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Cainismo irracional

Arcadi Espada trae a colación un ejemplar artículo, en El País del sábado, del abogado penalista Javier Melero -que fue cofundador de Ciudadanos– sobre esa ya consolidada tradición cainíta española basada en sentar tus reales no a base de esgrimir convencimientos, racionalidad, sino mediante el refinado arte de linchar al prójimo que más convenga convertir en chivo expiatorio. Vencer, vilipendiando, siempre antes que convencer.

La puesta en práctica de tal estrategia no ha sido sólo cosa de políticos, fuerzas de seguridad o jueces estrella, que también, ya que la palma se la han llevado esos medios de comunicación que, convertidos en hojas parroquiales de los respectivos partidos o en puro sectarismo por intereses meramente comerciales, se han dedicado, desde 1978 e inicialmente en provincias, a despellejar vivos a quienes, pensando de modo distinto, eran un enemigo a batir, también porque suponían un peligro, una competencia, para el liderazgo económico y social tanto de sus correligionarios como de las propias empresas mediáticas.

Francisco Camps ha sido, quizás, el ejemplo más destacable por alcanzar la fantástica cota de 169 portadas de El País, a cuento de unos trajes y corbatas de Milano. Pero ha habido muchos más, infinitos. De entre los más conocidos yo destacaría -como ya he hecho en tantas anteriores ocasiones, por su notoriedad ‘pública’- las lapidaciones de Isabel Pantoja y, especialmente, de la Infanta Cristina. Ambas por hacer lo que hacen la inmensa mayoría de las mujeres españoles: en materia económica y fiscal, seguir el criterio de sus parejas y, en su caso, de sus asesores. Con un hipócrita añadido de igualdad de género: el ecofeminismo, contemplando el sanguinario espectáculo sin inmutarse. Como si no fuera con ellas, evidentemente.

Y lo peor: que tal sección siempre ha sido la más ansiada por el consumidor, sobre todo cuanto más cercana fuera la víctima. Ese cainismo tan próximo a la envidia y tan deseoso de que paguen justos por tantos pecadores, en favor de la expiación colectiva. Porque sin tal complicidad ciudadana -pura corrupción, por cierto- ese repugnante negocio no hubiera prosperado.

Pero, aun aplaudiendo calurosamente este giro de El País, que complementa ayer domingo la colaboración citada con un editorial que carga contra tal tipo de prácticas, subrayando, por vez primera, la corresponsabilidad de los medios cuando es patente que ‘una parte de la opinión publicada se ha embarcado en una febril caza del delincuente, sea presunto, real, convicto o falso culpable‘, no soy nada optimista.

Y no seré yo quien se atreva a calificar de casual una reacción que ha coincidido con los varapalos -panameños o no- que ha sufrido estos días su Presidente Ejecutivo, especialmente acusado y puntilloso en el texto suscrito por J. Cacho, el 100516 en vozpópuli. Es decir, cuando el puyazo te lo llevas tú.

Mi pesimismo se basa, por tanto, en que esta otra sistémica basura contra el Estado de Derecho español se encuentra muy consolidada y, como menciono en mi humorada, presumo que la perversa tendencia no cambiará de rumbo mientras tal tipo de delincuencia siga siendo gratuíta y no salga -al paso de la presunción de culpabilidad- un proyecto político que apueste por pararla en seco y tenga la habilidad suficiente para convencer al ciudadano de que esa es la única solución, también cualquier día la china le puede tocar a él.

EQM

pd. Lo ocurrido el pasado domingo en la final de la Copa del Rey es, si nos fijamos, la otra cara de la misma moneda. Y la prensa de ayer titulaba el sucedido con que ‘el fútbol había triunfado sobre la política’. Así, no hay ni habrá manera.

¡Oh, se tiende al linchamiento!

Arcadi Espada en El Mundo, 239516.

Este impresionante editorial de la prensa socialdemócrataDeriva inquisitorial. La reprobación social de conductas sospechosas tiende al linchamiento. Eso dicen su título y su subtítulo. Los únicos nombres que salen mencionados, y en el caso de Imanol Arias y Ana Duato también fotografiados en la página web, son además de esos dos los de Esperanza Aguirre y Rodrigo Rato. El nombre de Juan Luis Cebrián brilla, exactamente, por su ausencia. El diario que inculpó en 169 portadas al expresidente Francisco Camps, y que sigue haciéndolo a la espera de que algún día la realidad no siga jodiéndole la noticia, detecta ahora una deriva inquisitorial. Es una noticia excelente, extraordinaria en el puro sentido etimológico, hija del propósito de enmienda y no de la más mísera de las hipocresías. Y consecuencia, tal vez, por soñar que no quede, de este ejemplar artículo de Javier Melero que publicó ayer la edición del periódico en Cataluña.

El imputado, el investigado y el fin del derecho penal liberal

El nuevo mantra de nuestra época es la lucha contra los corruptos

Javier Melero en El País, 220516.

Todavía no conozco a ningún imputado al que le haya aliviado lo más mínimo saber que ahora se le llama investigado. El cambio de denominación tiene una finalidad loable, la de evitar la carga estigmatizadora del término sobre quien, todavía, no es culpable de nada y goza hasta cierto punto de los derechos que se derivan de la presunción de inocencia. Sin embargo, cada vez que los medios de comunicación utilizan el nuevo término no lo hacen sin previamente aclarar que ahora es así como se les llama pero que, en realidad, se trata de los imputados de toda la vida. No es difícil detectar un tono de desdeñosa sorna asociado a la palabra, como si las comillas se vocalizaran agriamente.

Las preocupaciones del investigado, más allá del fraude de etiquetas, se contraen al escenario que diseña el nuevo proceso penal del enemigo, político y postmoderno. El que considera las garantías clásicas pura verborrea liberal de las que tan sólo hay que conservar algún aspecto formal para evitar ser tachados de bárbaros o, peor, de “venezolanos”. Le preocupa, entonces, la detención en el centro de trabajo o ante la familia retransmitida en directo por los medios, la difusión masiva de imágenes cuanto más vejatorias mejor, la desmesura de los dispositivos policiales, la inquisición prospectiva de cualquier aspecto de su vida a través de las intromisiones más agresivas en la intimidad (registros, intervención de las comunicaciones telefónicas, clonado de ordenadores, interceptación de correo electrónico…), y la frecuentemente caprichosa privación de libertad fundada exclusivamente en motivos de ejemplaridad pública (diríamos de “salud pública”). Es cierto que esto suele ocurrir en procedimientos relacionados con la corrupción política, o cuyos presuntos autores son personas conocidas o relevantes, pero pueden ustedes estar seguros de que se expandirá a todo tipo de casos y acabará afectando a todo el mundo por igual. De hecho, la relajación de las garantías y la búsqueda de la eficacia por encima de la seguridad jurídica y los derechos humanos se inició en la lucha contra el terrorismo y ya entonces algunas voces (pocas) advirtieron de lo que estaba por venir. La amenaza islámica acabó con los pocos muros de contención que quedaban y alumbró uno de los problemas que van a marcar la evolución de la justicia en el siglo XXI: el constante incremento de las potestades policiales y su elástico o interesado control.

El nuevo mantra de nuestra época es la lucha contra los corruptos, término polisémico que puede abarcar tanto a la folclórica o la Infanta que no pagaron impuestos, al político que gestionó una caja de ahorros con escaso tino, al alcalde de pueblo que alteró las normas de contratación pública para favorecer a empresas locales, al concejal que ingresó mil euros en la cuenta del partido, como, en fin, al delincuente que usó su cargo público para lucrarse. Lo que todos ellos tienen en común, al margen de cuál pueda ser la relevancia final de su presunto delito, es que van a ser objeto de una investigación que va a llegar al juzgado de instrucción completamente precocinada por la UCO o la UDEF; que aquella inicial infracción tributaria o dudosa prevaricación o, incluso, grave y evidente cohecho, aparecerán adornadas por la policía con las escandalosas calificaciones de blanqueo de capitales y asociación criminal (con independencia de la escasísima viabilidad de estas acusaciones), lo que podrá dar lugar a que se soliciten las medidas cautelares más graves por parte de fiscalías especializadas que actúan como meros apéndices de la policía y a que, en fin, el juez, a la manera de un microondas, se limite a recalentar el expediente, lo adapte a los corsés formales del procedimiento, y haga avanzar la instrucción a golpe de atestado policial hasta un remoto e incierto juicio oral.

El presunto corrupto (digan lo de “presunto” también con comillas, desprecio y sorna, por favor), si es que no se ve en la cárcel con una interpretación de los fines legítimos de la prisión provisional que haría parecer a Vyshinski un adalid de las garantías clásicas, se verá vilipendiado en un grado algo inferior a Chávez y Bin Laden y algo superior a los pederastas confesos. Deberá abandonar cualquier cargo que ostente sin posibilidad de recuperarlo, sea cual sea el resultado final de su imputación. Verá embargado todo su patrimonio y el de su familia, y, en el mejor de los casos, vivirá en negro o de la amabilidad de parientes y amigos. Y si al final resulta condenado, lo que tras un proceso de destrucción personal que durará varios años tendrá una importancia más bien relativa, soportará el torcimiento y manipulación de la normativa penitenciaria que se llevará a cabo, y contra la ley, para evitar que incluso pueda disfrutar de beneficios carcelarios a los que tendría derecho.

Este estado de cosas no parece preocupar a nadie. Es más, distinguidos intelectuales afirman que los sufridos ciudadanos españoles sólo alcanzan algún grado de satisfacción y consuelo de la Guardia Civil, la Policía y los jueces. Por contra, todos estos males fueron descritos y pronosticados ya en 1995 por Ferrajoli en su monumental “Derecho y Razón. Teoría del Garantismo Penal”. La verdad es que lo acertó todo (la expansión a partir del terrorismo, la crisis de las garantías, la insufrible fuga al derecho penal, etc.). La obra está hoy olvidada por completo; será porque no hay nada más aburrido que alguien que siempre tiene razón.

Javier Melero es abogado penalista.

Deriva inquisitorial

La reprobación social ante conductas sospechosas tiende al linchamiento

Editorial de El País, 230516.

Una parte de la opinión pública española, agitada por informaciones poco contrastadas o incluso dirigidas, está atravesando por una fase en la que se persigue con saña cualquier atisbo de delito, sospecha de corrupción o incluso infracciones dudosas o sin confirmar. La persecución adopta en muchos casos maneras inquisitoriales o intenciones que van más allá de la lógica reprobación social de lo que se consideran conductas inapropiadas. Quizá sea excesivo identificar esta percepción exacerbada con un macartismo arraigado en amplias capas de la sociedad, pero lo que sí es cierto, como ponen de manifiesto algunas reacciones ante casos como los de Imanol Arias y Ana Duato, es que la presión de informaciones poco matizadas, a veces alentadas desde instancias oficiales, conducen al desprestigio profesional de los aludidos y complica la gestión jurídica imparcial de sus casos.

Y una parte de la opinión publicada se ha embarcado en una febril caza del delincuente, sea presunto, real, convicto o falso culpable; esa persecución corre el riesgo de extenderse a la consideración profesional de los así proscritos.

Pero lo más grave de este caso es que en ese enrarecimiento de la convivencia, que bordea en algunos casos el linchamiento moral con la contribución de algunos medios de comunicación, participan activamente instituciones públicas que deberían tener la distancia y la frialdad como normas. El caso más evidente es el uso abusivo de información tributaria, que debería ser confidencial y estar a buen recaudo en la Agencia Tributaria, como arma arrojadiza contra enemigos íntimos o declarados de las facciones en liza en el Gobierno. Es muy notable la desdichada utilización de información fiscal o simples sospechas contra personas y colectivos a los que se pretendía desplazar, neutralizar o amedrentar, desde Rodrigo Rato y Esperanza Aguirre hasta miembros de la oposición o colectivos opuestos al Gobierno.

Los equipos de Rajoy no han sido pródigos en aciertos, pero algunos de sus errores, como la filtración interesada de información tributaria, rozan la consideración de ataque a los principios del sistema democrático. La Agencia Tributaria tiene la obligación de custodiar los datos tributarios de los declarantes y, si se producen filtraciones interesadas, se está cometiendo un delito grave. Esto es tan aplicable a la Agencia como a cualquier otro organismo público que pretenda sustituir un proceso legal y equitativo —en el cual el acusado tiene derecho a defenderse frente a sus acusadores, o el derecho privado de cualquier ciudadano a zanjar con sus contratadores su situación profesional— por evaluaciones morales discutibles o, en todo caso, previo conocimiento total de los hechos. Y, sin embargo, da la sensación de que algunas instituciones quieren apresurar las condenas y desatar una caza de brujas. No es descabellado suponer que las manchas de corrupción se disimulan mejor cuando todos los grupos sociales, partidos o colectivos aparecen marcados con lamparones, sean reales, supuestos o inducidos. Este no es, evidentemente, el camino para combatir la corrupción con eficacia y serenidad.

Juan Luis Cebrián y la impunidad

Jesús Cacho en vozpópuli, 100516.

Uno de esos episodios para el recuerdo. Subir al despacho de Juan Luis Cebrián en la segunda planta del edificio de Miguel Yuste, sede de la redacción de El País, sabiendo que a uno le van a dar boleta no es plato de gusto, de modo que a quien esto suscribe no le cabía el susto en el cuerpo cuando franqueó aquella puerta. Me sorprendió entrar en un espacio apenas iluminado por la luz de una lámpara de mesa que, como si de una pintura tenebrista se tratara, tejía una línea entre la luz y las sombras sobre el mostacho del señorito, ocultando al visitante su mirada y todo lo demás. Me dijo, más o menos, que la empresa había perdido su confianza en mí. Respondí con idéntico argumento pero al revés. Y de repente mis nervios desaparecieron al reparar en unas gotitas de sudor que, cual minúsculas perlas de miedo, colgaban suspendidas, como indecisas, de los pelillos rubios de su cuidado bigote. Aquel tío tenía miedo. Aquel tío lo estaba pasando peor que yo. Aquel tío ha sido siempre un acollonado acostumbrado a vencer su cobardía con sobredosis de esa soberbia que proporciona el saberse un “amo del universo” en versión Wolfe.

Uno de los “amos del prao” durante los últimos 40 años. Poco más de 40 se cumplen de la muerte de Franco en la cama, y el cuarenta aniversario de su fundación acaba de celebrar El País, buque insignia del grupo Prisa, cuyo primer ejecutivo, mandamás indiscutido, es Cebrián. El muy granuja ha pretendido festejar la efeméride por todo lo alto, aunque haya poco espacio para los cohetes en un imperio, el levantado por Jesús Polanco, que llegó a tener a España en un puño en su día y que hoy está casi reducido a cenizas, quebrado por este genio de la literatura y las finanzas, esclavo de una deuda de más de 3.000 millones que nunca podrá devolver. Y en pleno festejo, cabritos los dioses, pérfida doña Fortuna, resulta que al sujeto le han encontrado una vía de agua, casi un canal de la Mancha, con su presencia en los papeles de Panamá a través de su ex, y una participación en una extraña petrolera radicada en paraíso fiscal, de la que posee el 2%, con opción a un 3% más, regalo de un íntimo amigo llamado Massoud Zandi. De modo que a Jannly le han arruinado la celebración, hay que ser cabrones, y qué mala es la gente, oiga, que ni siquiera respeta las fiestas de guardar.

El episodio, más que anécdota, es categoría con todas las de la ley. Es el final del círculo, el cierre del bucle de la corrupción que tiene hoy postrado a este país. Resulta que el personaje que presume poco menos que de haber traído la democracia a España, al alimón con Adolfo Suárez y un tal Juan Carlos I, el tipo que más influencia ha tenido en la conformación de una opinión pública de izquierdas en España, el Imperio que ponía y quitaba ministros, manejaba el BOE, obtenía favores sin cuento de todos los Gobiernos, ese personaje, ese imperio, han ido a parar a la misma alcantarilla que el resto del régimen de la Transición, a la misma piscina de aguas fecales de la ambición por el vil metal, el maldito parné, que ha vuelto locos a tantos españoles de moral distraída.

Como ese PSOE que se corrompió en los noventa y que hoy, desnortado,  dirige un aventurero con menos luces que un barco de contrabando, capaz de aliarse con el Daesh si preciso fuera para poder gobernar. Como ese Juan Carlos I, guinda del pastel, que, después de traicionar venturosamente lo que Franco había dejado atado y bien atado, se dedicó a pillar, a amontonar dinero de comisiones sin cuento hasta convertirse en la gran fortuna que es hoy. Como este PP cuyo tesorero acumula en Suiza una fortuna cercana  a los 50 millones cuya propiedad no se conoce pero se sospecha. Un PP carcomido por una corrupción tan apabullante, de Aznar a Rato casi todos, que resulta hoy difícil imaginar en él un solo hombre bueno. Como ese Pujol apandador que, mientras predicaba la buena nueva de la independencia de Cataluña, se dedicaba a robar a dos manos para que toda su prole pudiera transitar por este mundo cruel sin penuria alguna. Todos decididos a hacer de la libertad un negocio. Hacerse ricos tras la muerte de Franco y la llegada del maná europeo. Esta es la moraleja de los papeles de Panamá cebrianitas. Elcapo di tutti capi de Prisa ha venido a morir en la ribera donde ha muerto el régimen del 78, en la misma mierda. No podía hacerlo en otro lugar ni en ceremonia distinta: él y su grupo han sido faro y escollera, madre y madrastra, puta y chulo de esta pobre democracia a medio cocinar que hoy sangra por los cuatro costados, víctima de tantos y tan principales salteadores de caminos.

Prisa es el Régimen del 78. Concebido en sus orígenes como un periódico de corte liberal (Manuel Fraga, Ricardo de la Cierva, Darío Valcárcel) dispuesto a acompañar el tránsito de la dictadura a la democracia, El Paísse decantó pronto hacia las posiciones abandonadas de la izquierda mediática, el fértil terreno de lo “progre” en el que un aventurero sin escrúpulos como Polanco, aventajado de ese capitalismo de amiguetes dispuesto a hacer negocios a la sombra del poder político, masajeándolo primero y luego -tan fuerte, tan poderoso ya-, simplemente dándole órdenes, iba a construir un imperio ante el que llegarían a arrodillarse los ricos hispanos. Relata Gregorio Morán (“El cura y los mandarines”) el episodio chusco de la policía del ministro Martín Villa deteniendo a unos jóvenes por llevar un ejemplar de El País bajo el brazo, y el correlato de esa misma policía registrando en febrero de 1977 la casa del rojo peligroso en que se había convertido el director de informativos de TVE con Arias Navarro. El destino, siempre dispuesto a correr el velo que separa el ser del parecer, iba a sentar décadas después a Cebrián y Martín Villa en torno a la mesa del mismo Consejo de Administración, como presidente y alto cargo, respectivamente, de Prisa. Cierre del bucle. Enemigos a muerte desde siempre de cualquier idea liberal susceptible de salir de la mollera de la derecha española, ha sido esa misma derecha “cavernaria y corrupta” la que ha vuelto, 40 años después, a rescatar a Prisa de una quiebra fraudulenta, vicepresidenta Sáenz de Santamaría mediante, obligando a los bancos a convertir en equity parte de la monstruosa deuda contraída por el grupo, amén de convencer a Telefónica para que comprara la ruina de Canal Plus. Enésimo cierre del bucle de los amos del Régimen.

Prisa y su metamorfosis con el Régimen

En realidad Prisa se había metamorfoseado tanto con el Régimen, tanto se había camuflado en el paisaje financiero, en los valores del “a pillar a pillar, que el mundo se va a acabar” del sistema, que mientras la economía crecía como la espuma en una burbuja de crédito cuya explosión acabaría acusando la mayor crisis de nuestra historia, Prisa, para no ser menos, se endeudaba en más de 5.000 millones de euros, una cifra a todas luces imposible de devolver ni siquiera mediante el proceso de trocear el grupo y venderlo por piezas, que es lo que ha hecho este genio de las finanzas travestido de ensayista y académico de la Lengua. El figura ha arruinado de paso a los hijos de Polanco, lo cual no ha sido óbice ni cortapisa para que él se haya embolsado no menos de 25 millones en los últimos cinco ejercicios -13,6 millones solo en 2011-, y se haya apuntado como fin de fiesta un “bonus de jubilación” de 6 millones más, a cobrar en 2020. Nuestros altos ejecutivos son así, capaces de arruinar la empresa que gestionan mientras se enriquecen con descaro en la España del ande yo caliente y ríase la gente.

Juan Luis ha hecho estos días grandes y alabanciosas declaraciones de amor al periodismo, a la libertad de expresión y todo lo demás. Cebrián ha hecho mucho daño a un país al que pudo haber hecho mucho bien. La profecía de nuevo cumplida de Gil de Biedma: “De todas las historias de la Historia, sin duda la más triste es la de España porque termina mal”. Se trata, en efecto, de uno de los personajes que, so capa de progresismo, más ha contribuido a hacer imposible la consolidación en España de una sociedad abierta y tolerante con la discrepancia ideológica. Lo suyo ha sido siempre la España cainita de buenos y manos. Olvídense de categorías conceptuales. Buenos y malos travestidos de simples amigos o enemigos. Más daño aún ha hecho al periodismo. La mayoría de los profesionales que en estos 40 años han desfilado por El País y han terminado tarifando con este cínico presuntuoso han acabado, de un modo u otro, sintiendo en el cogote el aliento fétido de este apóstol de las medias verdades –es el único periodismo que concibe- dispuesto siempre a denigrar a todo aquel que se hubiera atrevido a desafiarle, convencido como ha estado siempre de que fuera del paraguas de Prisa no había vida en mil millas a la redonda.

Lo sufrí con ocasión del escándalo Ibercorp, cuando, ya en El Mundo, el diario de Prisa, entonces dirigido por Joaquín Estefanía, fue capaz de publicar toda una página, impar para más señas, con la transcripción literal de una conversación mía con el abogado Juan Peláez, marqués de Alella, que había sido obtenida mediante la intervención ilegal del teléfono de mi domicilio por parte de las mismas mafias policiales que ahora mismo siguen suministrando material de derribo a tanto aguerrido periodista de investigación como pulula por estos pagos, sin que ningún ministro del Interior haya sido capaz de sanear esta cloaca, convertida en seria amenaza para las libertades. Por supuesto que ni Estefanía ni El País, defensores a ultranza de aquella beautiful people en la que figuraba Mariano Rubio, el gobernador del BdE pillado con las manos en la masa de Ibercorp, me han ofrecido nunca la menor disculpa. Nuevo cierre del bucle de la corrupción.

El orate Cebrián ha seguido sermoneando todos estos años, dictando doctrina a los atolondrados españoles tan necesitados ellos de sus sabias consejas. Como Aznar y tantos otros, los ricos españoles jamás renuncian a subirse al púlpito. Prisa y el PSOE. Nunca estuvo claro si se trataba de un grupo editorial con partido político, o de un partido político con grupo editorial anexo. Tanto monta. La larga mano de Cebrián y su cuate Felipe González han propiciado innumerables a la par que divertidos espectáculos de maquinación política en la sombra. El más reciente, el protagonizado con el pobre Pedro Sánchez, al que un día, hace escasas semanas, llamaron a capítulo para leerle la cartilla, después de que el botarate pretendiera ni más ni menos que pactar con Podemos, de modo que vente pacá, muchacho, que te vamos a enseñar de qué va esto: mira, eso de pactar con los comunistas ni hablar, que nosotros somos la izquierda caviar y no estamos dispuesto a que un demagogo de tres al cuarto venga ahora a quitarnos lo nuestro y obligarnos a vivir en un régimen que, como en Venezuela, no es capaz de ofrecer a sus ciudadanos ni papel higiénico para limpiarse el culo. Lo tuyo es Ciudadanos, buen mozo, esa es la bahía en la que tienes que largar el ancla; llama a Albert Rivera, que ya está avisado, y firma con él un acuerdo. Y a partir de ahí, lo que quieras. Y Pedro, bien mandado, cierra la puerta al pacto con esecoleta morada que tanto horroriza, tanta preocupación causa a la mesocrática barriga de un Felipe rico y a la rica chequera de un Cebrián obligado a pasar a su ex consorte un estipendio mensual de 40.000 euros.

Los maridos nunca saben lo que hacen sus mujeres    

Ellos siguen mandando. Ellos, el PP, el PSOE, Juan Carlos I, el capitalismo castizo madrileño… no están por las reformas en serio. Ellos están por alargar la vida del difunto Régimen hasta donde sea posible. Ellos están para seguir en el machito. Por eso ha sido una faena, una putada en toda regla, que a hombre tan justo y preclaro, a este Gandhi que con sola su figura fue capaz de devolvernos la democracia él solito, le hayan vinculado con las cuentas en Panamá de su primera mujer. Porque Cebrián nunca supo lo que Teresa Aranda hacía con su dinero cuando estaban casados. El Régimen es así. Los maridos nunca se enteran de lo que sus santas hacen en casa. Ana Mato jamás supo que su marido aparcaba todas las noches un jaguar en el garaje de casa; ella pasaba por allí, bien cierto, pero no miraba, de la misma forma que Arias Cañete no sabía lo que hacía su doña con su pasta, esa noble jerezana de toda la vida de Dios en Jerez o caballo o Domecq, de la misma forma, también, que Rajoy nunca supo ni media del trajín que durante años se trajo Luis Bárcenas yendo y viniendo a Suiza con sus millones a cuestas.

De modo que el noble Jannly se ha cabreado muy seriamente y ha amenazado con querellas a diestro y siniestro. “Desde que tuvimos éxito hemos tenido que sufrir algunos ataques injustificados, pero además falsarios” ha dicho esta semana en la dura entrevista a la que le sometió la gran Pepa Bueno, valiente, en la Cadena SER. El precio del éxito. Y la envidia, pecado español por antonomasia. Cebrián anuncia querellas con el dinero de Prisa, faltaría más. Otra característica de los eximios ejecutivos hispanos, siempre dispuestos a resolver problemas privados con dinero ajeno, con el dinero del prójimo, y que le vayan dando a los accionistas. A la periodista no se le ocurrió preguntarle por qué su ex tenía poderes en una sociedad domiciliada en las Seychelles y creada por el bufete panameño Mossack Fonseca, ni cuáles son sus negocios con Massoud Zandi en la petrolera Star Petroleum, compañía que también enmascaró su propiedad a través de paraísos fiscales con la ayuda del mismo bufete. Pepa Bueno rehusó convertirse en un santiamén en Pepe el Malo.

Así está el periodismo español. Leo en El País del viernes, primera página: “En la ceremonia [celebración del 40 aniversario], que se convirtió en una fiesta del periodismo libre e independiente, Felipe VI (¿qué hacía allí Felipe VI?) destacó el papel de este diario como una garantía de la democracia”. Decir que El País ha mantenido “una visión abierta e integradora de la sociedad española” es sencillamente falso. Las dos Españas siguen tan firmes, tan eternamente enfrentadas como siempre, tan incapacitadas para llegar a esos grandes pactos que reclama un país necesitado de enterrar de una vez sus demonios históricos y afrontar en paz un futuro de modernidad. Y Cebrián ha sido uno de los grandes mantenedores de esa letanía de confrontación que impide a España desprenderse de su pasado más atrabiliario. Parece, pues, que Felipe VI no sabe cómo está el periodismo español y, lo que es peor, la propia democracia, aunque, si quiere, yo se lo explico en media hora de una tarde cualquiera de mayo.

El Bonaparte de las Tullerías

No parece que las querellas vayan a ir a más. Los leguleyos han pedido al intelectual que quieto parao, apéate del burro y sé prudente, tío, que estás mucho mejor callado. Pero está la ofensa moral. La soberbia herida, esa herencia presente en el ADN de todo poderoso hispano que se precie. Usted no sabe con quién está hablando. La soberbia que le lleva a ningunear la supuesta campaña contra él y su grupo como “la más pequeña de las que hemos sufrido, una revolucioncita de las redes sociales”. Eximio representante de la Transición, Cebrián ha ido a caer en la gran fosa séptica de la corrupción del Régimen que tiene a los españoles de buena voluntad perplejos, paralizados por el miedo a un futuro que no se adivina tras la aduana del 26J. Muy bien podría el sujeto hacer suyo el speech del gran Al Pacino en “Un domingo cualquiera”, la película de Oliver Stone: He cometido todos los errores que un hombre de mediana edad puede cometer, he despilfarrado gran parte de mi dinero, he echado de mi vida a todo el que me ha amado, he quebrado la empresa que pusieron en mis manos y he arruinado a los hijos del fundador, he sembrado cizaña en los múltiples surcos de esta España en perenne barbecho, y mi nombre ha aparecido también flotando en las aguas muertas del mar de Panamá. Últimamente ni siquiera soporto la cara que veo en el espejo, pero como el resto de prohombres del Régimen, reclamo mi derecho a la impunidad para no ser menos. Y mi determinación de seguir al mando, obligado como estoy a demostrar a las nuevas generaciones que no soy el bandido corso de Elba sino el Bonaparte de los jardines de las Tullerías. Así muere un Régimen tras 40 años de mala vida. Solo con humor podremos seguir respirando en esta maltratada España nuestra.

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Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

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