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The Love Letter [1902]. Pintura de Eugene de Blaas [Italia, 1843-1932]

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Mujeres que leen cartas, por Leonard Giovannini

Mucha sillita saltando Tapias matéricas y mucho Jackson Dripping, pero el que pinta unas italianazas que quitan el sentío es Eugene de Blaas. He aquí una prueba inclinando la balanza. Y aquí una perla, recogiendo ostras… ¡Cuando las venecianas de la época querían hacerse un selfi, llamaban a de Blaas!

En una de estas ragazze se ha encarnado K. Su mirada parece dirigirse ora a la carta, ora a su amiga; y no sabemos si su expresión se debe a las revelaciones del texto o al embarazo que le produce, de súbito, la compañía de la costurera. Esa que la contempla con arrobo de charnego agradecido.

[Texto aportado por L. Giovannini al texto de A. Espada en sus Diarios, 140816]

Sus más y sus menos

Arcadi Espada publicaba ayer en El Mundo un profundo artículo sobre la amistad [ver infra], ese asunto tan complejo y diverso como la propia personalidad. De la entrañable amistad al odio infinito, por miles de razones y/o emociones.

Se me ocurren, leyéndolo, muchas cuestiones al hilo: la primera -y seguramente más banal- es amistad vinculada a simples y emotivas aficiones, mercé a la cual se acaba sabiendo del colega más que sus ‘mejores’ amigos…

Creo, en fin, que la amistad es como la felicidad: momentos grupales que esconden toda una vida en triste soledad. Gracias a la vida en sociedad, claro.

Y ese odio nacido de la competencia, también por la vida, el bienestar, la pareja o, qué sé yo, esa herencia de los padres que puede acabar con toda la familia…

Últimamente me fijo en dos tipologías de amistad que dejan especial huella: la juvenil, que ayuda a crecer en indispensable compañia, y la senil, reconfortante en la alucinante despedida.

O la amistad tertuliana, ahora digital, como en los foros de reflexión y debate, que permite compartir el intelecto hasta cotas impensables en el resto de la vida cotidiana.

También esas concomitancias que giran alrededor: bilateralidad, dominancia, admiración, necesidad, identificación, envidia, atracción, generosidad, etc, y sus ‘anticuerpos’.

Muy curioso los resultados de la sociografía [que debería estar en RAE y no lo está], especialmente cuando del sociograma -radiografía grupal- se trata. Apareciendo el líder donde menos lo esperamos: a veces por su brillatez pero otras muchas más por su equilibrante bonhomía.

Al fondo, como muestra más de la eterna relatividad, siempre hay tantos tipos de amistad como personas la sienten.

Con el añadido de que una cosa es lo que nosotros interpretamos sobre la misma y otra muy distinta la que acaba siendo, llena de contradicciones que la convierten en prácticamente indefinible.

Lo cual me recuerda esos constante esfuerzos en dogmatizar lumbreras empleando los test de inteligencia que, pobrecitos, obtienen engañosos resultados fieles a las limitaciones de quíenes los crearon y terminan considerando inteligente a quien es sobradamente tonto para otras tantas cuestiones tan o más importantes [cuántas formaciones personales -cuántas vidas- ha destozado la psicología por esta causa].

En fin, lo aconsejable es cultivar las gratificantes emociones en los momentos álgidos de la amistad y tomarse con tolerancia zapatética y resignación la pérdida del amigo, bien porque finalizó su transcurrir, bien porque vete tú a saber por qué se alejó de nuestra vidas.

O nosotros de la suya.

EQM

Ilustración de Santiago Sequeiros [Argentina, 1971] en El Mundo, 140816, para el texto de Arcadi Espada.

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Es uno de mis mejores amigos

Arcadi Espada en El Mundo, 140816.

He leído en el Times (su versión española mejora cada día) la noticia de un experimento sobre la amistad que supone una interesante lección de vida. El estudio se titula ¿Eres amigo de tus amigos? y entre sus objetivos está el de demostrar cómo la mala percepción de los lazos de amistad dificulta la capacidad de promover cambios de conducta. El estudio lo ha publicado la revista Plos One y en él ha participado Alex Pentland, que investiga en el MIT y es lo que antes se llamaba una eminencia, en Big Data y otros asuntos de la intimidad. Los resultados parecen probar que sufrimos un grave y extendido equívoco: ‘El estudio analizó los vínculos de amistad entre 84 individuos (entre 23 y 38 años) en una clase de administración de empresas, a los que se les pidió clasificarse entre el uno y el cinco de una cercanía que iba desde el No conozco a esta persona a Es uno de mis mejores amigos. El sentimiento era mutuo en el 53% de los casos, mientras que la expectativa de reciprocidad se fijó en un 94%. Esto coincide con datos de otros estudios sobre amistad realizados en la pasada década, que han incluido a más de 92.000 sujetos, y en los que las tasas de reciprocidad oscilaron entre el 34% y el 53%’. O sea, que puede que la mitad de nuestros amigos no nos consideren como tales. Y no sé hasta qué punto es consuelo o agrava el problema la hipótesis subsiguiente, esto es, que la mitad de los que consideramos como nuestros conocidos se declaren ingenuamente nuestros amigos. Aparte de los trastornos íntimos, uno y otro asunto parecen capaces de averiar la máquina social de la cooperación.

Es probable que tú y yo estemos sujetos también al equívoco. ¡Más tú que yo, creo! Entre lo que he frecuentado de la oceánica literatura que va de Séneca a Zuckerberg, una anotación de Jules Renard en su diario me sigue pareciendo capital: ‘No hay amigos, sino instantes de amistad’. Es una afirmación valiente, porque no gusta nada a los que se consideran tus amigos y, con su escéptica profilaxis, desanima a los que podrían serlo. Pero siempre me ha parecido una afirmación cargada de conocimiento sobre la naturaleza humana y una manera realista e inteligente de afrontar los quebrantos del desapego e incluso los de la deslealtad. Las circunstancias, los trabajos y los días van distribuyendo las personas alrededor de las edades. Esas mismas circunstancias las alejan. Quizá convenga tomárselo con cierta deportividad. Y responsabilizar a las circunstancias, más que a los hombres, regidos por azares y fuerzas que no pueden controlar.

Frente a Renard, Montaigne, obviamente. El porqué de su amistad con La Boétie es una sintética cumbre literaria: ‘Porque era él, porque era yo’. Una explicación que, preservando el misterio, parece decir una verdad esencial sobre la amistad. Pienso a menudo en este estricto encuentro de las naturalezas, a propósito de las afinidades políticas. ¿Cómo es posible que en los partidos y las organizaciones políticas, entre gentes que comparten una misma visión de las cosas, se desaten la enemistad y el odio hasta el extremo en que lo hacen? Es fama la frase, de atribución dudosa, de que existen adversarios, enemigos y compañeros de partido. Hay una explicación que la relaciona con la competencia y la voluntad de poder. Y con el contexto donde esas luchas se producen, que es el contexto de la afinidad y el único donde, en consecuencia, se puede producir la traición. El odio exaltado sería la respuesta a la convicción de que son los míos los que vienen contra mí. Véase la historia de las relaciones entre Ciudadanos y UPyD, extendida hasta ayer mismo, con su patética falta de acuerdo ante las elecciones vascas, para saber hasta qué respuesta desequilibrada lleva la conciencia de la traición. Pero la frase de Montaigne permite otra interpretación sobre la enemistad en política: nos odiamos porque él es él y yo soy yo. Puede que la afinidad ideológica no sea al final más que una cárcel para temperamentos incompatibles. Cualquiera lo habrá experimentado. De pronto se da el hecho extraño de que aparece alguien que ha vivido lo mismo, piensa lo mismo, lee lo mismo, escucha lo mismo, come lo mismo… y, sin embargo, un dictado misterioso impide la menor intimidad. Ahora imagina que te obligaran a ser amigo y cómplice de ese igual absolutamente incompatible. A esa olla a presión la llaman disciplina de partido.

Mientras rumiaba la carta escribí al psiquiatra Jambrina (¡cuánto te convendría!), que ya sabes es uno de mis pares favoritos, para que revisara el artículo del Times. Le pedí de paso recientes movimientos sobre la amistad. Citó a Paolo Crepet, Elogio de elle’amicizia, y a Sherry Turkle, Alone Together, esa antigua techie que se cayó del caballo de la tecnología. También le han hablado bien de On Friendship, de Alexander Nehamas. Pero lo que me fue más útil fue su recomendación de Jean-Luc Hennig,De la amistad extrema (Ariel), un análisis de la relación entre La Boétie y Montaigne, es decir, el paradigma de la amistad propiamente dicho, ‘lo más profundamente libre que existe’, voy citando a Hennig, ‘porque no está sometida a vínculos de sangre, ni de esperma ni de poder. Una libertad voluntaria, magnífico pleonasmo -aunque la libertad nunca es lo suficientemente pleonásmica- que se hace eco de la magnífica paradoja de la servidumbre voluntaria de La Boétie’. La conclusión del itinerario de Hennig, tan turbulento, confuso y excitado que, a veces, dan ganas de decirle monsieur, serénese, es de una gran belleza literaria: ‘Hay un lugar y un momento de plenitud feliz, una edad de oro donde los amigos podrán al fin abrazarse con su nombre, y ese paraíso es el ensayo De la amistad. La felicidad está ahí, y en ninguna otra parte. Y lo que Montaigne da a La Boétie son palabras, ninguna otra cosa más que palabras’. Cuando Montaigne escribió su célebre ensayo La Boétie estaba muerto. Sabíamos que los Ensayos fueron un modo de seguir la conversación interrumpida. Hennig, no obstante, sostiene algo más: que los Ensayos fundaron la amistad. Ya ves, por tanto, que el escéptico Renard habrá sobrevivido a su némesis y que la interpretación de Hennig me da una inesperada victoria.

No del todo feliz.

Tú sigue ciega tu camino.

A.

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Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

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