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El cachondeo contra el Estado del ordinario representante del mismo

Ese cachondeo de Artur Mas, junto al Rey, escuchando el himno de España mientras la abrumadora mayoría gritaba y pitaba, a todo meter, contra los símbolos del Estado y su Jefatura.

Mariano el ahorrador, con tanto jaleo por la crisis, no ha tenido tiempo de hacer uso de su parlamentaria mayoría absoluta para modificar los arts 490 y 543 del Código Penal, teniendo que recurrir ahora, profundamente sorprendido en su buena fe, a utilizar la normativa deportiva contra la tolerancia… para ponerle una sanción, imagino, a Villar… Presidente de la Federación Española de Fútbol!

Y nos lo cuenta, compungido, en un comunicado, preparado previa y cautelarmente, que remitó a los medios en cuanto acabó el partido. Menuda vergüenza.

Históricamente, los símbolos patrios [como así se denominan en latinoamérica] están protegidos en muchos paises a través del correspondiente código penal.

Pero lo que ya es práctica general es la educación en el respeto a tales símbolos en todo país que se precie de serlo.

Aquí en España, ni lo uno ni lo otro. En materia educativa, no se dan tales enseñanzas ni siquiera en las CCAA gobernadas por el Partido Popular. Ni les cuento en las regiones nacionalistas.

Con el agravante de que tal barbaridad fue tácitamente consensuada, en la práctica. La defensa decidida, de tal naturaleza, en el anterior texto del Código Penal fue eliminada por la democracia por entender que obedecía a la naturaleza del franquismo.

Nada más falso. Vean algún retazo de la normativa de la II República española.

Código Penal de 27 de octubre de 1932.

TITULO II. Delitos contra la Constitución. Capítulo I. Delitos contra el Jefe del Estado […]. Sección Primera. Delitos contra el Jefe del Estado.

Articulo 148. Se impondrá también la pena de prisión mayor: 1. El que injuriare o amenazare al Jefe del Estado en en su presencia.

Ley de Defensa de la República española de 1931.

Artículo 1.- Son actos de agresión a la República y quedan sometidos a la presente ley: V. Toda acción o expresión que redunde en menosprecio de las Instituciones u organismos del Estado.

Artículo 2.- Podrán ser confinados o extrañados, por un período no superior al de vigencia de esta ley, o multados hasta la cuantía máxima de 10.000 pesetas, ocupándose o suspendiéndose, según los casos, los medios que hayan utilizado para su realización, los autores materiales o los inductores de hechos comprendidos en los números I al X del Artículo anterior.

Y, como ya he dicho, el actual Presidente tampoco ha tenido tiempo para volver a la racionalidad legislativa, a pesar de lo que que estos atentados se van repitiendo en los últimos años.

Pero les dejo con el contraste frente a lo sucedido en el Camp Nou. Ayer domingo, Alberto Contador ganaba el Giro de Italia, escuchando emocionado el himno de España, que sonó, en italia, sí- al completo. La imagen nos la sirvió TVE-TDP, donde también vimos como el vasco Mikel Landa, 3º en la clasificación general, no se quitó el gorro mientras sonaba el himno. Seguramente, un puto olvido.

EQM

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alberto_2Alberto, ayer, escuchando el himno de España por su triunfo en el Giro. Imagen capturada de TDP.

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Ese tipo que sonríe

Arcadi Espada en El Mundo, 300515.

Una llamada Comisión Antiviolencia se reunirá mañana para examinar la bronca del Camp Nou y la posibilidad de aplicar sanciones a los clubs. El gobierno Rajoy hizo público ayer un comunicado de condena de la bronca y convocó a la comisión. El texto del Gobierno, por cierto, debió resultar inesperado para los periódicos e incluso para las webs noticiosas, que lo incluyen de una manera discreta en sus informaciones. En realidad es la propia bronca la que obtiene un trato discreto en la inmensa mayoría de los medios: algo así como un subtítulo de la información principal, que es el partido de fútbol.

A esta hora, solo Crónica Global se aparta del posperiodismo y ordena la información del día con la severidad que corresponde a un periódico. Esta actitud de la inmensa mayoría de los medios se corresponde con la de la mayoría de partidos políticos. Es llamativo que en ese grupo haya que incluir a Ciudadanos, quizá definitivamente tentado por la pospolítica. Su líder, Albert Rivera, publicó a las pocas horas de la bronca este tuit melifluo y arriolesco: «En España necesitamos menos odio, menos pitidos, menos bandos, más convivencia, más educación, más unión. Queremos una España diversa y unida.» Un tuit para la hora del Ángelus, y era medianoche.

La reacción del Gobierno es alentadora, en especial si se la compara con la nula, torpe o cómplice reacción del resto de partidos. Pero es insuficiente si no actúa sobre lo principal. Y lo principal no es el estertor de la chusma, sino la sonrisa satisfecha del presidente de la Generalidad mientras abroncaban el himno y al hombre que tenía a su lado. A un gobierno se le pide, sobre todo, que actúe políticamente y esa sonrisa institucionalmente ofensiva y moralmente zoológica ha de tener una respuesta.

Yo soy un gran partidario de los cordones sanitarios. De los cordones sanitarios cuando hay una enfermedad, naturalmente. El pacto del Tinell no fue un cordón sanitario admisible, porque el que lo trazaba era justamente el enfermo. Pero como en cualquier otro caso de pestilencia (el de la pestilencia populista, por ejemplo) las personas que gozan de salud deben defenderse, por mero instinto de supervivencia. Y es obvio que en torno al presidente de la Generalidad, a la pura persona del presidente de la Generalidad, el gobierno ha de trazar ya ese cordón y aislarlo institucionalmente. El presidente Mas ha dado amplias y repetidas muestras de deslealtad y de desconocimiento de las formas ritualmente más elementales del funcionamiento de un Estado de Derecho.

La presencia del Rey de España junto al tipo que sonríe satisfecho y cachazudo («No ha comentado absolutamente nada de esto, ha estado muy discreto y muy en su lugar, como le toca», se permitió decir, ya limpiándose) es una forma activa de complicidad y debe evitarse. Es urgente que la democracia española empiece a tratar a ese tipo como a un extraño.

La vida de Brian

Santiago González en su blog, 010615.

Estaba cantado, incluso escrito con 48 horas de antelación que Artur Mas luciría junto al Rey “su característica sonrisa lela“, durante esos dos minutos en que la afición se convierte en turba para pitar al Rey y el himno nacional. Es misterio misterioso que una multitud desaforada ponga el alma y la vida en la conquista de un trofeo (un símbolo) que concede el hombre a quien pitan con tanto entusiasmo. Si actuara con un mínimo de racionalidad aplaudirían al mecenas y pitarían al mindundi que sonríe a la izquierda de la foto.

Lo que pasa, también lo contamos el jueves al citar a Juaristi, lo que se disputan es la primacía del fútbol español, a ver a quién iba a interesarle la final del Trofeo Artur Mas de fútbol. Pare empezar, tendría que sufragar la copa con el dinero que deja de pagar a las farmacias.

El Gobierno ha convocado para hoy a la Comisión Estatal contra la violencia, el racismo, la xenofobia y la intolerancia en el deporte. A mí me parece que entre toda la casuística que conforma el ámbito competencia de la Comisión, quizá sólo pudiera hablarse de intolerancia. Los silbadores eran una multitud de majaderos, pero no violentos, seamos precisos. Quizá pudiera considerarse, pero para ello habría que suscribir  la visión nacionalista del mundo., y considerar que habían pecado de racismo y xenofobia al dar muestras de desagrado ante un Rey extranjero. Y de desagradecimiento, por añadidura, que era el mecenas. Yo creo que podría aplicárseles la misma sanción que si desde las gradas hubieran arrojado sendos racimos de plátanos a Alves, Neymar e Iñaki Williams, pongamos por caso.

El columnista Espada calificó de ‘zoológica’ la  sonrisita boba de Mas y es una calificación adecuada. Mas, ese representante ordinario del Estado al que pita la morralla, según el artículo 152.1 de la Constitución, sonríe como el perro Pulgoso. Esa sonrisita es una expresión acabada de indignidad institucional por parte de un tipo que curiosamente antepone el calificativo ‘honorable’ a su cargo.

Al Rey le flanquean en la foto dos tipos que parecen legionarios en ‘La vida de Brian’ cuando Pilatos acaba de decir ‘Pijus Magníficus’. Un poco más a la derecha estaba el jefe político de los visitantes, el lehendakari Urkullu. La gamberrada se saldará seguramente con una multa, pero es preciso tomar medidas, recuerden a Sarkozy. Unos equipos (y unas aficiones) que no saben guardar un mínimo respeto ante la autoridad que patrocina el trofeo que se disputan, no merecen competir por ese trofeo y deberían quedar eliminadas de un cierto  número de convocatorias posteriores.

Cada vez que el Rey vea una foto como la de arriba debería considerar si hizo bien al ejercer de chófer para el increíble hombre menguante (y menguado) que tiene a su derecha. El presidente del Gobierno, lo mismo. No es de esperar que los ciudadanos catalanes -el poble habría que decir, porque unos y otro son conjuntos disjuntos- entre en crisis al comprobar la calidad humana y política del tipo al que han convertido en ‘hoonorable president’.

Gallego y rey em 230415Viñeta de Gallego y Rey en El Mundo, 230415.

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Utopía española

Jorge Bustos en El Mundo, 310515.

Sabíamos el lugar, el día, la hora y el minuto en que el Rey y el himno de España serían pitados en España por dos grupos de españoles deseosos de ganar la Copa del Rey (de España). Hasta ahí, yo no veo dónde está la contradicción. Desde Juana ‘la Beltraneja’ opera aquí la disensión como garantía de añeja españolidad, y reparemos en que la Constitución del 78 es muy posterior al Tratado de los Toros de Guisando. Otra cosa es que la legislación vigente tipifique con mayor o menor ambigüedad el delito de ultraje a los símbolos del Estado; pero si la interpretación de la norma corre finalmente a cargo de jueces tan modernos como Santi Pedraz, no creo que las frustraciones identitarias del hombre-masa periférico vayan a quitar el sueño a los Eliot Ness de la Fiscalía.

No me esconderé en la ironía confortable ni en la identidad problemática de mi país. Yo sé que el español no aprende modales si no es a palos, y sé que si los pitidos hubiesen acarreado la suspensión de la final las cosas empezarían a cambiar, así como las multas abusivas han rebajado sensiblemente las muertes en carretera. Pero ni hay voluntad política para asumir el coste de una ley así ni hay coraje en los medios deportivos para hacer su pedagogía entre las aficiones, de cuyo progreso civilizatorio ya nos felicitamos a poco que no tiren hinchas a los ríos. El señor Cardenal y el señor Tebas pueden ponerse jupiterinos y anunciar sanciones, pero los madridistas aún esperamos que chapen el Camp Nou, cumpliendo la sentencia que desestimaba el amparo del lanzamiento de cabezas de cerdo y botellas de whisky en los elásticos márgenes de la libertad de expresión.

Los hinchas que desahogaron sus aldeanos y cobardes pulmones contra un señor con corona simbólica que no puede meterles en la cárcel –esos cojones había que tenerlos en la Copa del Generalísimo, señores– acreditaron solamente que eligen quedarse con la parte más deprimente del ser español: el odio. Castigar al españolazo por hacer españoladas sería tan solo justicia poética.

Yo quisiera una forma de patriotismo a medio camino entre el cuñadismo fanfarrón que envidaba: «Soy español: a qué quieres que te gane», y el papanatismo modernauer que va por las redes sociales bufando: «¡País de pandereta!». Pero así como la superioridad espiritual del silencio no puede testarse por vía acústica, dejando todo el terreno al mugido gregario, me ilusiono pensando en una mayoría silenciosa que se abona a un patriotismo cuajado, racional y sentimental, sin aspavientos pero sin complejos. Esta es toda mi utopía nacional.

 

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Dos folclores encontrados

Salvador Sostres en El Mundo, 310515.

Es de cobardes que independentistas y abertzales piten el himno de España. Sería más valiente que pagaran el precio de independizarse. Sería más valiente que no acudieran al estadio y que la final se jugara con las gradas desiertas. El mayor insulto es el que resuena en el silencio. Sería más elegante que los clubes expresaran su dignidad nacional no jugando la final la Copa del Rey, y su decisión sería escuchada y puesta en valor en el mundo libre.

Igualmente, y por el mismo motivo, sería más valiente que España no tolerara ofensas tan evidentes, sabidas y soeces a su dignidad institucional, y que suspendiera cualquier actividad que implicara un desaire tan barriobajero a su himno y a su rey. Silbar no es libertad de expresión. Silbar es mala educación, y un tipo de mala educación especialmente mezquino y despreciable, propio de tribus, de poblados, de masas amorfas y desestructuradas, y definitivamente alejado de la mínima higiene ciudadana y moral que tienen que exigirse los Estados modernos y civilizados.

Dos cobardías se dieron ayer cita en la final de Copa: la de los aficionados y la del Estado, en un folclore deprimentemente autonómico, en un ritual de tribu de tribus, estéril, donde nadie ganó nada, donde todos quedaron mal. La turba demostró lo vulgar que llega a ser cuando toma el protagonismo, y quedó una vez más acreditada la incapacidad del Estado por ejercer su autoridad, por defender la jerarquía en la que cualquier sociedad ha de basarse, y el folclore reivindicativo empató con un Estado folclorizado.

Que el fútbol sirviera de algo más durante el franquismo fue dulce y tierno, e incluso audaz, y brillante. Que el Barça continúe siendo la estrategia del independentismo con la democracia recuperada, y que un pueblo adulto fíe su suerte a los cánticos de estadio y a las manifestaciones callejeras de los días señalados, indica falta de madurez, pensamiento naíf, y un sistema político desestructurado, en el que cualquier populismo puede convertirse en el flautista de Hamelín, como en el ayuntamiento de Barcelona ha quedado demostrado.

El populismo siempre degenera, y si el Estado no usa su preponderancia como dique de contención contra la barbarie, la barbarie avanza, y lo que se convierte en normal en los campos de fútbol llega a ser normal en la calle y acaba colapsando, por inundación, las instituciones, hasta que ya no queda nadie para defenderlas.

Ayer Cataluña y España -Euskadi también, pero en menor medida-, empataron a inanidad, a zafiedad, a cobardía, y tal vez en esto consista el equilibrio autonómico, la eterna Escopeta Nacional revivida en una de sus metáforas menos elaboradas.

Cuando el catalanismo se pregunte por qué naufraga una y otra vez en sus aspiraciones políticas, que busque la respuesta en tanto hincha satisfecho con su silbato. Cuando España no entienda por qué todo se desparrama, y se le escapa de las manos, que trate de recordar la primera vez que lloró como mal menor lo que no se atrevió a defender como un Estado.

Bambas

Jon Juaristi en ABC, 310515.

El presidente del PNV, Andoni Ortúzar, afirma que podría evitarse el abucheo de los hinchas del Barça y del Athlétic al himno nacional si al comienzo de las finales de Copa entre ambos equipos se interpretasen además los himnos de Euskadi y Cataluña. No parece probable. La intención de Ortúzar al sugerir tal medida podrá ser todo lo benevolente que puede permitirse un dirigente jeltzale, es decir, alguien decidido a que no se le confunda en Madrid con un nacionalista catalán y a fomentar en casa el olvido de medio siglo de persecución y acoso a los vascos no nacionalistas.

Aun sospechando que responde a ambos intereses tácitos, estoy dispuesto a conceder que su propuesta brota de una abundancia de corazón. Pero no funcionaría. Mejor dicho, sólo funcionaría si los tres himnos se interpretaran simultáneamente, lo que resultaría absurdo y cacofónico. Si la interpretación fuera sucesiva, como lo sería fatalmente, las masas nacionalistas abuchearían al himno nacional y aplaudirían al catalán y al vasco. Sobra decir que si el partido se jugase en Madrid, se pitaría a estos últimos.

El fútbol, en efecto, sigue siendo el contexto preferido de lo que Michael Billig, en un interesante ensayo de hace veinte años, definió como «nacionalismo banal», un magma difuso de costumbres, rutinas y creencias que afectan de modo no enteramente consciente a ese tipo de masa inestable que llamamos «público» o «públicos». Los movimientos nacionalistas, sobra decirlo, alientan estos conglomerados sentimentales.

Un no nacionalista no ve la necesidad de que suenen los himnos vascos y catalán en una final de la Copa del Rey entre el Athlétic y el Barça, equipos que no representan a Euskadi ni a Cataluña salvo en el sentir de los nacionalistas de ambas comunidades. La Copa del Rey se juega entre equipos españoles, y no habría por qué tocar el himno andaluz ni el gallego en un hipotético encuentro entre el Betis y el Celta. Ni siquiera estoy seguro de que Ortúzar reclamase que sonaran Els Segadors y el Gora ta gora en un partido amistoso entre el Alavés y el Espanyol al que asistiera el Rey.

Porque es la presencia del Rey lo que impone la ejecución del himno nacional en los encuentros entre equipos españoles. Con independencia de su mayor o menor encanto y de su tardía confirmación como himno nacional por el Real Decreto 1560/1997 de 10 de octubre, la Marcha-Granadera o Marcha-Real está más vinculada históricamente a la monarquía que a la nación. Nunca ha suscitado gran emoción patriótica pero no parece molestar ni a los nacionalistas catalanes cuando suena en los encuentros internacionales. Por otra parte, el himno vasco sólo lo saben cantar los militantes del PNV, partido para el que lo compuso su fundador –Sabino Arana Goiri– uniendo una letra inspirada en la del himno de San Ignacio con una diana militar española.

Aunque se conoce como el Goratagora («Arriba y arriba») tiene poco que ver con la Bamba. Hay una larguísima tradición de compositores vascos de música castrense (española) y de himnos nacionalistas (españoles) que recurrían a ritmos arcaicos con más marcha. Sin ir más lejos, mi pariente el jesuita Nemesio Otaño y Eguino, que arregló la Granadera de acuerdo con lo que él creía que eran sus raíces tradicionales vascónicas, o el también guipuzcoano Juan de Tellería, que se inspiró en una ezpatadantza para la melodía del Caraalsol.

El «nacionalismo banal» funciona al nivel del estímulo y de las respuestas prerreflexivas, como los experimentos de Pavlov con la famosa perra siberiana. Por eso, lo de los abucheos a los himnos no tiene una solución fácil. Quizá, si probásemos con la Bamba…

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Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

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