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Corrupción sistémica española

Toda la semana pasada dedicada al escándalo protagonizado por ZPedro, encadenado en su sillón de Secretario General del PSOE y demonizando a la derecha hasta incluir en ella a los socialistas históricos que todavía restan con sentido común, no es más que un indicador de cómo está el país.

En la viñeta me he dejado, pues, en el tintero, muchos calificativos poco halagüeños sobre nuestra democracia, que lleva desde su inicio cayendo en una muy  peligrosa deriva sin que nadie haga prácticamente nada por impedirlo.

De entre todos, creo que si tuviera que elegir el mal mayor de nuestra situación democrática me decantaría por la desastrosa educación establecida, al pairo del partido que gobierna en cada etapa y origen de la mayoría -que no todas- de las patologías que padecemos.

De ahí que me parezca muy interesante tanto algunos aspectos de la reciente declaración de José Borrell, manifestando que muchos de los hijos de los socialistas están abrazando la doctrina podemita, como la viñeta premonitoria de Forges en la que vaticinaba que llegaría un día en el que ‘nuestros hijos nos llamarán reaccionarios‘.

En todo caso convendría precisar, dejar claro, que cuando hablamos de corrupción no nos estamos refiriendo exclusivamente a la pública o política, sino al acto de corromper, echar a perder, la tabla de valores y actuaciones democráticas que conforman el Estado de Derecho.

De modo que si hay verdadera voluntad de regeneración, esta sociedad tiene mucho trabajo por delante y para muchos años.

EQM

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Seducido por la ruptura

Aunque no lo sepa, o lo que es peor, no le importe, los pasos que ha dado Pedro Sánchez muestran una profunda seducción por la ruptura política, aunque este fenómeno, siendo justos, pueda ser achacable en la actualidad a casi todo el PSOE. Desde que hace ya unos años José Varela Ortega apreciase el cambio en la médula filosófica de este partido, causada por su deriva izquierdista, era coherente que con el paso del tiempo la acumulación de problemas lo fuera transformando de un partido reformista, con especial protagonismo durante la Transición en la formulación de este sistema, en un partido rupturista, hasta llegar a la aberrante situación de bloquear la existencia de un Gobierno.

Eduardo Uriarte Romero en Fundación para la Libertad, 031016.

Sin embargo, hay que apreciar que en general la clase política española, en cuanto empieza a vislumbrar un futuro preocupante para su formación, opta por radicalizarse y buscar soluciones en la ruptura del sistema, sea el caso del PNV con Ibarretxe y el actual proceso de secesión del nacionalismo catalán promovido por el moderado en su día Mas. Pero en general la sociedad, el pueblo, la gente, cuando se indigna, después de haber demostrado un gregarismo y docilidad llamativa, opta por romperlo todo y fervorosamente apoya una opción antisistema como es Podemos.

En general los españoles -catolicismo y salida del Antiguo Régimen no del todo resuelta como posibles causas- son genéticamente antisistema, sólo la generación que salía de una guerra y una larga dictadura dio muestras de racionalidad, ahora volvemos a la esencia emotiva y anarquista del pueblo español. Por eso los dirigentes políticos cuando se encuentran ante problemas se refugian en la llamada al pueblo, o las bases, radicalizando su discurso. Sánchez no era un radical, el quehacer en Ferraz y los consecutivos fracasos heredados de una deriva izquierdista en su partido, con el exclusivo discurso de la fobia maniquea hacia el PP, le han llevado a lo que hoy es, un político defenestrado por refugiarse en el populismo rupturista.  Le ha llegado finalmente el volantazo, más cruel que el que padeció Zapatero y con consecuencias peores para el PSOE. La historia se repetirá si el PSOE no reflexiona, y el siguiente que venga le hará bueno a Sánchez como hoy lo parece ZP.

El hecho de que Pedro Sánchez intentara un gobierno con todas las formaciones rupturistas -los nacionalistas lo son por su apuesta secesionista y los de Podemos por su opción antisistema- es una prueba evidente de esa atracción por la ruptura con un sistema que lo considera contaminado por la derecha -lo que constituye a su vez una falsa excusa, porque toda democracia de verdad está contaminada por la derecha-.  A ello habría que añadir que el “no es no”, por su rotundidad y radicalismo, podría suponer un lenguaje ajeno al democrático, y la repugnancia expuesta por los barones críticos a la hora de facilitar el Gobierno a la derecha -que no repugnaron recibir el apoyo de Podemos en sus autonomías, salvo Susana Díaz que lo recibió de Ciudadanos- expresa que el virus del desencuentro democrático está extendido por todo ese partido, por muy sensatos que nos parezcan estos barones ante los excesos napoleónicos de Sánchez.

Por ello este centenario partido, a pesar de las experiencias que debiera haber acumulado en cuanto a los errores producidos por sus excesos izquierdistas en el pasado -incluida una guerra civil- hoy carece, en manos de su actual generación, de la sensibilidad democrática necesaria para apreciar y distinguir a los enterradores del sistema de los adversarios electorales. Una inversión ideológica hacia el anarquismo hispánico, que además de adjurar de la política, por burguesa, no entiende más procedimiento político que la toma directa del poder para la realización de toda su utopía. El socialismo español en la actualidad confunde la oposición con la ruptura, haciendo suyo el posicionamiento del populismo izquierdista.

Porque la oposición se hace dentro del sistema, implica control, pero también impulso para que éste, en manos del Gobierno, no decaiga. Para que haya oposición es necesario que haya gobierno, y si es coherente para los que abogan por la destrucción del sistema bloquear su existencia, no lo es para una izquierda que se separó de la revolucionaria hace ahora un siglo precisamente para conformarse reformista y participativa en la “democracia burguesa”. El bloqueo político que ha potenciado es una contradicción profunda, no siendo conscientes de ella sus promotores, con la misma naturaleza del partido socialista. Lo que hace no es política, es ruptura, y ésta no entraba en el ideario socialista desde la guerra civil.

Todo este impasse y desprestigio institucional provocado por el sabotaje a la formación del Gobierno viene muy bien a los que abogan por otro sistema alternativo, capitalizándolo consecuentemente ellos, pero no al socialismo reformista.  Es este el momento culmen de la fobia alentada hacia la derecha que iniciara ZP al impedirle gobernar (y que hoy rechaza), pero constituye tras la irrupción de Podemos el más rotundo trampolín para la destrucción del propio partido, puesto que este esfuerzo en la destrucción de la derecha, junto el desprestigio del sistema, no lo capitaliza el socialismo, lo capitaliza, como no podía de ser otra forma, Podemos. No sólo el PSOE erosiona el sistema que él fundó, no sólo destruye su propio partido, el moderado y reformista socialismo, sino que ensalza a los cielos a Podemos.

La fobia socialista al PP, quizás porque no se ha enterado tampoco de que el bipartidismo de momento no existe, a lo que engorda es a Podemos. La fobia socialista al PP, que no se detiene ante la erosión del sistema, es la que le acaba fortaleciendo, porque lo constituye en el referente casi único de estabilidad. Peor no se podría hacer, pero siempre quedará en nuestras mentes lo malo que es el PP, con el que no se puede ir, ni siquiera a defender un sistema, que el propio socialismo creó, por lo que los militantes auténticos, los pata negra, fatalmente acabaran en Podemos.

La actuación política del PSOE en esta encrucijada hubiera sido haberse distinguido de Podemos, dejando claro que la oposición es él, porque va a facilitar con la abstención de unos pocos diputados la constitución del Gobierno. Que la oposición es él, porque la oposición se hace dentro del sistema, incluso facilitando el gobierno de los otros, en un sistema democrático en el que tienen el orgullo de participar y del que no van renunciar al colaborar en la creación de sus instituciones. Y que los otros, los que abogan por bloquearlo, por paralizar el sistema, son, sencillamente, antisistema.

Pero ocurre que la infantil fobia al PP, el desconocimiento de la historia del propio PSOE, la ignorancia sobre su trascendente papel en la Transición, la minusvaloración que los gobiernos de González supusieron para la estabilidad y modernización de la España democrática, y la seducción por la ruptura de la actual generación, impiden que el PSOE siga siendo útil políticamente y acabe abogando, en la enajenación política, por el harakiri.

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Notas.-

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