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El pluralismo. Alternativa. Argumento‘ [1986]. Cartel de Sergey Bulkin [Rusia, 1955] y Evgeniya Miheeva [Rusia, ?]. Vía Davno.ru.

La pirula

Jorge Bustos en El Mundo, 231015.

El taxi bajaba por la calle de la Colegiata de San Isidro y yo viajaba en él, y tenía prisa porque me estaban esperando. Así que al llegar a la altura de la Cava Baja le sugerí al taxista que me ahorrara un fastidioso rodeo girando a la izquierda. El taxista, con suave acento sudamericano, objetó que esa maniobra estaba prohibida, cosa que yo ya sabía. Los dos nos tomamos unos segundos para asegurar la escena del precrimen; al verla despejada de sirenas y uniformes, el taxista cedió a mi insistencia y giró a la izquierda.

Fue salir del giro y topar de frente con una pareja de agentes de movilidad que nos hacían señales para que nos echáramos a un lado de la calzada. Una insidiosa furgoneta de reparto los había ocultado a nuestro vistazo preventivo. El taxista maldijo en voz baja, con más pesar que ira. Se percató rápidamente de lo que venía a continuación, aunque no dudó en delatarme cuando el agente se acercó a la ventanilla.

-El cliente me dijo que hiciera la pirula…
-Pero usted decidió hacerla. Usted conducía, así que la denuncia es para usted. Si el cliente quiere pagársela, es cosa suya.

El dilema moral quedó así establecido en toda su incómoda transparencia. El taxímetro marcaba una carrera de siete euros. Mi primer impulso fue el de pagarle diez, balbucear alguna fórmula de perdón, abrir la puerta y alejarme de allí a buen paso. El agente le requirió los papeles para formalizar la denuncia. El taxista demoró el trámite todo lo que pudo mientras se volvía hacía mí para interrogarme con la mirada. La eternidad dura lo que duraron clavados en mí esos ojos cobrizos en los que ardían el reproche y la rabia. Había obedecido al cliente, y el cliente no tenía razón, y el cliente era inocente a ojos de la autoridad. Adiviné que el taxi no era suyo; que debía entregar un porcentaje de la recaudación al propietario; que la multa que se le venía encima le descuadraría todo el mes. Pero no me explicó nada de esto: sólo me miró, con dureza creciente, mientras el agente tamborileaba con los dedos en la carrocería aguardando el carné. La actitud del taxista es contraproducente, pensé: si pretende que me haga cargo de la multa, debería ensayar un gesto de súplica, no uno de amenaza. No me estaba suplicando que pagara, sino que ya había dado por descontado que no iba a hacerlo y me castigaba por ello.

-Son 200 euros, la mitad si paga en plazo voluntario -informó el agente.

El taxista se llevó la mano a la cartera, sacó la licencia, se rindió al proceso alienante de la sanción burocrática. Conocéis esa sensación de calor húmedo que os trepa a las sienes cuando la vergüenza o la confusión paralizan la voluntad. Musité la posibilidad de recurrir, pero el taxista no conocía a ningún abogado. Y entonces decidí. En la cartera me quedaba exactamente un billete de 50. Lo saqué, lo dejé en el reposabrazos del conductor y abrí la puerta.

-Gracias -se sorprendió.

Mientras me alejaba, el ánimo más ligero a cada paso, medité sobre los varios vectores del pequeño drama. La tentación de la picaresca, que a todos nos susurra y que desmiente a los savonarolas convencidos de que los corruptos son siempre los otros. La posibilidad de que un infractor sea al mismo tiempo una víctima. La constatación de que, como decía Arendt, la conciencia es un diálogo con uno mismo, y de que ese diálogo a veces no lo detonan las razones sino una torpe emoción. Y la realidad de que nada es gratis: tampoco la paz interior, que aquel día me costó 50 pavos.

•••

 

Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

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