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Fotografía de Dani Pozo.

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Un príncipe entre bufones

Discurso de Arcadi Espada en el Homenaje a Albert Boadella. Madrid, 14 de diciembre de 2014.

Alias Serrallonga se estrenó en un teatro de San Sebastián a finales de 1974. La obra trataba sobre un famoso bandido catalán, que siempre es un bandido bueno. El final de la obra lo ha descrito así un querido contemporáneo nuestro: «Se apagaban las luces, se oía Els Segadors y los insurrectos avanzaban por los pasillos con sus hoces a las que sacaban chispas con pedernal. Al llegar a la corte de Felipe IV se encendían las luces y los insurgentes se compraban y se vendían las hoces los unos a los otros y posaban para las fotos en bermudas, con gafas de sol y sombreros de jipi-japa: “Hey, Cheguevarita, come here”, decía el de la cámara.

Después de comprar y vender las hoces y hacerse fotos, los bandidos asisten al apoteosis final de la obra: Serrallonga redivivo, ya definitivamente recuperado como mito, inicia un sensual estriptís desde el escenario: las botas, la camisa, el pantalón, y un sostén que confería al asunto un cierto aire LGBT. Finalmente, solo cubierto con un calzón blanco, se volvía de espaldas y mostraba al público las cuatro barras de la senyera que le decoraban la retambufa.»

Creo que lo que el cronista González llama la retambufa es el culo. Cualquiera se pone hoy las cuatro barras en el culo. Se ha convertido en el lugar más indicado para ponérselas. Pero en 1974, vivo Franco y vivísima la Asamblea de Cataluña, eran las cuatro barras de iridio de la moral colectiva.

No hay gran arte sin profecía.

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La torna (propina es la palabra castellana que prefiero para decir lo mismo) es la parte que se añade a una porción para que dé un peso neto, redondo, más fácil de pagar. En marzo de 1974 un tribunal militar decidió ejecutar al militante anarquista Salvador Puig Antich, que había matado a uno de los policías que iban a detenerle. La misma noche agarrotaron también a un hombre que se hacía llamar Heinz Chez y del que se decía que era polaco. Chez había matado a un guardia civil que le sorprendió cuando iba a robar en un bar, sin que constara ningún motivo político en su crimen.

Fue cruel ejecutar a Puig Antich. Pero aún lo fue más ejecutar a un hombre, sin el propósito ejemplarizante, de advertencia, incluso de precio cobrado, que había en el caso del militante anarquista. El franquismo ejecutó a Chez con el único propósito de atenuar la ejecución de Puig Antich. No creo que en su compleja y milenaria estrategia se haya dado el caso de una ejecución como eufemismo.

Ninguno de sus contemporáneos pudo igualar la potencia de fuego contra la dictadura que usó Albert Boadella, cuando el 7 de septiembre de 1977 estrenó La Torna en un teatro de Barbastro. Su ejercicio rebasaba la dictadura y se encaraba con el poder mismo.

El gran artista es el que se pone de pie sobre su tiempo.

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Pocos meses después del estreno de La Torna, Boadella se escapó por una ventana del hospital clínico de Barcelona. Una hazaña de cómic. Estaba allí cumpliendo condena por el tratamiento que había dado al caso Heinz Chez, que no fue del gusto de los militares. Su fuga no fue del gusto de nadie. Ni de los que lo habían encarcelado ni de los que exigían en las calles su liberación. Durante mucho tiempo la izquierda le reprochó a Boadella que con su gesto hubiese aflojado la tensión de la movilización social que se había desencadenado en torno a su caso. Ellos querían la liberación. Pero él quería la libertad. Boadella en la cárcel servía a los propósitos del antifranquismo. Boadella en fuga solo a su causa personal, que en aquellos momentos, era la del amor, y la de un amor recién inaugurado, furioso.

La decisión del ciudadano Boadella no solo suponía la reivindicación de la libertad ante los enemigos.

El gesto más difícil, del artista y de cualquier hombre, es el de ejercer la libertad frente a los amigos.

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1981 cae de lleno en la gran época del Teatre Lliure. Trabaja un inmenso hombre de teatro: Fabià Puigserver. Y actores que se harán míticos: Anna Lizarán, Lluís Homar… El Lliure ejerce a modo del teatro nacional que aún no existe. Una propuesta neoclásica. Shakespeare, Ibsen, Chejov, Brecht. Es en este contexto que le proponen a Boadella que monte Ubú Rey, la farsa dadá de Alfred Jarry. Hace semanas, solo semanas, que Jordi Pujol ha sido elegido presidente de la Generalitat. Boadella decide convertirlo en Ubú. O sea que le retuerce el pescuezo al neoclásico e incluso entre las cariátides del Lliure sigue haciendo teatro con su tiempo. El nombre no aparecerá en la obra, pero todo el mundo acaba sabiendo que se trata de Pujol. Incluso Pujol. Aun con la obra en cartel el presidente se entrevista con Narcís Serra, entonces alcalde de la ciudad. Le tira el folleto sobre la mesa:

—Esto lo pagáis vosotros? —le pregunta.

—Nosotros y vosotros —le contesta Serra.

En alguna sesión de aquel primer Ubú, parte del público grita: «Això no, això no». Orteguianos: «No es esto, no es esto.» Por aquellos días empiezan a aparecer las primeras pintadas: «¡Viva Franco, viva Boadella, muera Pujol!» Y alguna más misteriosa: «¿Por qué se suicidan los payasos? ¡Boadella al paredón!»

Ahora, cuando todo ha caído, se celebra que Boadella sacara en Ubú President a Pujol y a sus hijos transportando maletines. Pero eso apenas es un detalle simpático cuando se compara con la gesta de Ubú Rei, acontecida cuando todo estaba por pudrirse.

Es fama que el gran artista es el principal instructor de la naturaleza. Pero necesita de la suerte de los campeones. Según confesión propia, Jordi Pujol empezó a estafar a los catalanes con el Ubú en cartelera.

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Cuando se habla de Teledeum, que se estrenó a finales de 1983, el público se fija más en la última palabra que en la primera. Es injusto. Teledeum, la palabra, es una síntesis perfecta de lo peor de ambos mundos. Ahora Boadella se persigna, pero entonces era un realista. La obra trataba de dios, pero también de su retransmisión. Pero solo dios reaccionó. El cardenal arzobispo de Barcelona, doctor Jubany, abrió el portón criticando agriamente el espectáculo en su glosa dominical: «Pero hay una clase de burlas que son temibles por malévolas y corrosivas. Son las que se utilizan con el fin de desprestigiar una doctrina, una institución o una persona.» El cardenal arzobispo había acertado a describir con eficacia una parte importante del oficio del artista. Su dedicación al desprestigio.

La glosa dominical, que partió de Barcelona, fue un claro clarín. De Palencia a Santiago de Compostela, de Oviedo a Jaén, de Lérida a Badajoz, obispos, obispados y arzobispos exigen la inmediata retirada de la obra. Amenazas de bomba en los teatros de Madrid, Málaga y Olot obligan a la suspensión de las representaciones. En Gijón se lanzan contra el teatro cócteles molotov que no llegan a explotar. Hay misas de desagravio, desde Santurce a Ulldecona. En Zaragoza se aplaza el estreno para que no coincida con la visita del Papa. La financiación de la obra enfrenta a Felipe González y Manuel Fraga en el debate sobre el Estado de la nación. Pintadas amenazantes en muchos muros. Y en el camión de la compañía. Una noche tirotean la fachada de un teatro de Valencia: firma un Comando Autónomo Nacional Sindicalista. Y otra noche, al salir de una estación de metro en Madrid, apuñalan al actor Jaume Collell en las piernas. 17 veces. La temporada en la capital debe acabar.

Suena extraño. Pasó hace 30 años. A causa de la religión y la blasfemia. Pienso en todos los bobos consuetudinarios que vocean que la transición fue una rendición, y que fue gratis.

No hay gran arte sin valentía.

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Un año antes del gran año del 92 la Comisión del V Centenario le encargó a Boadella una obra sobre el Descubrimiento. Encargar es un eufemismo de pagar. Circula la creencia, propia de bufones, de que cuando a uno le pagan obedece. Y también circula otra, más insidiosa, pero igualmente dañina: que cuando a uno le pagan ha de desobedecer. Algo similar sucede con lo políticamente correcto: entre sus peores consecuencias está la obligación de combatirlo simétricamente con lo políticamente incorrecto. Así pues Boadella debía desfilar entre dos indigencias. Una le obligaba a decir que los salvajes recibieron la eucaristía de dios y de la lengua y otra que los salvajes solo trajeron la muerte. Entre el descubrimiento y la conquista. Pero él se abrió paso a machetazos hasta alcanzar su obra más bella y estremecedora, una de las cumbres del teatro de su tiempo. El encuentro entre colonizado y colonizador solo podría resolverse en el grito y la locura. Yo tengo un tío en América es una narración en directo de ese encuentro, que prescinde de la literatura y de la basura acumulada después del hecho.

El gran arte prescinde del que paga y del que comenta, y solo se escucha a sí mismo.

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A Boadella le ha pasado algo que es raro. Le robaron su país. Cada uno tiene el suyo, naturalmente. Una gentota se ha apoderado de su país. La gentota es aquella que tiene el mismo país, hermético, sellado, indiscutible. Peor que el golpe de Estado es el golpe social. Es una peligrosa ilusión democrática creer que las mayorías no golpean. Lo que ha pasado en Cataluña es que, de pronto, fue imposible que algunos, Boadella el primero, pudieran vivir su extravagancia. Al final la ley misma se ha convertido en una extravagancia y hemos llegado al golpe de Estado. Pero hay que insistir en que antes hubo un lento golpe social. Cuando Boadella vio venir su consolidación fabricó una maniobra clásica. La de dirigirse a los muertos. Invocarles. Ir adonde ellos. Una maniobra social condenada al fracaso, pero de maravillosos réditos estéticos. Así se produjeron Pla y Daaalí. Dos obras maestras, y aún más la segunda. En 2001, Boadella las presentó acompañadas de la última revisitación de Ubú, y al pack le llamó La Trilogía. Un cierto error conceptual, que solo se revelaría plenamente cuando años después presentara, ya en Madrid, su excepcional Amadeu. La Trilogía es esa: Pla, Dalí, Amadeu. La trilogía del exilio.

Tarde o temprano en el gran arte siempre acaba detectándose la pérdida. O más precisamente la visión de los conmovedores esfuerzos del artista que describe Ferlosio, con su acostumbrada y tan feliz ingeniería: «El cubo de agua taladrado por el culo tiene más agujeros que dedos tienen las manos del que intenta taponarlos.»

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A finales del año 2005 Boadella fue a Gerona a participar en un acto de la plataforma Ciudadanos de Cataluña contra el nuevo Estatuto que estaba tramitándose. Llevaba más de un año comprometido en los trabajos de construcción del nuevo partido. Disciplinado, activo, lúcido, con la particular energía que destila siempre su humor. Participó en las agotadoras asambleas de egos, participó en la campaña contra el Estatuto y participó en la campaña electoral de las autonómicas que dieron a Ciudadanos sus tres primeros escaños. Ciudadanos era entonces el partido de Boadella y gracias a su popularidad, a su voluntad y a su generosidad Albert Rivera, José Domingo y Antonio Robles obtuvieron el acta de diputado. Aquel acto en Gerona, como tantos otros de aquel año excitante, no pudo desarrollarse en paz. Un grupo de nacionalistas lo boicoteó. El boicot tuvo unas características especiales. Se oyeron los gritos habituales de traidor y fascista, pero además Boadella y sus compañeros fueron rociados con un aerosol, como las cucarachas que eran. Hay una interesante genealogía del uso político de estos animalitos.

La tradición artística más noble es aquella que, a diferencia de los atracadores, no se ha preguntado nunca si el arte o la vida.

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A partir de que Cayetana Álvarez de Toledo tuviera la idea de rendir un homenaje a Boadella se empezó a pensar en la manera de concretarlo. Rápidamente surgió el asunto de la medalla. Memorias de un bufón, el primer volumen de su autobiografía, tiene unos párrafos gloriosos a propósito de la medalla de Bellas Artes que hace años le fue concedida. Imaginábamos que otra medalla podría espolear de nuevo al arisco bufón. No solo eso. Como este era un homenaje que no quería distinguir, ya se ha dicho, entre el arte y la vida se pensó que la medalla al mérito constitucional era la que esta vez le correspondía. Y que entregársela no solo iba a honrar a Boadella, y con él a todos los que le admiraban y le querían, sino, sobre todo, a la propia medalla. Cuando tras ardua investigación, se consiguió dar con la lista de los condecorados se encontró una sustancial cantidad de buena gente. La inmensa mayoría, ciudadanos vascos que habían desafiado la muerte. Pero en la relación brillaba una ausencia significativa y reveladora: el nombre de algún ciudadano catalán que durante estas últimas décadas hubiera defendido en Cataluña el orden constitucional frente a la ilegalidad, y la democracia de los españoles libres e iguales frente al nacionalismo segregador e identitario. No había ni uno.

Pero es verdad que en la lista estaba Jordi Pujol. La revocación del pasado es una ilusión y sería absurdo reclamar que Pujol fuera despojado de esa medalla. El que Pujol la tenga y no la tenga Boadella dice cosas interesantes sobre la actitud del Estado democrático en estos años. En estos años y en el presente mismo. Respecto de su actitud ante los quintacolumnistas y respecto de su actitud ante sus aliados.

Que Pujol guarde la medalla, aunque sea en Andorra. Pero ya que la tiene Ubú, criatura dramática, justo es que también la tenga el que le dio el ser. Hubiera sido agradable anunciarlo en este acto. Hay que ser partidario de las instituciones, del buen gobierno, y hasta de sus pompas

Pero como suele decir la prensa deportiva, y más concretamente el Marca, no pudo ser.

El gran artista es siempre un príncipe entre bufones.

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Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

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