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EQM_080716.

Aviso final

Por la vía de la pura y substancial ignorancia, guardando las formas que el bello Sánchez no supo defender cuando su deseado socio en la anterior investidura, el coletas Pablemos, le embadurnó -también a él y asu partido- de cal viva.

Hilvanando sus propias palabras, crónica de una muerte anunciada que cuanto antes dé paso al final, mejor será para todos; también aceptando democráticamente el resultado electoral y el consiguiente diálogo con el PP, asumiendo el lugar en el que cada uno ha quedado.

Actualización 080716;12:06: Santiago González, hoy en El Mundo [ver en comentarios]:

“Si el PSOE quiere salir de ésta debería empezar por lo urgente: ajustar cuentas al torpe y sumirse en la meditación.”

EQM

pd. Carmona y Carmena

Imagino al socialista Antonio Miguel Carmona -a quien yo considero de lo más sensato que todavía hay en el PSOE– deseando ofrecer a Pedrito, con tal de quitarlo de en medio, la generosa oferta para Alcalde de Madrid que su actual Secretario General le impidió aceptar porque suponía el desinteresado apoyo de Esperanza Aguirre, de ese odiado PP. Pero tampoco Carmona quedó libre de culpa al apoyar -y seguir apoyando- a la destarifada abuelita Carmena.

eduaro estrada ep 070716Ilustración de Eduardo Estrada [España, 1967] para El  País, 070716.

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 ¿Investidura cuanto antes? 

Felipe González en El  País, 070716.

En Crónica de una muerte anunciada,García Márquez empieza contándonos el final, el homicidio de Santiago Nasar. Conocido el desenlace, lo común sería que perdiera interés el relato. El genio del Gabo nos lleva a perseguir con el máximo interés la trama que conduce a este final anunciado.

Tras las elecciones del 26 de junio, todos los responsables políticos parecen coincidir en el final: no puede haber unas terceras elecciones. Esto nos llevaría a la conclusión de que tiene que haber investidura y, como consecuencia, nuevo Gobierno.

Como ya hemos perdido ocho meses en esta extraña situación de interinidad, también parece lógico pensar que cuanto antes se llegue al final, mejor será para todos o, al menos, menos costoso. Por eso, esta reflexión comienza con un punto de interrogación que pretende llevar a una respuesta positiva y rápida.

El mínimo esperable sería llegar a la investidura de un nuevo presidente de Gobierno y, tal vez, sería deseable que de esta investidura saliera un Gobierno capaz de tomar decisiones inaplazables como unos Presupuestos condicionados por los compromisos con Bruselas.

El hecho de que se supere la investidura no significa que el Gobierno que se forme esté en condiciones de responder a las necesidades básicas que tiene España a nivel interno y en su relación con Europa.

No es imaginable que se repita lo que vivimos tras el 20 de diciembre, menos ahora que el PP ha obtenido 14 diputados más que la vez anterior y la alternativa se hace poco menos que imposible.

Rajoy, al que suponemos candidato del grupo popular a la investidura, pese a las palabras de la noche electoral sobre el discurso más difícil de su vida, tiene la obligación ineludible de ponerse a trabajar en serio. O sea, tiene que salir definitiva e irreversiblemente del “modo reposo” porque la táctica de esperar y ver, posterior al 20 de diciembre, se agotó y los resultados no deben confundirlo.

Es él el que tiene que proponer a las fuerzas políticas las bases fundamentales de su programa de gobierno. Es él el que tiene que intentar un acuerdo con los más próximos o menos incompatibles, incluyendo las cesiones que todo pacto comporta.

Seguro que ya sabe las exigencias de Bruselas y no puede decidir sin compartir este tema con los interlocutores para la investidura. Ahora es heredero de sí mismo y deberá explicar si mantiene su promesa de no seguir con los recortes y bajar los impuestos.

Es bastante absurdo el debate sobre cómo se van a pronunciar el Partido Socialista o Ciudadanos o los demás si no se sabe sobre qué hay que hacer este pronunciamiento.

No se trata ahora de preguntarse por el resultado electoral, sino de aceptarlo democráticamente y asumir el lugar en el que cada uno ha quedado. Pero si Rajoy se siente avalado para repetir la jugada, el resultado —y su responsabilidad— pueden situarnos en una crisis más peligrosa que la actual.

Como la intención de esta reflexión no es buscar explicaciones de por qué y cómo han votado los ciudadanos, sino respetar esa decisión y sacar las consecuencias lógicas para los intereses de España, es necesario reiterar las responsabilidades que incumben al presidente del PP para conseguir que se produzca pronto una investidura y, si está en condiciones de hacerlo, un Gobierno capaz de tomar decisiones.

La cuestión territorial; la dignificación del trabajo; el sistema de pensiones; el modelo educativo; la regeneración democrática; la política europea, incluidas las respuestas al Brexit, a los errores del austericidio o los refugiados, deberían ser puestas sobre la mesa por el candidato.

Sin duda, esta nueva etapa nos llevará a un papel mucho mas relevante de la representación del Parlamento y esto significará que sea cual sea el resultado de las negociaciones para investidura y Gobierno este tendrá que estar mucho mas atento a sus obligaciones de control permanente del Parlamento y a la necesidad de un diálogo constante para los procesos legislativos.

Es positivo que se ofrezca diálogo a todos los grupos, aunque se tenga clara consciencia de que algunos de ellos son incompatibles en temas medulares para la gobernanza. Pero del diálogo hay que pasar al pacto, lo que exige renuncias y esfuerzos de aproximación a los grupos que se crean más compatibles para pasar la investidura y para hacer un Gobierno.

Y si esa exploración es exitosa, llevaría a una investidura apoyada por 169 diputados o 170, si se tratara de PP, Ciudadanos y CC en cualquiera de las formulaciones posibles.

Más de la mitad del periodo democrático ha sido gobernada por Gobiernos minoritarios, con apoyos parlamentarios externos o con acuerdos de geometría variable.

Naturalmente, es difícil la decisión para un grupo político como Ciudadanos, pero no como se dice, por su resultado electoral, sino por su propia concepción de temas tan importantes como la regeneración democrática o el sistema electoral, por no citar más que un par de ejemplos. La paradoja es que sus diputados actuales son más decisivos que los del 20 de diciembre. Pero es el PP el que tiene que moverse sin pretender contratos de adhesión.

Otra cosa es la consideración que se hace respecto del Partido Socialista. Es paradójico que cada día lo insulten desde las filas del PP y, al mismo tiempo, traten de cargarle la responsabilidad máxima sobre la posibilidad de formar Gobierno.

Los ciudadanos podrán entender que, a estas alturas de mi vida, se haya reafirmado en mi pensamiento la prioridad de los intereses generales de España y sus ciudadanos sobre cualquier otra. Y es precisamente esto lo que me lleva a pensar que el Partido Socialista ni puede ni debe entrar en coalición con el PP. Debe ocupar su sitio en una oposición responsable. Lo cual significa al mismo tiempo exigente y dialogante. Siempre lo ha hecho en asuntos de Estado, incluso asumiendo el protagonismo de pactos concretos como la lucha contra el terrorismo. Pero también tiene que ocuparse de reconstruir su propio proyecto como alternativa al PP con vocación de mayoría.

En esta situación, la solución de que haya una investidura para España, teniendo en cuenta que no hay mayoría alternativa coherente para hacerlo, pasa por un Gobierno del PP o encabezado por el PP.

O sea, en mi opinión, el Partido Socialista tiene que aceptar el diálogo que le ofrece el candidato del PP, aun dejando claro que no tiene intención de formar parte de una coalición con el mismo. Como ya dije hace unos meses, reitero mi opinión negativa a lo que llaman gran coalición al mismo tiempo que afirmo la responsabilidad de las fuerzas políticas: si no pueden formar Gobierno, tampoco pueden obstaculizar que este Gobierno se forme.

El resultado del 26-J coloca al Partido Socialista ante esa responsabilidad. Excluyendo la coalición y el apoyo al Partido Popular en la investidura, en caso de necesidad, no debe ser un obstáculo para que haya un Gobierno minoritario.

Conviene advertir que el Partido Socialista solo puede fijar posición sobre propuestas concretas. Si pretende que las fije sobre el programa electoral del PP, ya deben conocer su oposición.

El título de esta reflexión me lleva a una conclusión complementaria. Al margen de que tengamos que corregir esta situación de espera excesiva para la constitución de las Cortes, los resultados son tan inamovibles como reconocidos por todos, y esto permite que se trabaje seriamente sin tener que esperar a la constitución del Parlamento. Deberíamos decir que ya llevamos 10 días de retraso y preguntarnos cuál es la razón de que Rajoy haya tardado tanto en ponerse en marcha y esté avanzando tan lentamente. Después de la constitución del Parlamento, las consultas deberían llevar a una propuesta de candidato por parte del jefe del Estado para que se cerrara este confuso capítulo de la democracia española cuanto antes. Por eso, la pregunta me lleva a una respuesta afirmativa y a mi juicio necesaria, puede y debe haber investidura antes que acabe el mes de julio, o en los primeros días de agosto.

Elecciones tras el Brexit

Eduardo Teo Uriarte en Fundación para la Libertad, 070716.

Posiblemente los británicos, que a veces van llamando la atención con juergas irresponsables, aunque tengan el régimen parlamentario más antiguo, nos hicieron el favor de provocar una reflexión a la que no somos muy dados y mutar nuestros instintos viscerales por un flemático impulso conservador que ha destrozado las previsiones electorales que ofrecían los sondeos para el 26 J. No está mal, pues la democracia, más en un país tan latino y emocional como este, necesita de un poso conservador.

Los británicos nos hicieron el favor de mostrarnos cómo la voluntad soberana del pueblo mediante la democracia directa, en pueblo de tanta cultura política -el mito puede estar muy por encima de la realidad-, puede cometer los mayores disparates. Una reacción conservadora ha permitido en nuestro caso que el sistema no saltara definitivamente por los aires permitiendo que el bipartidismo prosiga ahí delante con un PSOE, por poco, como segunda fuerza. Si hubiera quedado la tercera tendríamos la confirmación del final del sistema de la Transición.

Rajoy tiene que formar gobierno, le pese lo que les pese a socialistas y Ciudadanos, que tienen que facilitar el paso, pues nadie entendería, y menos en Ciudadanos, negar el acuerdo con el que ha aumentado su mayoría a pesar de los errores que cometiera tras las anteriores elecciones. El error de Rajoy, su “espantá” ante la investidura pasada, no podría justificar en el presente el necesario espíritu de consenso constitucional con el que Rivera nos sedujo en su reciente pasado y del que ha dependido su éxito.

Al PSOE le es obligado tranquilizarse en la oposición, preparar un congreso para su profunda reformulación, mejor de refundación, porque la orfandad de discurso político que padece, sustituida por una fobia cainita hacia el PP -lo que hace con mayor rotundidad Podemos-, le está llevando elección tras elección a su liquidación. Si su nomenclatura al mando no sabe discernir que su problema no es de personas sino de su vacía línea política al socaire de toda moda ideológica ajena con vitola de progre, no saldrá de su actual decadencia. Pasar tranquilamente a la oposición debiera permitirle crear un discurso político propio, limitar su necesidad de poder, y evitar los disparates políticos que le han llevado paulatinamente a alejarse del terreno de juego marcado por la Constitución. Si es cosa de salirse de ese espacio Podemos lo hace mucho mejor.

Sin embargo, el hecho de que no se haya producido el “sorpasso” no nos aleja definitivamente del final de la época constitucional del 78. Un PSOE sin giro hacia la política, es decir hacia el encuentro en el espacio constitucional, incapaz de acuerdo alguno con la derecha, sometido a un izquierdismo suicida, es otra forma menos evidente de arrojar a la historia la época más brillante de la política española que se haya conocido. Y Ciudadanos, que venía como fuerza para potenciar el encuentro institucional, que llamaba compatriota hasta al PP, parece haber probado rapidísimamente la fruta del sectarismo partidista del izquierdismo, y por consiguiente empieza a inhabilitarse para la política. Empieza a ser lo que es el PSOE, un partido con vocación de “sobrero”.

Ciudadanos cometió dos grandes errores durante los meses que siguieron a las elecciones del 20 D. Uno fue el de realizar un pacto tan duradero con el PSOE -justificado por el abandono de Rajoy- cuando Sánchez estaba interesado en la imposible misión de pactar con un Podemos empeñado en vencerle. Ciudadano cabalgó demasiado a la vera de un socio desnortado exclusivamente obsesionado con echar al PP del poder y salvar su propia cabeza Pedro Sánchez. Con este compadreo con el PSOE estaba mutando su anterior imagen fundada en la perduración de la Constitución y la gobernabilidad, pues el PSOE no era el mejor compañero para seguir manifestando esa imagen responsabilidad y de encuentro constitucional forjada en duro trabajo en Cataluña. Si algún momento pensó que el pacto con el PSOE facilitaría un tripartito con el PP al tercer día esa ilusión parecía imposible, y por buena voluntad que manifestara hay que calificarlo de rotundo fracaso.

Su otro error fue el énfasis puritano de negar a Rajoy su posibilidad de gobernar debido a los escándalos de corrupción habidos en el PP. Es cierto que hay que denunciar la corrupción, pero Rivera se confunde. Ciudadanos no es una sala de un tribunal, ni siquiera un claustro de moralistas, es una formación política y su misión es la gobernabilidad, no el mandar al ostracismo o la cárcel a nadie, aunque la canalla aplauda el gesto. A la hora de la verdad, y después de la lección que nos han brindado los británicos (John Carlin lo explica en un magnífico artículo), los ciudadanos han votado la estabilidad que era para lo que se creó Ciudadanos, y contradictoriamente la abandona cuando es más necesaria. En resumen: demasiado compadreo con el PSOE y excesiva condena de Rajoy por la corrupción como si hubiera partido alguno libre de la misma. No hagamos populismo con este asqueroso fenómeno, pues es más grave la inestabilidad política que la propia corrupción que se usa para evitar el compromiso de gobierno con la derecha. Para colmo esa marea conservadora de última hora llegó a su propio y volátil electorado, decantó a gran parte de éste por la opción de responsabilidad, quizás sorprendida por las reticencias descubiertas en C’s de facilitar el gobierno al PP.

El exceso de expectativas es lo que ha llevado a Unidos Podemos a la frustración. Esperaban con el “sorpasso” cargarse el sistema, anulando a una de sus fuerzas fundamentales, pero lo ocurrido en Gran Bretaña les afectó también. Seguro que muchos frívolos e indignados votantes de clase media descubrieron allende el Canal que las cosas pueden ir a peor todavía, y que las decisiones en las urnas tienen profunda repercusión en la vida cotidiana y en el bolsillo. A Podemos, como todo movimiento doctrinario, le cuesta descubrir las razones por las que electorado fluctúa, y el descenso de apoyo en Madrid pudiera ser el detalle que avise que empiezan a perder apoyo en los centros urbanos. En las clases medias se anuló el efecto estampida provocado por la indignación al observar las consecuencias del “Brexit”. Un millón de sus anteriores votantes no se despeñaron en el abismo votando a Podemos, se abstuvieron u optaron por los partidos del sistema.

Otra cosa es el resultado en Euskadi de Podemos. Ahí el referente antisistema que era ETA, en el seno de una sociedad cuyos individuos han sido educados por el nacionalismo para el enfrentamiento desde su más tierna infancia, lo recoge Podemos y no Bildu, pues la formación nacionalista heredera de Batasuna no ha sabido explicar, porque no puede, su reciente compromiso con las vías pacíficas. De improviso llegó Podemos, esperanza de excarcelación para los presos de ETA, antisistema multicolor, que recoge todos los corpúsculos izquierdistas que HB capitalizaba, que comprende las razones que llevaron a ETA a mantener la lucha armada contra esta democracia, y deja empequeñecidos electoralmente a esos traidores que abandonaron a ETA para sobrevivir en la política. Con los resultados en Euskadi y Cataluña Podemos tiende a convertirse en una fuerza del nacionalismo periférico, por muchos discursos patrióticos inspirados en políticos de la República o en bandos del general Vicente Rojo que oportunistamente recite Pablo Iglesias.

Enredados en el esperpento político.

Lo que ocurrió tras las anteriores elecciones en la que descubrimos a tres partidos que dicen ser del sistema incapaces de llegar a un acuerdo de gobernabilidad no sólo desprestigia al sistema, pone en entredicho la utilidad social de dichos partidos y beneficia, sin duda alguna, a los que se le enfrentan desde el populismo o los nacionalismos. De haberla aprovechado mejor hubiera sido una gran ocasión para Pablo Iglesias, pero en su sobreactuación echó por tierra la imagen de su proyecto, porque los detentadores de la Constitución a la hora de la verdad no estaban prestigiándola. Pero Iglesias erró con su discurso disperso, yendo a cuestiones muy particulares y contradictorias a la vez. Lo suyo hubiera sido: Mirad, no sirven ni para sostener lo que inventaron, el sistema se hunde, nosotros somos la esperanza.

En las democracias consolidadas del norte no entienden el colapso institucional español. El ministro holandés homónimo de Guindos le preguntaba con toda ingenuidad por qué no se constituía un Gobierno del PP con los socialistas, y tras la sonrisa del político español se expresaba la enorme dificultad que esa solución tiene en una sociedad en la que la izquierda ha experimentado un enorme retroceso político.

Por el momento no están mejor las cosa en esta segunda vuelta. Pedro Sánchez amenaza con un referendo interno en el partido, la demagógica consulta a las bases después de quince años de izquierdismo desde que se fuera González, para que salga el rechazo a Rajoy, y él pueda seguir en Ferraz y en su escaño: su Dieciocho Brumario contra su comité federal. Y C’s en su empecinado rechazo a Rajoy manifiesta una profunda contradicción que puede llevarle a un final semejante al que ha padecido UPyD, otra formación que surgiera del movimiento cívico frente al nacionalismo, en este caso el vasco. Ambos partidos están entregando la referencia de estabilidad política al PP mientras ellos hacen mutis por el foro de la política española.

Ciudadanos no puede crearse como movimiento para la estabilidad política en Cataluña y ser un partido para la inestabilidad en toda España. Contradicción que le llevaría, como le llevó el error de UPyD de no contemplar las ansías de unidad con Ciudadanos que alentaba su electorado, a desaparecer en muy pocas fechas tras un largo y duro proceso de asentamiento. La crítica de los “padres” fundadores de C’s al rechazo a Rajoy que hoy sostiene Rivera, calificándolo de inmoral y error político, puede estar reflejando el sentir de su electorado, preocupados ante la enajenación que un mínimo de poder ha podido causar en sectores de la jerarquía de C’s. Vean el error de UPyD, piensen en la volatilidad de un electorado que ha confiado en C’s porque su prestigio se basaba en la sensatez política que alcanzó en Cataluña, y la posible pérdida de esta confianza en cuanto se introduce en la política española. Sería una pena que este proyecto liberal y constitucional fracasara por no entender que su función es política y no moral: más Max Weber y menos Calvino.

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Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

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