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juan-jose-padillaVicent Belenguer, el maestro valenciano autor de las mayores barbaridades sobre la muerte del torero Víctor Barrio, en otro post, de 22 de mayo de 2014, dirigido a Juan José Padilla, que perdió un ojo en 2011 por una cogida en Zaragoza, donde dice cosas como: “Además de gilipuertas y torero presumes de tuerto y corneado. (…) Vas mereciendo seriamente recibir otras 40. (…) Le metes un estoque por el ojete a la puta de tu madre”.

En la esquina de abajo derecha,  11 de agosto de 2015, otro texto dedicado a Fran Rivera: “Hay un panteón muy bonito que ya espera tu calavera. Habrá cruces y coronas de flores, gran negocio para las floristerías andaluzas, se pueden crear 10 puestos de trabajo. Sale más a cuenta que te mueras. ‘Papá Pacorrín’ te espera en su estantería. ¡NO LO HAGAS ESPERAR!”.

Fot. en grande.

Fuente: okdiario, 140716.

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Criminales vómitos libres

Estos días se comenta en los medios convencionales la cantidad de diarrea criminal que impunemente se vierte en las redes sociales por parte de delincuente gentuza que ha sido educada para sentirse muy agustito cagándose, por ejemplo, en los vivos y en los muertos -él incluído- de un torero cuyo delito ha consistido en haber muerto en el ruedo de una seca cornada en el corazón.

Arcadas de odio prefabricado que se vierten gratuítamente en aras al actual concepto, también prefabricado, de libertad de expresión. ya es casualidad que uno de los actores de mayor relumbrón en la cacería haya sido un profesor que, sorprendido por la alarma dada por unos cuantos, dice ahora que le han hackeado su nick.

Cuando la gentuza se hace con nuevos medios de comunicación –Twitter, Facebook, Wasap– destinados a que la gente diga todo lo que quiera pero pensando lo menos posible, sin importarle el prójimo y sintiendo que es lo mejor que puede hacer, no sabemos si es que esa gente se está volviendo gentuza, si siempre lo ha sido o si la bondad se ha quedado en casa, silente, muda, volviendo al yo de política no entiendo…

Tiene pleno sentido, pues, que ante cualquier desgracia propia, las autoridades lo primero que ofrezcan son riadas de psicólogos para que el desgraciado aprenda a afligirse sin tirarse por la ventana. Falta de hábito ante la placentera costumbre de saborear la desgracia ajena.

Tampoco es que la condición haya sido antes mucho mejor, claro: lo que ocurre es que al individuo no se le daba la oportunidad de mostrar en público, diariamente y gratis total, cómo se puede llegar al fraticidio por una puta herencia.

Ahora la noticia es, por supuesto, la maledicencia como culto al odio, que es convenientemente amplificada para que a nadie le falte su ración de encallanamiento con efectos pistola de repetición. Véase el ejemplo de las teles, invadidas de doctrina cainita.

Siempre he pensado que el sujeto -o sujeta, claro- que decide qué sale en el telediario y que no, debería ser una de las personas más controladas por la sociedad que mama de tal medio. Lógicamente, con la lógica actual, no es así.

Si se trata de tele privada, es más bien ésta quien controla a la sociedad, dándole veneno para su cría y engorde, entre aplausos de los beneficiarios que mecen la cuna de los dividendos.

Y si se trata de tele pública, los controlados son la panda de cretinos que han sido situados por el poder económico -que es el poder total- para que el cretinismo social -ese que se fotografía en las redes sociales, despedazándo/se- no deje de crecer. Sin olvidar aquella que, en manos totalitarias, tienen en sus manos la posibilidad de evangelizar al cretino con las consiguientes raciones de populismo suicida.

En todo caso, el fenómeno -a largo plazo- debería redundar en beneficio de la necesidad de la existencia de la ley y de la legitimación del uso de la fuerza para hacer cumplirla en un Estado de Derecho. Porque, de lo contrario, apañados estamos.

Para hacer posible la convivencia y el soterramiento del odio al vecino o al que piensa de otro modo, aunque éste lo manifieste desde una distancia prudencial.

Aunque con esa manía tan actual de erradicar la maldad -algo intrínsecamente imposible- en vez de penalizar al que actúa malamente, se nos han llenado las redes de pescado social absolutamente podrido.

Lo menos que se le puede pedir a una sociedad es que tenga consciencia de su equilibrio inestable, de tanto maleante emboscado, y tome de consecuentes medidas.

EQM

pd. La gentuza, una vez engordada de ignorancia y preparada para recibir de lo lindo por todos sus bajos fondos, vomita en la redes sociales la educación recibida, lista para se empacada en siguiente programa televisivo preparado al efecto.

Ese nuevo y diarréico movimiento perpétuo que hace las delicias del fortasec.

el roto ep 280616Viñeta de El Roto [A. Rábago, España 1947], para El País, 280616.

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Espejo al borde del vertedero

Arcadi Espada en El Mundo, 140716.

Entre los años 2004 y 2007, por mérito y nómina de la editorial Espasa, llevé un blog que tuvo un cierto éxito de público. Una noche inolvidable los más habituales se conjuraron y llegaron a los tres mil comentarios; pero lo cierto es que cada día se escribían a cientos. Mientras duró leí todos los comentarios, no censuré ni el más abyecto y jamás utilicé un nick para escribir allá abajo. Fui grato testigo de la inteligencia y de la delicadeza humanas, y también de su vileza. Una de las razones que me llevaron a evitar la censura fue la de disponer de un recuento impagable del insulto moderno en España: de sus modalidades, de sus estrategias y de sus honduras. Me insultaban a mí y se insultaban entre ellos, y había noches en que me asombraba la fiereza y el retorcimiento. Tenía en cuenta los atenuantes, por así decirlo. El principal, el anonimato. Pero también el alcohol y las drogas, la herida narcisista, los descalabros de la madrugada, la juventud siniestra; y el principal, que siempre era el deseo de ser alguien. Pero aún teniendo en cuenta todo eso, y la evidencia, tantas veces comprobada, de que un mismo sujeto podía embozarse en media docena de nicks para insultarse incluso a sí mismo, nunca olvidaba que detrás de cada letra tecleada había un hombre, o como se dice ahora, un hombre o una mujer. No era una máquina, un robot, un fantasma: era un hombre tecleando. Ya no era joven, llevaba años dedicándome a un oficio que consiste en conocer gente y había leído bastante literatura realista y visto todo Shakespeare, incluso el más infumable. Pero hasta entonces no supe del todo bien en qué consistía eso que con tanta seguridad -cuña de la misma madera- llaman la gente.

Esta experiencia personal, pero transferible, se ha multiplicado de modo notable, puramente exponencial, en los últimos años, a través de lo que llaman las redes sociales, un nombre que yo utilizo siempre con distancia dado su carácter ennoblecedor. De pronto la gente ha quedado desvelada. Los que se alegran de la muerte del torero, para citar el último ejemplo, existen y teclean. Estoy dispuesto a discutir cada una de las presuntas virtudes que se atribuyen a las redes. Excepto la de que facilitan una aproximación afinadísima a la naturaleza humana. No hay discusión posible: jamás la humanidad había dispuesto de un similar espejo. Todo ello tiene que redundar en el provecho de la especie, por dentro y por fuera. A psiquiatras y a policías se les están agotando las excusas.

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Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

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