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EQM_030316El beso que se dan Xavier Domènech [Portavoz de En Comú Podem] y Pablo Iglesias [Podemos], socios electorales y de Grupo Parlamentario en el Congreso.

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De imposibles

La jornada de ayer no aportó excesivas novedades, salvo alguna sorpresa que, dada la fallida investidura, tampoco son determinantes por el momento.

Mariano Rajoy

Excelente orador, particularmente cuando se trata de replicar al oponente. La verdad es que la sectaria y decadente exposición de Pedro Sánchez, durante su monólogo del día anterior, le puso en bandeja la oportunidad, que no desaprovechó, para poner en evidencia la fragilidad intelectual que adorna al candidato. Rajoy es un buen tecnócrata, constructor de buenos discursos cargados de ironía gallega, pero más allá de la economía tiene muy escasos recursos como político y como líder.

Una vez destripadas las contradicciones e intereses personales esgrimidos por el candidato socialista para su supervivencia política, Rajoy cometió ayer, eso sí, tres errores mayúsculos: 1) dar sobradas muestras de estar convencido de que la vida sigue igual y de que, por tanto, a esta sociedad lo único que le importa es la economía política y no la política económica. 2) ponerse al nivel de ZPedro a la hora de equilibrar con su desprecio la insultante desconsideración que aquél le manifiesta desde que le llamó indecente en el debate televisivo. 3) cerrar la puerta, con cajas destempladas, a la oferta de Albert Rivera en su empeño conciliador de pacto a tres.

Pablo Iglesias

La actuación asamblearia de Pablo Iglesias, disfrazado de eterno estudiante de Mayo68, ha reunido toda la parafernalia propia del viejo marxismo totalitario -en versión anterior, por supuesto, al eurocomunismo– con ropajes populistas copiados del lacerante chavismo y con tintes también peronistas.

Porque si algo tiene de positivo el representante de Podemos -y, en especial, su experto en teoría política marxista, íñbrillante filósofo, Íñigo Errejon– es que, modulando su disfraz al gusto de las circunstancias, llevan meses diciendo qué es lo que persiguen: el sorpasso del PSOE para constituirse en la nueva representación de la izquierda.

De ahí el grave error de ZPedro al repetir constantemente en esta investidura que el PSOE y Podemos conforman una izquierda coaligable que no ha accedido aún al gobierno por la sencilla razón de que no suman los escaños suficientes, en vez de tratar de liderar ese centro izquierda socialdemocráta que siempre ha sido su gran vivero de votos que le ha posibilitado gobernar y que ha estado absolutamente alejado -y controlando- esa coalición comunista que sigue siendo Izquierda Unida.

Por si cabía alguna duda, el coletas ha rematado su teatralización antiSistema con dos apoteósicas secuencias finales -de cara a su galería de incondicionales y con el fin de reforzar su liderazgo-  que han dejado al Congreso patas arriba: el grave insulto a la cabeza más visible de las ‘viejas glorias’ del socialismo, Felipe González, acusándole, en su ausencia, de tener ‘el pasado manchado de cal viva‘ y ese beso soviético en los labios que se ha dado con su socio y portavoz de En Comú Podem, Xavier Domènech, junto a la bancada azul del Gobierno en funciones, sellando su propósito de no parar hasta desterrar al PSOE de la izquierda, como paso previo a la destrucción del Estado tal y como ahora está concebido constitucionalmente.

Albert Rivera

Rivera ha sentado cátedra de ágil y brillante orador -sin leer, algo ya excepcional- curtido durante 10 años en el Parlamento de Cataluña, defendiendo la Constitución y la soberanía nacional frente al independentismo mientras PPPSOE se beneficiaban de sus interesados tocamientos con el nacionalismo.

Sus referencias al ex Presidente Suárez y sus visibles esfuerzos por una nueva suerte de Pacto de Estado para conformar un Gobierno de transición que lleve a cabo las necesarias reformas regeneradoras que el país demanda, han quedado patentes frente a las humoradas de Podemos y la displicencia de Mariano Rajoy. La explicación pormenorizada de los acuerdos suscritos con ZPedro han subrayado la accesibilidad de partidos ideológicamente tan distintos a la hora de gestar coaliciones que se dedique a administrar todo aquello que les une, en beneficio del España.

Sin embargo, parece que, en sus arriegados intentos de alejarse del mantra de que es un mero apéndice del PP, cuando todo el mundo sabe que sus votos proceden tanto del PP como del PSOE, y a su injusto posicionamiento político, en fechas anteriores, de equiparar el cordón sanitario de Pedro Sánchez sobre el PP con el malestar escenificado por Mariano Rajoy por ello, añadió ayer el grave error de que su papel de enganche para la coalición constitucionalista PP/PSOE/Ciudadanos la ha hechado por la borda desde el mismo momento en que ha atravesado una línea roja intocable para cualquier negociador que quiera ejercer de bisagra: decirle que está acabado al contrincante que tú quieres que se sume: que ya no vale, que la coalición a tres sólo es posible con otra persona de su partido.

Si ha pensado que así rebañaría votos populares de entre los enojados con Rajoy, algo no descartable ni desdeñable, se ha equivocado gravemente en las formas -agrias y con aire de escrache- y en el momento escogido: yendo del brazo de ZPedro en la la sesión de investidura.

Porque Ciudadanos no es nadie para decirle al PP quién no tiene que liderar a ese partido; porque el actual lider no está públicamente cuestionado por su organización; y porque para representante quemado no hay más que mirar ZPedro ante su Comité Federal. Si mal está que se ‘taponen’ entre ellos dos, mucho peor es que el partido bisagra ayude a taponar sólo a uno de ellos.

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En resumidas cuentas, la jornada de hoy ha descubierto el hartazgo de Mariano Rajoy con el insultante ZPedro, hasta el punto de decidir pasar al contraataque y replicar con la misma moneda: aquí quien sobra es vd.

También se ha constatado que el joven ZPEdro mantiene estúpidamente vivo el anticuado discurso de derechas/izquierdas -que le viene de perlas al populismo chavista-leninista- y desprecia su profunda y potencial representación de una socialdemocracia actual, que en Europa no tiene el menor empacho en cogobernar con partidos conservadores y liberales.

Y su mensaje para la investidura no puede resultar más desesperanzado incluso para sus propios votantes, al concentrar todo su ‘programa’ en que la extrema izquierda revolucionaria se sume a él ante la alternativa del mal menor, es decir, si quieren que deje de gobernar Rajoy, déjenme  hacerlo a mí.

O sea: más vale desconocido por conocer -es decir, yo– que malo conocido y no tengan vds prisa por derruir el Sistema porque yo les garantizo que, si me dejan, daré los primeros pasos para vds lo acaben consiguiendo.

Y esa barbaridad la repitió ayer ZPedro hasta la saciedad, también a través de otro mensaje: el PP tiene un programa antagónico y, por tanto, incompatible con el del PSOE, mientras que con Podemos nos deberíamos y podríamos entender. Alucinante.

Decir, finalmente, que el estreno de Patxi López como Presidente del Congreso en una investidura demuestra bien a las claras que no sólo a ZPedro le ha sonreido el destino, en palabras de Podemos. El cargo que ostenta le viene enorme, ha tenido que soportar que el descamisado le llamara Patxi -aceptando el tuteo y con toda la razón- y ha tolerado, incomprensiblemente, que insultarán gravemente a Felipe González sin poner el menor pero. Lamentable.

EQM

pd. ZPedro, antes de dejar paso a la votación, ha agradecido a su grupo parlamentario la confianza depositada en su lider, es decir, él mismo. Como lo leen. Y con tal apoyo ha logrado otro de sus hitóricos hitos: la derrota más aplastante que jamás haya recibido candidato alguno.

Y Patxi ha agradecido al Congreso, como Presidente ‘novato’ [sic], su respetuoso comportamiento sólo salpicado por ‘algunos puntuales epidodios’ que es lo que le debe haber parecido el ya mencionado gravísimo ataque contra Felipe González, lider histórico de su partido, que no supo frenar en seco. Como lo leen.

P. Iglesias dijo anoche en los pasillos que, a partir del viernes, está dispuesto a negociar con P. Sánchez ese Gobierno de progreso que él insiste en que sí es posible.

Yo no creo que tal cosa se pueda sustanciar porque eso significaría romper el acuerdo del PSOE son Ciudadanos; porque el Comité federal no va permitirlo poniendo en riesgo la supervivencia de su propio partido; y porque los aliados y los poderes fácticos también lo impedirán. Dios me oiga, por el bien de este país.

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deb inv 010316 patxiPatxi López, Presidente del Congreso

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El beso (en España)

Santiago González en su blog, 030316.

Ayer, cuando el socio de Pablo Iglesias, Xavier Domenech terminó su intervención parlamentaria, una buena intervención, por cierto, Pablo Iglesias desarrolló una performance que tenía cuidadosamente preparada: se levantó de su escaño y bajó a los medios para recibir al orador en el centro del hemiciclo. Allí se abrazaron y se dieron un beso, que fue fugaz, y en lo que se me alcanzó, sin lengua.

El tema excitó el celo creador de dos de nuestros grandes: Ikewana, que recreó con la fortuna que pueden ver arriba, ‘El beso’ de Robert Doisneau, una foto histórica de una pareja que se besa frente al Ayuntamiento de París en 1945. Probablemente el caletre agitador de Iglesias pensó que si Pedro y Albert habían escenificado lo suyo con el cuadro ‘El abrazo’, de Genovés, él iba a escenificar lo suyo con un beso en el Congreso.

Parafraseando a Caracol el del Bulto en su réplica al chorro de vapor de la locomotora en la estación de Atocha, habría que decir a la feliz pareja: “Esos cojones en ‘Fort Apache’”, el program que le subvenciona la dictadura teocrática iraní, que ahorca a los homosexuales colgándoles de grúas.

El otro fue Arcu, que acertó a ver la similitud entre los morros de Pablo y Xavi y los de Brezhnev y Honecker:

El pacto de Frónkonstin

Santiago González en El Mundo, 030316.

Uno de los momentos más sorprendentes del debate de la ‘desinvestidura’ estuvo en el arranque de la réplica de Pedro a Pablo, cuando le dijo sin calentamiento previo que «el próximo lunes, día 8, (debió decir día 7) se cumplen ocho años del asesinato de Isaías Carrasco por aquellos a los que ayer usted calificaba de presos políticos». La primera sorpresa es cómo es posible que una acusación como esa no comporte la máxima discrepancia posible, un punto de no retorno en las relaciones políticas.

«Sólo el que mata es la categoría/ que dejo fuera de mi sentimiento», escribió Pablo Neruda aquel septiembre de 1973. Sin embargo, a partir de ahí, toda su réplica estuvo orientada a preguntar por qué Pablo no iba a votar su investidura, si lo que les unía, el afán de echar a Mariano, era un vínculo más estrecho que lo que les separaba, el recuerdo de Isaías Carrasco, asesinado frente a la puerta de su casa por un tipo, Beinat Aginagalde, que hoy es un preso político, en opinión de Pablo.

La segunda es la pervertida afirmación de Iglesias, a la que respondió en términos adecuados Albert Rivera: «encarcelado por sus ideas está Leopoldo López». Pedro tiene mucho más cerca a alguien que considera a Otegi un preso político: se trata de Jesús Eguiguren, el hombre que negoció con él la demolición del Pacto Antiterrorista mientras forjaba una amistad fraterna con Arnaldo Otegi.

Pablo invocó como un héroe al terrorista Salvador Puig Antich, ejecutado el 2 de marzo de 1974, tras el consejo de guerra que lo declaró culpable de matar al inspector de policía Francisco Anguas Barragán, escupió a Sánchez que Felipe González estaba manchado de cal viva y se reclamó heredero de la tipa más sectaria del bando republicano, Margarita Nelken, y de su mozo de espadas, el abuelo Manuel Iglesias, aunque no citó a su cuadrilla, ‘El Chaparro’, ‘El Vinagre’, ‘El Ojo de Perdiz’, ‘El Cojo de los Molletes’ y ‘El Hornachego’. El líder de Posemos afeó al candidato que «en su discurso de ayer no hubo una sola referencia a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, que tienen que pagarse con su dinero los chalecos antibalas y a la Guardia Civil a quien se le prohíbe el derecho de sindicación. Hace falta un Gobierno que defienda los derechos de los que nos protegen». Este sujeto era el mismo que en la televisión que le paga la teocracia iraní comentaba las imágenes de un policía antidisturbios apaleado y pateado, ya en el suelo, por los manifestantes: «tengo que reconocer que me ha emocionado, porque a pesar de que se la estaban jugando, a pesar de que no es agradable ver una agresión contra nadie, expresaba una rabia que está creciendo».

Nada de lo anterior llevó a Pedro a rebotarse; tampoco las ofensas de Joan Tardà: «comparado con Sánchez, Zapatero era Olof Palmer (sic) o Willy Brandt», equiparación que debería ser ofensiva, viniendo de un tipo al que sólo se le podría equiparar con un plato de ‘mongetes amb botifarra’. Homs, portavoz de un partido que tiene sus sedes embargadas por la Justicia, no le provocó una hostilidad decente comparable a la que Rajoy provoca en el candidato. La reivindicación de la independencia tampoco es cuestión que aleje a Sánchez más de estos dos que la fosa abisal que le separa de Rajoy. «No hay mayoría de izquierdas», trataba de explicar su drama a Pablo, a Tardà y aún a Homs. Sánchez, que copió el plebiscito a los independentistas catalanes para someter su pacto a referéndum entre sus afiliados, dijo a Homs que habían perdido sus elecciones plebiscitarias, mientras cree que él ganó el suyo con siete puntos menos.

El joven Sánchez había tejido su programa de Gobierno a medio camino entre la moda ‘patchwork’ y la misión que asume Young Frankenstein en la película de Mel Brooks. En lo sustancial es el acuerdo entre el PSOE y Ciudadanos, con ofertas a las cinco fuerzas de su izquierda: Posemos, En Marea, En Comú, Compromís e Izquierda Unida. Marx había escrito la cita más famosa de su obra en ‘El 18 Brumario de Luis Bonaparte‘, aquel artista del referéndum: que los acontecimientos y los personajes se repiten en la historia: la primera vez como tragedia y la segunda como farsa.

De la tragedia de Mary W. Shelley sobre Victor von Frankenstein a la farsa de Brooks sobre Frederick Frankenstein (léase ‘Frónkonstin’) con la torpeza de Aigor al estropear el cerebro del científico Delbrück y sustituirlo por el de un tal «A nosequé, ah, sí, A…normal», a lo que el profesor replica: «¿Me está diciendo que le he puesto un cerebro anormal a un gorila de 2,40 metros de alto y 1,30 de ancho?». El problema en el empeño de Young Sánchez es quién le encargó robar el cerebro para ponerle al pacto este, pero parece que no era el adecuado.

No es probable que el Rey le vaya a encargar sin más al presidente ‘popular’ otro intento de investidura. La razón que adujo Rajoy para declinar la invitación real va a seguir siendo la misma a partir del viernes. Los socialistas no van a cambiar su actitud de bloqueo tras la derrota de Sánchez, a la que puede sumarse Ciudadanos. O sea, que iremos a elecciones.

Hay una cierta inversión del lenguaje con el que el candidato se quejaba del bloqueo (del PP) e invocaba la voluntad ciudadana por el cambio. ¿Qué quisieron decir los ciudadanos españoles en las urnas el 20-D? Pidieron a sus representantes que se entendieran, eso es de oficio. Hacer lo que se puede hacer. Y lo que es posible, dando por sentado que los ciudadanos creen en la estabilidad política como un bien, es un acuerdo entre el PP, el PSOE y Ciudadanos, que sumaría 252 escaños. El ostracismo al que había condenado Sánchez a su adversario, el borrado de los 122 escaños del Grupo Popular, es lo que tiene bloqueado el proceso. No tiene sentido la oposición de la lógica política y la matemática, como tampoco la tiene la identificación de oficio que hacía Sánchez: «sí suma porque es el acuerdo que necesitan los españoles». Las matemáticas son la restricción de los hechos, simplemente. Los españoles no han votado un cambio a la izquierda.

¿EL PP no es democrático? El PSOE debería sentir más recelo hacia un partido que tiene sus modelos en la Venezuela chavista, por la que ha sido financiado, en una república islamista, y admira a la Grecia de Syriza. Cuando los regímenes bolivarianos están cayendo en la propia Venezuela, donde Maduro ha perdido las legislativas; en Argentina, donde los ciudadanos se han librado por fin de Cristina Fernández; en Bolivia, donde Evo Morales fracasó en su intento de repetir la maña de Hugo Chávez y prolongar su mandato ‘ad calendas graecas’. ¿Y dice usted que un partido socialdemócrata europeo puede hacer causa común con un partido bolivariano y antieuropeo? Todo puede ser. Hay socialistas como los franceses y los alemanes, pero el laborista Corbyn ha contratado como asesor a Varufakis, no diré más.

Lo de ayer no fue una investidura, sino tal vez un debate sobre el Estado de la Nación, o quizá una moción de censura constructiva para deponer al que todos reconocían implícitamente como el presidente del Gobierno, o sea, Mariano Rajoy.

Nuestro ordenamiento jurídico no conoce la moción de censura a pelo. Su condición de ‘constructiva’ quiere decir que hay que proponer algo para sustituir al depuesto. Descartado, por pueril, el móvil de la responsabilidad y la necesidad de aceptar el encargo del Rey que esgrimía el candidato socialista, cabe preguntarse cuál era su verdadero objetivo. Él no fue al Congreso para investirse como presidente, sino a revalidarse como secretario general del Partido Socialista. ¿Pero eso no debería hacerlo en Ferraz? Es el error de los contextos que inventó Zapatero. Anunciaba sus decisiones de gobernante en mítines de partido (el proceso de paz en San Sebastián, las subidas de pensiones en Rodiezmo) y citaba en La Moncloa a los barones para hablar de las cosas del partido.

Santiago González es periodista y columnista de EL MUNDO.

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Ilustración de Raúl Arias [España, 1969], para el texto.

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Notas.-

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