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Erdogan, el civilizado amigo de ZP

Por centrarnos, ahora que ya estamos en el establecimiento, en Europa, del terrorismo islamista e islamizador, aplaudido por quienes, entre los europeos, piensa que algo mal habremos hecho, no está de más que la famosa y caracajeante estupidez denominada ‘Alianza de Civilizaciones‘, tan significativa e indicadora, por otra parte, del grado de cretinismo al que vamos accediendo en el viejo continente, fue una propuesta por el presidente del Gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero en la 59.ª Asamblea General de la ONU, el 21 de septiembre de 2004.

Aquella propuesta -adoptada como programa por las Naciones Unidas el 26 de abril de 2007 bajo la Secretaría General de Ban Ki-moon– defendía una alianza entre Occidente y el mundo árabe y musulmán con el fin de combatir el terrorismo internacional por otro camino que no fuera el militar.

Tal hilarante quimera histórica provenía de un denominado un ‘Diálogo entre civilizaciones’ formulado por primera vez por Mohammad Jatamí, presidente de Irán, quien en 1998 introdujo la idea en contraposición a la teoría del Choque de civilizaciones de Samuel P. Huntington. El programa propuesto tiene como puntos fundamentales la cooperación antiterrorista, la corrección de desigualdades económicas y el diálogo cultural.

Antes de ser asumido por la ONU, la propuesta consiguió el patrocinio del primer ministro de Turquía, Recep Tayip Erdogan, ese señor que ha detenido estos días a más de 20.000 turcos, jueces incluídos, como alternativa la extraña asonada sufrida y, seguramente, tratando con su vengativa reacción, de conciliar esas dos mitades -una teocrática, que él lidera, y la otra laicista, que lideran los militares- con tal de evitar la guerra civil, implantando, también, la pena de muerte. Seguro.

Acabáramos.

Sobre el 18 de julio [80 años después!]

Hechos: Franco, el dictador, murió en la cama de puro viejo, arropado por una abrumadora mayoría sociológica franquista y ni siquiera distraído por una izquierda poco menos que simbolizada en el clandestino Partido Comunista y con una visibilidad reducida al significativo sindicalismo antivertical de Comisiones Obreras. El PSOE y UGT, por resumir, prácticamente no existían y nos los montaron aprisa y corriendo desde fuera.

El guerracivilismo instaurado por el arruinador ZP con el fin de intentar recrear la Historia incluso ganando una cainita guerra perdida– tratando de liquidar la reconciliación, iniciada en 1956 por el Partido Comunista y sustanciada en la Transición Española 1975-1978– con el fin de enlazar el actual socialismo con la II República, incluso pagando el precio del inmoral ‘proceso de paz‘ con los asesinos etarras y de la entrega de Cataluña a los independentistas, también con el mantenimiento de su fraternidad con un antisocialista PSC -que lleva ya años bailando, en su imparable decadencia, con la autodeterminación- es una de las mayores ruindades que este país a tolerado dócilmente.

El limitado Pedro Sánchez es fruto de la cretina y suicida escuela patrocinada por el arruinador Zapatero y que muchos de los millones de votantes perdidos por el actual falso lider han esperado en vano que finalizara de una vez con la imposición del sentido común por parte del Comité Ferederal.

Esperemos que estas segundas elecciones -también gracias al papel que se esperaba y espera de Ciudadanos– el PSOE se regenere, mande al bello a su casa, y se esmere en hacer una necesaria oposición al tiempo de reduce a la mínima expresión al populismo del coletas.

EQM

pd.

El arruinador ZP, igual acaba yendo para allá, Turquía, de experto intermediador, en cuanto pacifique Venezuela.

Peso pesado

Arcadi Espada en El Mundo, 190716.

La actualidad es el pasado. El 18 de julio, y su cansina evocación, no es un fenómeno singular. Nunca, ni siquiera cuando el diario La Vanguardia insertaba las esquelas en portada, enriqueciéndose y haciendo deslumbrantemente precisa la expresión ‘En toda fortuna anida un gusano’, el periodismo vivió como hoy de la necrológica. Es una tarea ímproba encontrar un día en que los medios no celebren el aniversario de cualquier cosa. No solo la cascada digital ha convertido el periódico de hoy en el periódico de ayer.

Sin embargo, y como de costumbre, el periódico no inventa sino que refleja una circunstancia social. La sofisticación de los métodos de almacenamiento y representación de la experiencia han hecho que el pasado pese de modo incomparable al de cualquier otra época. El mismo concepto de hecho empieza a desleirse. Es evidente que los españoles han dejado de matarse como hace ochenta años. ¡Aunque no por falta de ganas! Pero ése solo es el rasgo principal del hecho y en modo alguno el único. La continua evocación de la guerra civil, su aprovechamiento comercial y político, alarga sus consecuencias hasta nuestro tiempo.

Los hombres no resucitan, pero los hechos sí. Y la digitalización del mundo ha hecho crecer exponencialmente la tendencia. Internet es, sobre todo, una fabulosa factoría de pasado: hemerotecas, archivos gráficos, sonoros. Cualquiera puede vivir ya una vida que no afronte la intemperie del presente. Lo que los popsicólogos llaman la alienación del hombre digital debe de venir del trato preferente con cadáveres. Podría creerse que la literatura, que es la ciencia de la melancolía, está de enhorabuena. Pero tengo mis dudas: más que una elaboración intencionada, el pasado ya es puro backup.

El pasado es una flor delicada. No puede abrirse cada semana la cajita de música: la sonata de Vinteuil se convierte en sintonía. La redundancia afecta al sentido y para comprobarlo basta con repetirse una palabra de modo incesante. ¡O con la experiencia del celibato! El cariz retrospectivo general es una razón más para echarse en brazos de la ciencia. No hay color entre la evocación de la guerra civil y el glorioso misterio del que daba cuenta ayer el Times: nadie sabe por qué están disminuyendo el cáncer, la cardiopatía y la demencia en el mundo desarrollado. Desde Bernard de Chartres hasta Isaac Newton la ciencia ha sabido cómo lidiar con el pasado. Pero en nuestra polvorienta actualidad el pigmeo muere plastado por el gigante.

Errores tras la matanza de Niza

Bernard-Henri Lévy en El País, 190716.

El yihadismo golpea por todas partes. Le sobran objetivos y los escoge según la lógica de la pura oportunidad. La tentación de atribuir a esas almas mezquinas una dignidad lógica de la que carecen es una de nuestras debilidades

Primero. ¿Psicópata o terrorista? Como si hubiera que escoger. Como si todos los terroristas no fueran psicópatas. Como si los esbirros nazis de los años veinte y treinta, los piquetes de las secciones de asalto hitlerianas que daban caza a los demócratas y a los judíos, como si los bestias de las SS encargados de la educación ideológica de las masas alemanas hubieran sido otra cosa que psicópatas bestiales con más o menos galones. Mohamed Lahouaiej Bouhlel, el asesino del camión que segó 84 vidas —hasta el momento en que escribo estas líneas—, era un terrorista y un psicópata.

Era inestable, mentalmente perturbado, pero también era miembro del ejército del crimen que ha escuchado el llamamiento de Daesh a “utilizar (son los términos de su órgano de propaganda) un camión como una cortadora de césped” e ir “a los lugares más densamente poblados” para “lanzarse a la máxima velocidad, sin perder el control del vehículo” y “causar la mayor matanza posible”, sin olvidar “prever armas de fuego” para, una vez “inmovilizado el camión”, rematar a los supervivientes. Encaja punto por punto. El doble rostro de la barbarie.

Segundo. La cuestión del lobo solitario. Esa forma de repetir una y otra vez, hasta la náusea y como para tranquilizarnos, que, “en el estado actual de nuestras informaciones”, este hombre actuó solo, que no estaba fichado como radical y no tenía un vínculo claro con Daesh. Como si esa fuese la cuestión. Como si Daesh no fuera, precisamente, lo contrario de un organismo al que se está más o menos claramente afiliado. Y como si la originalidad de su funcionamiento no radicase, justamente, en no necesitar para operar un comité central que distribuya órdenes, responsabilidades ni blancos. Daesh es el Califato más Twitter. Es la uberización de un terrorismo de proximidad y de masas. Es la influencia sin contacto, por contagio y sugestión relámpago. Estadio supremo del nihilismo, tal vez llegado al final de su loca carrera. Se puede ser un soldado del nuevo ejército y no haber sido reclutado, ni adiestrado, ni siquiera contactado nunca.

Tercero. La reivindicación. ¡Ah, con cuánta ansiedad hemos esperado esa famosa reivindicación que, se suponía, habría de firmar el crimen cuando llegase! ¡Con cuánta excitación la hemos recibido! ¡Y qué debates bizantinos sobre su formulación, su timing y sobre el hecho de que esta vez el comité invisible haya necesitado 30 horas para emitirla en vez de 24! La verdad es que, una vez más, nada de todo esto tiene la menor importancia. Como tampoco la tenía ya en tiempos de las Brigadas Rojas, que lo mismo dejaban sus masacres sin reivindicar que, por el contrario, reivindicaban las que perpetraban las organizaciones rivales cuando esto servía a sus intereses.

Y con más razón Daesh. Con más razón esta nebulosa de gánsteres sin código ni honor que no tienen ninguna razón para adaptarse obedientemente a los perfiles trazados por nuestros expertos. Unas veces el efecto de terror requiere una firma (incluso cuando no se tiene nada que ver). Otras veces el terror es mayor cuando se deja a los supervivientes en la perplejidad y la duda (y en Mosul se deben de estar riendo mucho de la ingenuidad de nuestros daeshólogos, que glosan y glosan unos comunicados improvisados). El islamismo es un oportunismo. Bajo la losa del radicalismo, una retórica chapucera a la que no guía ninguna moral.

Cuarto. ¿Qué? ¿Un islamista que no iba a la mezquita? ¿Que no guardaba el Ramadán? ¿Que bailaba salsa? ¿Que bebía cerveza? Pues sí. Porque el islamismo, en efecto, no es una religión, sino una política. O, más exactamente, ya no es una versión del islam, puesto que, antes que nada, es una variante de esa forma genérica de política que desde hace un siglo llamamos “fascismo”. De tal modo que si bien este vínculo sigue siendo intenso, si bien es esencial y constitutivo, si bien el yihadismo es, desde sus orígenes, es decir desde la aparición de los Hermanos Musulmanes, una forma específica y explícita de nazismo, ese vínculo, el vínculo con la fe, muy bien puede ser más difuso y actuar únicamente como refuerzo y, de hecho, es más difuso a medida que nos alejamos del corazón teológico y político para penetrar en la vasta y nebulosa periferia en la que se activan los ultimi barbarorum. Mohamed Lahouaiej Bouhlel era la prueba. Era la imagen de un Daesh que ha llegado, eso esperamos, al término de su posible extensión y ha perdido, como no podía ser menos, la distinción de sus consignas.

Quinto. ¿Por qué Niza, finalmente? ¿Por qué Francia? ¿Y qué pecado hemos cometido para encontrarnos, una vez más, en el campo de fuego? Otra pregunta errónea. El arquetipo de las preguntas erróneas. Y, como siempre que se parte de una pregunta mal planteada, respuestas en las que el absurdo (el mito de las “represalias” que se supone pretenden castigar una implicación militar en Siria que siguió, y no precedió, a los ataques contra Charlie Hebdo y el supermercado kosher) rivaliza con el gusto por la sumisión (olvidemos nuestra legislación sobre el velo, flexibilicemos nuestro laicismo, transijamos…).

El yihadismo golpea por todas partes, esa es la verdad. Le sobran objetivos y escoge, una vez más, según la lógica de la pura oportunidad. Un día Orlando. Otro, Túnez o Bangladés. Otro, si es allí donde encuentra la falla, Bruselas, Estambul o, como ahora, Niza. No hay que buscar en esta dispersión de blancos atacados a ciegas más sentido del que tiene. Sobre todo, no hay que hacerle a la yihad el regalo de imaginar no sé qué cerebro que programa sus ofensivas como quien juega una partida de ajedrez. Solo nuestras debilidades hacen fuertes a esas gentes. Y la tentación de sobreinterpretar, de ver signos sutiles por todas partes, de atribuir a esas almas mezquinas una dignidad lógica de la que carecen es sin duda una de nuestras debilidades.

Bernard-Henri Lévy es uno de los fundadores del movimiento “Nouveaux Philosophes” (Nuevos Filósofos) y autor de, entre otros, el libro Left in Dark Times: A Stand Against the New Barbarism [La izquierda en tiempos oscuros: una toma de posición contra la nueva barbarie].

Traducción de José Luis Sánchez-Silva.

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Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

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