[Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes].

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Relato breve

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Mi madre, sin darle especial significación a su salida de cuentas, fue a llevarle la comida a mi progenitor. Y se dirigió a la huerta donde estaba labrando, a dos kilómetros del pueblo. Ese día, un viento fresco del norte que aumentaba en exceso la sensación de frío, barría la parcela sin contemplaciones. Después de comer, mientras se iniciaba una fina lluvia, todo se precipitó para ella y acabó pariéndome al abrigo del tronco de un vetusto olmo que dominaba el paisaje junto a una pedriza.

Fue un parto fácil pero muy incómodo, pues se desarrolló bajo una climatología adversa y sobre la misma tierra; silvestre, cuando menos. Un acto en comunión con la impronta de la naturaleza. Y con una particularidad que mi madre se encargó de hacérmela saber: “naciste con traje”. Es decir, salí con la bolsa amniótica entera, pegada a mi cuerpecito. Según la tradición era una muy buena señal. Prácticamente, aseguraba mi felicidad para toda la vida. Vamos, una criatura afortunada.

Por el contrario, las cosas no me fueron nunca fáciles, tuve que convertirme en un picapedrero de la vida. Como era costumbre en esos casos, mi madre se quedó con la bolsa y la retuvo como una reliquia. Cuando sintió morirse me la entregó, deshidratada por el tiempo, con el ánimo de que la conservara y la llevara encima siempre para que me garantizara la buena suerte.

Mas los hechos se empeñaban en demostrar que, en mi caso, haber nacido con “traje” no estaba premiado. A pesar de todo, siempre supuse que era algo así como un ángel de la guarda. Y, al poco de morir mi madre, decidí ubicarla en el bolsillo y acariciarla de continuo, no fuera que su misión se ciñera a algo exclusivo y superior, por ejemplo: evitar mi temprana muerte.

Hasta que un día, inexplicablemente, la extravié. Sí, ya no estaba conmigo, era definitivo, la había perdido del todo. Fue el gran disgusto de mi vida. Entonces vi como si toda la mala suerte del mundo me estuviese esperando frente a mí, con las fauces abiertas y mostrando los colmillos más violentos que imaginarse pueda. Tardé mucho tiempo en asimilar aquella pérdida y mitigar el desánimo y la inquietud.

Mientras tanto, ya felizmente casado, una tarde de sol candente mi maravilloso y único hijo de quince años descubrió a su su amigo del alma retozando en el lecho matrimonial con su madre, mi consorte. Ese día supe, al tiempo y por confesión propia de mi vástago, que yo, además de cornudo, tenía un hijo homosexual. Por lo que ningún miembro de mi familia era lo que yo creía suponer. Fue un impacto más que serio. Y pensé en la maldita hora en que perdí mi venerado “traje” del alma.

El amor que sentía por mi mujer hizo que le perdonara todo; pero mi hijo no pudo, la sentenció. Y jamás volvió a hablar con ella. Se encerraba en la habitación y no salía ni si quiera para comer juntos. Empezó a pasar las horas muertas en soledad y se alimentaba cuando le venía en gana. Detectamos, además, que empezó a faltar a clase y que frecuentaba algunas amistades verdaderamente peligrosas. Pero no veíamos la forma de que cambiara.

Tiempo después, ya con enfrentamientos verbales serios con el chico, falleció mi amada mujer. Cayó desde nuestro ático, limpiando los cristales. Los rumores hablaban de un descuido y las malas lenguas llegaron a comentar por el barrio que se había suicidado; mas yo estaba seguro que había sido él. Que su rencor perenne le condujo al parricidio.

Acabé preguntándome para qué mimamos tanto a nuestro hijo, si no aprendió a valorar nuestro cariño. Un ser al que le es imposible perdonar se convierte en diabólico y cada día demostraba, a través de sus acciones más violentas, que estaba en ese camino. Hoy estoy sufriendo abnegadamente sus agresiones físicas por puro miedo, ese terror a unas adicciones que le han girado el cerebro.

Esta noche la ha tomado otra vez conmigo; soy su nuevo culpable. Después de zurrarme a gusto se ha ido con sus amigos. Estoy tumbado en un rincón, sangrando por la nariz y la boca, perdiendo mis dientes y la dignidad a chorro. Pero no estoy dispuesto a aguantar más, tengo acabar con este drama acelerante. Y no dejo de cavilar sobre ello.

La madrugada se estrena con el ruido del ascensor y tiemblo. La puerta se abre y aparece descamisado y con los ojos volátiles. Al verme con su botella de güisqui en mis manos me la arrebata con furia y, a patadas, me derriba dejándome casi sin sentido. Me arrastra por el pasillo hasta expulsarme de mi casa. Y, a continuación, cierra la puerta con brusquedad.

Estoy tendido en el suelo junto a la puerta. Roto en el rellano, oyendo sus injurias. No doy crédito a lo que me está pasando y mientras sollozo en silencio, la imposibilidad de incorporarme me dice que tengo el pie malherido. Como cuando a mi padre le tiraron de casa, apaleado, al descubrir sus devaneos de juventud con una de las cabras de mi yayo. Jamás le volvió a dejar entrar. Fue el principio de otra vida nueva en la que arrastró permanentemente el conflicto y el pie.

Siguen, pues, las afrentas escandalosas que desbaratan la noche y mi cerebro. Me seco la sangre y las lágrimas con la bocamanga de mi chaqueta desgarrada. Y me viene a la memoria mi abuelo. Falleció en la contienda civil, cuando el pueblo fue tomado por el otro bando; no le dio tiempo a refugiarse en su casa. Antes de abrir la puerta cayó abatido por las balas enemigas que peinaban las calles. Se quedó tendido sobre el escalón de piedra, con una mano dentro de la gatera. Como si hubiese querido escabullirse por ella. Corrió la voz malintencionada de que uno de los soldados era mi padre.

Estoy en el mismo lugar que mis antepasados, en la otra parte de la puerta. Incrédulo. Obligado a un cambio vital. Mis pensamientos se agolpan en la frente y me duele como si fuese a estallar. Sufriendo un estigma familiar que debe de acabar: la expulsión en cualquiera de sus variantes.

Transcurre tarda la noche. Parece que mi hijo ya no vocifera y empiezo a sentir la paz y el silencio que tanto preciso. Doy por hecho que el matarratas que puse en su botella ha hecho su efecto fatal. Que sea así, me digo relajado, y recuerdo con gratitud a mi perdida reliquia mientras me dejo llevar por mi anhelo hasta acomodarme al abrigo de mi viejo olmo.

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Enrique Masip Segarra [2015]. © Todos los derechos reservados.

enriquemasipsegarra.wordpress.com
enmasecs@hotmail.com

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TasioCasas de Forcall. Obsérvese, a la derecha, una puerta con gatera. Acuarela del gran  Tasio Flors [Castellón, España, 1928-2004]. Vía El Perro Morao.

NOTAS.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes, son aportados por EQM.

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