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El péndulo doble.

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Lío de líderes y no de electores

El Sistema democrático occidental está hecho un lío. Y no sólo en España.

Ana Palacio, el pasado sábado en El País [ver ut infra], a propósito de Trump en EEUU y de la subida neo conservadora radical en Europa, alerta sobre la sobrevenida ‘irracionalidad‘ de los ciudadanos demócratas y, simultáneamente, aboga por reformar pronto un Sistema que, evidentemente, no satisface a esos nuevos locos…

Mete también en el turmix, por supuesto, aderezos de todo un poco: violencia de género, nacionalismo, xenofobia, etc. Para troncharse.

Cualquier galimatías menos reconocer directamente que la gente está harta de un Sistema que a los ricos hace cada vez más ricos y a la clase media cada vez más pobre, con un Estado del Bienestar cada vez más irreconocible, una sanidad insostenible, una educación fabricante de bobos y una vejez sin pensiones…

Y, lo más importante, unos Estados-Nación que se han quedado sin alma, sin principios, sin emociones, a las putas órdenes de una Bruselas sin política exterior común, sin un marco sociosanitario común, sin una defensa común, sin una educación común, sin unas políticas de desempleo común…

Cuando el ciudadano capta que entre los unos y los otros la casa se está quedando sin barrer.. ¿a quien le extraña la aparición de partidos suministradores del elixir de la vuelta atrás?

Porque más vale patria conocida que vaya vd a saber qué.

EQM

pd. Ana Palacio ha sido Ministro de Asuntos Exteriores español; Vicepresidente senior del Banco Mundial; Vicepresidente del grupo público francés de tecnología nuclear Areva; representante del exprimer Ministro italiano Silvio Berlusconi ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo; y ex Vicepresidente de Commission pour la libération de la croissance française.

Actualmente es miembro del Consejo de Estado español; profesora visitante en la Universidad de Georgetown, miembro del Consejo de la Agenda Global del Foro Económico Mundial en los Estados Unidos; columnista de estrategias políticas de Project Syndicate; Vicepresidente de World Justice Project; miembro del consejo asesor de United Against Nuclear Iran; y Consejera Independiente Coordinadora de Enagás, S.A.

[y, seguramente, muchas más cosas que yo ignoro].

Paso a glosar el artículo de referencia que tienen íntegro más abajo.

Que doña Ana palacio este sobradamente preparada no impide que el artículo, además de ser un churro, indique con claridad el desconcierto del Sistema a la hora de entender qué está pasando con eso del hartazgo ciudadano y las nuevas inclinaciones electorales del ciudadano.

O yo el el caos, que también soy yo

1. “Trump, quien pone en jaque al establishment político con el objetivo de seducir los corazones de su país.” [Imagino que les seducirá con argumentos contra el Sistema y con el placer de que, con ellos, ponga en jaque al Sistema].

2. “Pese a que, hoy en día, las posibilidades de Trump de ganar las elecciones parecen disminuir, sería prematuro –y en realidad extremadamente arriesgado– descartar por completo esta hipótesis.” [O sea que puede ganar democráticamente las elecciones].

3. “Tal y como dejó patente en junio el referéndum sobre la salida de Reino Unido de la Unión Europea, los ciudadanos de los países democráticos son perfectamente capaces de tomar decisiones contrarias a sus propios intereses racionales –y esta tendencia viene ganando peso últimamente–.” [Están locos y no lo saben. Como decía Guerra, los votantes también se equivocan. ¿De verdad se han equivocado los británicos?].

4. “En un contexto de dificultades económicas y de crisis ligadas a la identidad nacional, y ante el populismo y sus instigadores del miedo –todo ello magnificado por medios de comunicación y redes sociales-. No no resulta difícil comprender que la opinión pública se sienta atraída por voces e ideas que dan consuelo y sirven de válvula de escape a la frustración.” [La crisis, el debilitamiento de la identidad, la complicidad mediática, el consuelo, el escape contra la frustación, son argumentos contra los intereses de una ciudadanía harta?].

5.” Líderes de la índole de Trump no hacen sino empeorar gravemente la situación, en la medida en que ponen en peligro el sistema fundado en normas que tanta prosperidad y seguridad nos ha proporcionado a lo largo de las últimas siete décadas.” [El problema de Trump y sus votantes es que ponen en peligro el Sistema, claro. Porque proporciona prosperidad y seguridad, ¿verdad?].

6. “Cada vez más occidentales consideran que ni la lógica ni la equidad de estas reglas [de la autoridad legal] son evidentes. Se crea de este modo un vacío que tratan de ocupar nuevos líderes sobre la base de su carisma personal y apelando a la tradición para ganar adeptos.” [¿Qué lógica? ¿Qué equidad? ¿Desde cuándo el carisma y la tradición no son valores de liderazgo democrático?].

7. “Sin duda, el sistema actual tiene graves deficiencias, y en nuestras democracias abundan los ejemplos de reglamentaciones descontroladas o de normas que se aplican de manera desigual. La frustración en torno al sistema presente no debería sorprender si a lo anterior se suman las diferencias de ingresos y la discriminación étnica o de género.” [Ahora resulta que sí tiene sentido la reacción ciudadana].

8. “Lo sensato sería reformar el sistema, y no avivar esta huida en masa que cada vez apoyan más individuos. La clave para salvar un orden fundado en derecho no estriba únicamente en demostrar su indiscutible superioridad, sino también en reconocer y resolver sus flaquezas.” [Ahora resulta que sí que hay que reformar el Sistema porque los ciudadanos tienen sobrados motivos para estar hartos].

9. “También corresponde a los dirigentes analizar nuestro modelo en profundidad para realizar cambios esenciales, como revisar los procedimientos de elaboración de las normas, para que el resultado se ajuste mejor a la realidad del mundo moderno.” [Ahora resulta que ni siquera la legalidad se ajusta a la realidad y al ‘mundo moderno’].

10. “Desarticulado por la modernidad, Occidente experimenta una vuelta a las identidades del pasado –nacionalismo, tribalismo, sectarismo– cuya fascinación reposa sobre su familiaridad y su permanencia.” [A los ciudadanos reactivo pasa a denominarles ‘Occidente’ y cuando habla de identidades se olvida del patriotismo y califica a otras, sempiternas, como ‘del pasado’].

11. “Pero, es bien sabido que las políticas identitarias pueden ser muy destructivas. Por ello, resulta vital que las comunidades fundadas en derecho, como el Estado moderno, se erijan en amarre para los individuos, rebasados por las turbulencias del mundo actual.” [Es decir, que las imprescindibles identidades colectivas y emocionales son incompatibles con el Estado de Derecho y fruto de ciudadanos ‘rebasados por las turbulencias’].

12. “Pero si queremos que el orden fundado en derecho sobreviva, éste deberá resonar tanto en las mentes como en los corazones de las personas”. [Ahora sí le parece bien las emociones identitarias].

13. “No está claro cómo abordar este proceso, pero sí que requerirá una base de valores comunes, y líderes que trabajen activa y consistentemente para ganar en credibilidad y cosechar la confianza de un público escéptico. De otro modo, veremos culminar el giro hacia un mundo ingobernable y moldeado por la pasión y las usurpaciones de poder.” [Ahora no sabe qué aconsejarnos aunque vuelve a dar trascendencia a los valores y reconoce que los actuales líderes carecen de la suficiente credibilidad ante el ciudadano. De lo contrario el caos, ‘la pasión’ y ‘la usurpación de poder’].

14. “El creciente atractivo de la irracionalidad debería servir de señal de alarma para los líderes racionales del mundo entero. Si queremos evitar que nuestras sociedades se precipiten contra las rocas atraídas por los cantos de sirena del carisma y la nostalgia, debemos comprometernos con la defensa del ordenamiento jurídico y liberarlo de su rigidez actual.” [El ciudadano se está volviendo loco, arropado por el carisma del líder y la nostalgia. Para evitarlo, defendámos la ley y seamos más flexibles con ella].

Racionalidad en tiempos de Trump

El vehemenente y volátil candidato a la presidencia de EE UU pone en jaque el ‘establishment’ político

Ana Palacio en El País, 100916.

En la tragedia clásica griega Las Bacantes, el dios Dionisos, motivado por la sed de venganza y decidido a reconquistar el alma de la ciudad de Tebas, se enfrenta al inflexible e intolerante rey Penteo, cuya rigidez –su voluntad de neutralizar, en lugar de entender o encajar, las emociones avivadas por el apasionado y poco convencional Dionisos– acaba por suponer su ruina. Dionisos sale victorioso y Penteo sucumbe.

Hoy es el vehemente y volátil candidato a la presidencia de Estados Unidos, Donald Trump, quien pone en jaque al establishment político con el objetivo de seducir los corazones de su país. Pero, Trump no es un dios. Es más, las repercusiones de su eventual victoria serían mucho peores para su nación de lo que lo fueron para Tebas, y el impacto del daño tendría alcance global.

 Pese a que, hoy en día, las posibilidades de Trump de ganar las elecciones parecen disminuir, sería prematuro –y en realidad extremadamente arriesgado– descartar por completo esta hipótesis. Tal y como dejó patente en junio el referéndum sobre la salida de Reino Unido de la Unión Europea, los ciudadanos de los países democráticos son perfectamente capaces de tomar decisiones contrarias a sus propios intereses racionales –y esta tendencia viene ganando peso últimamente–.

Esta paradoja presenta, sin embargo, una cierta lógica. En un contexto de dificultades económicas y de crisis ligadas a la identidad nacional, y ante el populismo y sus instigadores del miedo –todo ello magnificado por medios de comunicación y redes sociales–, no resulta difícil comprender que la opinión pública se sienta atraída por voces e ideas que dan consuelo y sirven de válvula de escape a la frustración.

Fantasear con deus ex machina resulta tentador, pero no contribuirá a la resolución de ningún problema. Líderes de la índole de Trump no hacen sino empeorar gravemente la situación, en la medida en que ponen en peligro el sistema fundado en normas que tanta prosperidad y seguridad nos ha proporcionado a lo largo de las últimas siete décadas.

Hace un siglo, el sociólogo Max Weber distinguió tres tipos de legitimidad sobre las que puede reposar la autoridad de un Gobierno: tradicional (un sistema heredado), carismática (ligada a la fuerza de la personalidad de un líder) y legal (conjunto de normas racionales aplicadas de forma justa). Para Weber, el Estado moderno descansa con toda claridad sobre la legitimidad legal.

Pero, en contra de la presunción de Weber, cada vez más occidentales consideran que ni la lógica ni la equidad de estas reglas son evidentes. Se crea de este modo un vacío que tratan de ocupar nuevos líderes sobre la base de sucarisma personal y apelando a la tradición para ganar adeptos. Esta fórmula ha proliferado, desde los populistas occidentales de extrema derecha, hasta las células de captación del ISIS.

Sin duda, el sistema actual tiene graves deficiencias, y en nuestras democracias abundan los ejemplos de reglamentaciones descontroladas o de normas que se aplican de manera desigual. La frustración en torno al sistema presente no debería sorprender si a lo anterior se suman las diferencias de ingresos y la discriminación étnica o de género.

Lo sensato sería reformar el sistema, y no avivar esta huida en masa que cada vez apoyan más individuos. La clave para salvar un orden fundado en derecho no estriba únicamente en demostrar su indiscutible superioridad, sino también en reconocer y resolver sus flaquezas. Es el único camino para que los ciudadanos vean de nuevo las normas como fuente de protección, no de opresión.

La reforma no será sencilla. En política, resulta mucho más fácil –y, desde un punto de vista electoral, más rentable– criticar un sistema por sus imperfecciones, que defenderlo. Pero debemos defenderlo, y los dirigentes deberán explicar con contundencia por qué son necesarias las normas, y sensibilizar a la opinión pública sobre las razones por las que el sistema funciona como funciona.

También corresponde a los dirigentes analizar nuestro modelo en profundidad para realizar cambios esenciales, como revisar los procedimientos de elaboración de las normas, para que el resultado se ajuste mejor a la realidad del mundo moderno.

Ante la inminencia de los cambios actuales, existe la percepción de que el proceso de legislación formal es demasiado lento para mantenerse al día. Pero la seguridad jurídica que se deriva de estos procesos formales es crítica para reforzar la estabilidad que exige la senda de la prosperidad sostenida. Se necesita un enfoque actualizado que permita la evolución legislativa en un contexto de constante mutación, y con ello asegure que las normas respondan mejor a las necesidades de los ciudadanos.

El último paso para revitalizar el orden basado en normas y vencer al Dionisos destructivo de este mundo es a la vez el más exigente: reforzar las comunidades fundadas en derecho. Desarticulado por la modernidad, Occidente experimenta una vuelta a las identidades del pasado –nacionalismo, tribalismo, sectarismo– cuya fascinación reposa sobre su familiaridad y su permanencia.

Pero, es bien sabido que las políticas identitarias pueden ser muy destructivas. Por ello, resulta vital que las comunidades fundadas en derecho, como el Estado moderno, se erijan en amarre para los individuos, rebasados por las turbulencias del mundo actual. Dicho requisito implica superar la razón pura y establecer una conexión emocional con y entre los ciudadanos.

Este planteamiento puede parecer contraintuitivo. Por principio, la ley ha de ser racional e imparcial; ahí estriba su fuerza. Pero si queremos que el orden fundado en derecho sobreviva, éste deberá resonar tanto en las mentes como en los corazones de las personas.

No está claro cómo abordar este proceso, pero sí que requerirá una base de valores comunes, y líderes que trabajen activa y consistentemente para ganar en credibilidad y cosechar la confianza de un público escéptico. De otro modo, veremos culminar el giro hacia un mundo ingobernable y moldeado por la pasión y las usurpaciones de poder.

El creciente atractivo de la irracionalidad debería servir de señal de alarma para los líderes racionales del mundo entero. Si queremos evitar que nuestras sociedades se precipiten contra las rocas atraídas por los cantos de sirena del carisma y la nostalgia, debemos comprometernos con la defensa del ordenamiento jurídico y liberarlo de su rigidez actual. Después de todo, no lograrlo llevó a Penteo a la muerte.

Ana Palacio, exministra de Asuntos Exteriores y exvicepresidenta primera del Banco Mundial, es miembro del Consejo de Estado.

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Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

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