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LeI 010915Ilustración en Libres e Iguales, 010915.

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De errores y negociaciones

Estos días estamos asistiendo, pues, a mea culpa, grandísima culpa, por parte de unos y de otros. Lo digo también a cuento de la significativa confesión pública de Nicolas Redondo hoy en El Mundo [ver infra].

Considerándola aceptable en su conjunto, adolece, en mi opinión, de dos grandes equívocos que convendría resaltar:

1) Califica el abandono del PPPSOE, del Gobierno central de turno, al ciudadano catalán constitucionalista, de actitud y comportamiento cobarde y cómodo. Esa simplificación no cuela históricamente.

Hay más, mucho más: desde la propia elaboración de la Constitución hasta hoy predomina el interés por privilegiar al nacionalismo también -y principalmente- por ese afán partidista de poder gobernar gracias a los falsos ‘singulares’ a cambio de cubrirles de regalías, asimetrías y virreinatos repletos de falsas ‘singularidades’. Es decir, PPSOE han gobernado sobre la base del interés particular, de partido, y nada menos que contra el interés general de los españoles, de la soberanía nacional. Y no han llevado la situación a extremos más radicales, si caben, porque los andaluces les acojonaron en su reférendum de 1980.

2) El último párrafo de su texto, no tiene perdón de Dios:

Hasta para negociar es imprescindible ganar las elecciones, si se pierden no habrá diálogo, ni negociación, ni serán posibles los pactos. En fin, lo que es justo reconocer es que hagamos lo que hagamos, los primeros en alertarnos de lo que iba a suceder son todos aquellos hombres y mujeres a los que llevo refiriéndome a lo largo de todo este artículo y a los que mando un fuerte abrazo. Yo, amigos catalanes, estaré para lo que me digáis.”

Nicolás todavía no se ha enterado de que los amigos catalanes, a los que se dirige y pide perdón públicamente, no tienen in mente negociar o pactar nada de lo que parece querer Redondo. Más bien al contrario. Estarían encantados en que de esta ‘broma’ saliera una Cataluña -y un P. Vasco; y una Navarra- cuyos ciudadanos no sufrieran ningún tipo de inmersión ni difrutaran de ningún trato de privilegio o de ‘singularidad’ inventada. Por la igualdad de derechos y deberes ciudadanos con independencia de su lugar de residencia.

Lo de ‘Yo, amigos catalanes, estaré para lo que me digáis’, además de sonar a la conocida desvergüenza del arruinador ZP, parece rememorar la consabida cantinela de que para el caso catalán el derecho a decidir sobre Cataluña no corresponde a los españoles sino a los empadronados en aquella región.

Una pena. Maldita pena, Nicolás.

EQM

r arias em 030915Ilustración de Raúl Arias [España, 1969] para el texto de Nicolas Redondo Terreros, ayer en El Mundo.

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A mis amigos catalanes

Nicolás Redondo Terreros en El Mundo, 030915.

El ex presidente Felipe González publicó hace unos días, utilizando el diario ‘El País’, una carta dirigida a todos los catalanes en estos momentos en los que se juegan tanto por la irresponsabilidad de los dirigentes independentistas. Tuve interés en ver lo que sucedía en las redes sociales, terreno que no suelo frecuentar por higiene mental, y si en alguna ocasión lo hago me revisto de recelo y precaución, debido a que en las utilizadas por la generalidad, no es posible la discusión y favorecen los linchamientos a quienes no piensan igual; sustraigo por supuesto de esta negativa impresión a blogs solventes en los que se puede debatir seriamente sobre cuestiones diversas.

El caso es que después de navegar por las redes sociales no pude encontrar un argumento sólido en contra de la carta del ex presidente, pero sí pude comprobar el daño que había hecho a los independentistas por la multitud de descalificaciones que sufrió el autor de la misma. Ya saben, cuanto más se utiliza la descalificación, menos razones y más miedo tiene su autor.

Por otro lado detractores de la carta, ubicados en el ámbito constitucional, le han hecho notar la contradicción entre su posición y las dudas del PSC, la posición equidistante de la dirección actual del PSOE entre los independentistas y el Gobierno de Rajoy y también han echado en falta una crítica a su pasado pactista con Pujol. Pero la carta, pudiendo tener otros contenidos, es la de un ex presidente, no la de un militante de base del Partido Socialista. Se trataba de poner a los independentistas ante el espejo de su irresponsabilidad, no era una carta sobre su gestión durante sus mandatos presidenciales. Decía Sócrates: “Supongo, Gorgias, que tú también tienes la experiencia de numerosas discusiones y que has observado en ellas que difícilmente consiguen los interlocutores precisar el objeto sobre el que dialogan”, en este caso se trata de un debate sobre las consecuencias que tendrán las próximas elecciones autonómicas catalanas utilizadas por una amalgama de aventureros independentistas para satisfacer sus intereses. Todo lo demás referido al pasado de Felipe tendrá su tiempo, que no es el que estamos viviendo, y su lugar; probablemente el más ajustado se encuentra ya en las secciones de historia de las universidades.

En cualquier caso, el mejor ejemplo del acierto del ex presidente del Gobierno ha sido la furibunda reacción de sus adversarios. Su influencia ha sido utilizada correctamente y no se le puede pedir más. Pero los que no tenemos esa influencia y por lo tanto tenemos una responsabilidad menor en todo lo que está sucediendo en Cataluña o lo que teníamos que decir ya lo dijimos hace tiempo, podemos adentrarnos en otros terrenos que son importantes, tal vez de mayor alcance que unas elecciones autonómicas pero que sin embargo hoy por hoy no son urgentes.

La reacción de los que consideran a González un enemigo, como antes consideraron a tantos otros que nos atrevimos a discrepar de la opinión dominante sobre Cataluña, me ha llevado a pensar en la minoría de catalanes que han tenido durante estos últimos años la valentía poco común de oponerse a la política de Pujol, de expresar su desilusión con la de Maragall o de hacer público su bochorno con el pacto de Montilla con ERC, error reconocido hace unos días por Carme Chacón; minoría que fue silenciada en su tierra y descalificada por amplios sectores en el resto de España.

¿Cómo han vivido durante estos años estos amigos intelectuales, políticos, artistas, o simplemente ciudadanos con un valor superior a la media? En Cataluña han sido tratados como personajes atrabiliarios en el mejor de los casos o como peligrosos desestabilizadores de la idílica democracia catalana; en Madrid eran calificados sencillamente de fachas o de españolistas sin remedio, en fin lo peor de lo peor. Siempre recordaré el griterío a las espaldas de Albert Rivera mientras era entrevistado en plena calle por un canal de televisión privado de ámbito nacional; fue el mejor ejemplo del enfurecimiento enloquecido de las masas, injusta chusma enardecida, ante un enemigo desposeído para ellos de todos los derechos propios de un ciudadano. De esa minoría, unos se aburrieron de un ambiente plomizo que escondía el autoritarismo populista vestido de mediocridad, y se marcharon; otros, desilusionados por la escasa reacción de una ciudadanía prisionera de un nacionalismo que aparentaba civilidad, también pusieron tierra por medio; no pocos siguieron con cabezonería, intentándolo una y otra vez, siempre rodeados de silencio e incomprensión, y allí han seguido luchando en soledad. Pero todos, los que se quedaron y los que se fueron, siempre dispuestos a dar una nueva batalla, convencidos de tener razón y por lo tanto de poder ver cómo se da la vuelta a la situación.

Los vascos que padecimos una situación parecida, agravada por la posibilidad real de perder la vida y la seguridad de haber perdido la libertad, teníamos por lo menos el reconocimiento al valor. El reconocimiento del valor no es nunca suficiente para la gente inteligente, y éstos a los que aquí recuerdo lo son y mucho, pero al fin y al cabo algo era algo. Los disidentes catalanes ni siquiera han tenido eso.

Justamente esa cobarde irresponsabilidad es la que me han recordado las reacciones contra la carta de Felipe González. Siempre se llega a una situación social imposible cuando los dirigentes políticos no son capaces por cobardía o comodidad de defender principios y reglas del juego. El 27 de septiembre tiene muchos responsables. Desde luego, en primer lugar, Artur Mas y los suyos, pero también somos responsables los que no defendimos la España democrática en Cataluña, los que no denunciaron la política educativa de la Generalitat, los que renunciaron a responder a los exabruptos de los nacionalistas por comodidad o por complejo, los que miraron a otro lado cuando se quemaban las imágenes del Rey o se silbaban los símbolos democráticos de la nación, los que asentían ante la grandilocuencia entrecortada de algunos líderes políticos o de opinión catalanes, siempre dispuestos a vender la idea de que la culpa era de Madrid, travestido para ellos de alpargata, pandereta, vagancia y picaresca.

¡Cuánto cálculo miope, cuánto miedo a la reacción clerical de un grupo que dominaba con mano de hierro la sociedad catalana y que algunos en el resto de España siempre creyeron legítimamente acreedor y, lo que es peor, adornado de una superioridad que sólo la ignorancia les prestaba! Y se nos olvidó que lo que no se defiende, siempre se pierde.

Hoy, en un momento crucial, en el que nos vemos obligados por su irresponsabilidad y nuestra comodidad a confrontarnos electoralmente como si nuestra vida dependiera del resultado, característica de sociedades inmaduras, no puedo dejar de sentirme orgulloso de estar con los que siempre defendieron la democracia sin adjetivos, la libertad individual y el derecho a discrepar sin necesidad de convertirse en héroes. Sé que estoy con los que han tenido la razón y el nervio moral para defenderla, sé que estoy con el futuro de Cataluña y de España, que renunciaron a la vez y con gesto manifiesto a lo peor de nuestra historia.

Todo lo que hagamos, desde los puntos de vista ideológicos más diferentes para ganar a los que nos devuelven las estantiguas de nuestro pasado, debe ser bien recibido pero con un matiz fundamental: no equivocar los tiempos y las pretensiones de los independentistas. Ellos han considerado, equivocadamente a mi juicio, que la debilidad del Estado -crisis económica, política e institucional, recordemos la abdicación de Rey Juan Carlos en esta legislatura- les ofrecía la mejor oportunidad para conseguir sus objetivos a través de las elecciones-trampa del 27S. Paradójicamente su apuesta electoral impide a los catalanes elegir con normalidad en estas próximas elecciones autonómicas; y en ese sentido recuerdo un pasaje del Libro XXXI de Tito Livio: “vosotros pensáis que lo que se trata es si se ha de hacer la guerra o no; y no es así. Lo que se trata es si esperáis al enemigo en Italia, o si iréis a combatirlo en Macedonia, porque Filipo no os permite escoger la paz”.

Por lo tanto se trata de obtener un resultado que impida a los independentistas llevar a cabo su pretensión o, en caso contrario, las tensiones y los conflictos se prolongarán en Cataluña durante mucho tiempo. Hasta para negociar es imprescindible ganar las elecciones, si se pierden no habrá diálogo, ni negociación, ni serán posibles los pactos. En fin, lo que es justo reconocer es que hagamos lo que hagamos, los primeros en alertarnos de lo que iba a suceder son todos aquellos hombres y mujeres a los que llevo refiriéndome a lo largo de todo este artículo y a los que mando un fuerte abrazo. Yo, amigos catalanes, estaré para lo que me digáis.

Nicolás Redondo Terreros es presidente de la Fundación para la Libertad y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

Giovannini 020915El sudario [collage de Giovannini en base a la primera de las ‘Tablas del esqueleto y músculos del cuerpo humano‘ [1747], obra de Bernhard Siegfried Albinus [Alemania, 1697-1770]]. Vía Libres e Iguales, 020915.

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Elecciones trucadas

¿Podemos imaginar que el presidente de un länd alemán anunciara que proclamará la independencia, o el presidente de una región francesa?

Alfonso Guerra en la revista Tiempo, 010915.

Estamos a las puertas de unas elecciones parlamentarias en Cataluña. Hasta aquí todo responde a la normalidad, pero los dirigentes del Gobierno autonómico han insistido en el carácter plebiscitario de la consulta, y han anunciado que si la lista confeccionada por ellos obtiene un número suficiente de diputados (68), proclamarán la independencia de Cataluña.

Lo más preocupante de la situación creada es la ausencia de la correspondiente respuesta de la sociedad. ¿Podemos imaginar que el presidente de un länd alemán anunciara que proclamará la independencia, o el presidente de una región francesa? Sabemos que ese presidente no podría mantenerse en el puesto mas allá de 24 o 48 horas. ¿Cuál es la respuesta que se da en España a una violación extrema de los preceptos constitucionales por quien ha jurado cumplirlos y hacerlos cumplir?

Es preciso distinguir en las posiciones que mantienen los representantes políticos, los medios de comunicación y la sociedad en general. Y entre las actitudes de dos ámbitos geográficos: Cataluña y el resto de España.

Los partidos políticos en Cataluña participan del desafío soberanista haciendo caso omiso a la carga antidemocrática de tal violación de las leyes. Los partidarios de la ruptura de las reglas democráticas se ven más o menos acompañados por los demás que, sin participar de su programa, les reconocen de alguna manera que les asiste la razón porque el derecho a decidir no debería ser negado por los demás.

Los medios de comunicación de Cataluña se posicionan militantemente a favor de la secesión o, cuando menos, la contemplan con benevolencia o complicidad.

La responsabilidad del proceso de desnaturalización de la democracia recae, claro está, en los nacionalistas y sus adláteres, pero la izquierda tiene también su responsabilidad, pues no se ha atrevido a parar un programa que representa el viejo proyecto de la burguesía catalana, lo que hubiera hecho aún más evidente la ilegitimidad del proyecto. Sobrecoge observar cómo los sindicatos bailan el agua a Artur Mas y sus monjas coadyuvantes. ¡Cuántos siglos marcha atrás!

En el conjunto de España, la respuesta más repetida es la de advertir de la posible reacción de las autoridades nacionales. ¡Cuidado con la reacción que pueda tener el Gobierno de España! ¡No vaya a deslizarse por un frentismo indeseado! Es decir, que estamos ante el anuncio de un verdadero golpe de Estado que desgajaría a una parte de la nación, y nuestros políticos e intelectuales están preocupados porque el Gobierno pueda reaccionar a un acto de secesión.

Mi inquietud es la contraria, la que se deriva de la falta de respuesta del Gobierno.

La sin razón de los asustados por la reacción, no por la violación constitucional, alcanza límites de tal despropósito como el de llegar a negar, como un acto impropio, que se pueda aplicar los preceptos de la Constitución a quien pretende romperla.

Ya sabe usted, los pusilánimes advierten de que no se vaya a aplicar el artículo 155 de la Constitución, pues eso les parece poco democrático. Asustados porque se puede aplicar un artículo de la Constitución que fue aprobado por unanimidad cuando se debatió en la Comisión Constitucional. Pues ahora, para algunos parece ser una norma represiva de un régimen no democrático. He llegado a leer, con firma de catedrático, que ese artículo fue incluido para que no se aplicara. Incluso el máximo representante del tribunal que garantiza la constitucionalidad de todos los actos declaró que “no le gustaría que se aplicara el artículo 155”. Como si la cosa fuera cuestión de gustos. Si una autoridad, máximo representante del Estado en la Comunidad Autónoma, viola la Constitución, la respuesta ¿es cuestión de gustos?

El artículo 155 se incorporó al proyecto de Constitución como una traducción casi literal de un precepto de la Constitución de la República Federal alemana; se trata de una cautela típica del modelo de Estado federal, para cuya aplicación se exige, tras la decisión del Gobierno, la aprobación por mayoría absoluta del Senado, la Cámara de representación territorial.

Según el denostado artículo 155, no se puede suspender la autonomía de una comunidad (en Reino Unido), no se puede disolver un Parlamento autonómico (en Austria), ni destituir al Gobierno de la comunidad autónoma (en Italia). Lo que permite la aplicación del artículo 155 es una cautela legal que no justifica ninguno de los miedos que algunos declaran. ¿Qué dice el texto?

“Si una comunidad autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España, el Gobierno, previo requerimiento al presidente de la comunidad autónoma y, en el caso de no ser atendido, con la aprobación por mayoría absoluta del Senado, podrá adoptar las medidas necesarias para obligar a aquella al cumplimiento forzoso de dichas obligaciones o para la protección del mencionado interés general.

Para la ejecución de las medidas previstas en el apartado anterior, el Gobierno podrá dar instrucciones a todas las autoridades de las comunidades autónomas”.

Una disposición sensata, garantizadora del cumplimiento de las leyes.

Frente a esta normativa constitucional, las autoridades de la comunidad vienen practicando una suerte de golpe de estado a cámara lenta, con la complacencia de los partidos políticos, los medios de comunicación, los sindicatos y la patronal y hasta de alguna entidad deportiva. Un verdadero monumento a la cobardía.

Su protagonista, el presidente de la Generalitat, evita así rendir cuenta de su pésima gestión como gobernante. En una época marcada por la crisis económica que ha agravado la pobreza de muchos y ha dificultado la vida de muchos más, el dirigente nacionalista, rota la leyenda con el caso Pujol, embargadas todas las sedes de su partido por la corrupción, da un salto en el vacío con la imperdonable consecuencia de lanzar por el precipicio a todo el pueblo catalán. Huir hacia adelante es la más execrable forma de cobardía.

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Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

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