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esquimalesEsquimales del río Clijde‘ [1822], es el título original, como puede verse en la parte inferior del marco, de este dibujo de J. A. R. B.. Se ha sustituído por ‘Inuit del río Clijde’, debido a que la palabra ‘esquimal‘ [que come carne cruda] tiene una connotación negativa para los esquimales canadienses. No así para los que habitan en Alaska y Siberia. Rijksmuseum, Museo Nacional de Ámsterdam.

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Autores sin derecho a titulación

Como ya adelanté ayer, en Holanda, el Rijksmuseum, Museo Nacional de Ámsterdam, impulsa un surrealista  proyecto [‘ambicioso’, para El País]  que aspira a que en el título de sus pinturas aparezcan vocablos tales que ‘negro’, ‘cafre’, ‘indio’, ‘enano’, ‘esquimal’, ‘moro’ o ‘mahometano’, por considerarlos despectivos.

La enfermedad moral, ética, de esta envejecida Europa se muestra en su patológico interés por desandar la Historia, algo que no tiene vuelta de hoja. Reescribir y censurar, en este caso a cuenta de ‘nombres dados por los blancos al resto de las razas’ o del saludable ‘ajuste de la teminología colonial’.

Sin que siquiera las sociedades dedicadas a las respectivas lenguas que se hablan en el continente digan esta boca es mía a la hora de reivindicar las distintas acepción de cualquiera de los muchas palabras puestas en cuestión sencillamente porque alguno de sus significados tiene carácter peyorativo para algunos.

Es decir, contribuyamos entre todos a borrar cualquier término de naturaleza peyorativa con el fin de que el pueblo hable y escriba como los ángeles. Aun cuando estos también tengan enemigos, esos demonios, qué bien lo disimulan. Hay que ser muy imbécil para sostener que el lenguaje es cosa de políticos buenistas.

La dirección del museo holandés -en su ingenuidad y no sé impulsado por quién- está convencida de que cambiando el título que los autores dieron a sus obras conseguiremos, más pronto que tarde, la ansiada pacificación de los pueblos, de las clases, de las razas, merced a nueva e hipócrita igualdad formal que esconderá la naturales diferencias, tan consustanciales al ser humano.

Mientras tanto, todo el mundo sabe ya qué acaba de ocurrir en Colonia precisamente por incluir de modo intencionado a delincuentes, terroristas y machistas culturales en el concepto de ‘refugiados’. Al Arzobispo de Valencia se le ocurrió advertirlo hace poco y estuvieron tan a punto de lincharle mediáticamente que cometió el gravísimo error de pedir perdón públicamente por sus palabras.

Como me comenta un amigo, la idicocia del buenismo está avanzando a tal velocidad que el día que se confirme que los vegetales sienten o padecen, comeremos piedra.

EQM

pd. Comenzaron reescribiendo cuentos infantiles, continuaron vistiendo de magos Merlín a los Reyes, convencieron a los medios de que tamizaran las noticias aplicando la corrección política y finalmente, irán a por los escritores, que tendrán que entregar sus borradores a consumados estilitas del buenismo si los quieren ver editados como libros. Y la sociedad, de wasap o twitter.

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Retrato de Margaretha van Raephorst con joven sirviente negro‘ [1668], de Johannes Mijtens [1614-1670]. En el nuevo título se ha suprimido toda referencia al sirviente y ahora se denomina ‘Margaretha van Raephorst, esposa de Cornelis Tromp‘. Rijksmuseum, Museo Nacional de Ámsterdam.

En el pantano de lo políticamente correcto

El Rijksmuseum de Ámsterdam elimina cualquier término considerado peyorativo de los títulos de cerca de 300 obras

José Andrés Rojo en El País, 090116.

Es difícil encontrar a alguien en una sociedad más o menos sofisticada que reniegue de practicar la corrección política. No tiene ningún sentido seguir utilizando términos peyorativos y, mucho menos, conservar aquellos usos de épocas pasadas en los que mandaba, y de qué manera, el hombre blanco. Más preciso sería decir algunos hombres blancos,casi siempre de Europa y Estados Unidos. El periodo colonial, el más cercano, ofrece un abrumador repertorio de barbaridades de todo orden (la esclavitud, sin ir muy lejos), y la colección de humillaciones que padecieron las sociedades sometidas a las lacerantes exigencias de las metrópolis sigue viva en el presente. Y continúa alimentando resentimientos que sirven para construir y sostener corrientes fanáticas de nuevo cuño que reclaman un inmediato (y, a veces, feroz) ajuste de cuentas. No hace falta poner ejemplos: los hay de todo orden, y algunos particularmente trágicos.

Los horrores de la historia están ahí, y no conviene olvidarlos. Pero surgen iniciativas, como la de sustituir los términos injuriosos de los títulos de cerca de 300 dibujos, grabados o lienzos que acaba de poner en marcha el Rijksmuseum de Ámsterdam, que resultan —¿cómo se podría decir?— excesivas, exageradas, estrafalarias, estrambóticas, excéntricas, pintorescas, desmesuradas, bienintencionadas, amables o, simplemente, complacientes. Nótese que en ningún caso se ha utilizado, para vincularla a este proyecto, la palabra estulticia. Faltaría más.

El afán ha sido aplaudido ya por otras instituciones y, a tenor del fervor que levantan este tipo de epopeyas, es posible que dentro de poco se desplieguen por los museos de todo el mundo diligentes batallones de fieles desocupados dispuestos a localizar, y a enmedar de inmediato, los excesos de aquellos turbios antepasados. Y procurarán borrar, como ya borra el Rijksmuseum, el término negra del cuadro titulado Mujer negra para ajustarse a otra denominación que evite cualquier suspicacia: Mujer joven con un abanico.

Son dos los resortes que desencadenan operaciones como esta del imponente museo holandés. De un lado funciona lo que el crítico de arte Robert Hughes bautizó como la cultura de la queja en un brillante ensayo en el que abordaba la moda del multiculturalismo en las universidades estadounidenses. De otro, lo que el filósofo francés Pascal Bruckner llamaba el masoquismo occidental.

O lo que viene a ser lo mismo, que de un lado tiran los supuestos herederos de las antiguas víctimas de los horrores de cualquier tipo de colonización, que no dejan de reclamar una urgente reparación. Y a lo que hay que añadir ese caudal inagotable de mala conciencia que cada occidental lleva dentro como una perforadora que le va machacando el alma: culpable, culpable, culpable.

Resultado: a arreglar el pasado, cambiando títulos como posesos. Pero cuidado. En cuanto uno pisa las arenas movedizas de lo políticamente correcto puede terminar absorbido en sus miasmas y cometer alguna tontería. Mucha atención.

La corrección política entra en el museo

El Rijksmuseum de Ámsterdam modificará en 2016 hasta 300 títulos de obras para evitar palabras consideradas conflictivas como ‘negro’, ‘enano’, ‘moro’ o ‘mahometano’

Isabel Ferrer en El País, 080116.

“Imagínese un cuadro titulado así: Franchute vestido de gala. O si no, Gabacho montando a caballo. Sonaría ofensivo, ¿verdad? Pues lo que intentamos es evitar términos de este tipo que ya no encajan en nuestra sociedad. En especial si las obras se derivan de la época colonial”, asegura Martine Gosselink, responsable del departamento de Historia del Rijksmuseum, de Ámsterdam. Ella impulsa un ambicioso proyecto que aspira a evitar vocablos (hasta 23) tales que negro, cafre, indio, enano, esquimal, moro o mahometano, considerados despectivos. Admite que su plan no es fácil, porque la búsqueda de alternativas supone dar con apelativos precisos para los miembros de amplias poblaciones aborígenes que han pasado a la historia del Arte solo como indios, sin distinción de la tribu original. O bien como negros, despojados de cualquier atisbo de identidad más allá de su grupo étnico. Pero el museo nacional holandés, que cuenta con un millón de obras de las cuales 250.000 están ya digitalizadas, espera haber cambiado para mediados de 2016 los rótulos de cerca de 300 dibujos, grabados o lienzos conflictivos.

Hay títulos como Jovencita negra (1895-1922), un óleo del pintor holandés Simon Maris (1873-1935) fáciles de adaptar al lenguaje actual. En la página de web del Rijksmuseum figura ya como Mujer joven con un abanico. Otros suponen un auténtico reto para los expertos consultados, desde lingüistas a grupos étnicos y miembros del público en general. En otro lienzo, Retrato de Margaretha van Raephorst (1668), pintado por el holandés Johannes Mijtens (1614-1670) aparece la dama en cuestión con un joven sirviente de raza negra. El rótulo original describía al chico como un neger (negro). Dado que en holandés y en inglés esa voz se estima despectiva, ahora es presentado de forma alternativa como un sirviente zwart o black, respectivamente. Las versiones aceptables de la palabra en ambos idiomas.

“Las piezas sobre las que trabajamos reflejan personajes o situaciones en Brasil, Surinam (antigua colonia holandesa en el Caribe) e Indonesia. En un caso concreto, la situación es singular. Los descendientes de un grupo de esclavos no quieren que cambiemos nada. Sus antepasados eran originarios de Angola y Ghana, pero fueron llevados a Surinam. En un momento determinado de la era colonial escaparon a la selva y desean que se les siga recordando con el apelativo tradicional. En holandés es bosneger, y podría traducirse como negro de la jungla. Aunque se ve ofensivo desde los años sesenta, están orgullosos de conservarlo porque recuerda la gesta de escapar a la esclavitud y establecerse por su cuenta”, explica Gosselink.

Otros casos son más sencillos. Esquimal, por ejemplo, es el nombre común para los distintos pueblos indígenas de zonas árticas y de Siberia. En cuanto se identifique el grupo étnico al que pertenecen, se puede cambiar por inuit, yupik, kalaallit, inuvialuit, inupiat, aluutiq, chaplinos, naucanos o sireniki, sus distintas comunidades. “Primero hay que encontrar la rama concreta del poblador. No nos podemos equivocar. Pero es preciso recordar que ninguno de estas modificaciones supondrá borrar la Historia de nuestra base de datos cuando esté lista. Muy pocos artistas titularon sus obras, y las inscripciones se deben, en general, a los conservadores que las han trabajado. Ocurre en este y en otros museos. Nuestros nuevos títulos aparecen ya en exposiciones y catálogos, y acompañarán a los antiguos en el archivo. De otro modo falsearíamos la Historia, y no se trata de eso”, subraya Eveline Sint Nicolaas, conservadora del Rijksmuseum, encargada asimismo de adaptar al lenguaje actual los fondos.

En otros centros famosos la respuesta es variada. El Museo Británico afirma por correo electrónico que, “en estos momentos, no planea modificar los títulos de ninguna de sus piezas”. La National Gallery londinense, por el contrario, asegura “revisar constantemente los rótulos y descripciones” de sus obras. También señala que hará “los cambios que considere necesarios atendiendo a distintas razones”. La National Portrait Gallery, en la propia Londres, califica de “muy interesante lo que hace el Rijksmuseum, pero no se puede aplicar a nuestros retratos, que suelen llevar el nombre del modelo”. Aunque el ejemplo holandés no haya cundido en el Reino Unido, hay títulos modificados a lo largo del tiempo por razones similares. Cabeza de Negro (1827), un retrato de John Simpson (1782-1847) ha sido expuesto sucesivamente como Cabeza de Black, Estudio de Cabeza masculina (El Esclavo Cautivo). Ahora se llama Cabeza de Hombre y está expuesto en la Tate Britain.

Salas como el Real Museo para África Central, en las afueras de Bruselas, ven esenciales estos cambios. Cerrada por reformas hasta mediados de 2016, es la ultima institución colonial de su clase en el mundo y su trabajo consiste ahora en colaborar con África. “Hay expresiones que ya no se usan. Además, en nuestro vocabulario diario también evitamos ciertas palabras hirientes. La lengua está viva y evoluciona y nosotros ya hemos adaptado la terminología. Hay que pensar en el presente, pero sobre todo en el futuro. Por eso dialogamos con representantes de la diáspora africana”, asegura Guido Gryseels, su director.

Contra el lenguaje traicionero

Rut de las Heras Bretín en El País, 080116.

El lenguajes es traicionero y a veces se dicen cosas que no se quieren decir. Las instituciones públicas han de tener un especial cuidado en el uso de algunos términos que pueden herir sensibilidades. Así, por ejemplo, palabras tan extendidas como esquimal o jíbaro hay que evitarlas. “Para ellos esquimal es peyorativo, significa comedor de carne cruda. Usan inuit –que significa persona-, y es como se autodenominan. Esto es similar a lo que ocurre con los jíbaros que en algunos lugares es sinónimo de salvaje y que agrupa a varias culturas, los shuar son los más conocidos”, aclara Patricia Alonso, conservadora del Museo Nacional de Antropología. Es en este centro donde se han encontrado situaciones similares a las del Rijksmuseum. El antropológico prepara una renovación de la cartelería para el 2016, tanto de contenidos como de diseño, pero hasta ahora el control de uso del lenguaje, tanto en este museo como en otros, dependía de la sensibilidad de los trabajadores. Así, Alonso explica como retiró el panel introductorio de las salas dedicadas a la colección que procede de América, alababa el papel de los Reyes Católicos con respecto a los nativos del Nuevo Continente. O en una vitrina dedicada al cristianismo en América, la información elogiaba el comportamiento de los misioneros. Alonso mantuvo todas las piezas expuestas pero cambió el texto.

La conservadora explica que tratan de tener en cuenta los etnónimos (autodenominaciones) de las diferentes culturas, pero no se puede generalizar porque algunas prefieren que se las llame como son más conocidas, es el caso de los Apsaaloke, a los que no les importa que se les denomine Crow, que es más reconocible, incluso tienen órganos de Gobierno con esta designación. “Estudiamos cada caso en particular, es complicado establecer una normativa”. Asegura que las quejas que reciben por este motivo son excepcionales, como una que tuvieron con respecto al título de un cuadro del siglo XVIII pintado por José Joaquín Magón, De español e india nace mestiza. “Al visitante le molestaba el término india”. Alonso argumenta que el título de la obra no se puede cambiar y que algunos de los movimientos indígenas de Ámérica, tanto del Norte como del Sur reivindican ese término.

Todo este cuidado no solo hay que tenerlo en los textos de sala, la web, el material didáctico y el lenguaje utilizado en las actividades también tiene que contemplarlo. El Museo Arqueológico Nacional ha tenido ventaja en esto ya que su renovación y reapertura en 2014 le permitió hacer una exhaustiva revisión del lenguaje. Se hizo especial hincapié en las cuestiones de género. En 2010, la Subdirección General de Museos Estatales desarrolló Patrimonio en femenino, un proyecto cuyo objetivo es que las colecciones se estudien y se muestren desde la perspectiva de igualdad de género, que la interpretación de la historia no se haga solo vinculada a los hombres. Este programa prepara para marzo su sexta edición, La memoria femenina. Mujeres en la historia. Historia de mujeres, en la que van a colaborar países como Brasil, Colombia, Uruguay, Argentina, Portugal, México…

Tanto el Museo del Prado como el Reina Sofía tienen entre sus itinerarios varios dedicados a temas de género. En el Reina Sofía esta visita recorre piezas de la colección desde el análisis de la mujer como productora, receptora y sujeto-objeto de la producción artística. El Prado comenzó esta iniciativa en 2009, cuando el Ministerio de Cultura firmó un convenio de colaboración con el Instituto de Investigaciones Feministas de la Universidad Complutense de Madrid. A través del cual también se revisaron los textos del Museo del Traje. A este respecto el Museo del Prado inaugurará después del verano de 2016 una exposición dedicada a la pintora flamenca Clara Peeters, la primera de esta pinacoteca dedicada exclusivamente a una mujer.

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Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

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