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Idiocia y corrupción

Coincidiendo con las últimas torpezas del bello ZPedro, copiando las genialidades del gran tándem Adolfo Suárez/Fernando OnegaPuedo prometer y prometo– o imitando al mochilero Pablemos, es decir, quitando la piel al oso antes de cazarlo hasta el punto de presentar a su futuro Gobierno socialista con senegalés incluído, parece que ciertos sectores más acostumbrados que la actual media a la cultura del pensamiento se van incorporando al impulso generado inicialmente por UPyD, Libres e Iguales, Ciudadanos y pocos más, y empiezan a desperezarse con análisis en torno al diagnóstico, pronóstico y tratamiento de la grave situación por la que atraviesa España.

A este respecto, abro esta semana con dos aportaciones más bien personales que, en mi opinion, merecen subrayarse: el artículo de José Antonio Zarzalejos en El Confidencial del pasado sábado,  ‘El declive español y los ocho fracasos nacionales‘, y el artículo de Jesús Cacho en vozpópuli, ayer domingo, analizando el recien editado libro España, más allá de lo conseguido. Una guía para españoles esperanzados‘ de Jesus Núñez Banegas.

Los dos textos me parecen muy interesantes para el debate aunque en ambos casos noto a faltar suficiente contundencia en las más graves deficiencias actuales por las que, en mi opinión, nos desangramos:

1. La intencionada analfabetización ciudadana que tiene por objeto el camino de perfección hacia el silencio de los corderos, derivado de la ignorancia supina y, sobre todo, desvergonzada por inconsciente.

2. La sistémica -generalizada- corrupción ciudadana, estrechamente vinculada a una desvertebración social consentida y encaminada hacia la liquidación del sentido común, esa ética y/o moral colectivas, y, consecuentemente, hacia la destrucción total del Estado.

Esa debilidad terminal sí la captaron perfectamente, por el contrario, los poderes que impulsaron tanto el 15M como el posterior movimiento de Podemos. No hay más leer la entrevista encumbradora [?] de ayer en El Mundo, en favor de Íñigo Errejon, en particular cuando éste dice:

“La necesidad de volver a reconstruir comunidad y sentirse parte de algo. No ser un ciudadano que vota cada cuatro años y consume cuando tiene dinero en el bolsillo. Yo quiero ser parte de un pueblo, de una patria democrática, que en las malas me protege y que cuando las cosas van mal exige a los de arriba que cumplan.”

¿Que hacen PP/PSOE para remediar tales carencias y todas las demás? Ni siquiera asumirlas como existentes. Antes al contrario, insisten en no acordar un proyecto educativo que instruya suficientemente a la ciudadanía -también respecto a un modelo eficiente y solidario de Estado- perdurable al margen de quien gobierne; e insisten en que, a pesar de las inundación mediática diaria de pura basura, la corrupción masiva es cosa de unos pocos y, por tanto, la lacra será erradicada.

Haremos bien, en consecuancia, divulgando las reflexiones de todos aquellos que, por acción u omisión, no quieren contribuir a nuestra ruina, y contribuyen a configurar soluciones regenerativas de urgente aplicación, altes de que sea tarde.

EQM

pd. Y no me vale el argumento de que quienes han posibilitado la existencia de la degradación actual no permitirán, en ningún caso, que los mochileros accedan al poder. Eso sólo evitaría que las cosas empeoraran.

Pero hay que atajar la podredumbre en sus orígenes, es decir, en un Sistema que está estallando y haciendo estallar en mil pedazos a nuestra sociedad. Y ni Mariano ni Pedro ponen cara de enterarse de nada y -mucho peor- de estar verdaderamente dispuestos a enterarse, a reconstruir una comunidad, España, digna de mejor situación, de líderes dignos de tal nombre. Y con potencial sobrado para ello.

Manifestación contra la LOMCE en Madrid. (EFE)

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El declive español y los ocho fracasos nacionales

La recesión demográfica, la corrupción o las desigualdades son algunas causas de un declive que no solo se le puede achacar a la clase política

José Antonio Zarzalejos en El Confidencial, 140516.

Hemos entrado en un tiempo histórico de perfil negativo. Ocurre en todos los países con recurrencia diferente y por razones distintas. Sin embargo, en la honda crisis española concurren causas de naturaleza económico-social y política que se han conjurado para, al alimón, crear un ambiente pesimista y descreído que nos retrotrae a épocas del pasado en las que la cotización de lo español se mostraba a la baja y con lejanas expectativas de recuperación. Es importante, no obstante, objetivar las causas del declive de nuestro país porque no todas son achacables ni al sistema político ni a la clase dirigente. Existe un componente social, ciudadano, que determina la agudización de la coyuntura negativa.

1. Somos menos. La recesión demográfica es un dato espectacularmente grave. Se han invertido los saldos migratorios entre 2008 y 2012, de modo que, poco después (2013-2015) la población española ha descendido y esa tendencia seguirá en los próximos años según los datos del INE. No hace falta señalar las consecuencias de este estrechamiento poblacional, siendo la principal la insostenibilidad, a la larga, de ámbitos estratégicos del Estado del Bienestar. Esta situación remite, además, a la desconfianza e incertidumbre en las generaciones jóvenes para establecerse familiarmente y tener hijos. (*)

2. Somos más viejos. Entre 2002 y 2015 la población entre 15 y 34 años se redujo en 2,2 millones de personas, mientras crecieron los rangos de más edad. España, también según el INE, será en 2050 uno de los países del mundo con el envejecimiento más acusado, sólo superado por Japón. Este envejecimiento se trasladará a la población activa. Habrá, de inmediato, menos desempleo pero con menor población ocupada, lo que a corto plazo sería positivo, pero a largo, un desastre. (*)

3. Desclasamiento. En España los hogares con rentas medias han pasado del 38,5% al 31,2% del total. En 2004, las rentas medias alcanzan al 59%, en 2007 al 60,6% y en 2013 descendieron al 52%. La clase media española ha perdido a 3.500.000 ciudadanos que han pasado de una renta per cápita de 28.000 euros a otra de 22.000 en apenas seis años, un 20% menos. (*) La quiebra de la llamada mesocracia conlleva fuertes consecuencias políticas. Entre otras, la ruptura del compromiso político con los partidos de la transición, base de la estabilidad de que hemos disfrutado hasta ahora.

4. Somos corruptos. ¿Más o menos que en otros países? Difícil respuesta a esta pregunta tan recurrente. Lo seguro es que aquí la impunidad campa por sus respetos si nos comparamos con los países de nuestro entorno. Por lo demás, no sólo hay corrupción política (seguramente sistémica). Estamos comenzando a descubrir la civil o privada: desde las tramas de Manos Limpias y Ausbanc a la evasión de impuestos, como demostrarían los Papeles de Panamá y casos tan paradigmáticos y corrosivos como los de personalidades de la cultura implicados en fraudes a la Hacienda Pública. Según un cálculo de la CNMC de 2015, la corrupción costaría al Estado 47.000 millones de euros al año (desviaría en la contratación pública un 25% del presupuesto), pero hay estudios universitarios que elevan esta enorme cantidad a otra superior: 90.000 millones.

5. Somos más desiguales. Según la OCDE, España es el segundo país de la organización en donde más se incrementó la desigualdad. Un 29% de la población española (13.4 millones de personas) se encuentra en riesgo de exclusión. El 1% de la población acumuló tanta riqueza como el 80% de los más desfavorecidos. Un ejemplo lacerante .-se da también en otros países- es muy expresivo: veinte personas en España acumulan fortunas por un importe superior a los 115.000 millones de euros y el salario de los más ricos es 18 veces mayor que el del 10% de los más pobres. Esta situación, paliada por la economía sumergida (20% del PIB), el sistema familiar y la acción solidaria del tercer sector, es una de las lacras de peor solución en el futuro. (*)

6. La economía, fosilizada. Después de la crisis económica, parece que hemos entrado en una fase de crecimiento del PIB más o menos sostenido, aunque no se hayan resuelto los problemas con el déficit público y nuestra deuda sea del 100% de la riqueza nacional. Ese no es, sin embargo, el mayor problema. Lo es que el sistema productivo español sigue dependiendo de sectores tradicionales (construcción, turismo, industria agropecuaria) y son aún débiles los sectores tecnológicos y los que incorporan más valor añadido. Lo que ha provocado una migración de talento de las generaciones más jóvenes. La salida de la crisis, por lo tanto, y pese a los crecimientos del PIB, es frágil. No estamos yendo al ritmo adecuado hacia la economía digital, que es la que tiene grandes expectativas. La digitalización es baja y lenta, especialmente, en las empresas industriales.

7. El sistema, cuarteado. Carecemos de unidad de criterio sobre los fundamentales del sistema político. Una fuerza emergente, radical, populista y magmática (Podemos, Confluencias e IU) se ha unido con propuestas programáticas revisionistas: proceso constituyente para sustituir la Constitución de 1978 y derecho de autodeterminación para las “naciones” españolas. No hay país en nuestro entorno -ni lejos de él- que haga el harakiri a su propio sistema cuando apenas cuenta con cuatro décadas de vigencia y mucho menos, mediante la iniciativa de fuerzas populistas cuyas 50 propuestas para gobernar son 50 apuesta por la regresión y el antieuropeísmo. El espacio liberado por la derecha, que ha abdicado de un gobierno con ideología reformista, y una socialdemocracia en permanente desconcierto, han permitido la expansión de un criterio inquisitorial sobre el pasado reciente de España.

8. Elites fracasadas. España carece de referencias elitistas en el mejor sentido del término. El desprecio por los valores superiores de la cultura -en su acepción más amplia y más elevada-, el fiasco cíclico de las leyes educativas, la deslocalización empresarial progresiva -con la carga de desconfianza que conlleva hacia las gestiones de las grandes compañías- y los comportamientos públicos y privados inaceptables, pero asumidos con escaso reproche (nadie asume responsabilidades, o lo hacen muy pocos), han establecido un rasero social de mediocridad asfixiante.

Busquemos en los programas electorales análisis de este declive español, de sus causas y, sobre todo, de las posibles soluciones regeneradoras. Y fijémonos en los debates para comprobar cómo muy poco de todo esto se aborda con un mínimo rigor. Tiempos de plomo y desánimo.


(*) Datos obtenidos de los estudios de la CEOE, BBVA y Oxfam Intermón

Jesús Banegas NúñezPortada de ‘España, más allá de lo conseguido. Una guía para españoles esperanzados‘ [ed. Bubok Publishing; Madrid, 2016]. Jesus Núñez Banegas.

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Una guía para españoles esperanzados

Jesús Cacho en vozpópuli, 150516.

“Lo que con motivo de la epidemia reinante se ha descubierto en los barrios extremos de Madrid no es para contado”, relataba el 12 de enero de 1890 Luis Pérez Nieva (“Crónicas madrileñas”), en el nº 480 de La Ilustración. “Después de visitar Chamberí, los Cuatro Caminos, Lavapiés, las Peñuelas, la Fuentecilla, las afueras de la Puerta de Toledo, después de recorrer lo que pudieran denominarse los arrabales de la capital, se cree firmemente que estas grandes convulsiones las envía Dios para que la sociedad se revuelva (…) La influenza, con su cortejo de pulmonías y sus aterradores ataques, pierde su importancia ante el mal horrible y eterno que aqueja a la clase baja de Madrid: la miseria. Hombres y mujeres casi desnudos, sin ropas; niños igualmente privados de vestidos; habitaciones sin cristales, sin muebles, sin camas, sin fuego: tabucos incapaces para dos personas, ocupados por seis u ocho; seres hambrientos cadavéricos, muriendo lentamente, hacinados; enfermos sin asistencia; algún muerto insepulto durante días y días por deficiencias de nuestra organización administrativa; un cuadro horrendo en el que se mezclaba el llanto de las pobres criaturas pidiendo pan, con los gemidos de las madres incapacitadas para dárselo, las quejas de los postrados en el lecho con las lamentaciones de los que les asistían, las maldiciones y juramentos de los impacientes con las frases resignadas de los sufridos; he aquí lo que hallaron los periodistas encargados de repartir los socorros…”

El año 1890 se había estrenado con una epidemia de dengue, por entonces también llamado “trancazo”, que el año anterior ya había causado estragos y que el 1 de enero se llevó por delante al mismísimo  Julián Gayarre, para muchos el mejor tenor del mundo entonces. La violencia de la epidemia puso una vez más de manifiesto el grado insoportable de miseria en que vivía una gran parte de la población madrileña y, por extensión, española. Miseria que nada tenía que ver con esa pobreza, que es el arte, porque de arte se trata, de vivir con lo justo en medio de continuas privaciones. Miseria es estar por debajo del mínimo vital. Es miseria material, cultural, moral, social y también política. En 1900, la población española era de 18,6 millones de habitantes, de los cuales 11,9 (el 63,8%) eran analfabetos. En 1920, la población había subido hasta los 21,3 millones, mientras los analfabetos habían bajado a 11,2 (el 52,2%). Hace menos de cien años, pues, más de la mitad de la población española no sabía leer ni escribir. Los españoles que nacimos en la Castilla rural en la postguerra fuimos testigos de aquella forma de labrar la tierra que consistía en un par de mulas tirando del arado romano. Recuerdo los ojos extasiados con que mis amigos menos afortunados miraban, una gélida tarde de marzo a la salida de la escuela (niños y niñas de todas las edades juntos y revueltos en una única aula y con la misma maestra), una naranja que me acababa de dar mi madre. Una naranja convertida en un lujo exótico.

Luego asistimos a la mecanización del campo, la llegada de los primeros vehículos a motor, la emigración al País Vasco y Cataluña… A partir de la Navidad, en el campo se pasaba mucha hambre hasta que llegaba el nuevo verano. Menos que en las ciudades, pero hambre. El Plan de Estabilización de 1959 supuso un punto de no retorno que fue capaz de romper con esa línea de miseria que había acompañado a millones de españoles desde la primera mitad del siglo XVII, cuando empieza la decadencia de España con el conde-duque de Olivares a los mandos del reino como valido de Felipe IV. Casi tres siglos y medio de pobreza económica, oscurantismo religioso y absolutismo borbónico. Y, por fin, un rayo de luz: en los últimos 50 años, España ha conocido el mayor progreso de su historia tanto en términos materiales como de calidad democrática. Una conquista impresionante que se nos olvida con frecuencia y que conviene poner en valor en estos tiempos en que, agobiados por una corrupción sin límites y angustiados por la falta de salidas a la crisis política que acompaña el final de la Transición, damos la espalda a ese elemental “de dónde venimos”, dispuestos como estamos a tirar por la calle de en medio a la hora de proponer soluciones para los problemas que nos afectan.

Lo cuenta divinamente Jesús Banegas en un libro que ha presentado esta semana en Madrid (“España, más allá de lo conseguido”, que ha prologado Antonio Garrigues Walker). Banegas, columnista de Vozpopuli, ha escrito un ensayo cargado de optimismo para tiempos de confusión como los que vivimos. Optimismo cauto, reflexivo, argumentado. Asegura Banegas en el arranque de su trabajo que los últimos 30 años [los que van de 1978 al 2008] han sido, muy posiblemente, los mejores de la Historia de España, porque nunca los españoles dispusieron de un marco político, un Estado Democrático de Derecho, capaz de aunar libertad política, progreso económico y bienestar social, de donde se infiere que la libertad -“uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos”, que Cervantes pone en boca de Don Quijote- sienta muy bien a los españoles. El autor enumera los logros de esta etapa histórica, el más importante de los cuales tiene que ver con la entrada de España en el club de los 20 países más ricos del mundo, ocupando el puesto 14 por PIB y el 22 por renta per cápita (el 19 antes de la última gran crisis).

Las fortalezas del gran país que es España

Si España abandonó su condición de país atrasado y periférico para integrarse en ese selecto grupo se debió a que fue capaz de poner en marcha los cambios institucionales capaces de impulsar la economía en la buena dirección, la del crecimiento sostenido, con dos hitos en esa carrera hacia la convergencia concretados en el citado Plan de Estabilización y en la integración en la Unión Europea. España es hoy un país que cuenta con una de las mejores infraestructuras físicas del mundo, con la red de telecomunicaciones más avanzada de Europa, que es líder en energías renovables, con un mercado interior considerable y sofisticado, en la vanguardia en lo que a salud pública se refiere (la esperanza de vida, 83,2 años, es la más elevada del mundo junto con Japón), con un nivel educativo alto, con algunas de las business school más reputadas del planeta, con una economía abierta al exterior, que es líder mundial en turismo vacacional (con la sofisticada logística que implica atender adecuadamente a más de 68 millones de personas al año), que es una potencia deportiva, y que dispone de un arma de futuro tan poderosa como una lengua que hablan cerca de 500 millones de personas y en constante crecimiento. Entre otras cosas.

Tantos y tan sonados logros tienen su contraparte en la aguda crisis económica que siguió al estallido del boom del ladrillo, que colocó a España al borde de la quiebra como país y ha provocado un notable retroceso en lo que a renta per cápita y, sobre todo, empleo, se refiere. Aún han sido mayores los efectos de la crisis en el plano del descrédito de las instituciones por culpa de una corrupción que parece haberse instalado sólidamente en las entretelas del sistema, a lo que se ha unido la constatación de una estructura territorial tan ineficiente como costosa que, además, ha generado desmanes tan notorios como el del nacionalismo catalán. Son algunas de las “debilidades” españolas que cita Banegas, lista a la que añade, por citar solo las que encabezan el ranking, el endeudamiento público y privado, la ineficiente organización del Estado, la proliferación normativa, la fragmentación del mercado interior, el envejecimiento de la población, etc., etc.

Pero el autor no se limita a detallar fortalezas y debilidades, sino que se implica a fondo en las soluciones -a las que dedica la mayor parte del libro- que tantos españoles están hoy reclamando para sacar al país del atolladero. “Acostumbrados como estamos a hablar peor que nadie de nosotros mismos, a la hora de aportar soluciones a nuestros problemas adoptamos casi siempre soluciones holísticas muy ambiciosas que, como es natural, no acaban teniendo éxito, por lo que nunca abandonamos la melancolía de pensar que no tenemos remedio”. Banegas piensa que España tiene remedio, para lo cual es importante aprender de los errores cometidos y obrar en consecuencia. El capítulo dedicado a “Qué hemos podido aprender por el camino” me parece, por eso, uno de los más interesantes del trabajo. En efecto, en el camino de esa súbita riqueza devenida de golpe en crisis brutal que, un tanto exageradamente, tendemos a creer terminal, deberíamos haber aprendido que la ética favorece el progreso económico y social sin necesidad de remontarnos a los escolásticos españoles de principios del XVI, a Max Weber después, y a tantos otros. Una frase en este punto que vale un libro: “Después de lo visto en los últimos años es imperativo garantizar, mediante la transparencia y el castigo, la integridad moral de la clase política, porque sólo la transparencia legitima el ejercicio del poder político”, por no mencionar, como hace el autor, que la heterodoxia económica se paga muy cara y que la calidad institucional importa.

La calidad de las instituciones

En realidad importa tanto que nubla todo lo demás. Es sabido que para invertir y prosperar el ciudadano libre necesita estar seguro de que si trabaja duro y tiene éxito, podrá ganar dinero y conservarlo, asegurando así su calidad de vida y la de su familia. Es ahí donde entran en juego unas instituciones políticas sanas en las que poder confiar, a las que Daron Acemoglu y James A. Robinson aluden en su “Por qué fracasan los países”. Porque no son los recursos naturales, la geografía o la cultura, sino las instituciones de un país lo que marca la frontera entre la pobreza y la riqueza. Los países ricos son desarrollados porque sus instituciones son inclusivas, es decir, están suficientemente centralizadas a la vez son pluralistas, mientras que los países pobres son atrasados porque las suyas son extractivas, con el poder concentrado en manos de una élite que acaba utilizando la riqueza que ilegalmente acumula en lo económico para consolidar su poder político. Un bucle de muy difícil ruptura. En la búsqueda de esa mejora del marco institucional, Banegas juzga básico meterle mano a la financiación y funcionamiento de los partidos políticos, mejorar el sistema electoral, adelgazar el tamaño del Estado y redistribuir competencias entre las Administraciones, así como elevar la calidad de la Justicia. En suma, mejorar la calidad de nuestra democracia mediante esa regeneración tantas veces reclamada.

El autor hace suya la tesis central del ensayo “La cuarta revolución”, de Micklethwait y Wooldridge: “Los pesados Estados occidentales, convertidos en niñeras omnipresentes y gobernados por políticos trocados en avestruces, tienen que cambiar para llegar a ser más pequeños, menos intervencionistas y más eficientes”, para concluir, con un punto de optimismo, que “hacer las cosas bien es posible”. Habría que preguntar qué piensa al respecto esta clase política nuestra que se apresta a acudir de nuevo a las urnas con el mismo discurso vacío y gastado, lejos, muy lejos, de ese debate sobre el futuro de España, trasunto final de este libro, que debería estar hoy en el frontispicio del debate político de cara al 26J. No perdamos la esperanza, porque de eso va también el ensayo de este ingeniero, economista, empresario, escritor y viajero que es Jesús Banegas. “No tenemos el más mínimo derecho a autodestruirnos ni a desconsolarnos”, escribe Garrigues Walker en su prólogo. “Merece la pena pensar que es perfectamente posible proteger nuestras instituciones y desarrollar nuestras fortalezas para así eliminar todo riesgo de volver, como advirtió Ortega, a una España invertebrada, a una España débil, a una España sin ánimo”. El riesgo de volver a Pérez Nieva y sus “Crónicas madrileñas”. Una guía para españoles esperanzados.

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Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

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