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EQM_240316.

Convivencias y conveniencias

La fallida apuesta alemana de Merkel por tratar de convertir la oleada de ‘refugiados sirios’ -en su mayoría inmigrantes musulmanes de diverso origen y buscando una vida mejor con motivo del conflicto bélico y con capacidad para cubrir las ofertas de las mafias interesadas- en una suerte de nueva mano de obra en favor de los intereses económicos, ha dejado al descubierto hasta qué punto ha llegado la paulatina desaparición de principios organizativos y de convivencia comúnes, basados en nuestra cultura cristiana, que cohesionen un proyecto europeo que lleva ya demasiado tiempo obedeciendo exclusivamente a utilidades de la economía multinacional administrada por Occidente.

Ese patético abandono de la política, durante décadas, para centrar la gobernabilidad europea en el puro negocio sin que a los beneficiarios del lucro importe siquiera la subsistencia de una población homogénea, defensora y defendida frente a los ataques del exterior, ha convertido ya en habitual que destacados dirigentes o exdirigentes de los Estados Miembros de la Unión Europea mantengan la prédica de que la contínua disminución de la problación propia sea cubierta por la inmigración islámica, invitada a venir para quedarse.

Guillermo de la Dehesa, socialista que fue Secretario de Estado con el famoso Carlos Solchaga -aquel Ministro de Economía de Felipe González que decía que “España era el país europeo donde es mas fácil hacerse rico”- y que desde 1988 disfruta de salidas en el sector privado a cual más apetecible y por méritos propios, sin duda, escribió ayer un artículo en El País, bien documentado y que adjunto infra, dando mil razonables argumentos para aceptar la menncionada llegada de inmigrantes musulmanes en esta Europa que envejece sin remedio.

De su exposición me han llamado la atención, no favorablemente, algunas cuestiones:

  • No se le ocurre apostar por frenar en seco la actual liquidación de la población autóctona europea donde en tantos países –especialmente en España– el crecimiento vegetativo está dando paso al decrecimiento, es decir, mueren más europeos de los que nacen.
  • No es comprensible que, después de reconocer la inmensa e inmejorable acogida de europeos -especialmente españoles, pero no sólo- por parte de los países latinoamericanos durante el pasado siglo, en vez de recomendar que ahora nuestra necesidad de inmigración sea cubierta por estos paises hermanos en cultura cristiana, usos y costumbre, se dedique a patrocinar la aceptación de musulmanes.

Esta es una cuestión nada baladí y que ocupará a la Unión Europea muchos años si, finalmente, se cumple con los compromisos con Turquía, a quien se le ha prometido visados incondicionales para su población y agilización de su entrada en la UE a cambio de que nosotros instalemos allí, con nuestro dinero, los campos de acogida de todos aquellos -refugiados o no- que cruzan el Mediterráneo para no volver, en la medida de lo posible, a sus países de origen.

Y no sólo por razones de sentido común -si es que queda suficiente para ello-, elementales factores de integración social, armonía y compatibilidad, sino también atendiendo a criterios de pura reciprocidad histórica en materia de migraciones.

Lo razonable es potenciar tal corriente inmigratoria y mantener en Europa esa cultura común y modelo de vida que configura nuestra idiosincrasia y naturaleza, sin menoscabo del respeto que otras sociedades merecen pero marcando las distancias precisas en vez de proseguir en la suicida y quimérica vía de esa hilarante Alianza de Civilizaciones que puede acabar más en tragedia que en comedia.

EQM

pd. No se pierdan el texto [ver infra] de sendas Resoluciones de la Dirección General de Evaluación y Cooperación Territorial [Ministerio de Educación, Cultura y Deporte], fechadas el 14 de marzo de 2016 y publicadas en el BOE el pasado viernes, mediante las cuales se publican los curriculums de Religión Islámica en la Educación Infantil y en la Educación Secundaria Obligatoria y Bachillerato.

Bienvenidos sean los refugiados

Los países europeos no tienen futuro sin una creciente inmigración de países pobres o emergentes, dado el creciente envejecimiento de sus poblaciones. Hasta el año 2064 España, donde el problema es más grave, perderá seis millones de habitantes

Guillermo de la Dehesa en El País, 230316.

En muchos de los países pobres y emergentes de origen migratorio, los sistemas educativos son limitados, por lo que son las mismas familias las que detectan quien es el más inteligente o el más emprendedor de la familia y, como es lógico, apuestan todos por él para que intente sacarles de la pobreza logrando un empleo en otro país, si no ha podido conseguirlo o lo ha perdido en el suyo. Si el que emigra, proviene de una país tradicional de emigración sabe que siempre puede encontrar un familiar o amigo en su destino que le acoja y le oriente.

Asimismo, no podemos olvidar que no hace mucho tiempo, en los años cuarenta, cincuenta y sesenta del siglo pasado, muchos españoles tuvieron que emigrar a América del Sur y al resto de Europa, bien para evitar una dura persecución política e ideológica o para poder encontrar trabajo fuera de una España empobrecida, tras la horrible Guerra Civil y sus persecuciones posteriores, cobrándose muchas vidas pero también por sufrir una situación de aislamiento internacional, en la que casi no llegaba ayuda del extranjero.

Los llamados hoy refugiados son otro tipo más de emigrantes forzosos que han sido obligados a hacerlo por peligrar sus vidas a causa de la violencia, la dictadura o la guerra y hoy, lo que es peor, por poseer o pertenecer a una determinada corriente religiosa. Es con ellos con quien hay que tener una mayor capacidad de compasión y de aceptación, especialmente en todos aquellos países que ya sufrieron experiencias semejantes, como la gran mayoría de los países de Europa.

Muchos españoles desempleados se preguntarán ¿porqué hay que admitir a refugiados extranjeros que compiten por nuestros puestos de trabajo, siendo nuestra tasa de desempleo tan elevada y, más aún, proviniendo de una guerra religiosa en el extranjero entre Sunitas y Chiitas?.

Pero no hay que olvidar que otra terrible guerra religiosa también ocurrió en Europa entre Católicos y Protestantes, durante la larga Guerra de los 30 años (1.618-1648) en la que, según el historiador británico David Norman (1996), murieron 8 millones de personas incluidos muchos civiles, de una población total Europea de 110 millones, que dejó asolada toda Europa y especialmente a Alemania que perdió más de un 10% de su población.

Es interesante comparar las fechas de ambas grandes guerras de religión. La Guerra de los 30 años, entre Católicos y Protestantes, tuvo lugar 1.600 años después del nacimiento de Jesucristo, en el año 1 de la Era Cristiana, y la actual Guerra, entre Sunitas y Chiitas, que empezó en Irak, en 2005, tiene lugar 1485 años después del nacimiento de Mahoma en el año 520 (de la era cristiana) en La Meca, una diferencia de 115 años.

Como ha señalado The Economist (12/12/2015), el volumen de refugiados es enorme, el mayor desde la Segunda Guerra Mundial. Pero son gentes muy jóvenes que vienen a una Europa que es la región más envejecida del mundo, después de Japón. Su edad media es de 23 años, la mitad de la edad media de Alemania, que es el país más envejecido de Europa, seguido de Italia y de España. Además, el 82% de los refugiados tiene menos de 34 años y bastantes tienen educación secundaria e incluso universitaria.

Europa, y sobre todo España, no tienen futuro alguno en el mundo sin una creciente inmigración de países pobres o emergentes, dado el creciente envejecimiento de sus poblaciones y la enorme caída de sus tasas de natalidad.

El informe más reciente de la Comisión Europea (2015) estima que en la UE el envejecimiento de la población aumentará y el empleo caerá ininterrumpidamente entre 2010 y 2060, suponiendo que el crecimiento potencial se mantenga constante (irá decayendo irremediablemente). La contribución al crecimiento del factor trabajo aumentará hasta 2020, pero será negativa en los siguientes 40 años. La población en edad de trabajar (20-64) está cayendo ya desde 2010, y caerá de 310 millones en 2010, a 260 millones en 2060 —50 millones menos—, pudiendo producir la quiebra de los sistemas de pensiones de los estados miembros de la UE.

En empleo total (20-64) caerá de 210 millones en 2010, a 200 millones en 2060 y el trabajo contribuirá negativamente al crecimiento, en un 0,1% anual, hasta 2060.

En España, las últimas proyecciones del Instituto Nacional de Estadística (octubre 2014) muestran que el problema del envejecimiento es todavía mucho más problemático que en la UE, ya que la caída de su población empezó ya en 2012. En los próximos 15 años caerá un 2,2% del total, es decir 1,022 millones y, en los siguientes 50 años, hasta 2064 otros 5,6 millones, cayendo un 12,1%, de 46,8 millones en 2012 a 40,8 millones en 2064.

El número de nacimientos empezó a caer ya en 2009 y en 2029 habrán descendido en 298.202, un 27,1% menos. El número de nacimientos por mujer fértil, caerá hasta 1,22, cuando la tasa de reposición de la población es de 2,1 hijos por mujer fértil. La edad media de maternidad, que hoy es de 31,7 años, subirá hasta 33 años en 2064 y el número de mujeres en edad fértil (entre 15 y 49 años) caerá 4,3 millones.

La esperanza de vida al nacer, que hoy es de 80 años para los varones y de 85,7 años para las mujeres sería, en 2064, de 91 años para los varones y de 94,3 años para las mujeres y la esperanza de vida a los 65 años sería de 27,37 años para los varones (92,37años) y de 30,77 años para las mujeres (95,77años).

A partir de 2015, las defunciones superarán a los nacimientos. Asimismo, tras la Gran Crisis, los flujos anuales de emigración son ya superiores a los de inmigración, pero esta tendencia se invertiría a partir de 2021.

La población mayor de 65 años que hoy es el 18,2% pasaría a ser el 38,7% en 2064 y la tasa de dependencia (es decir, el número de mayores de 64 años respecto del número de menores de 16 años) llegaría a ser del 95,6%; es decir, cada joven en edad de trabajar tendría que mantener prácticamente a cada jubilado. Por último, en España se estableció la edad de jubilación a los 65 años en 1919 con la ley del Retiro Obrero, gobernando Antonio Maura, cuando la esperanza de vida al nacer era de 33 años. Hoy la edad de jubilación sigue siendo a los 65 años (a los 64 años es la edad real) cuando la esperanza de vida al nacer es de 82 años. Estamos todos locos.

Guillermo de la Dehesa es presidente Honorario del Centre for Economic Policy Research (CEPR) de Londres

boe titulo

Ley 26/1992, de 10 de noviembre, por la que se aprueba el Acuerdo de Cooperación del Estado con la Comisión Islámica de España. [BOE 272, de 121192].

Resolución de 14 de marzo de 2016, de la Dirección General de Evaluación y Cooperación Territorial, por la que se publica el currículo de la enseñanza de Religión Islámica de la Educación Infantil. [BOE 67, de 180316].

Resolución de 14 de marzo de 2016, de la Dirección General de Evaluación y Cooperación Territorial, por la que se publican los currículos de la materia de Religión Islámica en Educación Secundaria Obligatoria y Bachillerato. [BOE 67, de 180316].

Los godos del emperador Valente

Arturo Pérez-Reverte en XLSemanal, 13/9/2015.

En el año 376 después de Cristo, en la frontera del Danubio se presentó una masa enorme de hombres, mujeres y niños. Eran refugiados godos que buscaban asilo, presionados por el avance de las hordas de Atila. Por diversas razones -entre otras, que Roma ya no era lo que había sido- se les permitió penetrar en territorio del imperio, pese a que, a diferencia de oleadas de pueblos inmigrantes anteriores, éstos no habían sido exterminados, esclavizados o sometidos, como se acostumbraba entonces.

En los meses siguientes, aquellos refugiados comprobaron que el imperio romano no era el paraíso, que sus gobernantes eran débiles y corruptos, que no había riqueza y comida para todos, y que la injusticia y la codicia se cebaban en ellos. Así que dos años después de cruzar el Danubio, en Adrianópolis, esos mismos godos mataron al emperador Valente y destrozaron su ejército. Y noventa y ocho años después, sus nietos destronaron a Rómulo Augústulo, último emperador, y liquidaron lo que quedaba del imperio romano.

Y es que todo ha ocurrido ya. Otra cosa es que lo hayamos olvidado. Que gobernantes irresponsables nos borren los recursos para comprender. Desde que hay memoria, unos pueblos invadieron a otros por hambre, por ambición, por presión de quienes los invadían o maltrataban a ellos. Y todos, hasta hace poco, se defendieron y sostuvieron igual: acuchillando invasores, tomando a sus mujeres, esclavizando a sus hijos. Así se mantuvieron hasta que la Historia acabó con ellos, dando paso a otros imperios que a su vez, llegado el ocaso, sufrieron la misma suerte.

El problema que hoy afronta lo que llamamos Europa, u Occidente (el imperio heredero de una civilización compleja, que hunde sus raíces en la Biblia y el Talmud y emparenta con el Corán, que florece en la Iglesia medieval y el Renacimiento, que establece los derechos y libertades del hombre con la Ilustración y la Revolución Francesa), es que todo eso -Homero, Dante, Cervantes, Shakespeare, Newton, Voltaire- tiene fecha de caducidad y se encuentra en liquidación por derribo. Incapaz de sostenerse. De defenderse. Ya sólo tiene dinero. Y el dinero mantiene a salvo un rato, nada más.

Pagamos nuestros pecados. La desaparición de los regímenes comunistas y la guerra que un imbécil presidente norteamericano desencadenó en el Medio Oriente para instalar una democracia a la occidental en lugares donde las palabras Islam y Rais -religión mezclada con liderazgos tribales- hacen difícil la democracia, pusieron a hervir la caldera. Cayeron los centuriones -bárbaros también, como al fin de todos los imperios- que vigilaban nuestro limes. Todos esos centuriones eran unos hijos de puta, pero eran nuestros hijos de puta. Sin ellos, sobre las fronteras caen ahora oleadas de desesperados, vanguardia de los modernos bárbaros -en el sentido histórico de la palabra- que cabalgan detrás.

Eso nos sitúa en una coyuntura nueva para nosotros pero vieja para el mundo. Una coyuntura inevitablemente histórica, pues estamos donde estaban los imperios incapaces de controlar las oleadas migratorias, pacíficas primero y agresivas luego. Imperios, civilizaciones, mundos que por su debilidad fueron vencidos, se transformaron o desaparecieron. Y los pocos centuriones que hoy quedan en el Rhin o el Danubio están sentenciados. Los condenan nuestro egoísmo, nuestro buenismo hipócrita, nuestra incultura histórica, nuestra cobarde incompetencia. Tarde o temprano, también por simple ley natural, por elemental supervivencia, esos últimos centuriones acabarán poniéndose de parte de los bárbaros.

A ver si nos enteramos de una vez: estas batallas, esta guerra, no se van a ganar. Ya no se puede. Nuestra propia dinámica social, religiosa, política, lo impide. Y quienes empujan por detrás a los godos lo saben. Quienes antes frenaban a unos y otros en campos de batalla, degollando a poblaciones enteras, ya no pueden hacerlo. Nuestra civilización, afortunadamente, no tolera esas atrocidades. La mala noticia es que nos pasamos de frenada. La sociedad europea exige hoy a sus ejércitos que sean oenegés, no fuerzas militares. Toda actuación vigorosa -y sólo el vigor compite con ciertas dinámicas de la Historia- queda descartada en origen, y ni siquiera Hitler encontraría hoy un Occidente tan resuelto a enfrentarse a él por las armas como lo estuvo en 1939.

Cualquier actuación contra los que empujan a los godos es criticada por fuerzas pacifistas que, con tanta legitimidad ideológica como falta de realismo histórico, se oponen a eso. La demagogia sustituye a la realidad y sus consecuencias. Detalle significativo: las operaciones de vigilancia en el Mediterráneo no son para frenar la emigración, sino para ayudar a los emigrantes a alcanzar con seguridad las costas europeas. Todo, en fin, es una enorme, inevitable contradicción. El ciudadano es mejor ahora que hace siglos, y no tolera cierta clase de injusticias o crueldades. La herramienta histórica de pasar a cuchillo, por tanto, queda felizmente descartada. Ya no puede haber matanza de godos. Por fortuna para la humanidad. Por desgracia para el imperio.

Todo eso lleva al núcleo de la cuestión: Europa o como queramos llamar a este cálido ámbito de derechos y libertades, de bienestar económico y social, está roído por dentro y amenazado por fuera. Ni sabe, ni puede, ni quiere, y quizá ni debe defenderse. Vivimos la absurda paradoja de compadecer a los bárbaros, incluso de aplaudirlos, y al mismo tiempo pretender que siga intacta nuestra cómoda forma de vida.

Pero las cosas no son tan simples. Los godos seguirán llegando en oleadas, anegando fronteras, caminos y ciudades. Están en su derecho, y tienen justo lo que Europa no tiene: juventud, vigor, decisión y hambre. Cuando esto ocurre hay pocas alternativas, también históricas: si son pocos, los recién llegados se integran en la cultura local y la enriquecen; si son muchos, la transforman o la destruyen. No en un día, por supuesto. Los imperios tardan siglos en desmoronarse.

Eso nos mete en el cogollo del asunto: la instalación de los godos, cuando son demasiados, en el interior del imperio. Los conflictos derivados de su presencia. Los derechos que adquieren o deben adquirir, y que es justo y lógico disfruten. Pero ni en el imperio romano ni en la actual Europa hubo o hay para todos; ni trabajo, ni comida, ni hospitales, ni espacios confortables. Además, incluso para las buenas conciencias, no es igual compadecerse de un refugiado en la frontera, de una madre con su hijo cruzando una alambrada o ahogándose en el mar, que verlos instalados en una chabola junto a la propia casa, el jardín, el campo de golf, trampeando a veces para sobrevivir en una sociedad donde las hadas madrinas tienen rota la varita mágica y arrugado el cucurucho.

Donde no todos, y cada vez menos, podemos conseguir lo que ambicionamos. Y claro. Hay barriadas, ciudades que se van convirtiendo en polvorines con mecha retardada. De vez en cuando arderán, porque también eso es históricamente inevitable. Y más en una Europa donde las élites intelectuales desaparecen, sofocadas por la mediocridad, y políticos analfabetos y populistas de todo signo, según sopla, copan el poder. El recurso final será una policía más dura y represora, alentada por quienes tienen cosas que perder. Eso alumbrará nuevos conflictos: desfavorecidos clamando por lo que anhelan, ciudadanos furiosos, represalias y ajustes de cuentas.

De aquí a poco tiempo, los grupos xenófobos violentos se habrán multiplicado en toda Europa. Y también los de muchos desesperados que elijan la violencia para salir del hambre, la opresión y la injusticia. También parte de la población romana -no todos eran bárbaros- ayudó a los godos en el saqueo, por congraciarse con ellos o por propia iniciativa. Ninguna pax romana beneficia a todos por igual. Y es que no hay forma de parar la Historia. «Tiene que haber una solución», claman editorialistas de periódicos, tertulianos y ciudadanos incapaces de comprender, porque ya nadie lo explica en los colegios, que la Historia no se soluciona, sino que se vive; y, como mucho, se lee y estudia para prevenir fenómenos que nunca son nuevos, pues a menudo, en la historia de la Humanidad, lo nuevo es lo olvidado.

Y lo que olvidamos es que no siempre hay solución; que a veces las cosas ocurren de forma irremediable, por pura ley natural: nuevos tiempos, nuevos bárbaros. Mucho quedará de lo viejo, mezclado con lo nuevo; pero la Europa que iluminó el mundo está sentenciada a muerte. Quizá con el tiempo y el mestizaje otros imperios sean mejores que éste; pero ni ustedes ni yo estaremos aquí para comprobarlo. Nosotros nos bajamos en la próxima.

En ese trayecto sólo hay dos actitudes razonables. Una es el consuelo analgésico de buscar explicación en la ciencia y la cultura; para, si no impedirlo, que es imposible, al menos comprender por qué todo se va al carajo. Como ese romano al que me gusta imaginar sereno en la ventana de su biblioteca mientras los bárbaros saquean Roma. Pues comprender siempre ayuda a asumir. A soportar.

La otra actitud razonable, creo, es adiestrar a los jóvenes pensando en los hijos y nietos de esos jóvenes. Para que afronten con lucidez, valor, humanidad y sentido común el mundo que viene. Para que se adapten a lo inevitable, conservando lo que puedan de cuanto de bueno deje tras de sí el mundo que se extingue. Dándoles herramientas para vivir en un territorio que durante cierto tiempo será caótico, violento y peligroso.

Para que peleen por aquello en lo que crean, o para que se resignen a lo inevitable; pero no por estupidez o mansedumbre, sino por lucidez. Por serenidad intelectual. Que sean lo que quieran o puedan: hagámoslos griegos que piensen, troyanos que luchen, romanos conscientes -llegado el caso- de la digna altivez del suicidio. Hagámoslos supervivientes mestizos, dispuestos a encarar sin complejos el mundo nuevo y mejorarlo; pero no los embauquemos con demagogias baratas y cuentos de Walt Disney.

Ya es hora de que en los colegios, en los hogares, en la vida, hablemos a nuestros hijos mirándolos a los ojos.

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Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

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