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EQM_130815.

PPPSOE y tercerismo

El desarrollo del independentismo se debe a múltiples factores que unos y otros no dejamos de subrayar porque es muy importante que la ciudadanía haga su propia reflexión en torno a estos procesos nacionalistas donde la propaganda torticera persigue, precisamente, que una falsa épica sustituya al raciocinio de modo que el elector deje de darle vueltas al sentido común y se embarque directamente en la odisea consistente en que pertenece a un pueblo elegido y siempre con derecho a más que los demás.

Pero en estos momentos, enmedio de la apatía del PP y la esquizofrenia del socialismo catalán, yo resaltaría alguna de las circunstancias que han agravado especialmente la situación:

1.- El mal llamado ‘proceso de paz vasco del arruinador ZP, continuado por el marianismo, está haciendo mucho daño también en el caso catalanista porque si con los asesinos caben acuerdos… ¿por qué no ante los secesionistas institucionales?

Tan es así que el propio Mas ha utilizado públicamente tal argumento justificativo.

2.- El tercerismo de tanta gente distinguida, empeñada en apostar por la tercera vía considerar razonable y fundamentado que Cataluña tenga una ‘singularidad’ de una naturaleza tan sublime que a sus habitantes les hace acreedores a un mejor trato financiero y fiscal y a una consideración de ‘nación’ que ni por asomo se atrevería a poner encima de la mesa de los ciudadanos de otras CCAA.

Ayer caía en ese mismo injusto y asimétrico buenismo el mismísimo Nicolás Redondo Terreros, en un artículo en El Mundo que a mí me ha producido mucha pena. Porque una cosa es lo que digan los falsos ‘sabios’ del Pedrito y otra muy distinta alguien de la talla moral y experiencia política ante el secesionismo que tiene Nicolás.

En el colmo de su buenismo para con Cataluña y su ‘malismo’ para con las demás regiones [excepto el País Vasco y Navarra, me imagino, con ese privilegiado régimen foral, parece que justamente cuestionado por la Unión Europea], se evidencia en su apuesta, otra vez, por darle más cariño competencial a los independentistas, imagino que para que posterguen sus algarabías para dentro de un tiempito. Pero, claro, esa condescendencia, además de legitimar el proceso secesionista, se contradice en su propio texto, invadido de truco y trato:

“[…] Una vez pasado el tiempo del acuerdo y en la seguridad que nos da el vivir en un Estado de Derecho, ¿qué podemos hacer? […] Después del 27-S tendremos tiempo, si su derrota nos da una oportunidad, de buscar acuerdos razonables que satisfagan a la mayoría.[…].”

3.- La falta de proyecto político del Mariano en una legislatura con mayoría absoluta. Era el momento de regenerar el país, también dándole al Senado un fin digno, útil y alejado de su actual misión de vergonzoso cementerio de elefantes.

Si, por ejemplo, lo hubiera convertido en un Senado de las CCAA, ahora el Arturet se tendría que oir lo que no quiere -la igualdad de derechos de todos los españoles y la soberanía nacional- en boca de los demás Presidentes Autonómicos, que ahora se tienen que contentar -o ni siquiera- cada uno por libre.

Una pena, ya digo, lo de Nicolás y toda una responsabilidad histórica la omisión de Mariano Rajoy.

EQM

Ilustración de Ajubel [La Habana, 1956] para el artículo. +

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Cataluña y el enemigo imaginario

Nicolas Redondo Terreros en El Mundo, 120815.

El mes de agosto es un tiempo de vacaciones. Incluso ahora cuando nuestro periodo de descanso se ve fraccionado por imperativos empresariales o acortado por los efectos de la crisis económica, sigue siendo un intervalo en nuestras rutinas laborales. Es un tiempo de desinhibiciones y la ligereza se instala en el ambiente. Los políticos aprovechan para comprobar el efecto de sus tesis más atrevidas y radicales; así, el ministro de Justicia, entre muchas comillas y condicionales, ha manifestado la disposición del Gobierno para modificar la Constitución; y los socialistas, por su parte, han aprovechado para desterrar a su portavoz en el Ayuntamiento de Madrid, una vez exprimido suficientemente. En este tiempo con sabor a melocotones y a vino blanco frío, las declaraciones de los dirigentes nacionalistas catalanes sobre sus requisitos para proclamar la independencia han resonado con el sonido metálico de las decisiones dramáticas. Porque dramático es que un diputado más en la Cámara autonómica sea suficiente para romper los vínculos sentimentales, políticos, culturales y económicos que ha producido una larguísima historia y que les une al resto de España.

Las próximas elecciones autonómicas catalanas -para ellos plebiscitarias y constituyentes-, unidas a esta voluntad de quiebra con el resto, hace que este mes de agosto se haya convertido en el prólogo de un tiempo lleno de incertidumbres, en el que una vez más los españoles nos encontraremos con el conflicto radical entre los que quieren volver a empezar, ahora en solitario, y una mayoría abigarrada que apuesta por seguir adelante con las reformas que fueran necesarias. No tienen que pedir perdón los nacionalistas catalanes por su credo, pero para los que no lo somos será muy difícil olvidar su aprovechamiento egoísta y mezquino de las consecuencias sociales provocadas por la crisis económica para conseguir sus objetivos. En el peor momento y cuando era más necesario que nunca unir esfuerzos para salir de la crisis, ellos han aprovechado para pisar el acelerador e intentar conseguir sus ensoñaciones.

Aunque no nos debemos equivocar; esta posición política que nos puede parecer estrambótica y heredera clara de la España cantonal, viene fraguándose desde los albores de La Transición. Primero reforzando el narcisismo colectivo de los catalanes, aprovechando la represión del franquismo a la cultura catalana y una memoria selectiva de lo ocurrido durante la II República; posteriormente creando un enemigo necesario para aglutinar a “los nuestros”, que primero fueron los catalanes oprimidos por Madrid y, poco a poco, han terminado siendo sólo sus votantes. El narcisismo catalán, que no engloba a todos los catalanes pero es una de las bases sentimentales del credo de todo buen nacionalista, lo han ido fortaleciendo los dirigentes catalanes, pero también otros políticos del resto de España cuando hablan de la “gran nación española” o dicen que “saldremos de la crisis económica como siempre lo hemos hecho”. Confundiendo en el primer caso el sentimiento con la realidad: España es nuestra nación, pero no deja de ser un país medio que arrastra grandes atrasos y que sigue, como hace siglos, al borde del abismo que diferencia a los países ricos, poderosos e influyentes de los menos influyentes, menos poderosos y menos ricos. En el segundo caso olvidan los orates públicos que siempre hemos salido de las crisis económicas peor que los países de nuestro entorno y más tarde.

Hasta ese momento no había un gran peligro; simplemente, una molestia para los que en el espacio público piensan más que sienten, tienen más ideas que creencias, emplean más la razón que los sentimientos; pero a fin de cuentas ese grupo en España entera es reducido. El peligro, que la mojigatería de la izquierda española y el cálculo de la derecha ocultaron con silencio y complicidad, apareció cuando el narcisismo colectivo del nacionalismo catalán pasó a crear un enemigo para aglutinar primero a los catalanes y, cuando esto se demostró imposible, sólo a los nacionalistas. Un enemigo que “nos humilla, nos roba, impide que seamos lo que en realidad somos, los mejores…; en todo caso, mejores que quienes nos han vejado durante siglos, y han vivido de nuestra laboriosidad y de nuestro buen sentido”. Y esto es muy peligroso porque la creación de este enemigo, real para ellos pero imaginario para el resto de la humanidad, conlleva un conflicto entre los nacionalistas catalanes y el resto que no tiene solución racional mientras uno de los contendientes no sea derrotado.

No sabemos cuándo empezó el fortalecimiento de su narcisismo colectivo y la creación de su enemigo. Tal vez cuando Pujol, envolviéndose en la bandera catalana, logró evadir su responsabilidad -que por lo menos podríamos calificar de penalmente negligente-, de la gestión de Banca Catalana, ante el silencio cómplice de todas las autoridades del Estado. Al fin y al cabo las victorias parciales, que pueden evadir cualquier calificación moral, son la forma más eficaz y rápida de fortalecer el narcisismo de un grupo y definir a los enemigos. Posteriormente, la utilización ideológica de la educación y la presión de los medios de comunicación públicos, a los que siguieron en alegre romería los privados al encuentro de la correspondiente subvención y del confort que presta la cercanía al poder, se encargaron del resto. La confirmación de la inevitabilidad de las coordenadas nacionalistas la ofrecieron los socialistas catalanes, que cuando pudieron gobernar lo hicieron siendo más nacionalistas que los propios nacionalistas. Y de esta forma se cerró el círculo: los socialistas catalanes demostraron que era “imposible” otra política, los nacionalistas se enaltecieron, y los que no lo eran, se desanimaron. El cierre de ese círculo vicioso lo potenciaron los medios de comunicación cuando se prestaron a unificar en un único editorial todas las posiciones contra la sentencia del Constitucional sobre el último Estatuto. La cuestión no era que todos estuvieran en desacuerdo con la sentencia, podían estarlo como otros en el resto de España; el quid de la cuestión fue que todos los medios de comunicación catalanes redujeran la pluralidad de una sociedad moderna y avanzada a una empobrecedora posición única.

Con esos antecedentes no es de extrañar que los partidos nacionalistas decidan unirse ahora en una plataforma electoral única, despreciando las diferencias que dan sentido a la libertad individual y a las democracias modernas. Como también era inevitable desde hace unos años que Mas recorriera el camino hacia la independencia que ha transitado, importando menos al final la realidad que el imaginario creado durante años; importando poco el saldo final, que siempre será positivo desde su punto de vista: si ganan porque ganan y si son derrotados porque ellos quedarán registrados en el libro de los mártires nacionalistas y tendrán otra derrota para recordar.

¿Qué hacer hasta el día D? ¿Qué decir durante todo este tiempo? Una vez pasado el tiempo del acuerdo y en la seguridad que nos da el vivir en un Estado de Derecho, ¿qué podemos hacer? En primer lugar, dirigirnos a los catalanes que no comulgan con las ideas de este nacionalismo excluyente y autoritario, y que son la mayoría de la sociedad catalana, como quedó claro en la esperpéntica consulta de noviembre del 2014 convocado por la Generalitat. Decirles que tienen nuestra comprensión y apoyo para estas elecciones que no queríamos y que han sido fundamentalmente convocadas para derrotar a los catalanes que no piensan como ellos; decirles que el 27-S se ha convocado en su contra para asimilarles al pensamiento dominante, para derrotarles definitivamente, para que no quede ni una mínima resistencia a los objetivos políticos nacionalistas.

A esa declaración de ruptura de la sociedad catalana, el resto de los españoles queremos contestar con nuestro deseo de seguir siendo mejores y más capaces juntos; a esa vocación totalizadora contestamos con nuestra pluralidad y respeto a todos, también a ellos; y a esas ensoñaciones oponemos una realidad construida a través de los siglos. Pero para que esa posición sea creíble tenemos que soslayar un peligro evidente: el complejo de culpabilidad, el convencimiento de ser, en parte o totalmente, los responsables de este desaguisado. La Historia demuestra que son los nacionalistas los que han creado un enemigo tan eficaz para ellos como imaginario; que son ellos, con su propensión a trasladar la responsabilidad de lo que no saben hacer o hacen mal al resto, los únicos responsables de lo que suceda. Después del 27-S tendremos tiempo, si su derrota nos da una oportunidad, de buscar acuerdos razonables que satisfagan a la mayoría. Para ello contamos con nuestra diversidad, con nuestro respeto a las minorías, con nuestra seguridad en que la pluralidad es enriquecedora, con la tolerancia con quienes piensan de forma diferente y contamos con la razón para solucionar los problemas. Es un programa político suficiente para ir a unas elecciones que han convocado justamente para derrotar la pluralidad, la libertad individual y sustituir la razón por los sentimientos en el espacio público.

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Nicolás Redondo Terreros es presidente de la Fundación para la Libertad y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

Ilustración de LPO [L. Pérez Ortiz; España, 1957], en El Mundo, 100815.

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Sabios, momosabios y Ausgleich

Hermann Tertsch en ABC, 120815.

RESULTA que el PSOE tiene sabios. Nadie lo hubiera dicho viendo cómo le va. Pero sí, los tiene y han sobresaltado nuestra somnolencia agosteña. Nos dicen los sabios del PSOE que el problema de Cataluña tiene fácil solución. Porque se debe a que no hacemos honor y gala a todo lo singulares que son. Resulta que todo este drama del desafío al Estado de Derecho, de los preparativos avanzados de la sedición, del gasto de dinero público en generar desafección de la Constitución y a España, la coordinación entre separatistas y ultraizquierdistas con los cargos públicos de la Generalidad de Cataluña para un golpe de Estado, todo es un déficit de atención. Es culpa nuestra. No hacemos caso a Cataluña y así empujamos a sus representantes al delito y crimen de Estado. A esta conclusión ha llegado el equipo de sabios socialistas al que pagan por su sesudo reflexionar.

Los sabios del PSOE parecen aprender historia de los historiadores catalanes Josep Fontana o Norbert Bilbeny. Representan el delirio actual del proceso nacionalista catalán. Muy parecido a las ensoñaciones teutónicas del nazismo. Pero lo que alarma es que los sabios llegan a conclusiones parecidas a los dos mamarrachos. Y parezcan monosabios, que ayudan a picadores separatistas de mala intención. Aunque se pronuncien con más pudor y mesura. Los monosabios socialistas han decidido que los catalanes son especiales en una comunidad de destino muy especial. No son españoles normales como los andaluces o castellanos, como los gallegos o asturianos o cántabros, ni siquiera como los vascos. Por eso la Constitución española no será justa, dicen, mientras no haga mención expresa a lo muy especiales que son los catalanes y a todos los tratos especiales que requiere su especial carácter, calidad y naturaleza. Con un añadido sobre lo agradecidos que están los españoles vulgares de poder compartir al menos esa vaga techumbre constitucional con gentes tan principales como los catalanes. Por eso han de tener un estatus especial del desigual. Así tolerarán una laxa relación con los otros españoles, iguales entre sí en su carácter menor.

Estas federaciones asimétricas, alego humildemente, son mal asunto. Miren el ejemplo de Hungría en el Imperio austrohúngaro. Tras el aplastamiento de la revolución de 1848 volvió el orden, la convivencia y prosperidad a todo el Imperio KuK. Salvo a Hungría, donde nobles y burgueses, ahítos de chovinismo, no dejaron de presionar a Viena para lograr un trato y estatus especial en el Imperio. Para sentirse cómodos. En 1867, Francisco José I cometió el peor error de sus 68 años en el trono, que fue aceptar el llamado Ausgleich, que convertía a Hungría en un reino prácticamente autónomo dentro del Imperio. Los efectos fueron devastadores. Budapest comenzó a aplastar a sus minorías, que habían gozado de la protección de Viena. Destruyó el respeto mutuo entre la casa austriaca y los pueblos eslavos. Impuso la inmersión y la supremacía del húngaro y lo húngaro en sus territorios. Destruido el concepto de igualdad incondicional de todos los ciudadanos y territorios, se dispararon los enfrentamientos y los agravios y odios hacia Viena. El desprecio a la ley que consagraba la desigualdad del Ausgleich se convirtió en desprecio a toda ley emanada de Viena y destruyó la restante lealtad al Imperio.

Aquí, dar rango constitucional al trato privilegiado a Cataluña dinamitaría respeto, cohesión y lealtad al Estado, promovería revisión de fronteras interiores, destruiría la igualdad entre españoles y acabaría con la democracia. Al final, unas partes se tendrían que defender frente a otras con apetitos territoriales y minorías que las sustentan. En pleno caos y colapso. Por la fuerza y con violencia. Nos proponen 1867, pero sería 1914-1918. La desaparición del Imperio del Águila bicéfala, perdón, de España.

El choque de trenes (Alex Colville/Giovannini), en Libres E Iguales, 090815.

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El síndrome del PSC

Daba igual que siempre perdieran las autonómicas y y siempre ganaran en las generales, cuando se votaba al candidato del PSOE. Lo importante no era ganar sino no ser acusado de mal catalán

Francesc de Carreras en El País, 090815.

El problema que arrastra el PSC desde sus comienzos es que no se libra de un complejo: el de no ser “suficientemente catalán”. Julio Caro Baroja, a principios de los años ochenta, declaraba en una entrevista a Ignacio Vidal-Folch que para solucionar el problema de un País Vasco entonces literalmente masacrado por ETA, había que mandar allí camiones y camiones con miles y miles de psiquiatras. En el caso del PSC creo que no haría falta tanto, bastaría sólo con un psiquiatra, un muy buen psiquiatra, especialista en curar enfermedades raras, como esa de no ser “suficientemente catalán”, que tanto ha perturbado al PSC desde su misma fundación. Un buen neurocientífico, dado los grandes avances que su especialidad ha experimentado en los últimos años, quizás pueda aportar alguna solución.

En realidad, este mal no sólo es propio del PSC sino que puede extenderse a toda la izquierda catalana: partidos, sindicatos, mundo artístico y cultural. Todos hacen grandes esfuerzos para demostrar cada día que son buenos catalanes. No ponen reparo alguno a la política lingüística sino todo lo contrario, dicen que ha sido un éxito; en su día impulsaron con entusiasmo el nuevo Estatuto que les había preparado tramposamente ERC y ahora atribuyen toda la culpa de lo que pasa a la sentencia del TC, como manda el canon nacionalista; los sindicatos, en sus manifestaciones, ya no exhiben la bandera roja sino la catalana y, cada vez más, la estelada.

El mundo cultural teóricamente no nacionalista, con las previsibles excepciones, permanece mudo, callado, mientras sucede todo lo contrario en la otra parte: por ejemplo, Lluís Llach va el primero en la lista de CiU y ERC por Girona, mientras Joan Manuel Serrat todavía no sabemos lo que piensa sobre el procés. ¡Un hurra por Lluís Llach, por lo menos da la cara por sus ideas! Los catalanes que están en el ámbito de la corrección política se comprometen con su causa; en cambio, los del otro ámbito, se limitan a practicar, o un riguroso silencio, o una ambigüedad que en la práctica es acatamiento al poder.

El PSC es un ejemplo de esta última actitud: lo que más les gusta es poner una vela a dios y otra al diablo. Desde siempre, fueron controlados en todo momento por Jordi Pujol. “En la cuestión nacional, les decía, tenéis que estar siempre de nuestro lado, en lo demás podéis hacer oposición; si no os portáis así os acusaremos de ser enemigos de Cataluña”. Aterrorizados por esta gravísima acusación, los socialistas catalanes han guardado hasta hoy una estricta obediencia. Daba igual que siempre perdieran en las elecciones autonómicas, cuando se presentaban solos, y siempre ganaran en las generales, cuando se votaba al candidato del PSOE. Lo importante no era ganar, lo importante, lo prioritario, era no ser acusado de mal catalán.

Fue notorio su papel en los dos gobiernos tripartitos y ahora se ve claro su error: pensaban que estaban basados en un pacto de izquierdas, porque ERC se llamaba Esquerra, sin enterarse que pactaban con nacionalistas que anteponían el supuesto derecho de autodeterminación de Cataluña a cualquier otra consideración. Durante siete años los de Carod los envolvieron en su tela de araña hasta dejarlos tirados en la cuneta y, con el trabajo hecho, pasaron a la siguiente fase: la independencia. Pere Navarro intentó enderezar la situación: no le dejaron ni los unos ni los otros. Con Iceta al frente, con el sector independentista traspasado por fin a otros partidos, y con el acuerdo de eliminar del programa el derecho a decidir, parecía que dejarían el nacionalismo a un lado.

Pero no ha sido así. Antes de las últimas elecciones, más de 200 candidatos a concejales se comprometieron a entrar en la Asociación de Municipios para la Independencia, tras las elecciones han contribuido que fuera alcaldesa de Badalona (la tercera ciudad de Cataluña) una candidata independentista, han votado a favor de que Castelldefelds y Terrassa fueran municipios por la independencia, su preferencia es pactar en el futuro con ERC y con Podemos, pretenden entrar en el gobierno municipal de Barcelona con Esquerra de aliado.

Total, el PSC sigue igual y, al parecer, ya sin remedio: acomplejado, incoloro, inodoro e insípido, con el síndrome de Estocolmo a cuestas, poniendo a la venta su sede central de Nicaragua, clavando de nuevo puñaladas traperas al PSOE, diluyendo su posición ante el 27-S. Como siempre, nada nuevo bajo el sol.

Francesc de Carreras es profesor de Derecho Constitucional.

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Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

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