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r arias em 050616Ilustración de Raúl Arias [España, 1969] en El Mundo, 050616.

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El hombre como diseño

El pasado domingo publicó El Mundo un enorme artículo de Arcadi Espada en torno al reciente libro ‘La révolution transhumaniste. Comment la technomédecine et l’ubérisation du monde vont bouleverser nos vies, Plon, avril 2016‘ [2016] escrito por Luc Ferry, prestigioso filósofo, investigador, intelectual, ensayista y político francés. 

El transhumanismo, es un movimiento cultural e intelectual internacional que tiene como eventual objetivo transformar la condición humana mediante el desarrollo y fabricación de tecnología ampliamente disponibles, que mejoren las capacidades humanas, tanto a nivel físico como psicológico o intelectual.

Los pensadores transhumanistas estudian los posibles beneficios y peligros de las nuevas tecnologías que podrían superar las limitaciones humanas fundamentales, como también la tecnoética adecuada a la hora de desarrollar y usar esas tecnologías. Estos especulan sosteniendo que los seres humanos pueden llegar a ser capaces de transformarse en seres con extensas capacidades, merecedores de la etiqueta “posthumano“.

Es decir, la aspiración de la naturaleza humana a la inmortalidad y a la genialidad, gracias al desarrollo del complejo NBIC (Nanotecnología, Biología, Informática, Ciencias cognitivas).

Resumiendo, Ferry escribe:

La voz de alarma se produce cuando en 2015 un equipo de genetistas chinos se fijan como objetivo ‘mejorar’ el genoma de ochenta y tres embriones humanos. ¿Hasta dónde vamos a ir en esta dirección? ¿Será posible algún día, quizás pronto, modificar las características singulares de los hijos, erradicando las enfermedades genéticas en el embrión o frenando el envejecimiento y la muerte formando una nueva especie de humana “mejorada”?

Lo cierto es que muchos transhumanistas están trabajando, investigando, en todo el mundo, con un enorme financiación de los gigantes de internet como Google. El progreso de las tecnociencias se produce a una velocidad inimaginable, al tiempo que siguen sin ser controlado por ninguna regulación. En paralelo, esa nueva infraestructura mundial que es la web está favoreciendo la aparición de una nueva economía, denominada ‘colaborativa, que ya invade el mercado con aplicaciones específicas como Uber, Airbnb o Conductor.

Según ideólogo Jeremy Rifkin, ello anuncia el fin del capitalismo en favor de un mundo gratuíto y preocupado por los demás. ¿O nos encaminamos, más bien, hacia un hiper-liberalismo, venal y disruptor, a medida que avanzamos? Algunas perspectivas abiertas por los tecno-innovaciones son muy interesantes, otros aterradoras. Este libro busca primero su comprensión y para rehabilitar el ideal filosófico de la regulación, un concepto fundamental ahora, tanto en la medicina y la economía.

[Traducción libre del francés, de EQM].

El tema es tan apasionante como delicado y trascendente. En mi opinión se trata de un sorpasso de tanta envergadura que, como ocurre con el actual desmadre político español, precisa más que nunca que moral y ética se abracen en acuerdo que acabe sustanciándose en un código de hasta aquí podemos llegar. Es decir, a la antigua Sociedad de Naciones -también a las Iglesias y a las Sociedades Científicas y a las conocidas como de ‘Humanidades’- se les avecina un gigantesco reto que no hay posibilidad humana, repito, de obviar. ¡Quien nos lo iba a decir!

Y con tantos dilemas que se abren o reabren. A modo de ejemplos a vuelapluma:

Genética y cultura: una vez diseñado para qué educarte – el diseño como incremento de la responsabilidad penal parental – ¡por qué me diseñásteis así! – la combinación/manipulación de factores genéticos diseñados y la criminalidad – la inmortalidad como diseño para no seguir diseñando – el diseño nacionalista: de la educación a la genética –

O el nuevo racismo basado en el diseño.

En todo caso, lo importante a la hora de la definición deontológica del camino a seguir y sus limitaciones será quien maneja el barco de nuestro futuro. Porque de otra amenza nuclear se trata, sin duda.

EQM

pd. En mi opinión, el e/Estado de confort igualitario afecta de manera irrevocable a la comunidad sobre todo cuando ese confort consiste en tener un buen pasar a base de wasaps, fingiendo una inexistente comunicación social; en un fomento de la ludopatía apostando por el próximo gol de tu equipo; en esa presunción de llegar a pasar apuros por tener el último móvil, de votar a quien te prometa lo imposible o, llanamente, de sobrevivir inmerso en el orgullo de la incultura de ni siquiera saber leer y escribir porque los que mandan así lo han querido. Y tú, tan pancho.

Si, encima, ese menú es el mismo para todos y desaparece la competencia, la competitividad, el orgullo del esfuerzo, mérito y capacidad, la cosa se pone muchísimo peor. Y si, por no dejar nada en el tintero, la ciudadanía tiene a gala su contribución a que el sentido común, la esencias patrias [en lenguaje latinoamericano] y demás reglas vertebradoras y conformadoras de la comunidad las ha mandado gloriosamente a hacer puñetas, la faena está hecha.

No quiero ni pensar que a eso le tuviéramos que añadir, en un futuro próximo, la asunción de que los mayores no se hagan viejos nunca -no se mueran- y esa sociedad -absolutamente decadente pero con riqueza capaz de pagar la inmortalidad- tenga que ver cómo soluciona el problema de un crecimiento vegetativo que -aun siendo ridículo, como ahora- deviniera insostenible. Se me ocurren varias ideas, todas terroríficas.

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El tenista y el filósofo alemán

Arcadi Espada en El Mundo, 050616.

Mi liberada:

Ya he pasado del prólogo del libro de Luc Ferry La revolución transhumanista. El libro tiene el valor de una summa sobre el estado de la cuestión. Su autor es ponderado, presenta los distintos argumentos con objetividad y sus decantaciones suelen ser siempre razonables.

Además escribe con claridad, salvo cuando se empeña en empresas difíciles como negar cualquier posibilidad de que las máquinas lleguen a ser conscientes. Pero si hoy te lo traigo de nuevo aquí no es por su enfermedad profesional de filósofo sino por la discusión sobre dos argumentos de Jürgen Habermas contra la manipulación genética recogidos en artículos y entrevistas diversos, y en especial en su libro El futuro de la naturaleza humana.

El interés dialéctico de esos argumentos es que encaran el problema desde el punto de vista del hijo, es decir, del objeto del mejoramiento genético. La cita es larga y el papel no lleva links: “Hasta ahora nuestra naturaleza era algo dado e intangible, pero ya puede ser objeto de manipulaciones y de programaciones por una persona que interviene intencionadamente, y en función de sus propias preferencias, sobre el equipamiento genético y las disposiciones naturales de otro.

Yo me pregunto, por ejemplo, a partir de qué instante el incremento de la libertad de elección ofrecida a los padres puede ir en detrimento de la libertad de los hijos. Pienso en un hombre joven que se entera un día de que su equipamiento genético ha sido modificado antes de su nacimiento y sin ninguna razón terapéutica justificada…”.

Luego continúo con el resto de la cita. De momento tenemos suficiente para desatar una falacia asociada al ejercicio de la libertad, que son las falacias más correosas y oh là, là, là. Empieza haciéndolo el propio Ferry al subrayar la obviedad: no hay noticia de que la familia de Nadal (el tenista lo pongo yo) hubiera manipulado su Adn; pero es difícil sostener que no trataron de que se dedicara al tenis.

Si hasta ahora los padres no han podido intervenir desacomplejadamente en la nature sí lo han hecho, y sin problema alguno de conciencia, en la nurture. Siguiendo el prosaico carril de Habermas, un par de personas han intervenido intencionadamente, y en función de sus propias preferencias, sobre el destino de sus hijos. A veces tratando de hacer del hijo lo que uno es, y otras lo que uno no pudo ser.

Sin embargo, este razonamiento es superficial y deja a nuestro filósofo la posibilidad de responder, como lo hará, que la dotación genética es más determinante que la cultural. El supuesto reproche del hijo al padre por haberse tomado determinadas libertades con el diseño de su genética empalidece cuando se considera la premisa previa: la libertad que se toma el padre para traer alguien al mundo sin su permiso previo. Es la premisa, furiosamente encarnada, que tantos padres han tenido que oír de sus hijos en la tópica y desesperada adolescencia: “¡Para qué coño me trajisteis al mundo!”.

Traer un hijo al mundo es un acto determinado por la voluntad (¡sea lo que sea eso!) mientras que su dotación genética está determinada en buena parte por el azar. Al concebir un hijo, los padres se entregan al azar cuando en muchas otras decisiones sustanciales de su vida tratarían de limitar drásticamente su influencia.

No parece injusto ni descabellado que ahora los padres utilicen la ciencia para traer un hijo al mundo que sea SU hijo, dándole al posesivo un sentido completo. Solo el catolicismo resolvía y resuelve mejor la circunstancia. Todos los hijos son, en realidad, hijos de dios y su llegada al mundo, una decisión divina. El carácter aleatorio marca el proceso de principio a fin.

Al margen de la religión no se ve motivo por el que los padres que asumen la decisión de concebir debieran eludir la decisión de diseñar. Para identificar el absurdo basta con plantearse la hipótesis de la inversión cronológica: ¿aceptaría una humanidad que pudiera elegir el diseño de su descendencia entregárselo de repente al azar para que el azar resolviera? Una humanidad diseñada plantea una infinidad de problemas que ni siquiera pueden percibirse desde nuestro lugar actual.

El azar es eficiente: resuelve de un plumazo, por ejemplo, el problema de la variedad, que una sociedad diseñada debería resolver por sí misma. Pero los seres humanos, hijos de infinitas mutaciones azarosas, están dotados de un paradójico motorcillo incansable. Es el ansia de conocimiento y tiene como objetivo principal el de revolverse contra su condición de origen. Los hombres, hijos del azar, solo quieren dominarlo.

La cita de Habermas continuaba: “Así pues no es seguro que el futuro adulto haga suyas las representaciones y preferencias de sus padres. Si él no se identifica con ellas puede ponerlas en cuestión y preguntarse, por ejemplo, por qué sus padres le dotaron de un don para las matemáticas antes que de capacidades atléticas o musicales que habrían sido más útiles para la carrera de deportista de alto nivel o de pianista que querría haber seguido”.

Esta hipótesis de Habermas no sólo revela su extraño conocimiento de la naturaleza humana, sino que es contradictoria con el carácter imperioso y fatal que atribuye a la dotación genética. Como Ferry le objeta en primera instancia es dudoso que exista un gen de las matemáticas. Pero dando ese reduccionismo por hecho es más dudoso aún que el niño se volviera contra sus padres, porque ese niño estaría diseñado para disfrutar de las matemáticas.

Es una verdad histórica que Manuel Vázquez Montalbán quiso ser, en su etapa rusa, primera bailarina del Bolshoi y luego, en su etapa nacionalista, delantero centro del club de fútbol Barcelona. Pero más allá de las recreativas y ensoñadas especulaciones sobre lo que cualquiera pudo haber sido y no fue, no veo al tenista Nadal reprochándole a sus padres que le hicieran tenista en vez de filósofo alemán.

Como buen socialdemócrata, Habermas deja una salida libre a su reivindicación de la oscuridad. Se trata de la manipulación genética que llama “estrictamente terapéutica», y ante la que se muestra favorable. En este sentido aconseja al Estado que empiece a hacer una lista de las intervenciones genéticas que tendrían «el asentimiento potencial» del hijo a nacer.

El asentimiento… Estoy por llegarme al lago Starnberg, al sur de Munich. Y presentarle al anciano filósofo alguno de esos posmodernos que llaman a las horribles discapacidades de algún nacido «otra forma de salud”. La lista… Toda la lista de Habermas cabe en la palabra muerte. La enfermedad contra la que se lucha. El bárbaro señorío del azar.

Sigue, ciega, tu camino.

A.

Urgente mejora genética

Arcadi Espada en El Mundo, 250516.

Se dice que el médico Laurent Alexandre, en este libro de Luc Ferry que estoy leyendo sobre el transhumanismo, reclama no sólo el derecho de los hombres a la mejora genética, sino la obligación de que se sometan a ella en razón de la salvaguarda de la especie. Alexandre, que ha escrito “La mort de la mort”, un libro de éxito en Francia, sostiene que buena parte de la humanidad ya no está sometida a la presión evolutiva, gracias a los cuidados médicos y a a mejora genera de las condiciones de vida. Y que estos beneficios individuales podían ser letales colectivamente.

No sé si Alexandre tiene razón en su advertencia. Ahora bien. No hay ninguna duda de que en términos sociales un estado de confort igualitario está afectando de manera irrevocable a la comunidad. Basta echarle un vistazo a la política. Al debate público. Y al periodismo.

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El “transhumanismo” más allá de la tecnología”

Javier Elzo en Ssociólogos, 291115.

En cada uno de nosotros hay un tecnófilo (agradecemos que la técnica nos ayude en nuestra vida cotidiana) y un tecnófobo (renegamos de la esclavitud de las “maquinitas” en la que, a menudo, nos caemos). Como tecnófilos pues no podemos no agradecer que, por ejemplo, una prótesis nos ayude a poder andar sin dolor, que comunicarnos por correo electrónico nos facilite el intercambio de mensajes, rápida, cómoda y casi gratuitamente. Pero somos tecnófobos cuando vemos padecer a nuestros mayores por un encarnizamiento terapéutico que les impide salir de esta vida con dignidad. Somos tecnófobos cuando constatamos que la gestión que antes no llevaba media hora, en la actualidad, con los protocolos que nos imponen las administraciones públicas o privadas, o los cambios que llevan a cabo las empresas informáticas para vender más, nos lleva medio día, si somos capaces de completarlas. (El libro de David Graeber “La Utopía de las normas”, Ariel, 2015, muestra la maraña en la que la burocracia y la tecnología informática nos han conducido). Seguro que el lector puede multiplicar los ejemplos.

El dilema de Nicholas Carr. Estamos en el dilema que hace pocos años nos planteaba la lectura del libro de Nicholas Carr “Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?”. Taurus, Madrid 2011. Propone dos grandes tesis en presencia: los “instrumentalistas” versus los “deterministas”. Por un lado “los intrumentalistas” que sostienen que las herramientas tecnológicas son, en si mismas consideradas, neutras. Son instrumentos, son medios, de los que nos servimos los humanos y están subordinados a nuestros deseos y prioridades, a nuestros fines en última instancia. Los fines, los objetivos, los ponemos los humanos y las tecnologías no serían sino medios para lograr más fácilmente esos fines.

Pero Carr se aproxima a la tesis determinista al escribir que “los medios no son solamente canales de información. Proporcionan la materia del pensamiento y también modelan el proceso de pensamiento” (Pág.18) llegando a afirmar más adelante que pueden llegar a modificar el funcionamiento del cerebro humano, cuestión a la que dedica todo un capítulo. Al final de su libro escribe que “programamos nuestros ordenadores y, posteriormente, ellos nos programan a nosotros”. Recibimos infinidad de informaciones, de forma casi instantánea, de fuentes que, a menudo no controlamos, informaciones que no sabemos (¿ni podemos?) priorizar de tal suerte que “más información puede significar menos conocimiento” (Pág. 257). Y va todavía más lejos cuando, citando el trabajo de Kandel “In search of memory”, escribe que “para algunos tipos de pensamientos, especialmente la toma de decisiones morales sobre las situaciones sociales y psicológicas de otras personas, es necesario dejar pasar el tiempo y la reflexión adecuadas. Si las cosas están sucediendo demasiado rápidamente, no siempre se pueden asimilar bien las emociones acerca de los estados psicológicos de otras personas” Sería temerario saltar a la conclusión de que Internet está minando nuestro sentido moral. Pero no sería aventurado sugerir que, a medida que la Red redibuja nuestro camino vital y disminuye nuestra capacidad para la contemplación, “está alterando la profundidad de nuestras emociones y nuestros pensamientos”. Carr (pp. 265-266). Pero, con el movimiento transhumanista, creo que le disputa ha dado un gran paso.

He de confesar, de entrada, que hasta el martes 3 de noviembre pasado, no sabía nada del movimiento “transhumanista”, que algunos denominan como lo humano “aumentado” y que, por lo que leí ese martes en el TGV que me llevaba a Paris, nace en 1998 como una Asociación transhumanista mundial fundada por un sueco, Nick Bostrom, que advino, en inglés, “Humanity +”­.

¿En qué consiste el movimiento transhumanista?. En el Dossier que leí en el diario “La Croix” ese día, – y que continuo en la lectura de los otros tres que publicó ese mismo mes de noviembre -, en palabras de Jean Michel Besnier, profesor de filosofía de la universidad Paris Sorbona (1), “se trata de un movimiento que pretende mejorar al hombre, “aumentarlo”, gracias al poder de las ciencias y de las técnicas. Los transhumanistas tienen la ambición de transcender los límites biológicos del ser humano, terminar con la enfermedad, el sufrimiento, el azar del nacimiento, y también el envejecimiento y la muerte. Diciendo esto, continúa Besnier, no estamos hablando de cosas fantasiosas, pues hay equipos que están trabajando en la actualidad en este sentido, y con considerables aportaciones financieras”. (En la Web de la universidad de la Sorbona, de donde copio la ilustración de este artículo, puede leerse la entrevista completa en este enlace, lo que no creo posible en el cotidiano: http://www.la-croix.com/Ethique/Sciences-humaines/Pour-les-transhumanistes-les-technologies-vont-sauver-l-humanite-2015-11-03-1375816). Cita Besnier en su entrevista el proyecto “Calico”, que busca prolongar los limites de la esperanza de vida, proyecto sostenido por Google. Entren en Internet en “Calico proyect Google” y leerán, en su entrada, que “Nos estamos enfrentando al envejecimiento, uno de los mayores misterios de la vida. CALICO es una empresa de investigación y desarrollo, cuya misión es aprovechar las tecnologías avanzadas para aumentar nuestra comprensión de la biología que controla la vida útil. La ejecución de esta misión requerirá un nivel sin precedentes de esfuerzo interdisciplinario y un enfoque a largo plazo para la que la financiación ya está en marcha”. (Consultado el 08/11/15). En efecto, en septiembre de 2014, Google anunciaba una inversión 1,5 billones (con “b”) de dólares para este proyecto.

En el Dossier de La Croix nos ofrecen una bibliografía de veinte títulos, solamente en lengua francesa, de la que siete son del presente año 2015. Siendo un lego total en el tema, con la bibliografía en la mano me dirigí a una de mis librerías preferidas en Paris, “Compagnie”, rue des Ecoles 58, para pedir consejo y hacerme con algunos libros sobre el transhumanismo. La responsable de Ciencias Humanas, que ya me conoce, no solamente me atendió con suma amabilidad, lo que no siempre es el caso con nuestros vecinos del norte, sino que en un pispás me trajo ocho libros, algunos de los cuales no estaban en la lista de “La Croix”. Me dijo que, en fechas pasadas, habían consagrado una vitrina de la librería al tema. Sí, todavía quedan libreros, aunque lo tienen crudo con la competencia de Amazon que, por cierto, ejerce la censura, en los comentarios a los libros. Doy fe.

La ciertamente singular “Singularity University”. Me hice en mi librería parisina con dos libros y estoy en su lectura. Uno de ellos, “L´humain augmenté”, dirigido por Édouard Kleinpeter, físico de formación e ingeniero investigador en el Centre Nacional de Recherches Scientifiques (CNRS), editor del volumen el año 2015, es un elenco de 14 textos que abordan el movimientos desde diferentes disciplinas. El otro, “La tentation transhumaniste” de Frack Damour, Ed. Salvator 2015. Damour detalla, (página 46 y ss.) la importancia de la “Singularity University” en Silicon Valley, fundada por Ray Kurzweil, uno de los “gurus” del movimiento transhumanista, Universidad que se presenta con esta idea: “Nuestra misión es educar, inspirar y empoderar a los líderes de aplicar tecnologías exponenciales para hacer frente a los grandes retos de la humanidad” (Consultado en Internet el 08/11/15). Entienden por tecnologías exponenciales las que se insertan bajo el acrónimo “NBIC”: nanotecnologías, biotecnologías, informática (Big Data e Internet) y la ciencia cognitiva (inteligencia artificial y robótica). El transhumanismo considera ciertos aspectos de la condición humana, “como la minusvalía, el sufrimiento, la enfermedad, el envejecimiento o la muerte como inútiles e indeseables”, (en la Web. de Sing. Univ.) superables gracias a las sinergias que el movimiento está poniendo en marcha.

Así dicho, ¿quien no se apuntaría a esta quimera?. El deseo de vivir eternamente, no padecer enfermedades, no envejecer, controlar el color de los ojos de los niños, antes del nacimiento etc., etc., que sean altos, guapos e inteligentes tiene una gigantesca atracción. Luego, también, poder y financiación.

En efecto, los credos de este movimiento están en línea con los de los poderes económicos y políticos. Según estos, la prosperidad económica pasa por la innovación tecnológica (que no necesariamente científica) y debe alentarse al máximo. Además, cabe pensar en otra razón. Después de las barbaridades del siglo XX, el hombre de hoy ya no se ama a sí mismo. La humanidad parece atravesar una profunda depresión marcada por esa falta de auto-estima que origina, a su vez, el apego a las máquinas. Para decirlo de otra manera: puesto que el hombre es tan falible, ya que su voluntad condujo a lo peor, ¿por qué no confiar en las máquinas y trabajar para el surgimiento de una nueva humanidad?. Así el hombre de hoy, (básicamente en masculino), pone en las maquinas su futuro.

Un cardenal aborda el tema en su discurso de investidura Doctor Honoris Causa. Después he sabido que el Cardenal Gianfranco Ravasi en el discurso que pronunció, en su investidura como Doctor Honoris en la Universidad de Deusto, el 4 de marzo de 2014, bajo el título de “Los nuevos desafíos del diálogo entre la moral y la ciencia” ya se había referido al “transhumanismo, propuesto por Julien Huxley en clave social y transferido en los años ochenta del siglo pasado al ámbito científico” y citaba a Robin Hanson cuando afirmaba que “el transhumanismo es la idea según la cual las nuevas tecnologías probablemente cambiarán el mundo en el próximo siglo y en los siguientes, hasta tal punto que nuestros descendientes ya no serán, en muchos aspectos, humanos”. Serán “transhumanos” e incluso “posthumanos”, y en cualquier caso, “postdarwinianos”.

Ravasi aborda en su conferencia los desafíos que la ciencia plantea a la moral y a la religión. Y concluyó su conferencia con estas palabras. “No por casualidad Max Planck, el gran artífice de la teoría cuántica, en su Conocimiento del mundo físico, no dudaba en afirmar que «ciencia y religión no están en contraste, sino que tienen necesidad la una de la otra para completarse en la mente de un hombre que piensa seriamente». Se trata de un diálogo epistemológicamente riguroso y respetuoso, incluso necesario. Hasta tal punto que Einstein, en su autobiográfico Out of My Later Years llegaba a acuñar la famosa fórmula: «La ciencia sin la religión es coja. La religión sin la ciencia es ciega». Y al final de su existencia, en 1955, en una especie de testamento, dejaba en su Mensaje a la humanidad una llamada (…): «Nosotros, los científicos, dirigimos una llamada como seres humanos que se dirigen a seres humanos. Recordad vuestra humanidad y olvidad el resto»”.

Filósofos y científicos se inquietan. Nadie pone en duda la bondad de los progresos científicos en los campos de la sanidad, de la educación y de lo que se quiera. Pero aquí se pretende, incluso, cambiar la especie humana y del transhumanismo algunos ya piensan en el posthumanismo. Es lo que escribía Luc Ferry, renombrado filósofo francés, ministro de educación con Mitterand, en un artículo que publica en “Le Figaro” el jueves 5 de noviembre pasado bajo el titulo de “La revolución transhumaniste” que comienza así: “Sobretodo no crean que se trata de ciencia ficción. Recientemente un equipo chino ha logrado reparar el genoma de células humanas embrionarias. Esto es, ya las biotecnologías son capaces de modificar nuestra especie de manera potencialmente irreversible como desde hace años es una realidad en los OGM (organismos genéticamente modificados) vegetales”.

Yo no tengo las competencias para valorar en su justa medida el alcance de determinados aspectos del movimiento trashumanista. Pero cuando leo, en el Dossier de “La Croix”, en palabras de Jean Michel Besnier, que “el físico Stephen Hawking, el fundador de Microsoft, Bill Gates, y el ingeniero Elon Musk se han inquietado recientemente de las amenazas que la inteligencia artificial hace pensar sobre la especie humana”, yo también me inquieto. Preguntaré a amigos de esas ramas de la ciencia qué piensan de todo esto. Pero, como ya me hacen entrever mis todavía escasas lecturas sobre el tema, constato que estamos ante dos planteamientos: uno, el de los que, con seriedad y rigor, desean mejorar la especie humana pero sin perder su humanidad y el de los que, como Kurzweil y otros, abogan por la “tecnofabricación” de una posthumanidad de una especie radical y definitivamente diferente de la nuestra. Y en esto último no estamos solamente en cuestiones de tecnología, sino en una ideología que, más allá de toda ética, se pone de rodillas ante la tecnología.   

Frente al transhumanismo, retorno de las humanidades

Internet comenzó interesando solo a los especialistas y se convirtió en algo esencial para nuestras vidas. Ahora estamos ante un caso parecido con el concepto ‘transhumanismo’

José Antonio Marina en El Confidencial, 120416.

Durante años investigué sobre la posibilidad de prever el futuro analizando la información que aparecía en las grandes revistas semanales del mundo. Mi hipótesis era que las noticias tenían dos recorridos distintos. Unas comenzaban en portada e iban diluyéndose con el tiempo. Eran ‘trending topics’ irrelevantes. Otras aparecían en páginas secundarias e iban alcanzando protagonismo. Me sentí muy satisfecho cuando detecté la escalada de las noticias sobre Arpanet (Advanced Research Projects Network), una red de computadoras creada por encargo del Departamento de Defensa de EEUU como medio de comunicación entre diferentes instituciones académicas y estatales. Aquella noticia tan poco apasionante creció y creció hasta convertirse en internet.

Lo que comenzó interesando solo a los especialistas, se ha convertido en algo esencial para nuestras vidas. Ahora sospecho que estamos ante un caso parecido con el concepto transhumanismo. De ser una extravagancia, se está convirtiendo en un tema de primera página. Cada vez recibo más libros sobre este tema. La revista ‘L’Express’ lleva en portada una entrevista con Luc Ferry, a propósito de su recién aparecido libro ‘La revolution transhumaniste’. Ferry ha sido presidente del Consejo de Programas del Ministerio de Educación francés, y ministro de Educación. Es un peso pesado de la intelectualidad francesa.

El núcleo del transhumanismo es la “ampliación de la naturaleza humana”, en su aspecto biológico y en su aspecto intelectual. Resumiendo: aspira a la eternidad y a la superinteligencia. Su fuente es el complejo NBIC (Nanotecnología, Biología, Informática, Ciencias cognitivas). Los avances de la inteligencia artificial permiten hablar verosímilmente de ‘uploading’, de descargar el cerebro en una máquina. El discurso se radicaliza y comienza a hablarse de ‘posthumanismo’, considerándose que la humanidad es solo una etapa de la evolución. Las posibilidades comienzan a tomarse más en serio desde que las GAFA (Google, Apple, Facebook y Amazon) se interesan por el asunto. Todas son empresas americanas. Peter Thiel, creador de PayPal, critica a los europeos por su escepticismo inmovilista en este tema. Mucha gente ve tan cercana la ‘singularidad’, el cambio producido por la invasión masiva de la inteligencia artificial en nuestras existencias, que grandes compañías han lanzado la iniciativa OpenAI para intentar que estos cambios, que consideran inevitables, se den dentro de un entorno democrático. Cuentan con un presupuesto inicial de 1.000 millones de dólares, lo que no es mal modo de empezar.

Acaba de aparecer en España el libro ‘Superinteligencia’, escrito por Nick Bostrom, fundador de la World Transhumanist Association. que plantea un interesante problema. Da por hecho que la inteligencia artificial, como capacidad de manejar datos, adelantará a la humilde inteligencia humana. Lo importante es saber si esa superinteligencia deberá encargarse de tomar decisiones por nosotros. Los ordenadores ya lo hacen en muchos casos. Ramón López de Mántaras, uno de los pioneros de la inteligencia artificial en España, cree que debería prohibirse que robots inteligentes operen autónomamente en bolsa, por ejemplo en las HFT (Negociaciones de Alta frecuencia). Bostrom ve los peligros, pero cree que la superinteligencia puede ser más fiable que los humanos en la toma de decisiones, porque a su gigantesca capacidad de manejar racionalmente datos puede incorporar programas éticos. Cree que la Inteligencia Artificial es el único procedimiento que permite expresar la “voluntad coherente extrapolada” de la humanidad. Sin embargo, como mecanismo de precaución, piensa que la investigación sobre la superinteligencia debería ralentizarse hasta que tuviéramos ideales éticos lo suficientemente compartidos que pudieran ser asimilados por ella.

Una apuesta por las Humanidades

Vivimos una “explosión de posibilidades” y lo que debe preocuparnos -como he explicado en mi libro ‘Objetivo: generar talento’- es producir el talento necesario para tomar buenas decisiones. Esta es la finalidad de la inteligencia, a la que están orientadas sus demás funciones, y la educación debe hacer posible que la alcance. Creo que eso no se puede conseguir centrando la educación solo en las STEM (Science, Technology, Engineering, Mathematics), como están haciendo la mayoría de los sistemas educativos del mundo, y que es necesario aumentar la presencia de las humanidades.

Sin embargo, la defensa que se hace de ellas suele ser superficial y presuntuosa, porque se basa en la idea de que el buen paño en el arca se vende, y que no hay que justificar su importancia educativa. Creo que es un error y que hay que explicar muy bien en qué consisten las humanidades y por qué hay que estudiarlas. En principio, la presencia de las humanidades en el sistema educativo debería centrarse en tres áreas:

1. El lenguaje natural

Es evidente que nuestra cultura se basa en el lenguaje matemático, pero este, por su formalismo, no permite tratar el contenido de la experiencia humana. La comprensión y comunicación de nuestras necesidades, expectativas y deseos solo puede hacerse mediante el pensamiento articulado a través del lenguaje.

2. La historia de las culturas

Para comprender nuestra inteligencia, tenemos que conocer la experiencia de la humanidad, su dinamismo, sus logros y sus fracasos. Los seres humanos se definen por haber creado religiones, arte, lenguaje, emociones, ciencias, matemáticas, técnicas, modos de convivencia política, morales, etc. No conocer ese despliegue creador de la inteligencia no es “ampliar la humanidad”, sino achicarla.

3. Pensamiento crítico

La esencia de la filosofía ha sido la capacidad de reflexionar críticamente -es decir, utilizando los criterios de verdad y de bondad- sobre las creaciones de la inteligencia y el comportamiento de los humanos.

Tengo la esperanza de que pronto comenzaremos a debatir sobre el pacto educativo que necesitamos. Si lo hacemos bien, implicará una reflexión sobre el tipo de sociedad que queremos en el futuro, y el tema de las humanidades deberá estar presente.

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Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

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