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Al inicio del partido amistoso Turquía-Grecia de ayer, hinchas turcos interrumpen el minuto de silencio en memoria de las víctimas de París con abucheos y gritos de «Alá es grande»

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732 y 1453 dC.

¿Ese gentío que abucheaba y gritaba ‘Alá es grande‘ ayer, durante el minuto de silencio en homenaje a los europeos asesinados el viernes, tiene algo que ver con los otomanos que amenazaban a la Europa del Renacimiento sobre todo a partir de la toma de Constantinopla [1453]?

¿Esos musulmanes que asesinaban el viernes en en Paris con el pasaporte europeo en la mano tienen algo que ver con aquellos omeyas que el franco Carlos Martel supo frenar en la batalla de Poitiers [s732], consiguiendo que no invadieran Europa [Austrasia] más allá de los Pirineos y preservando el Cristianismo?

Me temo que algo me suena. Por mucho que miremos para otro lado.

Como comentaba el colega Blas ayer, citando a Nietzsche: “Todos los acontecimientos del mundo, todas las situaciones pasadas, presentes y futuras se repetirán eternamente”.

Diagnóstico y tratamiento son la comidilla de estos días.

Vayan sentando su propio criterio porque lo vamos a necesitar.

EQM

En la duda, con el enemigo

¡Cuán simbólico es la intención de la ultraizquierda de equiparar al terrorismo con el poder democrático!

Hermann Tertsch eb ABC, 171115.

Todos los miembros del consistorio de Córdoba guardaron ayer un minuto de silencio por los muertos de París con la oposición y con la administración pública de prácticamente toda Europa. Pero después guardaron otro. Y a petición de la representante de Ganemos, que es Podemos, los ediles de la izquierda gobernante guardaron otro por las víctimas de las operaciones de guerra ordenadas por el presidente de Francia contra posiciones de Estado Islámico en su capital Raqqa. ¡Cuán simbólico es tanto la intención de la ultraizquierda de equiparar al terrorismo con el poder democrático como la disposición del resto de la izquierda de hacerle el juego! La izquierda española tuvo bajo Felipe González un intento de hacer su Bad Godesberg, hacia la aceptación plena de la democracia representativa y la renuncia total al proyecto totalitario marxista.

González lo redujo a una maniobra y después el ejercicio del poder hizo que se obviara el debate. Muchos creían que había quedado superado. Pero llegó Zapatero, abrió los frascos de todos los venenos, y en su partido no había nadie que hiciera frente a la basura putrefacta ideológica que surgió de ellos. Durante una década sembró ese mensaje sin que en la izquierda ni en la sociedad hubiera más que voces aisladas que clamaran contra lo que ha sido el mayor atentado contra la convivencia desde la Guerra Civil. Un atentado continuado para hacer de la izquierda española un movimiento premoderno, cargado de odio y voluntad de violencia, incapaz de ver la sociedad democrática abierta como otra cosa que una desgraciada componenda capitalista que hay que destruir de una forma u otra.

La inanidad de la derecha ideológica y los cálculos mezquinos de la derecha política han reforzado en España la hegemonía mediática y cultural de la izquierda. Eso cuando más palmario es su fracaso histórico y su absoluta incapacidad de generar una opción constructiva, viable y con proyección de futuro. Así las cosas, la izquierda marxista, que debería haber desaparecido ya como ha hecho en las sociedades desarrolladas, tiene en España una presencia que nos sitúa en niveles de Venezuela cuando no de Zimbabwe. Una izquierda que ha perdido toda brújula moral tras sus consignas de baratija y sentimentalismo populista.

Y su único polo de referencia es el odio a su enemigo ideológico que son el capitalismo, Israel y los judíos y la idea nacional de España. Contra eso todo vale. Y por hacer daño a esos enemigos, con los que se incluye a sus aliados y amigos, esa izquierda española es capaz de aliarse con maoístas chinos, fascistas rusos, ayatolás iraníes, cortacabezas de Hamás, revolucionarios africanos, narcotraficantes venezolanos, proxenetas cubanos o miembros de la cienciología. Por hacer daño a España, al capitalismo y a los judíos, con quien sea. Pues, con el yihadismo. Ahora intenta Pedro Sánchez dar aspecto de chico de fiar, ya que no de hombre de Estado, y se une al pacto antiyihadista propuesto por Mariano Rajoy. Pero en realidad no quiere, porque él es de los más conspicuos representantes de esa izquierda española que no cree ya más que en sus resentimientos.

Está más cómodo con Pablo Iglesias y sus amigos Jorge Verstrynge y Santiago Abad, los alquimistas de la alianza del islamismo con el comunismo, del jugueteo intelectual con el terrorismo como parte del proceso de superación del capitalismo. Pedro Sánchez no ha hecho ni un Bad Godesberg personal. Por eso no es capaz de separar a su partido de una izquierda no solo no ha salido del pozo negro de crimen y miseria de su propio siniestro y terrible pasado, sino que vuelve a estar lleno de tentaciones y seducciones para repetirlo.

Ilustración de ‘ULISES‘ [México, 1963] en El Mundo, 181115.

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La guerra de los mil años

Raúl del Pozo en El Mundo, 181115.

No es nueva, es la guerra de los mil años. Especialmente en España, donde dura desde la batalla del Guadalete a las guerras del Golfo y de Irak, pasando por las guerras de África donde pelearon nuestros padres. Desde que San Agustín defendió la virtud de la guerra justa y Mahoma llamó a la yihad, estamos matándonos. Esta misma generación ha escuchado los silbidos de los scud y los vuelos de los B-52 y se ha dividido entre los pacifistas de buen corazón y los partidarios de la guerra justa. Hoy, la ferocidad del IS da argumentos a los estados mayores para emplear la legítima defensa después de los ataques a las ciudades de Nueva York, Londres, Madrid y París.

No es buen momento para los pacifistas. Como dice el gran teórico de la guerra Carl von Clausewitz: “Algunas almas caritativas podrían hacerse la idea de alguna manera milagrosa para desarmar o derrotar al enemigo sin causar dolor”. Ahora, eso parece imposible. El enemigo no es, como podría parecer, un foco irregular. Tiene detrás millones de reclutas potenciales y una gran facilidad para financiarse con la venta de petróleo, con secuestros, la toma de rehenes y atracos a bancos. Como en Vietnam, los insurgentes se han apoderado de la espantosa máquina militar que dejaron los americanos en Irak. Es verdad que no hay que confiar sólo en la fuerza de las armas, sino en la fuerza de la razón, de la moral, pero el primer deber de un país amenazado es la ofensiva y el contraataque.

Es lo que ha hecho Francia. Los cazas galos han atacado Raqqa, capital del IS, Estado Mayor de los insurgentes, depósito de armas. En el arsenal destruido no estaba el arma invencible de los yihadistas: el terror. En la guerra no se trata de convencer, sino de vencer; y el enemigo, además de ser una bomba atómica de terror, posee otra arma tan poderosa como la bomba atómica: los combatientes suicidas. Como los kamikazes que iban al santuario Yasukuni, los del IS rezan antes de matar y luego se inmolan. Los teóricos de la guerra analizan ese terrible poder basado en la desesperación y la locura.

Otra cosa es la fascinación por el abismo de los jóvenes europeo-árabes educados en democracia. Resulta asombrosa esa seducción, esa epilepsia bárbara, ese resplandor de la muerte que hipnotiza. Después de Auschwitz o Treblinka, creíamos que nunca más volveríamos a ver el matadero de Europa, pero hemos vuelto a verlo. Dice algún joven-viejo filósofo que la fascinación por el terror y la crueldad nace de la filosofía y pone el ejemplo de Heidegger, que vio a Hitler como un Dionisio de Siracusa, el tirano que debe acompañar la reflexión del filósofo.

Europa se ha hipnotizado con el terror desde las hogueras de la Inquisición a los campos de exterminio. Para Albert Camus, en el viejo continente los cadáveres apestan, hiede la memoria de los sádicos, verdugos despiadados, que practican el tiro disparando a los ojos de los judíos del campo de prisioneros. Esta matanza continúa. No se consiguió el hombre nuevo, sino un hombre cada vez peor.

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Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

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