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¿Acaso la gente se ha vuelto fascista?

El populismo pulula por Occidente -coincidiendo, no tan curiosamente, con el yihadismo– y la democracia tradicional reacciona con simplezas como denominar fascista al que se ha incubado en la derecha y revolucionario o indignado al que se han organizado desde la izquierda. Siempre esa supremacía moral, desde luego.

En el Reino Unido, ganan el Brexit; en Austria, las elecciones generales; en Francia, las locales; en España, las grandes ciudades…

En EEUU, Trump barre en la Campaña presidencial para lograr, de calle, la candidatura republicana, ante el estupor de un partido demócrata que, por lo visto, no tiene a mano mejor lider que la señora de Clinton. Menuda pareja de candidatos.

Pues bien, si repasamos las sesudas reflexiones de la derecha y de la socialdemocracia en torno a esta cascada de éxitos populistas nos encontraremos, seguramente con razones fundadas para ello, con todo un arsenal de vituperios contra los líderes de estos movimientos.

Pero -y esto es, en mi opinión, lo más importante- , prácticamente ni una palabra sobre los gravísimos errores que han favorecido desisivamente este nuevo escenario y que han sido cometidos por una caterva de irresponsables y mediocres políticos que han dejado vacíos de principios, proyectos y modelo a los partidos que han sustentado las ya viejas democracias occidentales.

Como todo pueblo acaba teniendo el gobernante que se merece, sobre todo en democracia, porque lo elige, no debería extrañarnos lo que está ocurriendo. En España la ruina vino de la mano del Zapatero guerracivilista y liquidador de nuestra reconciliación. Labor continuada por un muchacho, ZPedro, que jamás imaginó que podía llegar tan lejos. Iceta, se limita a bailar singularmente la sardana independentista. Y el coletas es, fundamentalmente, un alumno aventajado de la escuela zapatética, loco por merendarse a un socialismo en estado patológico.

Pero ya se cuidarán muy mucho los estupefactos de insultar a los votantes de tales populismos con la misma tranquilidad con la que se desahogan contra sus líderes. Entre otras razones porque saben que esa es la misma gente que antes les votaba a ellos tienen verdadero pánico a que no vuelvan jamás al redil.

Pero centrándonos en EEUU, motivo de mi viñeta, podría resumir la estupefacción del Sistema alegando que el tirón de Trump es tanto más grande cuanta más decepción ha causado Obama, ¿recuerdan?, aquel icono de la progresía que, nada menos que político Premio Nobel de la Paz, que ha llenado sus mandatos de ruina económica, suicidas ‘primaveras árabes’, surrealistas alianzas de civilizaciones y multiculturalismo, ingente desvertebración terirtorial, prédicas sobre la inocencia infinita del Islam y cariño, mucho cariño, para con determinadas y adineradas teocracias.

El resultado salta a la vista. Dios nos coja confesados. Estamos destrozados por dentro; acosados por compatriotas desintegrados por pertenecer a otra cultura; y amenazadados desde el exterior por un islamismo que no concibe la convivencia con lo poco que queda de nuestra cristiandad.

Y ojalá me equivoque: Trump no se parecerá en nada a Reagan y me temo que cualquier cosa será posible, salvo que -como aquí el Comité Federal de ZPedro- otros poderes estadounidenses le hagan entrar en razón.

Porque sólo nos salvará volver al sentido común de nuestros padres.

EQM

Mohamed Riad, el terrorista del tren alemán:

“Os combatiré hasta el último latido y os mataré. Yo he vivido entre vosotros en vuestras casas y he planificado (el ataque) contra vosotros en vuestro territorio, os voy a degollar en vuestras casas y vuestras calles”.

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La venganza de la ocultación

Las autoridades tienen miedo. A los refugiados llegados y a los que llegarán. Pero ante todo tienen miedo a sus electores.

Hermann Tertsch en ABC, 220716.

Ya está aquí. La pesadilla más temida. Un joven refugiado graba un vídeo en el que se proclama feliz porque va a matar al mayor número posible de infieles en Alemania para mayor gloria del islam y de Estado Islámico. Y como pago directo de brutal desprecio por haber sido acogido y cuidado en Alemania. «He vivido en vuestras casas y os voy a cortar el cuello».

Solo le faltó dar gracias personalmente a Angela Merkel. Es el perfecto escenario del horror para la canciller alemana. La consumación de una amenaza que se ha querido minimizar o negar desde el 4 de septiembre de 2015, cuando ella decidió abrir de par en par las fronteras alemanas. Aquella decisión personal, con convicción y buena fe, ha causado un terremoto de aún incalculables consecuencias. Entre sus efectos ya consumados muchos incluyen el Brexit, el auge espectacular de partidos populistas y las tensiones sin precedentes entre miembros de la UE. Nadie sabe si algo habría sido distinto con otra decisión.

Con una reafirmación incondicional de fronteras, leyes y procedimientos vigentes. No se hizo. Ya no importa. La UE está sumida en una crisis realmente existencial. Ya tiene un miembro menos. Y su credibilidad colapsa. En cuestiones de mayor calado que la estabilidad presupuestaria o el rescate de Grecia. La seguridad, la libertad y la identidad asumen el protagonismo. Ya es imposible separar inmigración y comunidades musulmanas del colapso de la percepción de seguridad de los europeos. Con el terrorismo islamista convertido en amenaza cotidiana general y obsesión, las sociedades europeas exigen seguridad. Quieren soluciones a su angustia. Si no las ofrecen los partidos democráticos tradicionales, las buscarán en otros.

El atentado del joven afgano de 17 años que armado con un hacha y cuchillo hirió a pasajeros en un tren en las proximidades de Würzburg es una bomba para Merkel en un panorama general de inseguridad. Se cumplen los peores augurios expuestos con la llegada de ese millón en pocos meses. Ahora se reconoce, por ejemplo, que nadie sabe ni la edad real ni la procedencia del «afgano de 17 años» del hacha, que podría ser un paquistaní de 22 o 23.

Un pequeño ejército de suicidas puede provocar el colapso general de la seguridad en el continente. Son 55.000 los menores sin compañía que se estima han entrado desde aquella fecha. Más centenares de miles con menos de cuarenta. La inmensa mayoría pacífica deseosa de una nueva vida. Pero nadie sabe cuántos componen esa minoría con intención bien distinta. La otra bomba, la política, es el escándalo de la ocultación del peligro por las autoridades.

En muchos países se están falsificando estadísticas para que no reflejen esta relación entre inmigrantes ilegales y la inseguridad. Se ocultan o minimizan miles de agresiones sexuales y otros delitos. Con el atentado de Würzburg no podían negar que fuera un refugiado musulmán. Pero fue grotesca la obsesión por negar el carácter islamista del crimen.

Eso después de Niza, donde el supuesto loco contaba con una célula de apoyo. Ya se disponía del referido vídeo del terrorista de Würzburg y había reivindicado el IS y aún se presentaba el atentado como obra de un desequilibrado, abatido por la muerte de un amigo. Las autoridades tienen miedo. A los refugiados llegados y a los que llegarán. A las comunidades islámicas, que ni son controlables ni colaboran con la Policía.

Pero ante todo tienen miedo a sus electores. Tienen miedo a la venganza de unas sociedades con miedo cuya seguridad han puesto en peligro por cuestiones ideológicas. Y cuya defensa entorpecen por su incapacidad de exponer en toda su crudeza una dramática situación creada precisamente por una política de permanentes ocultaciones.

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Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

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