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¿A qué esperamos?

Estamos viviendo en la Unión Europea un momento histórico plagado de incertidumbres políticas, económicas, sociológicas:

Simultáneamente, en Estados Unidos, Donald trump está barriendo entre los republicanos a base eslóganes conservadores, muy semejantes a los que que se escuchan en nuestra Europa del Este y Francia.

No hace falta, pues, ser muy lince para concluir que esa tendencia occidentalista de los últimos tiempos, proclive a:

el imperio del relativismo; el cobarde buenismo; la interculturalidad antinatura; el alianzismo surrealista; los nacionalismos localistas, la discriminación positiva de las minorías, el abandono cultural y del humanismo, la dejación del patriotismo, la divinizada economía global gobernante, la intencionado analfabetización ciudadana, la destrucción de la moral colectiva, el paulatino debilitamiento del Estado de Bienestar, el desprecio por la Historia, la progresiva pérdida de los derechos laborales, la falta de proyectos políticos, la profesionalización extrema del ejército y de la defensa común, la obsesión consumista, el prohibicionismo compulsivo, los media-basura, etc.,

están contribuyendo decisivamente al renacimiento del concepto de Estado-Nación y a la recuperación de los valores y principios propios del mismo.

Y de ello, de esa decadencia multifactorial, lógicamente, se aprovechan los extremos políticos de uno y otro signo para tratar de sustituir a los fracasados partidos ‘europeístas’ conservadores y socialdemócratas por populismos ‘revolucionarios’ o ultraconservadores.

La dinámica resultará imparable a poco que el Sistema no deje de mirarse al ombligo o de ocuparse por la paja ajena sin advertir la viga propia. El bipartidismo occidental tiene que asumir su tremendos errores y emprender urgentemente una regeneración democrática apoyada en la defensa de nuestra cultura y contando con aquellos nuevos partidos políticos que han aglutinado en el ámbito de la moderación a gentes hastiadas con la corrupción establecida y que no se destaca, precisamente por el latrocinio de un montón de delincientes políticos, que los hay y los son, sino por el intencionado deterioro de todos aquellos factores, ut supra enunciados, sin cuya solidez es imposible la re/construcción de unas democracias vertebradoras y solidarias.

Ah, se me olvidaba: la Unión Europea ha perdido el escaso ropaje con la que cubría sus vergüenzas, dejando al descubierto lo único que históricamente ha sido: un puro mercadeo al exclusivo servicio de los intereses económicos. Su tenebroso futuro sólo podría enmendarse con la consiguiente regeneración basada en un nuevo proyecto político aniquilador de la burocracia actualmente dominante en Bruselas y construído sobre una confederación de los Estados Miembros, basada en la común cultura cristiana y únicamente entre los que estén realmente dispuestos a emprender tal larga y compleja tarea.

Todo menos seguir como estamos. Como cuenta Marc Bassets, en El País [ver infra], en EEUU todos atacan y nadie puede ver al establishment. Igualito que aquí con la casta. Y ya ven posible que Trump sea quien suceda a Obama. Semejanzas occidentales, nada casuales y que evidencian la crisis del Sistema.

EQM

Portada de El País, 250216: Trump sigue ganando y se afianza como candidato republicano

El magnate estadounidense Donald Trump logró el martes una contundente victoria en las primarias de Nevada, algo que le afianza como candidato republicano a las elecciones presidenciales. Con un 49% de los votos, logró una distancia de 25 puntos sobre el segundo, el senador de padres cubanos Marco Rubio, que se consolida como el favorito del establishment.

Otros textos sobre el asunto:

EEUU: los votos de la ira. Andrés Ortega en Instituto de Estudios Elcano, 9/02/2016.

Los límites de la UE ante la involución iliberal de Polonia. Andrés Ortega en Instituto de Estudios Elcano, 2/02/2016

La demagogia iliberal rompe las costuras de Europa. Andrés Ortega en Instituto de Estudios Elcano, 13/10/2015

Elefantes y burros con trompas y melenas más largas. Pablo Balsinde en Instituto de Estudios Elcano, 4/09/2015.

La renuncia de Jeb Bush fue una derrota del establishment republicano SPENCER PLATT AFP

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Nadie quiere ser ‘establishment’

El gran argumento en las primarias de Estados Unidos es el ataque contra una liga de poderosos en la que ninguno se siente incluido

Marc Bassets en El País, 240216.

Todos atacan al establishment. Pocos saben exactamente qué es y quiénes son sus miembros.

El aspirante republicano Ted Cruz habla del cártel de Washington, una especie de organización semicriminal dedicada a hacer la vida imposible a los ciudadanos y acabar con sus libertades. Otros, como el candidato demócrata Bernie Sanders, apuntan a Wall Street, el conglomerado financiero que con su influencia desmedida en la política y la economía pone en riesgo la cohesión social. El mayor detractor del establishment es el favorito del Partido Republicano, el magnate inmobiliario Donald Trump, hijo de millonario, neoyorquino, miembro ilustre de la elite de la Costa Este de Estados Unidos que, históricamente, se ha asociado con el establishment.

Desde que el término se popularizó en los años sesenta, el establishment (literalmente, el establecimiento) siempre es el otro.

“Una característica de la mayoría de pensadores y escritores que se han dedicado a este tema es que lo definen de tal manera que ellos se colocan fuera de él e incluso se sitúan como víctimas”, escribió el periodista Richard Rovere en The American Establishment, un ensayo publicado en 1961. Rovere se burlaba de las teorías conspirativas según las cuales una élite formada por financieros, empresarios, políticos y profesores del nordeste de EE UU movía en la sombra los hilos del poder. Lo comparaba con la jerarquía soviética. The New York Times era su principal órgano de información y la revista Foreign Affairs “disfrutaba, en su campo, de la autoridad de Pravda o Izvestia“.

Se atribuye la invención del término a otro periodista, Henry Fairlie, que lo usó por primera vez en 1955, referido a la política británica. “Por establishment no me refiero sólo a los centros del poder oficial —aunque sin duda forman parte de él— sino más bien a todo el entramado de relaciones oficiales y sociales en el que este poder se ejerce”. Una década después, Fairlie admitió que, por su “vaguedad y carácter informe”, la palabra puede usarse “en casi cualquier país y aplicarse a casi cualquier cosa”. Otros lo llama casta.

Hace unos días, cuando le preguntamos en Washington qué era el establishment, un veterano de la Casa Blanca de George W. Bush dijo: “La gente usa el término y no significa nada. Dicen que son los lobistas, pero ellos no tienen poder, son empleados. Distrae más que ayuda”.

El repudio de establishment está inscrito en los genes de EE UU, país nacido con una revolución contra el establishment por excelencia de la época: la monarquía británica. Hoy podría ser K Street, la calle de los lobbies en Washington. O el Congreso. También la Casa Blanca y los aparatos del partido republicano y demócrata. La lista es larga: Wall Street; las universidades de la Ivy League, la exclusiva liga de la hiedra; los gobernadores de los 50 estados; los medios de comunicación liberales (progresistas en EE UU), como dicen los conservadores para referirse a los diarios y televisiones generalistas; dinastías como los Bush o los Clinton.

La derrota de Jeb Bush, hijo y hermano de presidentes, y el ascenso de Trump en la carrera por la nominación republicana, es la derrota del establishment: si alguien mueve los hilos, los mueve muy mal. Pero, de acuerdo con esta teoría, el establishment no está muerto: la favorita demócrata es Hillary Clinton, miembro insigne del club.

El problema es que se trata de un club “vago e informe”, por citar a Fairlie. Quien ayer era antiestablishment hoy lo representa (los mismos padres de la patria, que se rebelaron contra la monarquía británica, era el establishment local).

En 1993, el Times de Londres escribía que “el establishment está alarmado por la exhibición abierta de poder político” de la entonces primera dama, Hillary Clinton. El senador Marco Rubio, aspirante a la nominación republicana, logró su escaño en 2010 como candidato contrario al establishment y ahora es la última esperanza del establishment para frenar a Trump. Y Trump, que procede del establishment neoyorquino y es ahora el terror del establishment, se convertía en su máximo líder si ganase las elecciones presidenciales de noviembre.

Ningún candidato quiere ser el establishment, pero todos están destinados a encabezarlo si logran el objetivo de la presidencia.

El presidente Obama abandonará el cargo en enero de 2017 / Kevin Lamarque REUTERS

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De Obama a Trump

La posibilidad de que el magnate ganase las presidenciales era descabellada: hoy sigue siendo remota, pero ya no es inverosímil

Marc Bassets en El País, 240216.

Hace ocho años, Estados Unidos estaba a punto de elegir a su primer presidente negro. El demócrata Barack Obama prometía terminar con décadas de divisiones. Era un político inusual: mesurado, paciente, capaz de analizar todos los aspectos de un problema antes de adoptar una decisión, consciente de los límites de su poder y el de su país, pragmático y al mismo tiempo visionario.

Hoy un hombre de negocios deslenguado y fanfarrón, con una tendencia irrefrenable al insulto y un mensaje xenófobo que recoge las tradiciones más sombrías de la política estadounidense, tiene opciones claras de lograr la nominación del Partido Republicano a las elecciones presidenciales de noviembre.

La victoria de Donald Trump, el martes, en Nevada, el cuatro estado en votar en el proceso de primarias y caucus (asambleas electivas), no significa que él vaya a ser el nominado, ni mucho menos que gane las presidenciales. Esta es una carrera de fondo.

Los obstáculos son enormes: en un país diverso y, más allá de las caricaturas, políticamente centrado, el Partido Republicano se arriesga a convertirse en una fuerza marginal si presenta a Trump. Pero hasta ahora ha desmentido todos los pronósticos sobre su inminente caída. Hasta hace unas semanas la posibilidad de que Trump sucediese a Obama era descabellada; hoy sigue siendo remota, pero ya no es inverosímil.

¿Cómo se ha llegado hasta aquí? Algunos señalan a la inacción de los dirigentes del Partido Republicano o de sus líderes de opinión: o bien, como la mayoría de observadores, nunca creyeron que Trump llegase tan lejos, o se lo tomaron a chiste. El ascenso del heterodoxo Trump —un candidato sin ideología definida, con retórica ultraderechista en inmigración y casi de izquierdas respecto al comercio internacional o el poder de las farmacéuticas— representa una OPA hostil al Partido Republicano. Al mismo tiempo, Trump es un espejo deformado e hiperbólico de la visceralidad de los republicanos durante los años de Obama.

Trump ha contado con un aliado valioso en los medios de comunicación, que se hace eco de cada astracanada suya y le regala horas y horas de pantalla. Ningún candidato, de ningún partido, ha contado con tanta cobertura televisiva como Trump, un showman capaz de mantener durante un mitin de 45 minutos la atención del público. Su personalidad —un triunfador, un multimillonario— es su atractivo.

Obama debía unir Estados Unidos, pero, cuando abandone la Casa Blanca en enero, dejará un país polarizado política y racialmente. Como demuestra el bloqueo en el Tribunal Supremo tras la muerte del juez Antonin Scalia, la parálisis en Washington continúa. Los años de Obama habrán sido, también, los de las tensiones por el trato policial a los negros, el miedo de sectores de la mayoría blanca a perder su estatus en un país más multicultural, y la erosión continuada de la clase media.

Trump —el anti-Obama: no sólo por sus ideas políticas, sino por su personalidad— es la expresión última del malestar.

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Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

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