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Pero… ¿hay alguien ahí?

Ayer recibí el Manifiesto ‘En defensa de una alternativa constitucionalista en el País Vasco’ [ver ut infra], que han redactado el filósofo Fernando Savater y Gorka Maneiro, portavoz de UPyD y diputado en el Parlamento Vasco, con motivo -como cuenta Santiago González en su blog– del adelanto electoral anunciado por el lehendakari Urkullu.

Me apresuro a subrayar que ya lo he firmado, acompañando a otros muchos, entre ellos personas muy conocidas en el ámbito público. Y lo he hecho, esencialmente, porque comparto abrumadora parte de lo manifestado.

El problema más grave que tiene ese manifiesto -pleno de sentido común- es que, fatalmente y como ocurre con otros análogos, la sociedad destinataria ha sido adiestrada, desde 1978, para no pasar del párrafo primero, gracias una monstruosa ingenuidad -quiero creer- que dió como fruto, también, el lapidario y constitucional Título VIII de la Constitución Española.

En consecuencia, estoy convencido de que nuestra sociedad lo recibirá con el ya tradicional minuto de silencio, todo un símbolo protocolario de un duelo que pocos sienten verdaderamente.

Sé que muchos me tacharán de pesimista pero tengo el peor concepto de esta sociedad que entre todos hemos construído/destruído.

Porque la considero complaciente con una política aconstitucionalista, degeneradora, inmovilista. Silente ante los ataques a la unidad de España, favorable a las desigualdades en el Pais Vasco y Cataluña e indiferente ante de la derrota del Estado.

Complaciente ante las desigualdades entre ciudadanos, impulsora de la lucha de ‘géneros’, atraída por nacionalismos y populismos, lectora de hojas parroquiales y televidente de masiva basura.

Comprensiva ante la corrupción sistémica y sin IVA, encantada con el aprobado general educativo y masoquista ante farmaindustria y las listas de espera.

Que no se siente víctima ni siquiera del terror vivido por sus compatriotas, palabra que ya le suena a viejo, cuando no a franquista; con un modelo familiar arrumbado y donde los ‘pezqueñines’, los papas y los abuelos, ya no son, en absoluto, lo que eran.

E impasible ante otros conceptos -como progresía, laicidad, modernidad, construcción- enarbolados por todos y que, por falta de la más elemental atención, ya no son la panacea para nadie.

En los actuales tiempos del pokémom en la Puerta del Sol, los antiguos pilares de los pueblos -familia, maestro, párroco, alcalde, guardia civil, médico, etc.- ya no son más que fantasmas sustituídos por un nuevo marco -vendido y comprado como atractivo y atrayente- impulsado por una bastarda economía global y basado en el wasap, el consumismo, el egoismo, la falta de autoridad de quienes tienen que instruir o educar y la convicción de que el trabajo, el mérito, la capacidad y el esfuerzo son una maldición que ni siquiera tiene ya origen divino.

¿Qué quiero decir con todo esto?

Que la reversión del hundimiento con el que vamos acercándonos al fondo sólo será posible mediante el pacto de los pocos que van quedando con capacidad para rescatar los restos del antiguo sentido común, con el fin de esbozar un nuevo modelo de convivencia democrática representativa, sólida y patriótica, que deberá ponerse en práctica con toda la paciencia y complicidad del mundo -no menos de los 15 años orteguianos– y que dé paso a una nueva sociedad regenerada, establemente democrática, dispuesta a defenderse y apoyada en los principios de su ancestral cultura occidental y cristiana.

Todo ello suponiendo, obviamente, que los ciudadanos actuales estén dispuestos a ello.

Desengañémomos: somos/estamos en minoria. No vayamos, pues, a tropezar y caer en la piedra puramente sentimental que tan brillantemente criticaba Savater el pasado sábado en El País.

EQM

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Manifiesto
En defensa de una alternativa constitucionalista en el País Vasco

Los abajo firmantes constatan la necesidad de defender en Euskadi una alternativa política constitucionalista, regeneradora y reformista que defienda la unidad de España frente al insaciable nacionalismo que pretende romper la ciudadanía compartida, profundizar en las desigualdades entre ciudadanos y entre territorios y poner en cuestión los cimientos básicos del Estado.

Nosotros reivindicamos una alternativa política que defienda la igualdad de derechos y deberes en Euskadi y en todo el territorio nacional, que haga frente con argumentos y sin complejos al nacionalismo obligatorio y al populismo, que reivindique la libertad ideológica, que abogue por acabar con la política de imposición lingüística, que defienda unos medios públicos de comunicación plurales, objetivos, profesionales y al servicio de toda la ciudadanía y que lleve a las instituciones medidas eficaces de regeneración de la democracia y de transparencia en la gestión del dinero público y contra la corrupción política, sea ésta visible o soterrada.

Proponemos una alternativa política que reivindique una educación abierta e ilustrada sin manipulaciones ni sectarismos de ningún tipo, que defienda un País Vasco plural y diverso —es decir, el País Vasco real, no el soñado por aprendices totalitarios— dentro de una España igualmente plural y diversa, pero unida para salvaguardar la ciudadanía de todos y cada uno de sus integrantes.

Creemos en el derecho a decidir, claro que sí, pero en el de todos los ciudadanos del Estado de Derecho con voz y voto sobre nuestra sociedad común; en cambio, no concedemos a nadie el derecho a decidir quién debe decidir y quién no respecto a lo que nos concierne a todos: las democracias no están formadas por “pueblos” ni “tribus”, sino por ciudadanos a los que pertenece por igual todo el espacio que comparten. Y, por tanto, creemos también en una Europa sin fronteras interiores en busca de una ciudadanía común para afrontar unida y solidariamente los grandes desafíos actuales.

Queremos impulsar una alternativa constitucionalista, progresista, laica y regeneradora que haga frente a toda forma de corrupción económica y política, a los prejuicios de género o etnia, a los abusos de la identidad nacionalista convertida en fetiche excluyente, al populismo que quiere resolver los problemas reales con proclamas fantásticas y a los que siguen defendiendo la historia criminal de ETA para beatificar políticamente a quienes no tienen otro mérito político que ser herederos de ella.

Proponemos una alternativa política decente que defienda la memoria de las víctimas del terrorismo e impida la tergiversación de la historia que algunos pretenden; una alternativa que defienda una Euskadi moderna y avanzada, que favorezca el crecimiento económico y la creación de empleo estable, digno y de calidad así como la igualdad de oportunidades y un futuro mejor para nuestros jóvenes, tanto en nuestra comunidad autónoma como en el resto de España. Estamos seguros de que un País Vasco plural y diverso, constituido por ciudadanos libres e iguales, colaborará activa y solidariamente en la resolución de los principales problemas del conjunto de España.

Queremos una opción moderna y constructiva, atractiva y atrayente, que apunte al futuro común y no al ombligo local, que ilusione a todos en la tarea compartida y que permita a cada cual vivir su propia identidad como considere más provechoso.

Promotor: Gorka Maneiro (portavoz de UPYD).
Redacción: Gorka Maneiro y Fernando Savater (filósofo).
Adhesiones iniciales: Javier Tajadura (profesor de Derecho Constitucional en la UPV), Carlos Fernández de Casadevante (catedrático de Derecho Constitucional Público y Relaciones Internacionales), Teo Uriarte, Olivia Bandrés, María San Gil, Josu de Miguel Bárcena (profesor de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Barcelona), Rafael Lasaga (profesor de Derecho Constitucional en la UPV), Jesús Muñoz Baroja, Santiago González (periodista), Cayetana Álvarez de Toledo, Hermann Tertsch (escritor) y Luis del Pino (periodista).

Tóxico

El sentimentalismo en la esfera política es la expresión de emociones sin el contrapeso del juicio crítico

Fernando Savater en El País, 300716.

Si tuviese que aconsejar un libro para entender la actualidad política en España y en Europa recomendaría Sentimentalismo tóxico (Alianza), de Theodore Dalrymple (seudónimo de Anthony Daniels, médico y psiquiatra que ha trabajado en una prisión y conoce varios países africanos y los problemas de la ayuda al desarrollo). Como soy muy sentimental conozco los peligros de esta dolencia a escala personal pero el libro no trata de ellos. Critica en cambio la intrusión del exhibicionismo sentimental en la argumentación sobre asuntos públicos, en detrimento de la lógica y la motivación racional.

El sentimentalismo en la esfera política es la expresión de emociones sin el contrapeso del juicio crítico. Permite o exige a las autoridades adoptar medidas halagadoras de los buenos sentimientos según sus estereotipos, evitando soluciones más impopulares pero basadas en el análisis de los hechos: la demagogia es sentimental. “El intento de llenar las mentes que carecen de cualquier otra información ha llevado al adoctrinamiento a base de sentimentalismo”, dice Dalrymple. La expresión pública del sentimentalismo es coercitiva e intimidatoria: ¡ay de quien no se una prontamente a ella o se atreva a criticarla! Si uno aspira a la popularidad, debe llevar el ramo más grande de flores al túmulo de las víctimas…

La obra repasa ejemplos centrados en la educación, la atención a los desfavorecidos y marginados, o la propia moral, donde la proclamación del amor al bien sustituye en ocasiones al sentido de la responsabilidad. Trata de refilón un campo especialmente sensible en nuestro país, el de la violencia de género. Y no menciona otros donde la toxicidad sentimental es particularmente agresiva, como el nacionalismo o nuestra relación con los animales y sus supuestos “derechos”. Quizá habría que pedir un apéndice para uso de españoles…

El nihilismo Europeo

La crisis europea procede del abandono de lo que han venido siendo los pilares fundamentales de Europa: la sabiduría de la filosofía griega, el sentido del derecho de los romanos y la verdad de la fe cristiana. Ninguno de los tres es de origen europeo. Europa es, por voluntad propia, heredera y depositaria de ellos. Con ellos forjó su historia, y si los abandona dejará de ser ella misma.

Ignacio Sánchez Cámara en ABC, 310716.

En una conferencia sobre la responsabilidad del estudiante con la cultura, pronunciada en Múnich el 3 de mayo de 1954, se refería Romano Guardini al «nihilismo europeo». Eso es precisamente lo que estamos viviendo, nuestra enfermedad. Falta determinar si se trata de un trastorno transitorio o de una enfermedad letal.

La salida del Reino Unido de la Unión Europea es grave, pero mucho más como síntoma que como hecho en sí. Hay que distinguir siempre entre apariencia y realidad, y entre profundidad y superficie. La política, pese a su rotunda presencia en nuestras vidas, pertenece al orden de lo aparente y superficial. Las grandes crisis históricas no son nunca políticas. Lo grave no es esta dimisión europeísta de los británicos, sino los males profundos que revela. Nadie parece tener razón del todo. Ni la Unión Europea va bien ni la salida es la solución para los británicos. Pero, en cualquier caso, sería preferible la reforma desde dentro que la segregación. Si la Unión se ha equivocado, el Reino Unido lo ha hecho mucho más.

El referéndum, salvo casos excepcionales, es un elemento más propio del populismo y de la democracia directa que de la democracia representativa. Los sectores más ilustrados y los jóvenes se han decantado por la permanencia en la Unión. Una exigua mayoría se ha inclinado por una secesión que compromete a las generaciones futuras. El error acaso haya sido comenzar por la economía. Decía Robert Schuman, al final de su vida, que si hubiera tenido que volver a empezar habría comenzado por la cultura. Es preferible poner los cimientos en lo más profundo y sólido.

Hoy seguimos necesitando la forja de los Estados Unidos de Europa. Pero de una Europa fiel a sus raíces y a los principios que la constituyen, y que hoy se encuentra amenazada por una doble barbarie, una exterior (aunque, en buena medida, ya está dentro) y otra interior. La primera es visible y brutal; la segunda, apenas perceptible y aparentemente benigna, y, por ello, más peligrosa. Una mata los cuerpos; la otra aspira a apoderarse de las almas. La primera se combate con las armas de la fuerza (aunque no sólo con ellas); la segunda, con las de la inteligencia. Una es el terrorismo islamista; la otra, la barbarie intelectual y moral. Las dos habitan dentro de los límites de nuestras fronteras, aunque la primera proceda del exterior.

Todos hablamos de crisis, pero pocos se percatan de su profundidad. Nuestra crisis es, sin duda, económica y política. Pero esto pertenece al ámbito de lo más ruidoso y superficial. La crisis es, en su profundidad, cultural, moral y religiosa. Aquí se desarrolla la verdadera batalla. Por lo demás, la crisis económica y política, como es natural, posee raíces intelectuales y morales.

La crisis europea procede del abandono de lo que han venido siendo los pilares fundamentales de Europa: la sabiduría de la filosofía griega, el sentido del derecho de los romanos y la verdad de la fe cristiana. Ninguno de los tres es de origen europeo. Europa es, por voluntad propia, heredera y depositaria de ellos. Con ellos forjó su historia, y si los abandona dejará de ser ella misma. A estos tres cabría añadir la ciencia moderna, la democracia liberal y la Universidad, que es la institución de la inteligencia en busca de la verdad.

Frente al materialismo histórico hay que reivindicar la verdad del espiritualismo histórico. La base de toda sociedad, el suelo del que se nutre y vive, es moral y, en definitiva, religiosa. Y es esta base la que desde hace décadas (y tal vez siglos) se agrieta y desmorona. El sentido del derecho, la genuina filosofía y la fe cristiana se tambalean por obra del nihilismo. Este es la verdadera amenaza para Europa: el nihilismo emergente y, de momento, triunfante. Como siempre sucede, ha sido profetizado por las más claras inteligencias. La mayoría cree que vivimos inmersos en una gran civilización, pero asistimos a su crepúsculo. Pero, como Ortega y Gasset afirmó, el crepúsculo puede ser matutino o vespertino.

El nihilismo consiste en la negación del sentido de la realidad. Y como la cualidad del ser es la posesión de sentido (todo rebosa sentido), el nihilismo, en definitiva, niega el ser y, con él, la filosofía. Posiblemente, con precedentes griegos, surgió en Europa en el siglo XVIII. Más tarde, Nietzsche fue, quizá más que responsable, su genial profeta. La última acometida del nihilismo ha tenido lugar en los años sesenta con variadas manifestaciones, pero con una raíz filosófica o, mejor, cabría decir anti-filosófica: la teoría de la deconstrucción del posestructuralismo francés.

En contra de lo que suele pensarse, fenómenos como el totalitarismo, aunque se vistan con el ropaje de ideologías o creencias fuertes, viven, en el fondo, del nihilismo. Ambos se nutren de la negación de la condición personal del hombre, y esta es una de las primeras y principales consecuencias del nihilismo. Cuando se niega la verdad del sentido, sólo queda barbarie y violencia. Por eso, nada sería más torpe que culpar de la crisis a las religiones y, especialmente, al cristianismo. Por el contrario, siempre que Europa renuncia al cristianismo, se abandona a la barbarie. Tampoco es casual que los padres fundadores de la unidad europea fueran, en su inmensa mayoría, cristianos.

El panorama es sombrío y sobrecogedor. La violencia criminal está cada día más presente entre nosotros. Pero la historia nos enseña que Europa siempre ha renacido después de asomarse a la sima o, incluso, arrojarse a ella. Así sucedió con las amenazas de los totalitarismos. Europa los creó y Europa tuvo que derrotarlos. Este hecho permite albergar alguna esperanza de que el crepúsculo pueda ser matutino, y el triunfo del nihilismo, precario y transitorio. En cualquier caso, el nihilismo no puede ser el destino de Europa. Sería, si acaso, su defunción. Pero, como sugiere Rèmy Brague, en su libro «La vía romana», Europa podría renacer en otras latitudes porque Europa no es una realidad física o geográfica, sino espiritual. Europa vivirá siempre allí donde habiten la luz del sentido jurídico romano, la filosofía verdadera, la religión cristiana, la ciencia, la democracia liberal y la comunidad universitaria.

Ante la tempestad y la catástrofe, más que lamentos, lo que necesitamos es acertar con el diagnóstico. Y esa es la misión de la inteligencia. Puede parecer un recurso gremial, pero estoy convencido de que la barbarie europea es interior y sólo puede combatirse filosóficamente. Los bárbaros no proceden sólo del exterior, sino que llevan mucho tiempo entre nosotros, como afirmó Mac-Intyre, incluso gobernándonos. La barbarie europea es endógena; el remedio sólo puede ser endógeno. Y no es otro que la superación del nihilismo.

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Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

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