.

EQM_231215_3.

Paradojas reminiscentes

Se dice que para evitar que estos dos derruídos líderes orgánicos de sus partidos asomen la cabeza por un deseable gobierno de coalición, sería Albert Rivera [C’s] quien asumiría la presidencia.

Con lo fácil que resultaría que Mariano y Pedro, por distintos y fundamentados motivos, dieran por concluída su carrera política en vez de erigirse, en cuanto se produjo la debacle, como firmes y voluntarios partidarios de proseguir en el poder orgánico de sus partidos a través de su ya pública manifestación de aspirar a ser reelegidos en los respectivos congresos que se avecinan.

No hay más ciego que el que no quere ver.

EQM

Joe Rígoli, El rebaño y la jauría

El proyecto izquierdista y disgregador de Zapatero ha logrado convertirse en catalizador de todas las vocaciones cainitas.

Hermann Tertsch en ABC, 221215.

Joe Rigoli fue un actor que entretuvo con mucho éxito a los españoles en los años setenta con una coletilla que alcanzó inmensa popularidad en aquellos años de grandes audiencias de la TVE única. Era su celebérrimo «Yo sigo» que pronunciaba sin cesar su personaje Felipito Takatún. Rigoli murió a principios de este año en Mar del Plata, a 10.000 kilómetros de la España de sus grandes éxitos televisivos. Ayer resonó otra vez el «Yo sigo» y algunos volvimos a la niñez y vimos ante nosotros a Felipito Takatún, inasequible al desaliento y a sugerencias, consejos, deseos ajenos y adversidades propias. Porque, en un acto de reafirmación personal y con manifiesta satisfacción, el presidente Mariano Rajoy proclamó ayer que se presentará en el próximo Congreso del PP para seguir en la jefatura del partido.

Lo hizo ante la prensa en la sede de Genova 13 después de una reunión de la ejecutiva de su partido que no le pidió en coro la dimisión irrevocable. Ni siquiera le exigió que una vez concluya sus intentos de hacer gobierno, convoque un congreso para irse a su casa de una forma digna. Tan solo su antecesor, José María Aznar le pidió ayer un «congreso abierto» para que se vaya, sin decírselo muy alto y muy claro él, que fue el que lo eligió. No, los dirigentes del PP no le pidieron a Rajoy que asuma la responsabilidad de este proceso de destrucción sin igual del partido del centroderecha español.

Ni de lo que es mucho más grave, del deterioro general de la seguridad y estabilidad nacional por el aumento, reforzamiento y multiplicación de las amenazas de los enemigos del Estado y la Constitución. Al contrario, volvió a quedar claro que los órganos del partido de Mariano Rajoy solo sirven para ratificar opiniones de Mariano Rajoy y asumir la responsabilidad de los errores, los fiascos y los fracasos de Mariano Rajoy, su vicepresidenta y su grupo de amigos y ministros de mesa camilla.

Los fracasos son inmensos, se han acumulado en la legislatura y su balance final más dramático está en la brutal intensificación de la oleada ideológica del revanchismo izquierdista y separatista en España y su implantación en el poder institucional en todo el territorio nacional y ahora también, por lógica, en el Parlamento. El proyecto izquierdista y disgregador de Zapatero ha logrado convertirse en catalizador de todas las vocaciones cainitas y tentaciones totalitarias nuevas y viejas en España. Hasta la situación grotesca actual en la que iniciativas totalitarias dirigidas por gentes adiestradas y financiadas en dictaduras americanas ponen en jaque al sistema y quieren convertir España en cien taifas leninistas.

Y el gobierno de Rajoy, con su soberbia, desidia e indolencia les ha dejado el campo libre, los medios dispuestos y la impunidad total para crecer, expandirse y ahora tener un inmenso poder intimidatorio sobre toda la sociedad. El PP se ha quedado sin poder después de tenerlo todo y no usarlo más que para intrigas particulares y agendas propias. Y cosecha un resultado demoledor que no le va a permitir gobernar España en condiciones normales. Ahora pretende que algún prestidigitador se saque de la manga una fórmula para cumplir sus pretensiones de seguir gobernando como si nada hubiera pasado.

Lo cierto es que sin un rearme de los demócratas defensores de la Constitución, las mareas totalitarias convertirán pronto a España en un país inhabitable. Tienen que ser otros quienes emprendan la reconstrucción del Partido Popular y con él esa gran alianza del consenso democrático contra los totalitarios. No serán Rajoy y su particular rebaño quienes salven a la democracia de la jauría.

eva vázquez ep 221215Ilustración de Eva Vázquez [España, 1970] en El País, 221215.

.

La super gran coalición

España puede acercarse a los usos europeos con un pacto de populares, socialistas y liberales

Josep M. Colomer en El País, 221215.

El nuevo pluralismo político crea una magnífica oportunidad para que la política española se acerque a los usos democráticos característicos de Europa mediante la formación de un Gobierno de super gran coalición con populares, socialistas y liberales, es decir, con el PP, el PSOE y C’s.

Esta fórmula de gobierno permitiría desarrollar políticas públicas de consenso, llevar a cabo reformas institucionales que requieren acuerdos supermayoritarios y apuntalar la profesionalidad de los organismos independientes, especialmente la justicia. Para ello no basta con un acuerdo para la investidura. Se necesita un pacto para la formación de Gobierno, con documentos escritos y públicos en los que cada partido se moje, asuma compromisos concretos y rinda cuentas después.

El buen ejemplo viene de Europa. En este momento, hay Gobiernos de coalición multipartidista en 21 de los otros 27 países miembros de la UE, 13 de los cuales, empezando por Alemania, son Gobiernos de gran coalición con partidos de derechas y de izquierdas. Asimismo, tanto la mayoría legislativa estable del Parlamento Europeo como la Comisión elegida por el Parlamento están formadas por los partidos Popular, Socialista y Liberal europeos, los cuales reúnen cerca de dos tercios de los votos y los escaños. La super gran coalición centrista europea es la base para la toma de decisiones con un amplio consenso y la cooperación interinstitucional.

España ha sido hasta ahora una chusca excepción: es el único país de Europa en el que no ha habido nunca un Gobierno de coalición y en el que todos los Gobiernos de un solo partido se han apoyado en una minoría de votos populares. La media de apoyo electoral de los Gobiernos españoles desde 1977 ha sido del 41%. Ahora, el apoyo del partido más votado es menos del 29%, por lo que un Gobierno de un solo partido, aunque recabara apoyos parlamentarios, sería una receta segura para la frustración social, la polarización política, la ausencia de reformas, la parálisis institucional, la caída de la economía y las elecciones anticipadas.

Para el PSOE y C’s, una abstención conjunta sin entrar en el Gobierno, además de despedazar la gobernanza del país, sería una autoinmolación. La contribución de C’s, aunque numéricamente no sea estrictamente necesaria, es crucial: puede hacer viable el acuerdo entre la “vieja derecha” y la “vieja izquierda”, como dicen ellos, y evitar que la gran coalición se convierta en una colusión para bloquear el sistema y taparse mutuamente las vergüenzas. Asimismo, C’s solo podrá configurar con claridad su posición centrista si participa en el pacto con los otros dos.

Una coalición de gobierno se basa en la cooperación entre los partidos. Pero en una configuración nueva y fluida como la actual, los partidos, mirando al futuro, querrán mantener también elementos de competencia. Por ello algunos cabezas de lista podrían preferir quedarse fuera del Gobierno, de modo que cada uno de los partidos mantenga su perfil, pueda vigilar el cumplimiento de los compromisos contraídos y apoyar, presionar y, en caso necesario, criticar e instar cambios. Esto puede crear una buena oportunidad para nombrar ministros independientes y expertos competentes y elevar la calidad de la gestión gubernamental.

El papel arbitral y moderador que la Constitución confiere al Rey puede ser de mucha ayuda. Como hizo su antecesor en varias ocasiones, Felipe VI puede actuar de un modo discreto pero efectivo. El Rey, entre cuyos poderes constitucionales está el de nombrar un nuevo presidente del Gobierno, puede persuadir a los líderes partidistas a que se pongan de acuerdo en un candidato aceptable. La sugerencia ya surgió con motivo de su proclamación, pero el momento ha llegado tras las primeras elecciones desde que está en el cargo y con un Parlamento más fragmentado que nunca.

Todo esto no es fácil. Requiere verdaderos líderes innovadores. Pero es la única vía para evitar el mayor peligro: un Gobierno de un solo partido con un apoyo electoral más minoritario que nunca que solo conduciría a un gran desengaño colectivo y una incertidumbre general. La súper gran coalición es, por el contrario, la fórmula para que la democracia española deje de ser una anomalía en Europa y pueda abordar con consenso y credibilidad los gravísimos problemas del país.

Josep M. Colomer es profesor de economía política en la Universidad de Georgetown.

Ilustración de Riki Blanco [España, 1978] en El Mundo, para el texto.

.

El camino de Dinamarca

Elisa de la Nuez en El Mundo, 221215.

El resultado de las elecciones del domingo arroja sin duda un resultado muy difícil de gestionar, consagrando un escenario de pluripartidismo y de necesidad de pactos o/y gobiernos de coalición que, siendo habitual en otros países de nuestro entorno, lo ha sido mucho menos en España al menos a nivel nacional. Sin embargo, la sociedad española parece preparada para esta novedad, lo que es un síntoma de madurez democrática. Efectivamente, las encuestas reflejan que los ciudadanos españoles -especialmente las nuevas generaciones- no están especialmente preocupados por la necesidad de gobiernos de coalición o de pactos a varias bandas, ni tampoco por la posible inestabilidad o la supuesta falta de gobernabilidad. Desde luego lo están mucho menos que nuestros representantes políticos (al menos hasta hace dos días) y que los medios de comunicación, tanto nacionales como extranjeros. Pero los ciudadanos también tienen que ser conscientes de que con el panorama surgido de las elecciones del 20-D las reglas del bipartidismo (básicamente las que impiden llegar a acuerdos entre adversarios políticos llamados a sustituirse) ya no pueden aplicarse, porque impedirían la constitución de un Gobierno estable. Dicho de otra forma: si abrazamos el pluripartidismo, hay que hacerlo con todas las consecuencias, y hay que asumir que pueden darse acuerdos (puntuales o no) entre partidos como el PP y el PSOE que difícilmente se hubieran producido en el pasado reciente. De la misma forma, tendremos que asumir que los nuevos partidos no van a funcionar ni como las marcas blancas de los tradicionales, ni como aspirantes a sustituirles. Eso es lo que significa de verdad el pluripartidismo.

Tenemos que ser conscientes de que la necesidad de llegar a acuerdos entre varios partidos para garantizar que haya un Gobierno puede ser la gran oportunidad que estábamos esperando para acometer las imprescindibles reformas institucionales que han quedado aparcadas a lo largo de la última legislatura. Particularmente cuando, como es inevitable, se ponen en riesgo los intereses de las redes clientelares de los partidos tradicionales creados a lo largo de décadas

En este sentido, los españoles hemos salido un tanto escarmentados de la pasada mayoría absoluta por dos motivos: Primero porque no ha servido para hacer auténticas reformas estructurales y de cambio de modelo productivo -más allá de la muy necesaria reforma laboral y del sistema financiero que exigían nuestros socios- ni, sobre todo, para abordar la urgente regeneración institucional. Segundo porque, en un contexto de instituciones débiles y colonizadas por los partidos políticos, el abuso de la mayoría absoluta y la confusión de los intereses generales con los del partido en el gobierno ha sido un riesgo cierto, especialmente visible en los casos de corrupción. La experiencia nos ha aconsejado la conveniencia de contar con contrapesos mucho más robustos en forma de pluripartidismo y, en particular, de devolver al Parlamento el papel esencial que le corresponde en una democracia representativa. Porque aunque la legislación compulsiva anunciada cada viernes en los Consejos de Ministros y la aprobación de innumerables decretos-leyes por “razones de extraordinaria y urgente necesidad” nos lo hayan hecho olvidar, lo cierto es que al Gobierno no le corresponde la función de elaborar las leyes: esa es la tarea del Parlamento. Al Gobierno le corresponde la función ejecutiva y la potestad reglamentaria respetando esas leyes y por supuesto la Constitución, además de la dirección de la política interior y exterior.

El Parlamento tiene también otra función esencial, que suele también difuminarse en tiempos de mayorías sólidas como son las que tradicionalmente ha tenido España, y es la del control del Ejecutivo, un control que debe de ser real y efectivo, para lo que es imprescindible que el Ejecutivo no controle al Parlamento como si fuera un títere. En fin, gracias a la fragmentación del Parlamento recién elegido puede que en esta legislatura podamos visualizar con cierta claridad el funcionamiento ordinario de una democracia parlamentaria, lo que debería de ser un motivo de alegría. Quizá hasta descubramos las dotes (o la falta de ellas) de algunos parlamentarios electos, lo que no nos vendrá mal a la hora de conocerles un poco mejor y de decidir si merecen o no repetir en las listas. La falta de experiencia previa de gran número de los nuevos diputados puede llegar a ser una ventaja desde el punto de vista de la regeneración del Parlamento español en temas tales como las incompatibilidades, los conflictos de intereses, la transparencia o el rigor en la gestión del dinero público, facilitando la asunción de nuevas y más exigentes normas de conducta.

Pero yendo más allá, el escenario que se ha abierto este domingo ofrece indudables posibilidades que convendría no dejar escapar. Se puede llegar a pactos pluripartidistas o transversales que afecten a las propias reglas del juego democrático, intentando avanzar desde una democracia de poca calidad a una democracia más exigente y de mayor calidad. Se trata, como se ha dicho muchas veces en las páginas de este diario, de ir desmontando el Estado clientelar surgido en torno a unos partidos políticos muy fuertes, que han invadido espacios que no les correspondían, y en cuyo caldo de cultivo ha germinado con fuerza la corrupción, e ir avanzando hacia un Estado más moderno, con unas instituciones neutrales, una Administración despolitizada, profesional y eficiente, un Poder Judicial independiente, una gestión pública transparente y eficaz en defensa de los intereses generales, una evaluación sistemática de las políticas públicas y una exigente rendición de cuentas. Si, parafraseando a Tocqueville, ninguna clase política es capaz de sacar lo que su sociedad no tiene previamente dentro, estas elecciones apuntan a que la sociedad española tiene ganas de intentar este cambio. Ahora queda por ver si los políticos elegidos -la mayoría todavía por cooptación y de acuerdo con las viejas reglas electorales- tienen también ganas de intentarlo, dejando de lado las siglas y los intereses partidistas por un tiempo determinado en beneficio de todos.

No debería ser tan complicado, si nos fijamos en el diagnóstico en gran medida coincidente sobre la necesidad y urgencia de la regeneración institucional que han realizado los dos partidos emergentes, que puede fácilmente llegar a compartirse por los partidos tradicionales aunque sea por necesidades aritméticas. Llega el tiempo de las políticas bisexuales por utilizar la misma expresión que Víctor Lapuente en su interesante libro ‘El retorno de los chamanes’ donde advierte del peligro de los populismos y sus engañosas recetas de soluciones fáciles frente a problemas complejos. El auténtico reto es construir a partir de ahora un discurso público sobre presupuestos correctos, apoyándose en los datos disponibles y huyendo de ideas preconcebidas, de conceptos abstractos, de prejuicios y de cosmovisiones simplistas. Esto requiere ser capaces de debatir sobre impuestos, pensiones, reforma laboral, violencia de género, referéndums, desahucios o cualquier otra cuestión sin dar nada por sentado y con disposición para examinar todas las posibilidades con la finalidad de lograr la mejor solución concreta para cada problema. En definitiva, hay que abordar las discusiones y los posibles acuerdos con espíritu crítico y abierto y con un saludable escepticismo; muchas veces las mejoras serán más modestas de lo que nos gustaría, pero lo importante es que sean mejoras y vayan en la dirección correcta. Es lo que llevan haciendo muchos años los países nórdicos con excelentes resultados en términos de libertad y de igualdad de oportunidades, así como de crecimiento económico. El que los gobiernos de coalición, los pactos y el multipartidismo sean frecuentes en Dinamarca o Suecia no es una casualidad.

En este contexto, no puede haber bloques frentistas ni exclusiones de partidos a priori; todas las reformas se pueden y se deben hablar con todos, como se hizo con gran éxito al comienzo de la Transición en una situación bastante más complicada y sin experiencia democrática previa. Se trataba entonces, como se trata ahora, de establecer un nuevo marco político para la convivencia de los españoles para los siguientes 30 o 40 años, con o sin reforma constitucional. Ésta es la auténtica Gran Coalición que la sociedad española ha pedido en las urnas. Aún reconociendo que no será fácil, es lo que hay que intentar darle a los ciudadanos que han repartido estas cartas a los distintos jugadores. Requerirá mucha paciencia, mucha negociación, mucha pedagogía y también renuncias y comprensión de los electores. También requerirá tiempo. El que no lo entienda así o no se vea capaz de emprender este camino debería echarse a un lado y dejar el paso a otros. Es tiempo de responsabilidad, de rigor y de generosidad. Todos, políticos y ciudadanos debemos estar a la altura.

Elisa de la Nuez es abogada del Estado, coeditora del blog ¿Hay Derecho? y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

••

•••

 

Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

Anuncios