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giovannini 170716Collage de Leonard Giovannini sobre la pintura ‘Interior con una joven leyendo‘ [1908] de Peter Ilsted [Dinamarca, 1861-1933].

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Mujeres que leen cartas

Leonard Giovannini en Diarios de Arcadi Espada, 170716.

El cuadro que hoy plagiamos puede parecer un Hammershøi en un primer momento, pero cierta imperfección en la línea lo desmiente: el autor es Peter Ilsted, cuñado de Vilhelm Hammershøi, ¡y ha de ser duro que tu cuñado pinte mejor que tú! La muchacha del cuadro podría ser la esposa de Ilsted. Aquí la hemos convertido en K, y le pedimos perdón por ello.

La carta ha depositado a los pies de K un cuerpo envuelto en una manta isotérmica. Una víctima en representación de todas las víctimas a las que K se ha esforzado por relativizar todos estos años. No quiso ver su sufrimiento en aquel estado de no-guerra, igual que ahora no quiere ver la situación parabélica (¡el corrector dice que parabólica!) en que nos encontramos. La indiferencia de K solo sería comparable a la de un dirigente político que, con Europa de luto, anduviese bailoteando en un festival. Chirac o Sarkozy en la discoteca el 12-M.

Los rayos de sol iluminan el tejido isotérmico. Los reflejos dorados alcanzan las manos y el rostro de K; incluso podemos creer que atraviesan la delgada lámina de papel y llegan a su retina… ¡Pero no son reflejos en un ojo dorado, sino reflejos dorados en un ojo ciego!

No, tampoco esto va a conmover a K. La habitación podría estar sembrada de cadáveres y el mayor motivo para su indignación seguiría siendo la carta.

rana viajeta julio camba“El camino de una idea, desde que nace hasta que se convierte en cinco tiros de pistola, es largo y sinuoso”.

Julio Camba [España, 1884-1962]. ‘La rana viajera. IX Una policía filosófica’ [1920]).

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Esencias y colateralidades

Nosotros los españoles sí sabemos del horror cotidiano que se adueñó de muchas de nuestras calles a manos de ETA, una intencionadamente denominada por el poder simple ‘banda criminal‘, que no era otra cosa que un independentista movimiento terrorista vasco, de naturaleza ideológica, política, esgrimido como guerrilla urbana por un sanguinario partido totalitario ‘socialista’ y que trataba de imponer su doctrina a la sociedad española a su Estado de Derecho, a base de simbólicos hachazos que se concretaban en puro tiroteo en la nuca cuando no explosiones asesinas con repercusión colectiva, conra quien se pusiera por delante en el momento de la detonación.

Mucho recordarán que, por iniciar su terrorista andadura en el tardofranquismo, allá por 1968, Mayo en París, cuando los asesinos etarras liquidaron ‘premeditadamente’ al franquista policía Melitón Manzanas, después de haber asesinado en un control de tráfico al guardia civil José Antonio Pardines, los asesinatos fueron acogidos por parte de la escasa izquierda española -‘intelectual’ y obrera- como obra de aquellos ‘héroes vascos’, pioneros de la revolución que, por fin, comenzaba contra Franquito

Pero aquello ya fue un no parar hasta 2010, es decir, más de 40 años y 829 ejecuciones, de ellas sólo 48 [1968-1975] durante el tiempo de vida que aún vivió el dictador. Los otros 785 asesinatos fueron cometidos desde la transición democrática hasta 2010.

Curiosamente -o no tanto- el yihadismo en España presentó sus credenciales terroristas en todo su sangiento esplendor el 11 de marzo de 2004 en Atocha, sólo 10 días antes de que los terroristas de ETA iniciaran el inmoral ‘proceso de paz‘ con el arruinador ZP, ese que prosigue en nuestros días a manos del PP. Qué casualidad.

Porque los antecedentes islamistas de 1985, el atentado terrorista del restaurante “El Descanso” de Madrid, tuvo naturaleza más bien episódica, parecía dirigido contra los militares estadounidenses que lo frecuentaban y de su autoría, para variar, nunca se supo.

Cuento todo esto a propósito de que el pasado domingo se publicó en El Mundo otro profundo artículo de Arcadi Espada -que les inserto infra, recomendándoles su lectura-  que recorre ese significativo periodo, acercándose brillantemente a sus hitos más relevantes, que se extienden incluso a Nueva York en el 11S y ahora en Francia, explotando en la cara de un nuevo mundo occidental, enfermo y caracterizado por su cara de asombro y la absoluta creencia de que esto no es otra forma de guerra sino que se trata de simples enloquecidos fanáticos -a menudo ‘manadas de lobos solitarios‘ [sic]- que nos están atragantado nuestro solidario Estado de Bienestar, en forma de asesinarnos a esos cuantos a los que le toca la china.

Me limitaré exclusivamente, pues, a aprovechar tan rico texto para formular algunas reflexiones en torno al debate sobre el pretendido espíritu conspiranoico del 11M y sobre la conciencia social europea de un posmodernismo analfabeto en el que resulta imposible concebir la existencia del enemigo y, en consecuencia, los daños son siempre esencialmente colaterales y fundados en qué algo habremos hecho nosotros mal [verbigracia, la guerra de Irak]:

  • Prácticamente nadie considera que la fecha del 11M fuera casual. Luego es imposible obviar que su objetivo pasaba también por influir en las elecciones de horas después. Y a fe que lo consiguieron.
  • El proceso judicial fue una sucesión de vaguedades plagadas de un carnaval repleto de calzoncillos, suicidios, furgonetas y carpetazos.
  • Quien más claramente dió muestras de no querer indagar más de la cuenta fue la propia sociedad española que jamás se sintió víctima de los asesinos. Ni siquiera después de Hipercor [1987]. Al igual que los turistas en Niza ayer, cuando comentaban que había que pasar página porque ‘no nos vencerán y hemos venido a tomar el sol con nuestros hijos‘.
  • Como muestra bien reciente, les contaré que el Colectivo de Víctimas del Terrorismo en el País Vasco [COVITE] está pidiendo ayuda económica a sus simpatizantes porque no tiene quien la subvenciones para seguir reclamando, entre otras cuestiones, que se investiguen los cientos de asesinatos sin resolver.
  • El proceso de paz de ZP/PSOE, asumido por el PP y por la sociedad española, es una clara muestra de hasta dónde llega nuestra cobardía moral.
  • En una guerra -y esto lo es- las víctimas civiles son bautizadas por nuestra propia sociedad buenista como ‘daños colaterales‘.
  • El sangriento camión etarra nos atropelló a todos durante décadas pero la ciudadanía se limitaba a minutos de silencio y flores, muchas flores.
  • Para los terroristas nunca las vícitmas son el daño esencial y se dan con un canto en los dientes si consiguen que nosotros no centremos la esencialidad en la propia guerra.
  • ¿Alguien recuerda si el atentado anarquista de Mateo Morral en 1906 y contra nuestro Jefe del Estado era por cuenta propia o ajena? Ahora la preocupación de una Europa enferma se centra en rezar porque el Estado Islámico [ISIS/Dáesh] no reivindique los atentados y considerar al asesino como un loquito, cuando por todos es sabido que los yihadistas otorgan certificados de suicidas solitarios incluso con efectos retroactivos.

En fin.

Aquí en españa los árabes estuvieron 700 años [711-1492], hasta que fueron vencidos y expulsados. No es, pues, algo nuevo. Y se trata, en lenguaje orteguiano, de una conllevanza eterna y basada en la fuerza.

Esto sólo finalizaría si pudieramos abrir allí las iglesias que ellos abren aquí con sus mezquitas. Es decir, nunca.

Cuanto más tarde la socialdemocracia y los conservadores en defender, en serio, a sus Estados frente al yihadismo, más crecerá -con todo el sentido común de la legítima defensa propia- el populismo de un lado y del otro.

Así que a ver qué hacemos.

EQM

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califato Omeya_3Mapa descriptivo de la invasión musulmana de la Península Ibérica

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Memoria transferible del terror

Arcadi Espada en El Mundo, 170716.

Mi liberada:

Es indiscutible, no he vivido una guerra. Tú y yo pertenecemos a una de esas generaciones de fortuna. Mis padres la vivieron, mis abuelos la vivieron y han pasado ya cincuenta años y aún no se ha declarado la guerra en mi vida. Es la noticia sensacional de mi generación, de unas consecuencias muy profundas, que pasa inadvertida como sucede a menudo con lo que no pasa. Pero tampoco he vivido en paz. La muerte violenta, por causas políticas, ha sido una constante en mi edad. No soy finlandés ni portugués ni austriaco, que no han tenido mayor relación con ella. Pero tampoco francés, alemán u holandés, que la han sufrido esporádicamente.

Los sobresaltos empezaron pronto, con 15 años, la mañana que mataron a Carrero Blanco. A la salida del instituto me esperaba mi padre. Más que el asesinato de Carrero, el sobresalto, la vergüenza del adolescente, fue el verle allí. ‘He venido a buscarte por si había follón’, me dijo cálido y temeroso, mientras pasaba por sus ojos toda la guerra civil. Pero la ternura venció la vergüenza y caminamos amigables y juntos hasta llegar a casa.

El crimen de la transición sucedió en Atocha. Los abogados eran comunistas como yo y era imposible deslindar su asesinato, en aquel Madrid, del asesinato del teniente Castillo. Sin embargo, el Partido Comunista conocía la muerte, y no de oídas, y no hubo luego un Calvo Sotelo, y luego. Los asesinatos de Bultó y Viola pulverizaron mi kilómetro sentimental. Lo redujeron a centímetros. Además de suceder cerca los terroristas forzaron el domus y dieron a sus víctimas una cruel muerte tecnológica.

Luego se instaló en el Norte una sucesión de años infames. Cadáveres y cadáveres y cadáveres: la víctima frecuentaba círculos ultraderechistas de la localidad. Desaparecían en los periódicos por el sumidero de un breve, pero yo no he hecho otra cosa en mi vida que leer periódicos y no se me escapaba uno. A veces era mi madre la que al llegar a casa me daba la noticia: ‘Han matado a otro’, me decía con su furia triste. Ya he escrito que mi vileza de entonces era preguntarle si civil o militar.

En 1987 explotó Hipercor y ya para siempre algunas de mis amistades de la época. Cuatro años después los periódicos publicaron la última foto verdadera, obra de Carlos Montañés. Tan absolutamente verdadera que parece de ficción: el guardia José Ángel Barragán lleva en sus brazos a la niña Isabel Porras, mientras al fondo, entre el humo y los cascotes, una pareja huye con un niño en su cochecito. ETA había lanzado un coche lleno de bombas contra el patio de una casa cuartel. ¡Ésa y no las impracticables fabulaciones es la auténtica conexión islamista!: los españoles todo lo saben sobre el terrorismo.

La máxima sofisticación de los asesinos nacionalistas llegó el fin de semana en que mataron a Miguel Ángel Blanco. Una muerte en directo, alargada en el tiempo, son muchas muertes. Un día da para mucho. Pero ese fue el final. Urgidos por el espectáculo, los españoles se levantaron. ETA se había convertido en un reality show y a partir de entonces sus días estuvieron contados: contra lo que creen los académicos de la legua, el terrorismo prospera en la penumbra.

Al asesinar a Ernest Lluch y al municipal Gervilla el centímetro sentimental de Bultó y Viola se redujo a milímetros. Yo había tratado a Lluch como a ninguna otra víctima del terrorismo. Y en cuanto a Gervilla solo iba a ayudar, en plena Diagonal, cuando los ocupantes de aquel coche averiado le dispararon. Aquellos graves meses del comando Barcelona fui víctima, por primera vez, de la vanidad de que podían matarme.

El 11 de septiembre de 2001 daba vueltas, flojo, feliz y soleado, sobre la hierba de un jardín ampurdanés, mientras no daba crédito de hasta dónde había llegado el característico humor negro de mi amigo Jaume Boix, que me estaba contando cómo un avión se había estrellado contra el World Trade Center. Un avión y luego otro, y entonces me incorporé. No es exacto decir que el terrorismo se hizo global: se hicieron globales la zozobra, el desaliento y el duelo.

La segunda matanza de Atocha dispuso, en 2004, a mis ojos, el más grandioso escenario de un acto terrorista. Fueron tan enormes sus consecuencias para la moral pública de los españoles, tanta la degradación de su política y de su periodismo que provocaron el mayor éxito a que puede aspirar una matanza terrorista: convertir a las víctimas en un daño colateral. Toda la putrefacción española arranca de ahí, y aquí sigue. El terrorismo no gana nunca. Entre nosotros, sin embargo, la inmoralidad y la superstición aún sostiene que los islamistas del 191-M volaron la estación para provocar un cambio de gobierno. O sea que nunca como entonces el terrorismo ha estado a punto de ganar.

Me acuerdo de los ecuatorianos de la T4: fue el primer crimen de la paz.

El último otoño sucedió en París. El otoño es la gran época de las ciudades, y es la gran época de París. Las terrazas de los cafés de la Paix no son todavía una lenta forma de muerte por intemperie. Era viernes, dormía el músculo. Desde los coches iban ametrallando la felicidad y se comprende porque no habrá forma humana de que la alcancen ni ellos ni sus hijos ni los hijos de sus hijos.

De modo que no he vivido una guerra, de acuerdo. No la he sufrido. Y tampoco la he luchado, lo que es más importante de lo que parece. Pero durante 43 años el terrorismo ha colonizado implacablemente mi cabeza. Sus cataclismos silenciosos, sus insidiosos efectos colaterales deben anotarse. No he vivido una guerra, pero llevo el duelo de innumerables nombres propios. Apellidos, topónimos: una bomba de neutrones que deja el esqueleto de la vida intacto.

Estalla como el viernes en Villa Paramesa. Al fondo de la ilustrada taberna se daba una gran conversación entre hombres y mujeres libres e iguales. Un estado de reposo después del trabajo y la agradable sospecha de que había sido un buen trabajo. Creo que sucedió llegando exactamente a la cima, entre el pan de arroz con caballa, codium y yuzu (también el placer se ha hecho global) y el taco de lechazo (un chorro de leche sólido) confitado con uvas y migas. Cuando entró un camión.

Sigue ciega tu camino

A.

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Notas.-

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