.

[Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes].

.

Relato breve

.

Gocé del apego de Estrella ya entrado en demasiados años: cuando los apetitos son sueños quiméricos con reiteración, sin un ápice de realidad. Pero también cuando uno está dispuesto a despedirse a lo grande. Presa del deseo a que se manifiesten claros y limpios los increíbles y absurdos imposibles.

Era muy joven para mí; vamos, excesivo; un desatino, quizás. Un presente del dios de las brisas para colmarme de virtuosos afectos durante el periodo de cortesía. Y había decidido disfrutarla para siempre. Necesitaba de su presencia divertida, de sus mimos frescos y sensibles besos. Sin embargo, tenía miedo de que el “siempre” fuera mínimo, exiguo; ya que el tiempo que declina sin pudor los cuerpos seguía marcándome obstinadamente. Y yo ya cojeaba en demasía.

Por eso la subí en mi “trike”, una Harley de tres ruedas de gran cilindrada, besándole la sonrisa abierta. Y aceleré a todo gas. Deseoso de dejar a la zaga de mi nuevo mundo el ineludible tiempo para no verlo nunca en mi retrovisor. Alejar las inversiones continuas del reloj de arena de mi vista. Y, si podía ser, dejarlo tirado en algún semáforo en perpetuo rojo o en un stop con paso a nivel gravemente averiado.

Durante aquella fuga engalanada de intensos verdes y generosa ternura, no pude perderlo de vista. Siempre se dejaba ver una pizca para que lo tuviera presente. Y esa imagen discretamente oculta pero pertinaz me restó espacio para el deleite, causándome un grave malestar.

Entonces, preso del desasosiego, decidí recurrir a la cuchufleta para liberarme. Cogí la mano de Estrella y, apretándosela dulcemente, fantaseé: “en la próxima estación de servicio repostaré tiempo”. No paramos de reír los dos al unísono; puro y quimérico regocijo. Y así lo hicimos, paramos frente al siguiente surtidor y ella, pletórica de risas, simulando con sus brazos una manguera de servicio, siguió la broma haciendo la pantomima de llenarme el cuerpo de tiempo para vivirlo con ella. Tuve que avisarle a carcajadas de que cerrara la llave de paso, pues ya estaba derramando tan mágico producto.

Una vez de nuevo en la carretera, me quedé asombrado. Recorrimos kilómetros y kilómetros sin parar, con la ausencia total del inquietante reloj en mis pequeños espejos. Una satisfacción recelosa que fue abriéndose hasta convertirse en optimista, se instaló en mi rostro. Y acabé viajando libre, sólo con el efluvio boyante de mi chica, en constante efervescencia.

Pero uno de sus dulces arrumacos me alejó de la obligada concentración, saliéndome del asfalto. Volcamos con monotonía inmisericorde creando, poco a poco, una imagen retorcidamente siniestra, hasta estrellarnos contra un inoportuno y maligno paredón de piedra. Y entonces, por sorpresa, se presentó el tiempo mostrando el aciago rótulo del fin. Creí que era el de los dos. Mas estando entrelazados de amor los corazones de los cuerpos rendidos, sólo era el mío el que latía, haciéndome sollozar con amargura, consciente de mi innegable malaventura.

.

Enrique Masip Segarra [2016]. © Todos los derechos reservados.

enriquemasipsegarra.wordpress.com
enmasecs@hotmail.com

.

moto-reloj-8bLa moto del tiempo

NOTAS.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes, son aportados por EQM.

Anuncios