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‘Los yihadistas del Estado Islámico no están locos ni son imbéciles’

Philippe-Joseph Salazar, experto en la propaganda del IS, advierte de que el califato ofrece ‘la conversión al ideal frente a los ‘bienes de consumo’ de Occidente

María D. Valderrama en El Mundo, 091215.

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François Hollande ha pasado las últimas semanas repitiendo a los franceses que su objetivo es destruir al Estado Islámico. Estamos lejos de hacerlo porque ni siquiera hemos comprendido cómo funcionan. Ésta es la idea que defiende el filósofo francés Philippe-Joseph Salazar en su ensayo ‘Paroles armées: comprendre et combattre la propagande terroriste’ [Palabras armadas, comprender y combatir la propaganda terrorista] (Lemieux Éditeur), que ha sido premiado con el Prix Bristol des Lumières.

El premio se lo entregaron tan sólo un día antes de que un “comando de asalto”, como él prefiere llamarlo, realizara un muy bien coordinado “asalto militar” -ídem- contra varios objetivos en la ciudad de París. Salazar intenta ponernos ante el espejo en esta lucha en la que, mientras seguimos reflexionando sobre si Daesh se escribe con “s” o con “c”, si deberíamos escribirlo como EI o IS, ellos siguen reclutando decenas de miles de jóvenes cultivados, extraviados, dándoles los valores que Occidente no ha sabido darles, o sí. Nuestro lenguaje no alcanza a explicarlos y, mientras, tratamos de comprenderlos, pero no sabemos nada.

Salazar, antiguo alumno de Roland Barthes y ex director del Colegio Internacional de Filosofía de París, trabaja actualmente en la Universidad de Cabo, Sudáfrica, como profesor de Retórica. Estos dos últimos años ha visto y revisado, asqueado, toda la propaganda del califato -también defiende que lo llamemos así- para concluir que, probablemente, ellos están mucho más determinados en la defensa de sus valores que nosotros en la de los nuestros.

La propaganda del Estado Islámico debe ser muy buena para convencer a jóvenes occidentales a viajar 5.000 kilómetros para unirse a una guerra
En realidad no hemos comprendido bien la naturaleza de la propaganda del califato, porque esta propaganda actúa a dos niveles: el nivel internet, video, revistas, que es importante, pero no esencial. El punto esencial es que el califato ofrece la conversión a un ideal. El gran problema de la cultura occidental es que es esencialmente materialista ya que, aparte de la adquisición de bienes de consumo no ofrece nada más. El califato ha reflexionado así, sus intelectuales, que son gente muy inteligente, conocedores de la cultura musulmana y la occidental han comprendido que había la posibilidad de convertir a la gente.
El término radicalización es muy malo, hay que hablar de convertidos. Decenas de miles de jóvenes occidentales australianos, americanos, europeos quese han unido al califato se han convertido y no por la propaganda. Usted puede repetir 1.000 veces al día ‘dios es grande’ y no por eso la gente va a empezar a convertirse al catolicismo, al protestancismo o al islam. Su propaganda se centra en la exaltación del individuo, ellos venden una camaredería extraordinaria entre sus soldados, por ejemplo, como vemos en los vídeos. Tenemos problemas para comprender eso en los países occidentales así que lo que hacemos es reírnos, decir que están locos, enfermos. Ni están locos ni son imbéciles.
En Europa se habla de jóvenes que viven en la marginalidad y que no han integrado los valores de sus países. Pero, por lo que dice, ¿estos jóvenes están simplemente interesados en otros valores?
Exactamente. La respuesta que tenemos cada vez que hay un problema social es o socializarlo o medicalizarlo. Sea lo que sea o decimos hay razones sociales al problema o decimos hay problemas psicológicos. Hace unos meses un joven fue detenido en Texas cuando iba a cometer un atentado terrorista. La prensa americana no habló mucho del tema pero le presentaron como a un loco porque decía que había escuchado en un sueño un ángel decir que debía convertirse y tomar las armas. Ya era musulmán pero no practicaba.
Esta reacción demuestra un mal conocimiento del islam pues, en la tradición musulmana, un sueño profético es extremadamente importante. En el fondo, lo que hacemos es tomar caminos de interpretación sobre cosas que al mismo tiempo no buscamos comprender. No podemos utilizar estos argumentos porque decir que cualquiera que tiene una aspiración religiosa o incluso ideológica está loco, entonces todo el mundo está loco. Es algo muy grave porque el califato se hace fuerte mientras nosotros renunciamos a comprender su funcionamiento. Otro argumento que he oído es que el mal tiene un gran poder de atracción, ¿ve a dónde vamos? Si empezamos a decir eso, quiere decir que el bien no tiene valor alguno.
¿No queremos comprenderlos?, ¿queremos que parezcan menos fuerte de lo que son o es que no hemos tomado el tiempo para saber a qué nos enfrentamos?
Hay un poco de todo. Para empezar, creo que es muy importante que hablemos de califato, porque es un término aceptado en islam pero pertenece a nuestro vocabulario: Daesh, Daech, Isis, EI, AI, IE… Eso no significa nada. Políticamente es mejor dar un nombre digno al adversario para enfrentarse a él que nombrarlo de forma sarcástica, lo que disminuye nuestro esfuerzo de contraataque. El discurso de fundación del califato en la mezquita de Mosul, una de las más antiguas e importantes del mundo, fue un magnífico discurso y nos reímos de él en lugar de tomar medidas ante lo que estaba pasando.
He ahí alguien que traza su genealogía hasta el profeta, que toma un nombre extremedamente noble del islam, que comienza a dirigir un Estado. Es nuestro problema, delante de lo que nos parece desconcertante nos reímos en lugar de mantener la calma y examinar qué está pasando. El resultado es que nunca nos hemos preparado para los atentados terroristas porque hemos pensado siempre que eran locos, marginados, enfermos mentales.
Entonces, ¿qué son?
Fíjese en el uso que damos al término kamikaze, especialmente después de los atentados de París. No son kamikazes, son comandos de asalto extremadamente bien entrenados. Por la decena de personas que atacaron debía haber un centenar en la logística por detrás, y no han ido allí para hacerse explotar sino para atacar. Cuando uno pertenece a un comando de asalto no puede dejarse capturar vivo, evidentemente.
Diciendo kamikazes se pasa el mensaje de que son locos dispuestos a todo, no, son soldados muy bien entrenados. Si cogen a uno o dos terminarán hablando. Como en cualquier comando de asalto, español, francés… beberán cianuro antes que dejarse capturar. Los soldados que operan en Europa son partisanos, una guerrilla que se considera en resistencia contra las leyes infieles, contra los valores occidentales; son nuestros valores y nuestros derechos los que les terrorizan y creen que deben resistir.
Critica el doble lenguaje de nuestros gobiernos. Por un lado, nos reímos de que sean 30.000 pero, por otro, supone una amenaza tal que debemos establecer el estado de urgencia durante tres meses.
Sí, son 30.000 pero, ¿cuál es la naturaleza de esta cifra? Vienen del mundo entero, son voluntarios, nadie les ha forzado. Es increíble como poco, ¿no cree? Son brigadas internacionales, como en los tiempos de la Guerra Civil española. Es un pueblo yihadista que se construye a través del mundo entero en la base del voluntarismo como en los grandes movimientos populares. Si hacemos la lista de los que se han unido desde todo el mundo veremos que hay ingenieros, pilotos, médicos, abogados… Atraen a las élites.
¿Qué dice de los que llegan allí y vuelven decepcionados?
Son muy pocos. En un centro de seguridad de Zúrich han logrado extraer 16 confesiones, no más. Sí, hay algunos que quieren volver pero, ¿por qué razón? Si usted hace una guerra subversiva tiene interés en que haya gente que vuelva sobre el terreno para emplazarlos como guerrilla de resistencia. Dos o tres años sin hacer nada, constituyen células, atacan, desaparecen de nuevo o mueren en el ataque.
¿Cuál es el objetivo cuando hablan de recuperar, por ejemplo, Al Andalus? ¿Tienen esa capacidad?
Hace dos meses el Pentágono publicó un informe sobre el IS y es muy simple: no han movido un pie. Si usted mira el mapa del califato verá que está especialmente concentrado en Mosul y que controlan los ejes de comunicación de Siria, pero no se preocupa de la zona costera por el momento. Las fronteras se han movido pero muy ligeramente. No soy especialista de estrategia militar pero hay una dimensión más importante: ahora el genio ha salido de la lámpara.
Ahora el califato ha sido reestablecido. Muchos musulmanes están felices porque el califato se haya restablecido, aunque consigamos eliminarlo de forma temporal la idea ha vuelto a ponerse al día y eso no va a desaparecer. Cada vez más influencia en Indonesia y Malasia, por ejemplo.
¿La guerra sirve de algo?
No lo sé. Antes de que Francia bombardeara, los británicos y los estadounidenses ya lo habían hecho y no frenaron el avance del califato, al contrario lo que hicieron es provocar la conversión de muchos más ciudadanos.
Usted ha dicho que no vio a los jóvenes franceses con devoción por la defensa de los valores de la República tras los ataques contra ‘Charlie Hebdo’ mientras que sí ve esa entrega en los jóvenes que se unen al califato.
Sí, lo dije y por ello me acusan de pesimista. No tenemos noción alguna de obligación civil mientras que, en cambio, los soldados del islam están en la sumisión y en la obediencia a lo que hacen. No hago juicios, únicamente contrasto las dos actitudes. Después del 13-N, se decretó el estado de emergencia para que no se desatase el pánico en grandes concentraciones, entre otras cosas, y lo primero que hicimos es reunirnos lo que provocó el pánico en el centro de París en varias ocasiones.
Segundo punto, hemos visto con la COP21 que en realidad no todos los franceses están de acuerdo con el memorial de la República ya que las flores fueron sacralizadas. Es decir, hay gente que piensa que el clima es más importante que un atentado terrorista. Bueno, si el califato quería demostrar ante el mundo entero que estamos divididos ya lo ha conseguido. Yo ya espero un vídeo que diga “se preocupan más de sus flores que de sus países”. Verá como esto vendrá y se reirán de nosotros. Ellos tienen fe en su sistema y nosotros no.
¿Qué imagen tienen ellos de nosotros?
Para ellos somos todos cristianos y los cristianos nos hemos extraviado de la buena vía, de la palabra de Cristo, hemos perdido la fe. Estamos perdidos por el deporte, la bebida, el sexo… Somos unos idólatras y nuestros ídolos son frágiles.
Cuando derriban estatuas en Palmira están enviando un mensaje muy fuerte. Nos dicen: ‘Vuestros valores son tan frágiles como esta estatua de granito que derribamos con un martillo de picar. Estas estatuas están aquí desde hace 4.000 años y en 10 minutos ya no existen‘. Son colosos con los pies de barro. El lenguaje del califato es una lengua metafórica como todo el lenguaje del islam, simplemente que nosotros no queremos verlo.

Ilustración de Enrique Flores [España, 1967] para el artículo.

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¿Moralismo frente al terror?

La política antiterrorista se enfrenta a una contradicción: cuando funciona, no
hay noticia. Atribuir los atentados a la injusticia no nos dice cómo reaccionar; en 1939, el problema era hacer frente a Hitler, no revisar el Tratado de Versalles

Félix Ovejero en El País, 071215.

Javier Pradera nos previno ante la tentación de rematar los artículos invocando las “soluciones imaginativas”. Soluciones que nunca se precisaban. El moralismo es una solución imaginativa con mucha circulación: se acude a la moral para rehuir tomar decisiones ante los retos morales. Todo, la paz mundial, el hambre, la violencia doméstica, el estudiante americano que se lía a tiros, al final, tiene un mismo culpable, la falta de valores, y una misma solución, la educación: hay que cambiar a la humanidad. En estos días, después de los atentados de París, ha vuelto a circular la moral como conjuro: el problema es culpa nuestra, y el buen comportamiento es la mejor respuesta.

Es cierto que la naturaleza del problema allana el camino a la apelación a las malas intenciones: “Las políticas antiterroristas resultan inútiles, una simple excusa para cercenar derechos”. La crítica tiene su clásico: Javier Clemente, aquel entrenador de fútbol que, al preguntarle por los controles antidoping, contestó: “No sirven para nada, no han pillado a nadie”. El disparatado argumento describe impecablemente una insuperable dificultad de la política antiterrorista: cuando funciona, no hay noticia. Debe anticiparse a los problemas, y los problemas, si no aparecen, no existen. El quebradero se multiplica cuando la magnitud de las amenazas (bacteriológicas o químicas) impone la anticipación como única respuesta. Una circunstancia que convertida en principio de acción asusta: si damos por bueno que debemos anticiparnos a cualquier cosa, el poder tiene franco el camino al despotismo y la arbitrariedad.

En esas circunstancias, la democracia queda seriamente afectada. La oposición no se resistirá a rentabilizar el buen hacer del Gobierno o la tregua de los terroristas y, a poco que pase el tiempo sin atentados, acusará al Gobierno de cultivar la alarma para cercenar derechos. El Gobierno, por lo mismo, procurará actuar en caliente, mientras el miedo persiste. Por eso, Valls se apresuró a apelar a “armas químicas o bacteriológicas”, amenazas cuyo realismo nadie puede tasar y que, dada su naturaleza, es mejor no esperar a tasar. Ante esos dilemas y tensiones, inevitables, en la línea de menor resistencia intelectual, aparece la tentación moralista: “Necesitamos políticos que no nos mientan”.

Con todo, la moralización más extendida apunta a causas y soluciones: “El terrorismo solo se soluciona atacando las injusticias que están en su origen”. La tesis, tal cual, tiene problemas inmediatos. Basta con pensar en ETA y el KKK para caer en la cuenta de que resulta insostenible en su formulación incondicional, cuando asume que hay injusticias por detrás de todo acto terrorista. Por lo demás, en asuntos de terrorismo, en los que, al final, unos pocos ejecutan acciones, hay que andarse alerta con la falacia ecológica y no atribuir a cada uno de los miembros de un grupo las características del grupo: una cosa son las revueltas colectivas de las banlieues, y otra, los asesinatos terroristas (J. Cesari, Ethnicity, Islam, and les banlieues: Confusing the issues). Y, sobre todo, confundir unas cosas con otras supone un desprecio a la inteligencia de los habitantes de los suburbios parisienses y una falta de respeto a los terroristas: si alguien, dispuesto a matar y a morir, defiende que lo hace por Alá y contra los infieles, lo mínimo que le debemos es creernos sus palabras, tomar en serio lo que nos dice. Sostener que, en el fondo, lo hace porque vive en la marginación es tratarlo como si fuera una criatura que no sabe lo que dice.

Esto no es un argumento en contra del islam, como no lo es en contra de la libertad recordar los crímenes que se han cometido en su nombre, por citar a Madame Roland, pero sí es un argumento en contra de quienes niegan que maten en nombre del islam. No está de más recordar que, aunque se pueden realizar atrocidades en nombre de cualquier idea, desde Kant hasta una receta gastronómica, no todas las ideas son igualmente dúctiles. Por ejemplo, no veo cómo se puede montar una comuna hippy multicultural a partir de los escritos de Sabino Arana. Y nadie negará que las religiones tienen su particular lastre: en tanto que, inevitablemente, incorporan un núcleo dogmático, que por eso son religiones, están peor pertrechadas para evitar las prácticas contrarias a los principios democráticos.

Por supuesto, no cabe ignorar que en el origen de la violencia puede haber injusticia, pero cuando el terrorismo está en marcha eso sirve de poco. Con el cáncer desatado de nada sirve dejar de fumar. En 1939, el problema era hacer frente a Hitler, no revisar el tratado de Versalles. Hay que reparar las injusticias porque la injusticia debe combatirse, no porque asegure victoria alguna.

Por aquí asoma la mayor contaminación intelectual del moralismo: relacionar el bien con la victoria. Los lemas “no debemos darles coartadas” o “ganaremos porque defendemos mejores valores” resultan vibrantes y hasta poéticos, pero, desafortunadamente, carecen de fundamento. Ojalá que sí, pero no. Con métodos salvajes y ningún respeto por los derechos humanos, los militares argentinos acabaron con los montoneros, y Fujimori, con Sendero Luminoso. No resultaban mejores que aquellos a los que combatían, pero eso no les impidió derrotarlos. La tesis solo resulta inteligible a partir del principio, común a diversas religiones, según el cual el bien siempre es retribuido. Ahí encontraban su fundamento las justas medievales: ganar el torneo era defender una causa noble. Algo que, por cierto, propiciaba una interpretación cínica: puesto que siempre triunfa el bien, busquemos el triunfo a cualquier precio y tomémonos el triunfo como señal de que hemos obrado bien.

La batalla moral es con nosotros mismos. Quizá se pudo acabar con ETA mediante la guerra sucia. Y, también, conviene no olvidarlo, cediendo a sus chantajes. Dos soluciones indecentes, pero soluciones. La moral, el respeto a ciertos valores es el filtro, la constricción, que nos imponemos. Sencillamente, no todo vale. El compromiso con los principios no es la solución, hasta puede ser parte del problema. Pero es un problema que no queremos soslayar. Por eso, en lugar de arrasar con bombas devastadoras ponemos en duda la política norteamericana después del 11-S (J. Waldron, Torture, terror, and trade-offs: Philosophy for the White House) y le damos un par de vueltas al uso de drones (B. Srawser, Killing by remote control). Por eso, también, defendemos el derecho a opinar sin dejarnos intimidar porque algunos, ofendidos, nos amenacen, incluso a sabiendas de que callarnos nos garantizaría la tranquilidad. Eso no nos acerca a la victoria, ni aun menos a Dios, pero sí nos aleja de la barbarie. Dos cosas que son importantes, pero que no son la misma.

Félix Ovejero es profesor de la Universidad de Barcelona.

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Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

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