local, un antisistema del FRAP soltó: «Si tú a los 18 años eres un socialdemócrata, a los 50 serás de extrema derecha». «El que ha acabado ahí es él; yo continúo siendo socialdemócrata». No lo nombra, pero Puig tenía enfrente al otrora todopoderoso Rafael Blasco.

En un tiempo en que la socialdemocracia está recostada en el diván, Puig se reafirma:«Soy socialdemócrata porque creo que hay que transformar la sociedad, sabiendo que la socialdemocracia no es la solución definitiva a todo. Por eso jamás he sido comunista. No tengo nada contra los comunistas, pero no hay un mundo feliz en el que todo esté solucionado».

Aun así, su aterrizaje en el PSPV, con la muerte de Franco todavía viva en la conciencia social, no gustó nada a sus padres. «Cuando se lo dije, no les hizo ninguna gracia». Fue el primero de su familia en acceder a la universidad, pero también el primer político. «Me dejaron libertad pero…». Pero por si acaso se presentó por aquel entonces a la manifestación del Estatuto de Autonomía sin decir nada a sus padres.

Y, a partir de ahí, la vida le fue llevando por el camino de la política -«no fue algo preconcebido»-, que discurrió apaciblemente por la Alcaldía de Morella. ¿Por qué dar entonces el salto a la Generalitat? «Ojalá no lo hubiera tenido que dar; es más, si el PSPV hubiera ganado antes las elecciones, yo no lo habría dado». «Y de verdad que habría sido feliz». Hasta cuándo piensa alargar este camino… ¿Tiene una fecha para el fin de trayecto? «La tengo pensada pero no quiero decirla».

SEAN MACKAOUI em 050515Ilustración de Sean Mackaoui [Suiza, 1969] para el artículo.

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De profesión, político

Los ciudadanos necesitan que los políticos dejen de aferrarse a los cargos para atender a su propio provecho y que se den cuenta de que en la política se está de manera temporal y al servicio del interés público.

Carlos Domínguez Luis en El Mundo, 050515.

Un profesor universitario me contaba, hace algunos días, una anécdota de sus tiempos de estudiante en la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid, allá por la segunda mitad de los años 90. Le habían ofrecido presentar a un alto cargo de la Administración del Estado que iba a acudir a esa Facultad para impartir una conferencia y, con el propósito de desarrollar la función encomendada de la mejor forma posible, mi amigo no dudó en entrar en contacto con el gabinete del conferenciante, a fin de recabar su trayectoria profesional y académica.

Su sorpresa fue mayúscula al recibir el documento pedido. Nuestro hombre era licenciado en Derecho, es verdad. Ahora bien, su curriculum vitae no era más que un elenco de cargos orgánicos ocupados en el seno del partido político en el que militaba -entonces en el poder-, simultaneados con el desempeño de diversos puestos electivos, desde concejal de Ayuntamiento a diputado nacional, pasando por parlamentario autonómico. De ahí que en el apartado profesión de aquel documento que mi interlocutor recibió se consignara, sin rubor, pero también con honestidad -todo hay que decirlo- la palabra «político».

La anécdota habla bien a las claras de una figura que, desde hace lustros, se halla presente en nuestro país y que ya a pocos extraña: la del político profesional. Aunque parece evidente que «ser político» y «estar en política» son cosas bien distintas, la experiencia de las últimas décadas demuestra que el nivel de confusión entre ambas ha alcanzado magnitudes insospechadas.

No hace falta ser un gurú para detectar que la regeneración democrática que, según todos los sondeos, la sociedad demanda, se concilia mal con el mantenimiento de un grueso humano -de dimensiones nada desdeñables- que han convertido la actividad política en su profesión, en un medio de vida. Personas que llevan «en esto» 20 o más años y a quienes no se conoce trabajo o carrera distintos de la sistemática ocupación de cargos públicos -en diferentes niveles de responsabilidad- o puestos electivos. De hecho, no faltan voces que ponen de relieve lo insólito de que muchas de estas personas enarbolen la bandera de la regeneración cuando, de algún modo, ellas mismas han contribuido a crear el estado de cosas que es preciso regenerar.

En vísperas de unos comicios electorales, con la necesaria -y previa- confección de las listas con las que cada formación política va a concurrir, la realidad apuntada se manifiesta, si cabe, con una especial intensidad. Es en esos momentos cuando puede apreciarse el nerviosismo, los movimientos estratégicos en pro de la aproximación a los líderes y, en muchos casos, los codazos –la position yourself anglosajona- para lograr o mantener un puesto en la lista que garantice, lo más posible, la elección y, cómo no, otros cuatro años más de profesión. Tras la cita con las urnas, en el bando vencedor se experimentará lo propio, en este caso, para lograr los ansiados puestos de eventual o alto cargo, cuya ocupación por quienes carecen de la condición de funcionario público representa otra tendencia al alza, sobre todo en algunas Administraciones locales y autonómicas.

Claro que, la mayor de las veces, el político profesional no está solo en su andadura. En función de su posición en la cadena de mando, se halla circundado por una corte de fieles -no se sabe si lo seguirán siendo el día en que el líder deje de detentar poder-, para quienes éste, en buena parte de los casos, es un ejemplo a seguir. De ahí que la necesaria conservación de los puestos, la llamada subsistencia, imponga un voto de mansedumbre -cuando no de peloteo puro y duro-, con frecuencia irresistible para el que manda.

Pues bien, una reforma que parece imperiosa es la conducente a la extinción del político profesional y a la recuperación de la idea -ya desprovista, por cierto, de toda ingenuidad, dado el posicionamiento social actual- de que en política «se está» temporalmente, de manera que dedicar algunos años a la cosa pública -como paréntesis en la profesión individual- sea visto de nuevo como una actitud de servicio al interés general y a los demás, no como algo que redunda en el interés particular. Tampoco, obvio es, como un medio de vida.

Ese deseable cambio de tendencia exige la adopción de algunas medidas. En primer lugar, se hace urgente prestar especial atención a la idoneidad de quienes aspiran a puestos públicos, de forma proporcional a la mayor representación y visibilidad de éstos. Va resultando cada vez más difícil asimilar que la confección de listas electorales o la designación para cargos se base en algo tan frívolo como la simple afinidad personal o el compartir el gusto por algún deporte -por poner ejemplos reales-, al margen de la competencia técnica y profesional.

La paradoja queda sobre la mesa. A nadie extrañan, en los tiempos actuales, los rigurosos procesos de selección seguidos en la empresa privada, orientados siempre a la búsqueda de la excelencia en cada posición a cubrir. Sin embargo, en la empresa más importante, aquella cuyas decisiones afectan a todos y que se ocupa de la gestión de la cosa pública, hemos dejado caer los brazos, para aceptar, por el simple devenir de los hechos, que para esa empresa vale cualquiera. A partir de ahí no puede sorprender la toma de algunas decisiones -por rocambolescas que puedan parecer- o la creencia, tan extendida en algunos políticos profesionales con cargo, de que sus decisiones o deseos son ley, al margen de lo que impongan los textos que sí merecen técnicamente esa denominación.

De otro lado, la imperativa temporalidad en el desempeño de cargos públicos deber erigirse en una de las reglas básicas del juego.

Ha de convenirse con Cazorla Prieto en que «la permanencia demasiado prolongada en el desempeño de los cargos públicos puede facilitar la creación de un caldo de cultivo que redunde en perjuicio de la ética individual. Tal permanencia puede favorecer la laxitud en los comportamientos éticos en general, y el surgimiento de intereses creados y la falta de diligencia generada por la rutina».

Hay, incluso, quien detecta una enfermedad típica de los políticos, bautizada como hybris y consistente en el aferramiento al poder a toda costa. Para erradicarla, el papel de los partidos políticos se revela como esencial.

Se ha destacado frecuentemente que los partidos de la Transición tenían procedencias muy diversas: unos venían del franquismo y otros del exilio, y otros estaban en la oposición ilegal del interior. No tenían ni espíritu de gremio ni un interés particular como colectivo.

En las últimas décadas, sin embargo, se ha asistido en España a un cambio de tendencia. De los políticos de distinta procedencia hemos pasado a lo que apuntábamos al comienzo de estas líneas, esto es, al predominio de quienes han hecho casi toda su carrera en los órganos del partido político y, singularmente, quienes proceden de sus estructuras juveniles. Esta tendencia trae consigo consecuencias devastadoras para nuestro sistema político, a saber:

1. No es infrecuente que el político de estas características, una vez alcanzado un concreto cargo público tras largos años de andadura en los meandros orgánicos de la formación a la que pertenece, considere que el puesto es suyo, que se lo merece y que es la recompensa por los servicios y trayectoria desplegada en el seno del partido. Lejos queda la debida concepción del cargo público como empresa trascendental al titular coyuntural. Como si de una carrera de relevos se tratara, el cargo público impone recibir el testigo y entregarlo al sucesor, a ser posible, en mejores condiciones que las heredadas. Pero siempre desde la premisa de que el testigo no nos pertenece.

2. La aparición de un espíritu gremial o de grupo. La larga permanencia en las estructuras orgánicas de los partidos y el frecuente desconocimiento de otras realidades impiden, a menudo, anteponer el interés general a los intereses particulares o parciales, al tiempo que fomentan una situación de claro aislamiento de estos políticos que crecen a la sombra del partido.

Y un apunte final. Al leer estas líneas, muchos podrán pensar que rebosan ingenuidad. Es posible. Pero no olvidemos que los grandes cambios siempre han partido de ideas ingenuas e ilusionantes.

*Carlos Domínguez Luis es abogado del Estado y académico correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.

El PSOE es un volcán durmiente

Gonzalo López Alba en El Confidencial, 030515.

EL PSOE sigue siendo un partido roto por dentro cuando están camino de cumplirse cuatro años de la quiebra interna que se plasmó en el congreso de Sevilla de febrero de 2012, cónclave en el que el partido se fracturó prácticamente en dos mitades, entre los seguidores de Alfredo Pérez Rubalcaba y los de Carmen Chacón.

La división entre rubalcabistas y chaconistas todavía perdura en muchos territorios, pero ya no es la clave de la discordia porque el exsecretario general solo puede hacer política entre bambalinas y, para la mayoría de sus compañeros, a la exministra “se le pasó el arroz”. Ahora, la división tiene dos nuevos polos: la que produce choques entre las viejas guardias y los nuevos dirigentes; y, sobre todo, la que se percibe en el muy diferente análisis que de sus perspectivas ante las inminentes elecciones del 24 de mayo, y posibles consecuencias ulteriores, hacen los oficialistas y los críticos con Pedro Sánchez.

El PSOE actual se asemeja a un volcán durmiente. Como ocurre en estas estructuras geológicas, aun cuando están en esa fase de aparente calma, las placas tectónicas no cesan de moverse y, de tanto en tanto, cuando chocan con fuerza, producen erupciones que hacen emerger un magma de lava, ceniza y gases. Algo de eso ocurrió esta semana con la crítica encubierta hecha por Felipe González a Susana Díaz al señalar que él nunca hubiera aceptado como condición para poder formar gobierno en Andalucía la entrega de las cabezas de José Antonio Griñán y Manuel Chaves, dos de sus hijos predilectos y últimos referentes de su generación. Pero esta falla generacional, aunque produce mucho ruido, no pasa de ser la inevitable derivada de la implacable lógica biológica que induce a matar al padre.

Mucho más silente (por ahora), pero con mucho mayor potencial destructivo, es la que anida en los muy diferentes análisis de sus perspectivas para este año de todas las elecciones. Los socialistas navegan entre la esperanza de los oficialistas de salvar los muebles el 24-M y el vaticinio de los críticos de que el PSOE se encamina con Pedro Sánchez hacia una hecatombe de proporciones desconocidas.

Los pronósticos electorales

A expensas de cómo se configure a posteriori el arcoíris con la paleta de los pactos, los críticos creen que el mapa político de España puede amanecer el 25 de mayo totalmente coloreado de azul, con un islote rojo en Andalucía. Su pronóstico es que el PSOE puede alcanzar el 40% de los votos en esta comunidad, pero sin pasar del 20% en el resto de España, lo que obligaría a replantearse si Sánchez debe ser o no el candidato en las elecciones generales. Las expectativas varían por territorios.

En Andalucía, el PSOE es el único partido que presenta candidaturas en los 774 municipios de la región y tiene esperanzas fundadas de reconquistar el simbólico ayuntamiento de Sevilla. De las restantes capitales de provincia, todas en poder del PP, sólo los más optimistas albergan esperanzas de recuperar alguna otra: por este orden, Málaga y Huelva. Pero, gracias a su fuerte implantación rural, los socialistas andaluces dan por hecho que, además de mantener las diputaciones de Sevilla, Huelva y Jaén, recuperarán las de Málaga, Granada y Córdoba.

Y, mientras esto puede ocurrir en Andalucía, si el recuento de las urnas se acomoda a la pizarra, en el resto de España los torreones socialistas pueden verse reducidos a Vigo porque se considera más que probable la caída de las plazas de Zaragoza, Toledo, Cuenca y Soria, pérdidas que no podrían compensarse con Gijón, Palencia, Segovia o Mérida, donde las expectativas son más favorables. Esto es lo que explica que, con Barcelona y Valencia como inabordables, Sánchez haya echado el resto para lograr la recuperación de al menos uno de los dos gobiernos que se dilucidarán en Madrid, convertido en tabla de salvación del secretario general. Por supuesto, el análisis de los oficialistas es más optimista.

En cuanto a los gobiernos autonómicos, los críticos temen que Andalucía quede como el último y único reducto socialista. Se da por seguro que Javier Fernández volverá a ganar en Asturias, pero con un exiguo porcentaje de votos y muchas dificultades para volver a formar gobierno. Y reconocen que en Extremadura, Castilla-La Mancha y Valencia la reconquista está mucho más difícil de lo que dice Ferraz.

En la Comunidad Valenciana ya nadie duda de que el PP perderá la mayoría absoluta, pero la incapacidad del PSOE para recuperar la primera posición en la “zona cero de la corrupción” es una rémora que puede volverse en su contra aunque logre formar gobierno. Compromís ya ha avanzado que el próximo Ejecutivo no tiene por qué ser de coalición, sino que habría de ser “un gobierno de programa único”, y no necesariamente presidido por el socialista Ximo Puig. No es lo mismo negociar siendo la primera fuerza, como ahora en Andalucía, que siendo la segunda, y los precedentes del bipartito gallego, el tripartito catalán y el multipartito balear indican que estas fórmulas de acceder al poder siempre se han vuelto en contra del PSOE cuando no era la primera fuerza.

En Castilla-La Mancha, el ascenso al cartel autonómico de Emiliano García Page ha dejado desnuda la candidatura de Toledo, donde era alcalde, de tal suerte que, si el secretario general no logra derrotar a María Dolores de Cospedal, podría ocurrir que, sobre no reconquistar el poder regional, el PSOE se quedara sin el gobierno de todas las capitales de provincia porque Cuenca también está en el alero.

El escenario político no sólo ha mutado para el PP, sino también para el PSOE. Hasta la irrupción de Podemos y Ciudadanos, a los socialistas les bastaba con arrebatar la mayoría absoluta al PP y, en caso de necesidad, apretar a Izquierda Unida con la dialéctica izquierda/derecha. Pero esta ley ya no está vigente porque hay otros actores en juego y, por si no bastara con ello, la inmediatez de las elecciones generales puede desplazar los pactos a un limbo de meses.

En la orilla izquierda, el PSOE acude a los comicios de mayo con una ventaja y es que, según los cálculos socialistas, Podemos no presenta candidaturas en el 75% de los municipios de menos de 50.000 habitantes, lo que justifica su expectativa de que, a pesar del agujero negro de las grandes ciudades, puedan llegar incluso a ganar en el cómputo global de votos, concejales o, al menos, de población representada, lo que les permitiría acceder a la presidencia de la Federación de Municipios.

La candidatura presidencial

Con este dibujo preelectoral, y a expensas del dictamen de las urnas, que puede provocar una nueva erupción del volcán socialista, se perciben dos fumarolas. Por una parte, están los que sostienen que, salvo que la catástrofe sea de una magnitud incontrolable, “le toca” a Sánchez ser el candidato presidencial y, si no logra remontar, será el momento de pasar página, pero no antes, tesis a la que se han sumado quienes ven sometido su futuro a la composición de las próximas listas electorales, en las que Ferraz tiene mucho que decir y con las que Sánchez ya ha empezado a comprar lealtades. Por otra parte, están los que creen que, si no hay una remontada el 24-M, el cambio de liderazgo tiene que ser inmediato porque, de lo contrario, ya no habrá quien saque al PSOE del agujero.

En esta última hipótesis, los críticos opinan que habría un clamor pidiendo a Susana Díaz que desembarque en Madrid. Llegados a este punto, todo dependería de la voluntad de la tetrarca andaluza. Si, como ahora parece, considera que todavía no ha llegado su momento, cualquier candidatura alternativa impulsada por ella llevaría las de ganar porque a la fuerza de Andalucía se sumarían las de quienes apoyaron a Eduardo Madina, los fieles a Tomás Gómez en Madrid… los descontentos de todos los territorios en suma. La última palabra, pues, tendrá acento andaluz.

El mayor obstáculo para esta hipotética operación de relevo sobre la marcha es que, más allá de la propia Díaz, nadie atisba una alternativa sólida para derrotar a Sánchez, salvo que de nuevo se aborten las comprometidas primarias abiertas y haya un golpe palaciego vía Comité Federal o un nuevo congreso extraordinario.

Sánchez tiene previsto realizar treinta actos por todas las comunidades, incluida Andalucía, en la que será su segunda gira nacional, y la aprovechará a modo de precampaña para las primarias de julio. Pero no será el único que vuelva a patearse el territorio.

Chacón sigue atenta a cualquier resquicio que le permita volver a la carrera y está participando en actos de precampaña, “allí donde la llaman”, como Murcia o Castilla-La Mancha. Pero, como adelantó El Confidencial, el PSC ya no apoyaría su candidatura como hizo en Sevilla y Díaz cree que “los liderazgos hay que ganárselos”. La mayoría de sus compañeros, incluidos los más afines a la exministra, opinan que, si quiere seguir en la primera línea de la política, debe recuperar el escaño de diputada al que renunció para dar clases en Estados Unidos. Y tendrá que decidir en breve porque ha recibido una oferta para continuar con su actividad académica en Miami, lo que le permite disponer de un flotador civil.

Pero las espadas están en alto y todos velan armas para el 25-M. Tampoco nadie esperaba a Sánchez cuando apareció.

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Notas.-

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