[Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes].

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Relato breve

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Yendo una noche al piso de mi madre, coincidí en la entrada del ascensor con un joven de atractivo desmesurado; y yo, cuarentona receptiva, me preparé para lo superior. El amor repentino fue tan inmenso que tuvimos que parar entre dos plantas para desbocarnos, dejar salir nuestro impetuoso arranque. Pese a estar parados, aquella mágica caja se balanceaba al compás enloquecido de nuestra vehemencia, haciendo que la música proveniente de sus cables de acero acompañara nuestra ascensión al cielo.

Después de mancillar el elevador e imponer nuestros efluvios de maravilloso amor, borrando los de las vulgares bolsas de basura, le pude sacar su teléfono. Sentía irradiar todos los pigmentos de la vida. Y me dormí aferrada a mi «smartphone», satisfecha por haber iniciado la embestida.

A la mañana siguiente, mientras que yo le enviaba «emoticonos» radiantes de felicidad, él no contestaba. Se hacía presente un silencio que empezaba a reducirme los brillos y mi esperanza comenzó a tambalearse. Sobre todo porque veía en la pantalla que los había aceptado y leído. No pude aguantar más y pasé al texto.

—Hola, ¿te sucede alguna cosa? —le escribí.
—Nada —respondió lacónicamente.
—Es que como no me contestas…
—Estoy liado.
—Vale —y expresé mis emociones con cantidad de «emojis» de cariño.

Esperé de nuevo. Esta vez varios días, a ver si daba señales de vida; y, ante la falta de mensajes, resolví dar un paso hacia delante.

—¡Hola! —le escribí sin más.

Como no me respondía decidí enviar el mismo mensaje cada quince minutos.

Hasta que acabé recibiendo una contestación muy gráfica. El mensaje era, simplemente, un corazón partido; sin más. Ni una explicación, ni siquiera una voz. Me acababa de decir que todo estaba roto entre nosotros. Y me sumí en la confusión.

Entonces me di cuenta que estaba en una sociedad vulgar, en la que prevalece la economía del tiempo y todo se vuelve fugaz. Donde se llenan los espacios de nuestras emociones con la brevedad sucinta. Hasta la propia ruptura es pura desconexión súbita, propia de los temerosos de las ataduras. ¿Dar la cara? Mejor darle a la tecla y adiós a las incomodidades.

Y empecé a echar de menos mi juventud, como cuando para romper una relación te citaban en un bar romántico y argumentaban, procurando no hacerte daño, con frases como: «No te merezco», «Estoy loco», «Eres demasiado buena para mí». Y te daban la oportunidad de asimilarlo frente a frente, con la humanidad que aporta la presencia. ¡Maldita tecnología!

Poco tiempo después, sumida aún en el conflicto, me enteré por el «WhatsApp», ante mi desconcierto y alteración del ánimo, que lo habían detenido acusado de violar a mujeres maduras en los ascensores del barrio.

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Enrique Masip Segarra [2015]. © Todos los derechos reservados.

enriquemasipsegarra.wordpress.com
enmasecs@hotmail.com

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emoticon_2Decepticon. Obra de Ilya Lavrenov [Rusia]. Aquí, en salvapantallas.

NOTAS.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes, son aportados por EQM.

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