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eqm_051016

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Cuando la geopolítica sustituye a la dignidad

Como vengo repitiendo hasta la saciedad, la democracia directa o asamblearia es tanto más peligrosa para la sociedad cuanto más burricie se instale -desde el poder e intencionadamente- en el cerebro de la ciudadanía. Por tanto, mucho cuidado con preguntar al que no sabe, sobre todo si antes te has preocupado, durante años, en procurar el incremento del analfabetismo colectivo, subrayando sus consecuencias morales.

O con hacerlo al que demasiado sabe sobre lo que se le pregunta. No vaya a ser que te acabe saliendo el tiro por la culata y el pueblo soberano termine por exigir la eliminación de la declaración anual de la renta, la resturación de la pena de muerte o la desaparición del asilo político. Porque no hay, al respecto, nada peor que tratar de que el pueblo asuma la responsabilidad de aquellas medidas que son de la exclusiva competencia de quienes son elegidos como representantes.

La democracia representativa es, pues, la establecida en las democracias solventes, aquellas en las que el ciudadano, efectivamente, es conocedor de que nombra representantes para que decidan -por su preparación y grado de conocimiento de los asuntos- en nombre de él.

Cuestiones distintas -aunque no tanto- son asuntos como el zapatético ‘proceso de paz’ acordado por el arruinador ZP con los asesinos políticos, disfrazados de ‘miniguerrilleros’, o la reciente consulta colombiana pro indignidad de un pueblo sacudido, como muy pocos, por una guerrilla fraticida al por mayor, que lleva anegando de sangre a su pueblo desde 1960. Que no otra cosa es el contenido del texto relativo al Acuerdo Final para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera, de 24 de agosto de 2016 [pdf].

En el proceso español se sigue intentando convencer todos los días a la ciudadanía de que los terroristas han sido derrotados, aunque jamás el Gobierno se ha atrevido a plantear una consulta popular al respecto; y en el caso colombiano, Santos ha intentado que la humillación ante la guerrilla se la tragara directamente el pueblo, votando un redentor. Intentos, pues.

Por cierto, ¿qué espera García-Margallo en presentar su dimisión por haber metido innecesariamente a nuestro Rey emérito en semajante carnaval? ¿y el Jefe de la Casa Real?

Y no se me replique alegando que con nuestro Jefe del Estado había más mandatarios en los precipitados festejos. Valiente consuelo para un país que, desgraciadamente, sabe tanto de terrorismo como el nuestro.

Ni menos aún con que el 2 de septiembre se aprobara, en el Congreso de los Diputados de España, una atropellada declaración de apoyo a tal Acuerdo, auspiciada por Izquierda Unida y firmada por Alberto Garzón, portavoz de Unidos Podemos e Izquierda Unida; Aitor Esteban, del Partido Nacionalista Vasco (EAJ-PNV), Joan Tardá, de Esquerra Republicana de Catalunya; Antonio Hernando (Grupo Parlamentario  Socialista); Rafael Hernando, portavoz de Grupo Parlamentario Popular; Miguel Gutiérrez, Secretario general de Ciudadanos y el portavoz del Grupo Mixto.

Como si se nos hubiera olvidados que nuestros mil cadáveres de españoles asesinados a manos de la miniguerrilla etarra tampoco fueron suficientes como para evitar nuestro ya mencionado ‘proceso de paz‘, abordado por el socialismo relativista y comprendido y asumido por el benefactor Mariano Rajoy.

Aunque desde la propia Colombia no han faltado voces que quieran aminorar el resultado de la consulta subrayando que el 62% de la población no haya acudido a las urnas. En todo caso, un significativo indicador de que allí, también, cada vez hay más ciudadanos educados en la nueva filosofía de que deben estar agradecido con el hecho de que no te haya matado a ti, de que no seas tú el asesinado. Y si, encima, dejas que el poder se encargue de que no haya más muertos, la ansiada paz al precio que sea, y, en consecuencia, eso que se añade a las posibilidades de supervivencia personal, miel sobre hojuelas.

El problema de la dignidad colectiva es que manoseado como concepto discutido y discutible puede acabar sentado a los asesinos y sus cómplices en el Parlamento colombiano. Como también en el español.

EQM

pd. Pero no teman los terceristas, los buenistas, los relativistas, los pacifistas: nuestros demócratas Gobiernos ya están sobradamente espcializados en que el NO acabe siendo un -y viceversa- por la puerta de atrás. Un tiempito más de reuniones, unos cuantos retoques y la consiguiente campaña favorable al pacífico mal menor, presumiblemente bastarán para sanar el acuerdo ahora rechazado.

Como escribe el demagogo John Carlin a propósito de esta y otras votaciones, en un reciente artículo deleznable, los ciudadanos pecan de ignorantes o irresponsables sobre todo cuando no hacen caso a los que se les manda desde el poder y la corrección política y sí comparten criterio con el ‘cinismo manipulador de la oposición’.

El próximo cinismo, no les quepa duda, consistirá en disfrazar la derrota de las víctimas: el muerto al hoyo y el vivo al bollo.

Escribe en El País Joaquín Villalobos, quien fue guerrillero salvadoreño y es asesor del Gobierno colombiano en el proceso de paz con la guerrilla de las FARC:

“El empate del referéndum obliga a que los políticos se reconcilien para detener y revertir la polarización y esto es buena noticia. La guerra ha concluido y ha comenzado la política y en esta, recordando a Camín, la intriga, los egos y las vanidades pesan tanto como los intereses estratégicos, esto la vuelve complicada y peligrosa, pero también menos aburrida.”

Pues eso.

acuerdo-colombia-240816[ver aquí; pdf, 297 pags.]

Colombia y la prepotencia del ‘sí’       

Rogelio Alonso en El Mundo, 041016.

El 2 de septiembre los partidos políticos españoles representados en el Congreso de los Diputados firmaron una declaración apoyando el Acuerdo ahora rechazado por el pueblo colombiano. Estas formaciones, sin consideración hacia la ciudadanía que el domingo tenía que decidir sobre ese texto, se apresuraron a valorarlo como un “paso decisivo para la paz y la reconciliación en Colombia”.

Asumían además sin base alguna que el Acuerdo “contribuirá a una mayor integración del territorio colombiano, una mayor inclusión social y a fortalecer la democracia colombiana”. Ha pensado diferente la mayoría que ha votado en contra de un acuerdo que muchos colombianos consideran contiene graves deficiencias. Entre ellas un peligroso fortalecimiento político de un grupo terrorista como lasFARC a través de una legitimación como la que la negociación le ha proporcionado y al que se pretendía garantizar presencia en las instituciones con independencia de si los votos se la concedían. El reconocimiento del propio presidente Santos de que el Acuerdo supone una impunidad para los terroristas que él mismo ha justificado ante la enorme magnitud del conflicto, o la cuestionable rebaja del umbral de aprobación previsto en la ley buscando asegurar el ‘sí a toda costa, aumentaron la desconfianza. La credibilidad del presidente también puede haberse visto dañada por la coacción que se ha ejercido desde medios políticos y periodísticos -no solo en Colombia, sino también en España- al transferir la responsabilidad por la continuidad de la violencia a aquellos ciudadanos que legítimamente dudan de la conveniencia del Acuerdo, exonerando así a los verdaderos responsables del terror: las FARC.

Días después de esa apresurada toma de partido del Congreso español, el columnista colombiano Mauricio Vargas escribía en El Tiempo un artículo titulado “La soberbia del sí” que describía a la perfección la equivocación de nuestros partidos y otros actores: “Desde la campaña del ‘sí’, muchos dicen, casi que ordenan, que votemos Sí porque sí”. Vargas citaba a otro articulista partidario del ‘sí’ que expresó la siguiente autocrítica: “Decimos defender las libertades que trae la paz, como la de pensar diferente pero estamos cargados de una elevada prepotencia, convencidos de que nuestra mirada es la única válida. Nos sentimos la última coca-cola del desierto por ser los abanderados de la paz”. Y concluía el partidario del'”sí’: “Por actuaciones como estas empezó el conflicto armado que hoy queremos acabar”.

Tan prudente consideración ha estado ausente en el comportamiento de algunos políticos y medios que han recurrido al desprecio y al insulto de quienes no apoyaban el ‘sí’, como ese periodista inglés que de manera vergonzosa y despótica ha acusado al futbolista James Rodríguez de cobardía. Otros autoerigidos adalides de la paz que entienden ésta únicamente como adhesión al Acuerdo, han recurrido, paradójicamente, a un lenguaje bélico para manipular la realidad. Así alarmaban con que el triunfo del ‘no’ haría que la “paz les estallara en las manos”, o premonizaban un “salto al abismo” del país si su opción no salía victoriosa, culpando una vez más a la sociedad de aquello de lo que solo es responsable las FARC. Esa frívola transformación de la paz en un espectáculo, ignorando las complejidades que la finalización de un conflicto tan intricado como el colombiano implica, se encuentra en la raíz de peligrosas manipulaciones y de un fracaso que evidencia algo más: a pesar del mayoritario respaldo en los medios de comunicación al ‘sí’ y de los amplios recursos gubernamentales, un porcentaje mayor de población ha vencido la espiral de silencio y valientemente ha optado por una decisión contraria.

En ese contexto el Gobierno colombiano debería buscar un consenso político y social que ha rehuido durante una negociación en la que sus interlocutores se han beneficiado de una considerable indulgencia que contrasta con la estigmatización de adversarios democráticos y ciudadanos de opiniones contrarias. El Gobierno tiene además la oportunidad de trasladar a las FARC una presión que contrarreste la glorificación que el grupo terrorista y sus líderes han obtenido mediante una negociación avalada por dirigentes internacionales que con considerable arrogancia han tomado partido por una sesgada opción política sin esperar respetuosamente la decisión del pueblo colombiano. A ello han contribuido autoproclamados expertos en resolución de conflictos que han encontrado en la “industria de la paz” un próspero negocio a costa de las víctimas pero en su nombre.

En un país con centenares de miles de muertos y numerosos perpetradores de violencia ilegítima, incluidos en ocasiones agentes del Estado, la negociación con un grupo terrorista implicado además en el narcotráfico es vista por algunos como el único camino para erradicar la violencia. Sin embargo, esta táctica conlleva una polarización política y social considerable, además de prestigiar a un grupo con escaso apoyo social que logra erigirse en representante de un pueblo al que, obviamente, no representa. Induce a pensar erróneamente que las reivindicaciones de las FARC son las de todo un pueblo y se magnifican las imperfecciones de la democracia colombiana ocultándose que esta goza de una legitimidad ausente en las FARC, cuyos líderes lo son fundamentalmente por practicar el terror y la intimidación.

El loable objetivo del final de la violencia exige huir del pensamiento dicotómico que descalifica como “enemigos de la paz” y propagadores de odio y rencor a quienes legítimamente discrepan de determinados métodos como los que han salido derrotados en el plebiscito. Obliga también a pensar en la máxima con la que un mando colombiano sintetizaba a este analista sus dudas por las significativas cesiones que el Gobierno estaba realizando a pesar de su superioridad moral y militar, y aun consciente de la debilidad estratégica implícita a la incapacidad del Estado para ejercer el monopolio legítimo de la violencia durante décadas al ser desplazado de amplias zonas del territorio: “No interrumpas a tu enemigo cuando está cometiendo graves errores”.

La soberbia del Sí

Desde la campaña del Sí, muchos dicen, casi que ordenan, que votemos Sí porque sí.

Mauricio Vargas en El Tiempo, 011016.

Camilo Mendoza es uno de los muchos jóvenes que promueven el Sí en el plebiscito sobre los acuerdos de La Habana, que el presidente Juan Manuel Santos convocó para el 2 de octubre. En una columna publicada en el portal las2orillas.com, acaba de alzar su voz para plantear una autocrítica entre quienes defienden esa opción. “Decimos defender las libertades que trae la paz, como la de pensar diferente (pero) estamos cargados de una elevada prepotencia, convencidos de que nuestra mirada es la única válida (…) nos sentimos la última Coca-cola del desierto por ser los abanderados de la paz”. Según Camilo, olvidan muchos de quienes impulsan el Sí que “por actuaciones como estas empezó el conflicto armado que hoy queremos acabar”.

Que alguien que apenas estrena ciudadanía tenga la película tan clara me da esperanzas sobre el futuro. Porque lo que es el presente… “Al que no le guste la pregunta del plebiscito es delirante, esquizofrénico, peligroso y desea la guerra”, trinó en un muy discutible castellano el senador santista Armando Benedetti. Para no hablar del jefe del Estado, que quiso zanjar la polémica sobre la pregunta con el más pobre de los argumentos: “El Presidente tiene la facultad de redactar la pregunta que se le dé la gana…”. O del jurista Héctor Riveros, a quien tengo por hombre reflexivo: en lasillavacia.com, sugirió a quienes alberguen dudas sobre su voto que no –repito, que no– lean los acuerdos. “Su lectura para decidir el voto lejos de ayudar confunde”, sostuvo, pues “hay apartes, como el de justicia, con un contenido técnico que solo es comprensible por especialistas”. Y claro, como la gente es bruta, mejor que vote Sí… Porque sí.

Sentados en el Olimpo de superioridad ética e intelectual que –suponen– les da promover el Sí, muchos de los defensores de los acuerdos miran por encima del hombro a las pobres mentes inferiores que tenemos dudas. Lúcido y agudo, Juan Esteban Constaín los desnudó en estas páginas el jueves: “El incluyente que excluye, el progresista sectario, el portavoz de la tolerancia y el respeto que humilla a los que no le dan la razón…”. He escrito en repetidas ocasiones cuánto me molesta la pugnaz aspereza de muchos uribistas. Pero esta vez es evidente que sus adversarios les han ganado en la reñida competencia por quién es más intolerante.

Expliqué hace un par de semanas por qué no me convence votar No. Debo decir que, tras la firma del acuerdo y por encima de muchos puntos que no comparto, me sentí tentado a votar Sí. Pero actitudes como las que he descrito me ahuyentan. Espero decidir mi voto en los próximos días y argumentarlo en este espacio no porque pretenda influir en votante alguno, sino como un acto de elemental juego limpio para que los lectores sepan a qué atenerse conmigo.

Mientras tanto, además de las grandes dudas que me despierta el acuerdo –porque me lo leí, sin ser abogado, contra el consejo del doctor Riveros–, guardo recelos sobre el plebiscito mismo, un mecanismo que, no obstante sus aires democráticos, ha sido utilizado muchas veces por las dictaduras. Desde el primer momento, me desconcertó que Santos quisiera hacerle una finta a la responsabilidad que la Constitución le asigna –al Presidente y solo a él– en los temas de paz. Es como si pretendiera obtener el merecido aplauso internacional por sacar adelante la negociación, mientras en el plano interno se lava las manos con el voto popular. Para ganarlo, acude a todas las formas, incluidos el “me da la gana”, la desbordada publicidad oficial, la ‘mermelada’ y la actitud soberbia de quien pretende, por momentos a gritos y trompadas, hacerse con el título de pacificador. Ya que no escucha a quienes tenemos dudas, al menos léase, Presidente, al joven Camilo Mendoza.

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Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

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