[Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes].

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Relato breve

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Un día claro en el que despuntaba la primavera, paseando con la brisa por el bulevar de los sueños dorados, como hacemos los gorriones añosos, me encontré con el cromo que me faltaba para completar el álbum de mi vida. Un anverso irrepetible mostraba la cuatricomía natural más luminosa que yo había presenciado jamás.

La luz del sol le incidía adornando todo su esbelto y precioso cuerpo de flamenco rosado mientras recorría la acera. Y sus plumas caudales, peligrosamente cortas, dejaban al aire con provocación estudiada, los pliegues de sus glúteos de tocino de cielo. Vivos, excitantes. Postres celestiales de joven hembra.

La seguí con un nudo en la garganta durante una hora sin atreverme a hablarle. Y continué dos horas, y tres, tragando saliva para evitar babear. Mas al atardecer, me animé a imitar a un halcón peregrino, cortejarla con mis acrobacias aéreas, haciendo pasadas precisas en espiral, tras ella. Acabé completamente desfallecido y todo fue en vano.

Hasta que llegó la luna y la perdí entre el follaje de un descuidado y grandioso jardín. Y angustiado, decidí comportarme como un búho real para planear silencioso la noche y descubrir su paradero sin asustarla. La encontré sacudiéndose el plumaje y mojándose las patas en una de las cien fuentes, al tiempo que se daba el pico con un extraño pájaro negro de mal agüero. Después de castigar a tope mis pupilas que me dejaron un terrible dolor de ojos, me posé cerca, sobre la cabeza de una Venus de piedra deteriorada. Y empecé a emitir potentes y agudos gañidos de alarma. Quería advertirla de las malas compañías.

Ella ni se inmutó, y la vi partir alejándose con aquel pajarraco torpe y repelente hacia una gran mansión de la que surgían melodías palaciegas. Resolví, entonces, atraerla desde un sauce llorón con un ulular profundo y bamboleante, con sensualidad, pero siguió ignorándome y por momentos refugié mi desamor allí mismo.

Dispuesto a no abandonar, di un impulso para llegar al viejo palacete y, posado sobre el alfeizar del gran ventanal de la fachada, me sorprendió ver una infinidad de aves diversas que bailaban por la gran estancia central al ritmo de la música. Atemorizado por tanta posible competencia, decidí en un golpe de ingenio y valentía mudar de aspecto, convertirme en un “agapornis”, la colorida ave del amor, para poder posarme sobre ella con garantías de éxito.

Una vez efectuada la caracterización de la cabeza y coloreado mi plumaje, me dejé caer al vacío y comencé a planear con desparpajo sobre todos aquellos seres alados hasta que, decidido, me posé suavemente sobre su hombro con la intención de susurrarle al oído todo lo que la anhelaba. Era mi última oportunidad. Pero me lo impidió su horrible acompañante, un ave carroñera de gran tamaño que al tiempo que me dirigía unos graznidos para atemorizarme, me sacudió un golpe seco con su enorme pico chasqueante.

Ni siquiera tuve tiempo para iniciar mi sentida declaración de amor. Me dio con tanta firmeza que fui a parar al frío suelo donde sentí desfallecer de rechazo. Y visto el peligro que se cernía sobre mi diminuto cuerpo, rogué con premura a mis dioses para que me convirtieran en un resistente huevo de avestruz y poder salir ileso del trance, renacer, y seguir intentándolo. Pero tampoco tuve éxito y acabé muriendo pisoteado por los cientos de pies ciegos de todos aquellos invitados al baile de disfraces.

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Enrique Masip Segarra [2015]. © Todos los derechos reservados.

enriquemasipsegarra.wordpress.com
enmasecs@hotmail.com

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AgapornisAgapornis es un género de aves psitaciformes de la familia Psittaculidae, cuyos miembros son nativos de África. Se les conoce vulgarmente como inseparables, por sus fuertes vínculos de pareja. Son loros pequeños, entre 13 a los 16 cms, de cola corta y de gran colorido. Fotografía de Orcun Acik, vía Wikimedia Comons.

NOTAS.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes, son aportados por EQM.

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