[Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes].

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Relato breve

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Llevaba demasiado tiempo sufriendo los avatares cerebrales de un desamor intenso. Odiaba desvelarse temblequeando, amedrentado por la machacona melancolía. Su disposición al aislamiento rozaba la locura y en su obsesión por huir de la realidad cotidiana cambió el día por la noche. Ahora desayunaba en vez de cenar y dormía agregado a la luz intensa del mediodía.

Su mejor amigo, no pudiendo hacer nada con sus conocimientos de psicología, sólo logró convencerlo para que se iniciara en la equinoterapia. Una disciplina ecuestre que, a través del contacto afectivo que se establece con el caballo, le ayudara a resolver sus conflictos y, de esta manera, iniciar su reinserción social, integrarse de nuevo en la vida cotidiana. Que olvidara la infelicidad, estimulando el afecto y respeto hacia los animales y su entorno.

Llevaba ya semanas trabajando el tema y relacionándose con varias caballerías junto a sus compañeros. Estaba aumentando su disposición y estimulando con eficacia sus motivaciones, cuando le presentaron un nuevo caballo. Era el elegido para mejorar sus técnicas ecuestres. Y él así lo entendió.

En la presentación, le acercó la mano a los belfos para que le conociera y, sin dilación, le dio a comer una zanahoria crujiente. El animal estaba más intranquilo de lo habitual y quizás parte de la culpa la tuvieran unas rachas del ligero viento que se estaba levantando por momentos y provocaba algunos remolinos de polvo en el rodal de entrenamiento. Lo acarició por todo el cuerpo mientras le hablaba suave, con cariño, dispuesto a ser su mejor amigo. Una vez el monitor le puso la montura y sujetó las riendas en corto, junto a los filetes del cabezal, le dio la orden de montarlo.

Se dispuso a hacerlo con parsimonia y cautela por el costado izquierdo del animal, el habitual. Se sentía muy emocionado, era el día de su verdadero debut. Impaciente, agarró con su mano izquierda el pomo de la silla y, a continuación, introdujo su pie izquierdo en el estribo. Mientras se sujetaba de la concha con su mano derecha, el caballo no dejaba de mirarlo de reojo y orientar sus orejas hacia él. Y cuando se dispuso a impulsarse en un mágico ascenso, el animal, sorprendiendo a su descuidado instructor, se adelantó firmemente un paso, obligándose a retroceder, quedándose de nuevo en pie.

Fue sólo un segundo después cuando, brusca y repentinamente, con su pata trasera le propinó una coz abierta con tan mala fortuna que le dio de lleno en la cabeza, dejándolo sin sentido en el suelo. Aconteció con tanta brutalidad que dejó a todos atónitos y llenos de temor por aquel impacto que le produjo un severo traumatismo craneoencefálico.

Desde entonces, felizmente, no se acuerda de lo que fueron la totalidad de sus padecimientos y angustias por el desamor en la vida. Ya no los sufre.

Mas… sí que es verdad que, ahora, deambula por la hípica, con la aceptación compasiva del propietario, rastreando con ofuscación el suelo a la búsqueda de su identidad que asegura perdió galopando.

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Enrique Masip Segarra [2015]. © Todos los derechos reservados.

enriquemasipsegarra.wordpress.com
enmasecs@hotmail.com

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Bayardo_2Pintura de Robert LaDou en el Museo del Caballo del Castillo de Chantilly, Francia. A propósito de la historia del caballero Pierre Terraill de Bayard [Francia, 1476-1524] y de la leyenda en torno a los Cuatro hijos de Aymon.

NOTAS.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes, son aportados por EQM.

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