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Fernando Múgica_2Fernando Múgica Goñi. Vía El Mundo.

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Fernando Múgica Goñi (Pamplona, Navarra, 7 de junio de 1946, Madrid, 12 de mayo de 2016). Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad de Navarra, fue un periodista de investigación, fotógrafo y prestigioso reportero de conflictos bélicos internacionales, asi como fundador y redactor jefe del diario El Mundo.

Múgica dio sus primeros pasos como periodista en La Gaceta del Norte de Navarra. A partir de ahí trabajó en numerosos medios: entre otros, fue fundador del diario DEIA, trabajó en Televisión Española, en Diario 16 y editor gráfico y fue uno de los fundadores del diario EL MUNDO, donde desarrolló la mayor parte de su vida profesional.

Como reportero de guerra Múgica cubrió a lo largo de su carrera multitud de guerras, formando parte del grupo de reporteros conocidos como ‘la tribu’, informando de los conflictos armados más relevantes del siglo XX. Estuvo en la Guerra de los Seis Días y del Yom Kipur en Israel. Fue uno de los pocos reporteros españoles presente en la Guerra de Vietnam y uno de los últimos en abandonar Saigón.

Fundador de EL MUNDO en 1989, publicó en la revista dominical ‘Magazine’ grandes reportajes de actualidad. En 1990 cubrió para el periódico la Primera Guerra del Golfo desde Jordania, y posteriormente la que fue su última guerra, el conflicto de Yugoslavia.

Los atentados del 11-M de 2004 supusieron un antes y un después en su carrera. Otra vez. El 23 de abril, sólo 43 días después, publica un reportaje bajo el título de «Los agujeros negros del 11-M». Ese título nombre a una serie que le dio popularidad e incomprensión a partes iguales.

Foto de archivo de 1972. Cadáveres de muertos del Vietcong, durante la guerra de Vietnam. Fotografía de Fernando Múgica. Vía El Mundo.

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[Su última entrevista]

Fernando Múgica: “El 11-M me ha costado la vida”

Lorena G. Maldonado en La Activa Minoría, 290515.

Fernando Múgica (Pamplona, 1946) llega a la Plaza Santa Ana vestido con vaqueros, jersey, mirada limpia y espíritu pujante. Existen personas arrolladoras sólo existiendo. Se pregunta uno, expuesto a tanta energía y a tanta huella de juventud, dónde están los sesenta y ocho años. Dónde se le marca en la piel Vietnam y dónde Sarajevo. Fernando Múgica nunca parece Fernando Múgica. Su uniforme es el paisaje en el que esté. Hace falta elegancia y descaro para diluirse en cualquier lugar. Y entonces, una vez completado el proceso creativo y camaleónico, empuñar la cámara. Encuadrar la historia. Conseguir la foto.

“La pequeña diferencia entre hacerlo y no hacerlo, eso soy yo”, dice. Cuarenta años de reporterismo gráfico, de periodismo de investigación, de La Gaceta del Norte, de El Mundo.  Fernando Múgica caminando, alto y erguido, entre la gente. Como si no conociese Israel y Argelia, el Líbano y Guatemala, el Golfo Pérsico y Liberia. Como si no. Como si nunca. Dónde la guerra, el 11-M, el miedo, los amigos que nunca volvieron de Afganistán.

A Fernando Múgica parece olvidársele que es Fernando Múgica. Por la llaneza con la que habla.

Por la pasión reconstruida al comienzo de cada frase. Por el tono de minucia que se consiente tratando asuntos serios. Por la entereza con la que lleva cierto poso de desencanto.

“Soy mal periodista”, asegura. Y su enfoque veterano ha filtrado los acontecimientos más ígneos del último tramo del siglo XX. “Soy mal periodista”, repite, “y te voy a decir por qué: he descubierto que no me interesa la publicación. ¡Ah!, sorpresa. Las fotos que hago ahora no las ve casi nadie y no me preocupa en absoluto. A mí lo que me gusta es hacerlo, no publicarlo. Así que de buen periodista, nada. Seré buen activista”. Su motor se aleja del mercantilismo y del interés social para acercarse a la autodeterminación: “Si tú valiente llamas a alguien arrojado, no soy valiente. No es que me mueva lo que pase, el hecho en sí. Me inquieta si soy capaz de captarlo. Entonces valiente, pero con causa. Yo me tiro en paracaídas… si tengo que hacer la foto”. Y esboza una sonrisa sagaz a media asta.

El fotógrafo no sólo ama lo que hace. La afección abarca el mundo, el ser humano. De no ser así, dice, el reporterismo se convertiría en un oficio repugnante. Ama la maniobra, la estrategia, el celo, el testiculario inapelable. Y el click capaz de resumirlo todo. “Si hacerlo te divierte, hazlo. Si no, no. Vive por la sensación, no por el resultado. Mira, a mí me mandan a Saigon. Voy, vengo, ahora no se puede entrar, ahora no duermo en tres días, ahora van a pegarme un tiro… pero lo que me gusta es hacerlo. La acción. ¿Hubiera sido policía? Depende. De haber estado en un mostrador, pidiendo el documento nacional de identidad, no. Si hubiera sido de los de la patada en la puerta, que sigue a un tío cuarenta días y se lía un tiroteo… sí. Acción. Todo es la acción”.

Fernando Múgica reconoce haber encontrado en el periodismo más riqueza, más versatilidad, más renacimiento diario que en cualquier otra profesión. “Yo he sido Cristiano Ronaldo, Fernando Alonso, un minero. He estado en los suburbios, en los conflictos bélicos, en las fiestas. He hecho amigos. He hablado con artistas de cine, con escultores acojonantes. He discutido con Antonio López sobre pintura. He estado en Auschwithz, en las cámaras de gas, en el cemento. Y en el entierro de Willy Brandt con todos los mandatarios del mundo. Sólo por ser reportero. ¿En qué profesión se puede hacer eso?”

El pamplonés entiende el oficio “como un entretenimiento”, sin aspiraciones de modificar la sociedad.  Cree, como John Le Carré –mitad espía, mitad novelista–, que la microbatalla personal es “influir en tu entorno, mejorarlo comportándote como una persona decente”.

Pregunta- Resulta extraño que sostenga que el periodismo no puede cambiar las cosas cuando ha sido Redactor Jefe de Internacional de El Mundo. Un diario controvertido que ha trastocado el panorama nacional más de una vez. ¿Qué quería entonces Pedro J., el que ha sido su jefe tantos años, si no era cambiar el mundo?

Respuesta- Él quiere cambiar lo concreto, no el mundo. La política. Y lo ha hecho muchas veces. Ahora cree que Rajoyes un individuo que no vale para nada. Le pone nerviosísimo, y le apetece cambiarlo. Pero no sé si desde su nuevo diario tendrá la misma fuerza. En mi opinión, lo digital se disgrega. Además, a mí Rajoy me es indiferente. Es un hombre que nunca tuvo ambición de ser Primer Ministro. Mira, Franco estaba convencido. Hitler estaba convencido. Eran muy coherentes… no es gente que esté equivocada o no, es gente que cree que las cosas deben ser de una manera. Y el señor Rajoy no lo cree. No tiene una convicción, y se le nota.

Múgica opina que no existen buenas intenciones en política, sólo conveniencias. Tampoco las encuestas –ésas que, últimamente, desbancan a los populares y elevan aPedro Sánchez o Pablo Iglesias– le dicen mucho: todo es cíclico. “Seamos serios. ¿Tú crees que hay alguna diferencia entre el PSOE y el PP? Ni siquiera la ley del aborto… ¡Si la han aceptado! [Hace un soniquete con la voz] ¡Si el PP más conservador la ha aceptado! ¡¡Por pragmatismo!! ¿Crees que a Rajoy le importa el aborto…? No le importa en absoluto. No es ningún Mesías con aspiraciones de mejorar las cosas. No-es-verdad”, silabea. El periodista va más allá: ni siquiera el Presidente del Gobierno es el poseedor de la capacidad de cambio. Tampoco la oposición. “Son los grupos de poder los que manejan el mundo. Obama lo ponen ellos, lo quitan ellos. Sí, a veces cambian de estilo un poco, pero…”. Chasquea la lengua, a medio camino entre la resignación y el enfado.

–Y, ¿cómo puede escapar un ciudadano normal, como usted y como yo, de todo eso?

–Por el arte –lo dice despacio, placenteramente, y regresa la distensión.

Fernando Múgica oscila entre dos mundos. Es animal artístico porque cree en el talento, que es “injustamente innato”. Le gusta el jazz. Toca la batería desde que se acuerda y, hace un par de años, se compró una trompeta. “El método, el esfuerzo, te harán tocar la trompeta, pero de forma mecánica. ¿Se puede llegar a tocar en un conjunto? Tal vez sí. ¿Y a ser Sonny Rollins? No. Yo te digo: sin talento, con disciplina, puedes escribir una novela. Pero, ¿tendría algún alma? ¿Sería Los miserables? Nunca. ¡Nunca!”. Y aquí la sensibilidad. El lado inofensivo.

Pero Múgica es también animal político. No en cuanto interés en su incidencia, sino en cuanto a conciencia de su realidad. Y aquí el arrojo. El personaje incómodo. Ostenta la autoría de los treinta reportajes de investigación en torno al 11-M publicados en El Mundo titulados Los agujeros negros del 11-M y colaboró en el libro A tumba abierta, de Francisco Javier Lavandera (La Esfera de los Libros, 2006), acerca de estos mismos acontecimientos.

Ahora tiene entre manos otro proyecto en solitario: una novela histórica donde resida el trasfondo del atentado y su veracidad político-estratégica. “Me están tentando para hacerla, pero sé que si me meto en esta historia, voy a sufrir. Y sufrir voluntariamente es jodido. Yo dediqué cuatro años de mi vida a la investigación del 11-M. Enteros. Día y noche. Sábados y domingos. Cuatro años. Viajando miles de kilómetros, hablando con miles de personas. Y me costó personalmente muchas cosas: un matrimonio, que todo el periódico me dejara prácticamente de hablar, el desprecio de mis compañeros de tantos años… creyeron que estaba loco, que estaba mintiendo. No me preocupa. Lo cuento con dolor, pero no me preocupa”. Se detiene a pensar unos segundos. Toma aire y continúa: “Esto no es el evangelio San Mateo. Me ha costado mi propia vida. Ha sido una putada de un calibre… y me he preguntado muchas veces, ¿merecía la pena?”. “Pero es una causa noble”, le aliento yo. “Es una causa inútil”, sentencia.

El periodista se desliza los dedos entre el pelo canoso, apoyando la frente en la palma de la mano. Está cansado. Súbitamente, y por primera vez desde el inicio de la conversación, parecen coincidir su edad real y su edad física.

–Mi argumentación fue “por qué los llamados culpables no pueden serlo”. A partir de ahí trabajé. Pero ahora sé quiénes son. Por eso es el momento de escribir.

–¿Cuál será la reacción de la gente al saberlo?

–Se quedarán, primero, decepcionados. La verdad siempre es decepcionante. Luego, escépticos. Recuerda esto, porque será así.

–¿Es alguien de quien no se espera?

–Está bien, está bien… lo intentas de forma eficaz– esquiva.

–¿Y usted no me va a responder de forma eficaz?

–La realidad siempre sorprende. Siempre es más sencilla, más absurda, menos novelesca. No fueron los islamistas. ETA tampoco. Mira, yo predico algo de periodismo gráfico. De lo demás nunca, nada. No quiero convencer a nadie de nada, pero creo que puedo ayudar a abrir alguna mente. El problema es que la gente no quiere saber la verdad. ¿Voy a convencerles yo ahora de quién es Obama o de cómo funciona el CNI…? Los cuerpos de inteligencia… eso es el infinito insondable. Las cloacas. A mí me interesa la verdad. Lucho por ella. ¿Sabes? Tengo ya una capacidad física, económica, empírica… que defeco en todo. A mí ya no me van a echar de ningún lado- y da un sorbo lento a su cerveza.

Fernando Múgica dice no tener secretos. “Una de las cosas que he aprendido en la vida es que los secretos son estúpidos”, asegura. “A mí se me ve venir, soy una persona clara”. Le pregunto entonces qué opinión le merece el periodismo que se apoya en una mentira para tratar de desentrañar una verdad, como hizo Jordi Évole en el falso documental Operación Palace.

Levanta la ceja. “Eso fue una campaña orquestada. No era tan simple, no era una gracia. Se hizo para algo: para parar el libro de Pilar Urbano. Ellos contaron una medio verdad para que cuando se contara la verdad, la gente dijera “¡pero si esto ya lo contó Évole y era un chiste!”. “¿Usted cree?”, le digo. “¿¡Que si creo!?”, exclama.

–¿Se puede vivir desconfiando de todo?

–Se puede vivir desconfiando de lo global. Yo creo en las personas concretas. Pero cuando se unen en masa… olvídate. En este sentido, soy lo opuesto a Podemos. Y mira que no les tengo ni antipatía ni simpatía. Unos chavalillos… y alguien que está creando ese movimiento. Nada es espontáneo.

–Entonces, ¿usted no cree que el 15-M creó eso?

–Pero, ¿¡y quién creó el 15-M!? ¿O piensas que la revolución árabe de internet se ha dado sólo porque existen nuevas tecnologías? Si hay algo que está controlado absolutamente, es eso. Internet. Los fenómenos sociales. Google. ¿Por qué crees que Whatsapp es gratis? Por Dios…

–No cree usted que la gente se pueda movilizar de forma natural.

–Siempre hay alguien que lo canaliza. El individuo puede querer hacer algo, pero eso lo gestiona alguien después. Un partido político, un grupo, una corriente social… marxismo, cristianismo, leninismo, su puta madre.

–¿Y si el experimento se va de las manos? ¿Y si Podemos gana?

–No va a ganar. Existe algo llamado factor corrección. Por ejemplo, un periódico serio, como El Confidencial, saca lo de que Errejón cobró de la Universidad de Málaga. Eso es el factor corrección. Y la gente, rápidamente: “Vaya, todos son iguales”.

–Eso que dice es grave. Está implicando a los medios en esa marcha.

–Sólo existen los medios para eso.

–¿Están todos comprados?

–No están comprados. Siguen al sistema. O sea, los medios son el sistema. Así como los políticos son el sistema. [Suspira] Sí, debería existir el amor libre… pero la vida es así.

Múgica asegura, con cierta tristeza, que el verdadero periodismo está desapareciendo en pos de la política. “Si no existiese la política nacional, los directores de los grandes medios de este país no se dedicarían a lo que se dedican”, explica. El pamplonés expone que el periodismo se encuentra en una fase de captación, de supervivencia, y que para ello es requisito indispensable diferenciarse. “Hay cuatrocientos redactores en un periódico. Si cada uno trajera una exclusiva importante una vez al año, el periódico tendría una exclusiva todos los días. Pero ¿lo hacen? No lo hacen. El periodismo de investigación se basa en la ley de probabilidades. Si lo intentamos cinco, a alguno le saldrá”.

El profesional ahora se encuentra en una “fase intimista”, como un silencio merecido tras demasiados años pisando territorio hostil. Fernando Múgica sabe que la fórmula para mantener la frescura es tener siempre más proyectos que recuerdos, aunque algunos de estos sigan en carne viva. Y así lo procura, con una lucidez recién conquistada. “Antes buscaba algo que no sabía qué era. Y era una persona tremendamente insegura. ‘Qué bonitas fotos’. ‘¿Tú crees?’. Necesitaba que me lo dijeran. Ahora he encontrado lo que buscaba. Soy capaz de hacerlo habitualmente. Y el reconocimiento ajeno me importa una mierda”. Le pregunto si en su vida ha desechado trabajo que podía haber merecido la pena por culpa de esa inseguridad. “No”, responde, tajante. “Es que me atrevería a decirte que, en mi vida, no he hecho muy buenas fotos. ¡He hecho un trabajo mediocre! Es una lástima. Cuando encuentras la lucidez no recibes los mismos encargos de antes. Estás fuera. Y piensas ¡si yo ahora fuera a Vietnam…!”

Dice padecer shock postraumático. “Cuando miro para atrás, hay veces que me asusto. De las cosas que he hecho, de los lugares en los que he estado, de los riesgos que he corrido. ¿Cómo…? ¿Cómo pude…?” Múgica conoce la vida en crudo, sin artificios. Y ha tenido la muerte más cerca de lo que le gustaría. Cuenta que, estando en Móstar, iba con Ramón Lobo en un coche mientras fuera no cesaban los fogonazos. “Vimos que nos iban a matar, y yo le dije: Ramón, quiero que te acuerdes de una cosa si me pegan un tiro ahora. Y él: dime, dime, lo que quieras… pues quiero que pongan en el epitafio, en la esquela, en el periódico, donde sea, una frase… ¿te vas a acordar?… sí, sí… quiero que ponga “que le den por culo al director”. Disimula la sonrisa. “Era una broma. Jamás haría nada por un director. Todo lo que he hecho, lo he hecho por mí. El periodismo es de dentro hacia fuera. Nace de tu propia llamada, no de las órdenes de ningún superior”.

Fernando Múgica llegó a la Plaza Santa Ana vestido con vaqueros, jersey, mirada limpia y espíritu pujante. Claro que existen personas arrolladoras sólo existiendo.

–Y ahora mismo, ¿qué pondría en su epitafio?

– (Lo piensa unos instantes)…pondría “Fue razonablemente feliz”–me mira hondo, con franqueza– estoy satisfecho, contento, tranquilo. No existe la palabra arrepentimiento. Me han salido cosas muy mal… pero cuando las hice, las hice porque creía que tenía que hacerlas. Si la vida fuera a posteriori…

– Es como una foto, ¿no? Ya no se puede trastocar.

– Ya no se puede trastocar– repite.

Un niño hace el saludo militar frente al destruido palacio presidencial de Kabul. Fotografía de Fernando Múgica. Vía El Mundo.

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Fernando Múgica, in memoriam

Luis del Pino en LD, 120516.

Conocí a Fernando Múgica en la estación de Atocha. ¿Principios de 2005, tal vez? Yo ya había publicado mis primeras investigaciones sobre la masacre de Madrid y él era el maestro de periodistas que tanto había contribuido a abrirme los ojos con aquel primer artículo de su serie “Los agujeros negros del 11-M“.

Llegué al lugar de la cita con antelación y él también lo hizo. Tomamos un café. Era un hombre cautivador, con esa manera socarrona de hablar de quien ha visto casi de todo y está de vuelta de casi todo, pero a la vez capaz de transmitir una cordialidad infinita, de hacerte sentir cómodo en su presencia. Era casi imposible no empatizar con él, a pesar de esa coraza que siempre percibías en su forma de expresarse. Y tenía esa forma de preguntar, a la vez incisiva y casual, que caracteriza a los buenos reporteros de investigación.

Desde entonces, nos vimos en varias docenas de ocasiones. Alguna vez colaboramos puntualmente. Muchas otras nos limitábamos a intercambiar puntos de vista sobre unas investigaciones protagonizadas, casi en exclusiva, por nuestros dos medios: El Mundo y Libertad Digital. “Si nos dejan seguir investigando”, recuerdo que me decía, “es porque estamos aún muy lejos de la verdad. El día que nos acerquemos demasiado, nos meterán dos tiros“. Y exhibía una sonrisa de niño travieso. Tenía la virtud de sugerir abismos como quien comenta que ha comprado dos barras de pan.

Los dos coincidíamos en que la versión oficial del 11-M no contenía un solo átomo de verdad, pero discrepábamos en cuanto a la autoría real de la matanza. Mientras que yo sostenía que era obra de las cloacas de nuestros propios servicios de información, él inscribía la masacre de Madrid dentro de una guerra mucho más global. Tenía una visión más geopolítica: el 11-M, según él, fue un atentado de bandera falsa ideado fuera de España, en el que nada salió como debía.

A él le debemos aquel primer artículo – publicado el mismo día que se anunció la retirada de las tropas españolas de Irak- en el que la versión oficial quedaba al desnudo, expuesta en toda su crudeza la inmensa chapuza con que se construyó. A él le debemos que el tribunal del 11-M dejara caer, como prueba falsa, aquel coche Skoda Fabia que apareció en Alcalá de Henares tres meses después de la masacre, cargado de prendas de ropa con el ADN de presuntos islamistas. A él le debemos, en suma, buena parte de la tarea de demolición que nos ha permitido constatar que seguimos sin saber quién cometió ese atentado.

Le escuché en muchas ocasiones comentar con ironía la actitud de algunos de nuestros compañeros de profesión, empeñados en defender lo indefendible. Pero aquella ironía no podía ocultar nunca del todo la tristeza que le causaban los ataques de alguna gente que diría lo que fuera por servir a sus amos.

Compartí con él algún viaje. Intercambiamos datos en más de una ocasión. Y siempre pude admirar en Fernando al auténtico periodista, al maestro de reporteros, a la persona insobornable dispuesta a ponerse al mundo por montera para perseguir la verdad. Fueran cuales fuesen las consecuencias. Y vaya si las tuvo su compromiso con el periodismo. “El 11-M me ha costado la vida“, declaró en la que creo que es la última entrevista que le hicieron, hace ahora un año.

Resultaba difícil, para los que le conocieron, no sentir cariño por Fernando. Y resulta imposible, para los que le admirábamos, no sentir una pena inmensa por su muerte. Nos ha dejado un gran profesional y una gran persona. Alguien de quien tanto aprendí y a quien todos los españoles tanto debemos. Un hombre que amaba el periodismo hasta la extenuación.

Descansa en paz, Fernando. Dejas en nuestros corazones un inmenso agujero negro, que nadie podrá nunca llenar.


Juanjo Benítez (izquierda) y Fernando Múgica (derecha) en 1973. Alberto Torregrosa

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Compañeros de pupitre y de oficio

J.J. Benitez en El Mundo, 130516.

Qué difícil resulta escribir sobre alguien querido y, además, muerto…

Fernando Múgica Goñi y yo nos conocimos cuando teníamos cinco años. Fueron los tiempos de Santa María la Real, el colegio de los hermanos maristas, en Pamplona. Me tocó en el pupitre de al lado. La convivencia se prolongó durante 11 años. Fernando era un niño tímido, aplicado y respetuoso. Durante años, su flequillo rubio enloqueció a las alumnas de las ursulinas, pared con pared con nuestro colegio. Pero al Múgica, como a mí, nos dio por el misticismo. Y nos hicimos más católicos, apostólicos y romanos que el mismísimo Papa. Nos reuníamos, día sí, día no, y arreglábamos el planeta con entusiasmo y vehemencia. Ninguno de los dos pensábamos en el periodismo; es más, ni sabíamos qué era eso… Fernando hablaba de ser médico, como su padre.

En esos años 60 tuvimos la misma novia. Mejor dicho, él me la pasó a mí (nunca quedó claro quién dejó a quién). En ese aspecto, el Múgica era el muchacho con el que soñaban todas las madres de la tradicional ciudad de Pamplona: inteligente, alto, rubio, de ojos azules y con un especial sentido del humor. Por las tardes se sentaba en el Paseo de Valencia, con Mirentxu, la novia, y leían juntos La vida sale al encuentro. Y lloraban desconsoladamente… Pero, ante la imposibilidad de ser médico, Fernando se hizo periodista. Y descubrió que lo suyo, en realidad, eran la fotografía, la batería y la trompeta (por este orden).

Y la vida se encargó de separarnos. Pero fue por poco tiempo. En 1972, cuando trabajaba en El Heraldo de Aragón, Fernando me reclamó y me trasladé a La Gaceta del Norte, en el País Vasco. Allí formamos pareja profesional, y durante varios años. Allí le conocí más a fondo. Y descubrí aspectos inéditos del Múgica. Por ejemplo, había entrado en La Gaceta merced a los chistes que enviaba regularmente al periódico. Dibujaba con una soltura envidiable. Descubrí que era un tigre de Bengala, profesionalmente hablando. Nada le detenía. Si Alfonso Ventura, el redactor jefe, exigía que trajera “la capa de Supermán”, el Múgica la traía. Lo vi saltar tapias, camuflarse en el maletero de un coche y disfrazarse de médico para conseguir la imagen. En esos tiempos empezó a viajar, como enviado especial. En la guerra de Vietnam se la jugó varias veces (el periódico tampoco se lo agradeció, ni Fernando lo necesitaba. Él lo hacía por puro deporte). En 1975 llevamos a cabo un viaje inolvidable, como reporteros de la referida Gaceta. En un momento determinado, en Colombia, se echó a llorar. Estaba a punto de cumplir 29 años y echaba de menos a sus hijas. Me lancé a las calles de Bogotá y conseguí una pequeña armónica. Sabía que le gustaba tocarla. El 7 de junio, su cumpleaños, apareció en el interior de una de sus botas. Me abrazó y volvió a llorar.

Y el destino nos separó de nuevo. Él trabajó en el Deia, en EL MUNDO y en Diario de Noticias (de nuevo en Pamplona).

Nos veíamos de vez en cuando. Había madurado a demasiada velocidad, pero conservaba la sonrisa del soñador empedernido. “Todo estaba por hacer”, decía, “todo”.

En febrero de 2015 lo vi aparecer por mi casa. Lo noté raro. Su espléndida sonrisa no era tan espléndida… Intuí algo. Pero, sufrido y cariñoso, se limitó a interesarse por mi vida (lo de siempre). Después lo supe: en esas fechas (febrero), Fernando ya sabía lo que tenía, un cáncer galopante. Y fiel a su estilo intentó arreglarlo todo (lo posible y lo imposible). En junio se reunió con mi hijo Iván, y con Miguel Ángel Barón, otro entrañable amigo, y, a su manera, se despidió sin levantar la liebre. Ése era Fernando Múgica… Y, ante el asombro de Iván, le regaló la vieja Leica.

En julio pasado, mientras disfrutaba de unas vacaciones en Cádiz, se sintió mal, y fue ingresado en el hospital Puerta del Mar. El cáncer, finalmente, dio la cara.

El 20 de julio Blanca y yo nos presentamos en la habitación 659. Encontré a un Múgica fuerte, aunque castigado por las malditas sondas.

Me dejaron a solas con él y tuvimos una conversación que jamás olvidaré.

No teníamos nada que perder. Él lo sabía y yo también. Y le expliqué que había dos posibilidades. Primera: que las operaciones salieran bien y que continuara adelante. Segunda: que nada saliera bien y que pasara “al otro lado”. Ambas posibilidades -le dije- son buenas.

Me miró con picardía y sonrió como pudo. Y contestó, en voz baja:

– Lo sé. No tengo miedo. Esto es como Vietnam…

Creí que se me saltaban las lágrimas, pero lo evité.

Le hablé entonces del “más allá” y escuchó pacientemente. De vez en cuando asentía con la cabeza. Le dije que, si moría, le aguardaba un lugar espléndido, para el que no hay palabras.

Y, ante mi desconcierto, replicó:

– También lo sé y estoy preparado.

No volví a verlo.

Así era Fernando Múgica.


Jerusalén, 1996. Fotografía de Fernando Múgica

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Un fotógrafo que sabía mirar

José Aymá en El Mundo, 130516.

Fotografía está a la izquierda. Pregunta por la jefa, sabe que vienes, nos lo ha dicho. La puerta es como la de los viejos cines de barrio, dos grandes ojos de buey permiten echar un vistazo al interior. Una maraña de cables, agarrados a la estructura metálica del techo se deslizan como lianas hasta las mesas. La redacción es pequeña, huele a tabaco negro mañanero y a química. La sección de fotografía está vacía y pregunto a alguien que parece colega. Responde, la jefa es la rubia que está allí con el J. Entre dientes oigo mascullar con desdén ¡puf, otro colaborata!

Un grupo se arremolinaba en una gran mesa de luz. El más alto preside el cónclave, es rubio, luce una barba arreglada, viste sahariana, vaqueros, botas de media caña y se da un aire a uno de esos arqueólogos ingleses que salen en la BBC. Un laborante trajina sin respiro, va y viene amontonando cajitas de plástico sobre la mesa. El ruidito quisquilloso de la puerta giratoria del laboratorio fotográfico hace que todos miren, como si esperasen algo importante. El fotógrafo destapaba una a una cada cajita, con sosiego, manteniendo el centro de atención mientras los demás guardan silencio. Saca la primera diapositiva, la mira a contraluz y la vuelve a meter en su cajita. Repite la operación veintitantas veces, hasta que por fin se detiene en una. Aquí está.

El de los tirantes que parece el más jefe de todos le dice ¿la tenemos? Aquí está Pedro, en este rollo, deja que mire con el cuenta hilos. ¡Perfecto! está bien de luz. El encuadre podría haber sido mejor, pero no pude acercarme más, era peligroso. Saca el resto de las diapositivas y las ordena en la mesa de luz. Selecciona dos o tres, las mete en una funda de plástico y se las da al director. La reunión se disuelve, el fotógrafo agarra con la misma mano una bolsa de tela deshilachada y varias Nikon polvorientas. Al pasar a mi lado, se gira y me dice: me doy una ducha y vuelvo a editar el resto ¡a saber que hacen con las fotos! Bien maquetado funcionará. Ah, por cierto, ¿eres nuevo?, no te he visto por aquí, encantado me llamo Fernando Múgica y soy fotógrafo, hablamos.

Durante meses utilicé su leica m4 negra, con un 35mm y telémetro descentrado, tan rozada, sobada y vapuleada, que parecía que la habían arrastrado por un millón de guerras. Pero él me la confió un día anodino, de desánimo, casi de abandono y me dijo: dale caña, no es fácil al principio, pero luego es deliciosa, no querrás otra, te inoculará el veneno de la calle. Cuando sepas usarla, empezarás a entender que el fotógrafo tiene que saber su paso, como un boxeador. Rápido, con discreción y respeto. Don McCullin, George Rodger, David D. Duncan no te canses de mirar sus fotos.

Fernando Múgica arrastraba maestría añeja, la que expone las claves sin estropearlas en la disección, la que está por encima de ideas pintureras y oportunas. Vivía simplemente viviendo, rompiéndose el seso con la búsqueda infinita de la óptica perfecta. Primer plano desenfocado, mancha de grises señalando alegría, perdición, cualquier adjetivación de lo esencial. Meterse en el cotarro, cerca como para contar con veracidad, suficientemente alejado, unos pasos por detrás, como para respetar el dolor. La posición perfecta, perseguida hasta la obsesión, el límite impreciso que no se aprende en ninguna escuela.

Fernando caminaba por el lado desenfocado, donde se mueven los contadores de historias, allá donde el miedo de uno mismo arrulla justificaciones fatídicas e impide ahondar en las verdades incómodas. Pero él miró de frente a su miedo y contó otros muchos, los señaló y aprendió a vivir con ellos y comprenderlos. El desafío doloroso fue llevarse el visor a la cara. Mirar rápido, relajar el obturador porque hay algo que contar, recorrer el mundo, estar en el lugar, porque hay algo que fotografiar. Suyas podían haber sido las palabras de Robert Louis Stevenson, vale más vivir y morir de una vez, que no languidecer cada día en nuestra habitación bajo el pretexto de preservarnos.

Incluso en lo cotidiano, en los autobuses de su Pamplona natal, su pupila se deslizaba a la grandeza de lo intrascendente. Después revelaba, hacía una hoja de contactos y guardaba para sí el ejercicio personal. El visor de su Leica era la puerta para buscar explicaciones. Fueron muchos dramas vividos, pero hablaba poco o nada de ellos una vez que volvía a la paz de lo suyo, a los lugares calmos. Su lenguaje fotográfico buscaba la explicación crítica, huyendo del tremendismo fácil, de los cuentos previsibles de buenos y malos.

Podría haber escupido rencor, con la vehemencia del que ha visto muchas maldades en los hombres, pero dejaba que los silencios hablasen solos, concediendo a los demás el derecho a la opinión, mostrando inquietantes perspectivas. Vivió con la mirada del fotógrafo de raza, en la quimera y el desasosiego de toparse con la foto perfecta. Fernando fue un fotógrafo que supo mirar y me enseñó a dónde tenía que mirar.


La misma escena, mostrada más arriba, de la carretera con cadáveres de muertos del Vietcong, en el mismo instante, tomada desde el otro lado por Fernando Múgica.  Vía El Mundo.

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Fernando Múgica, el último reportero ‘clásico’

Alberto Rojas en El Mundo, 130515.

Sáhara español. Año 1975. Una jovencísima Christine Spengler se acerca a un fotógrafo que retrata a un legionario que duerme al sol en mitad del desierto, con la espalda desnuda y llena de tatuajes.

– Hola. Me gustaría ser fotógrafa como tú. ¿Qué debo hacer?

– Tienes que hacer fotos y mándalas a la agencia Sygma de París. Te daré la dirección. Entonces ya serás fotógrafa.

Aquel tipo con barba rubia y ojos azules era Fernando Múgica. “He conocido a muchos fotógrafos durante mi vida”, afirma Spengler. “La mayoría eran ególatras e individualistas. Una vez conocí a uno en el Sáhara que no lo era. Se llamaba Fernando“. Aquel encuentro lo recordaba bien el fotoperiodista navarro: “Tengo aquel momento grabado en mi memoria. La chica francesa. Años después, en un viaje al Líbano, recuerdo que me dieron en el avión la revista Paris Match. La portada era una fotografía de Christine. Trabajaba en la misma agencia que yo. Me alegro mucho de haberla ayudado”.

Hoy Christine Spengler es un mito del fotoperiodismo gracias a aquel gesto. La anécdota ilustra bien el perfil humano de un reportero de leyenda. No es la única. El escritor Arturo Pérez-Reverte compartió con Múgica 20 años de trabajo, guerras, aventuras y respeto: “Con la muerte de Fernando se nos va el último gran clásico del periodismo español. Nunca perdía el sentido del humor, incluso en las situaciones más trágicas o peligrosas. En el Sarajevo asediado por los serbios nos enteramos de que llegaba al hotel Holiday Inn en un avión y fuimos a por él en el Nissan blindado. Cuando íbamos de vuelta comenzaron a caer bombas a un lado y al otro de la calle. El conductor empezó a acelerar y a esquivar los morterazos a 180 kilómetros por hora en una ciudad a oscuras. Fernando iba detrás, de lado a lado. En aquel momento dijo: ‘Esto lo habéis montado vosotros para acojonarme, ¿no?’“.

El más joven de los mayores

El fotoperiodista Gervasio Sánchez lo recuerda como uno de los últimos veteranos de la célebre “tribu”. “Formaba parte de aquella generación de periodistas que habían informado sobre la guerra mítica [Vietnam] como Manu Leguineche oDiego Carcedo. El más joven de todos ellos. Conocí a Fernando hace más de 25 años cuando yo empezaba mi carrera profesional”. Líbano, Irán, Chad, Liberia, Sudáfrica, Irak, Camboya, Colombia… Pocos reporteros atesoran más chinchetas en el mapa que Colodión, como le llamaban sus compañeros de La Gaceta del Norte.

Ramón Lobo, reportero durante décadas del diario El País, también comparte con Múgica parte de su geografía vital: “Fernando siempre contaba una anécdota de su primera cobertura. Siendo un adolescente viajó a la guerra de Vietnam por su cuenta, con una mochila. A su vuelta, después de haber publicado muchas crónicas, llegó a Barajas. Había 400 personas esperando en el aeropuerto. Pensó que era por él. Cuando se enteró de que esperaban a algún actor o algún cantante, tuvo una lección de humildad, una cualidad que ya nunca abandonó”.

Una leyenda en Vietnam

“Cuando empecé a hacer fotos me produjo una gran emoción encontrarme con alguien que había estado en la guerra de Vietnam y había cubierto la retirada estadounidense”, recuerda Gervasio Sánchez. Así fue: Múgica formó parte del pasaje de uno de los últimos helicópteros cargados de yanquis que salieron de Saigón en 1975.

“Cuando lo conocí, dedicó más tiempo a alabar mis trabajos primerizos que a hablar de sus fotos. Me pareció un profesional humilde y amable que le gustaba iluminar el camino de los que empezábamos”, recuerda el fotoperiodista Gervasio Sánchez.

“Fue mi primer jefe cuando empecé como corresponsal. Me reconfortaba hablar con él porque sabía perfectamente por lo que estabas pasando, pero no te dejaba que te tomaras demasiado en serio”, rememora David Jiménez, corresponsal en Asia durante 17 años y hoy director de EL MUNDO. “Un día, en Afganistán, me dijo que me cuidara mucho y, cuando iba a largarle un rollo sobre el coraje periodístico, respondió: ‘Digo que te cuides de las tartas del hotel, que te mandan al baño y luego no mandas la crónica a tiempo'”.

Múgica era experto en robar toallas de los hoteles y en burlar la censura en los aeropuertos más peligrosos. Daba el cambiazo al carrete y entregaba uno sin usar a la policía mientras que el rollo con el reportaje ya viajaba a salvo en el equipaje de otro pasajero.

Vínculos fuertes

Pérez-Reverte recuerda que “Fernando era el único al que permitía usar mi teléfono satélite de TVE para mandar sus crónicas a EL MUNDO. Los vínculos eran fuertes entre nosotros como lo eran con Márquez [su camarógrafo], Alfonso Rojo o Julio Fuentes. Su humor vasco, su nobleza y su cordialidad nos unieron”.

Gervasio Sánchez también destaca ese hilo invisible entre ellos: “Nos hemos visto en múltiples ocasiones, demasiadas veces en funerales de amigos como Julio Fuentes, José Couso, Ricardo Ortega. Siempre arropando a los familiares y amigos golpeados por el duelo. Aunque él estuviera tan golpeado como los demás. Así era Fernando: un hombre bueno que siempre se preocupa de los demás sin darle importancia a sus propias fatalidades”.

Durante los últimos años de su carrera, ejerció su magisterio como profesor de fotografía en el Máster del diario EL MUNDO. Fernando llevaba colgadas sus viejas Leica para enseñar a los alumnos el funcionamiento de la fotografía analógica, el inicio de todo, antes de pasar a las digitales. Alguno de aquellos estudiantes disfrutó del préstamo de aquellas cámaras legendarias como su dueño: “Estos trastos te obligan a mirar. Dentro de dos años me las devuelves y me enseñas las fotos que hayas hecho“. A la vuelta, las revisaba una a una, sin ser demasiado duro pero, a la vez, sin dar palmaditas gratuitas en la espalda: “Esto puedes hacerlo mejor. Intenta llegar más lejos”, decía.

Javier Espinosa, corresponsal en Asia de este diario, recuerda una escena en la guerra de los Balcanes: “Fue él quién consiguió calmar a un soldado croata que parecía decidido a escarmentar a un jovencito alocado que no había respetado el control militar y pretendía adentrarse en Mostar sin permiso. Me contó que había tenido que gritar al uniformado cuando ya se encontraba rodilla en tierra y apuntando su fusil para que no la emprendiera a tiros con mi vehículo”.

Con el cuerpo lleno de billetes

Múgica viajó hasta Sierra Leona, con fajos de billetes repartidos por todo el cuerpo, para pagar el rescate de Javier Espinosa, secuestrado allí por un grupo rebelde. Finalmente no hizo falta sobornar a nadie porque Espinosa se autoliberótres días después.

“Siempre he sido de la opinión de que existen dos clases de reporteros de guerra: los que habían estado en Vietnam -como Fernando- y el resto. Pero precisamente por eso, porque había vivido experiencias inigualables, Múgica nunca alardeó de ello. Resultaba tan complicado arrebatarle alguna historia de Vietnam que al final tuve que contentarme con leerme sus vivencias cuando se cumplían los consabidos aniversarios y le hacían escribir para recordar esas fechas o daba alguna entrevista. Formó parte del reducido grupo de informadores que arriesgó su vida en ese conflicto y como él mismo dijo, contribuyó a ponerle fin ‘a costa de muchos compañeros muertos'”.

La reportera Mónica G. Prieto describe a Múgica como un hombre que “disparaba sus consejos profesionales con el tono reposado de quien los ha aprendido a fuerza de hambre, de sueño y de miedo por su vida. Pocas veces presumía, sin embargo, de su experiencia. Como si su cobertura del conflicto de Vietnam no fuera suficiente carta de presentación“.

Arturo Pérez-Reverte cierra el retrato de Múgica sobre la azotea del Holiday Inn de Sarajevo. “Estábamos los reporteros charlando allí cuando comenzó un bombardeo serbio. Nos quedamos mirándonos, en plan a ver quién es el acojonado que se va el primero. Fernando, con el cuello del abrigo subido, comenzó a dar vueltas en dirección hacia la puerta bailando y canturreando: ‘Nos van a dar una somanta de hostiaaas…'”.

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Notas.-

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