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eqm_121016.

Fondo, formas, medios y coñazos

La ceporrez o cualidad de ceporro se extiende hasta el punto de que cualquier día será declarada patrimonio inmaterial de la nueva Humanidad patrocinada por la subvencionada UNESCO, es decir, por nosotros.

La última hora de la cacería demócrata contra los votantes de Trump -más que contra él- consiste en elevar una misógina ordinariez privada de 2005 -tan común e impropia de un candidato a Presidente como decir que asistir a un desfile militar es un coñazo– a la categoría de intolerable por la misma organización política que tuvo -y retuvo- a otro Presidente al que una becaria le hacía guarreridas -según confesión propia- en la propia y blanca casa, por debajo de la mesa situada en la sala oval, que viene de huevo.

Se supone que, en lenguage ecofeminista, abusando del poder de esa fama y autoridad que dice el republicano que abre tantas puertas íntimas.

Y es que hasta en los coñazos hay categorías.

EQM

pd.

Por si algunos me quieren recordar que oficialmente Hillary es una excepción que confirma la regla anglosajona al casarse y, por tanto, ha querido conservar el apellido de su padre [Rodham], deberán reconocer que tampoco es que ponga especial empeño en ello. Basta con ir a su web o a su twitter de la actual campaña electoral y repasar los textos para percatarse: www.hillaryclinton.com / twitter.com/HillaryClinton

Por otra parte, les adjunto dos artículos que tienen su aquél. El primero porque cuestiona el presunto feminismo aristocrático de la señora de Clinton. Y el segundo porque rezuma desconcierto ante el nuevo populismo que invade Occidente, culpando del mismo, en parte, a la deriva actual de las media. Cosas de la democracia cuando el votante no hace lo que el Sistema está acostumbrado a que haga. Alguna culpa tendrá también éste, digo yo.

hillaryDe su twitter de la Campaña Electoral

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Mujeres blancas y cultas: La división del feminismo ante Hillary Clinton

Pese a que Hillary Clinton se define como feminista, algunas voces del propio movimiento feminista la acusan de preocuparse por las mujeres blancas, de clase media o alta, y de olvidar a las más desfavorecidas

Sara Berbel en Zona Crítica de eldiario.es, 111016.

En los últimos meses hemos tenido ocasión de oír contundentes críticas hacia la candidata a presidenta de Estados Unidos, Hillary Clinton, algunas procedentes de los sectores más progresistas de su propio partido y otras tantas del propio movimiento feminista. Aunque resulten chocantes críticas, que claramente la debilitan ante un adversario tan homófobo, racista y misógino como Donald Trump, las voces contrarias a la candidata no se han acallado.

Pese a que Clinton se define como feminista, y así lo ha hecho durante toda su vida, se la acusa de preocuparse por las mujeres blancas, de clase media o alta, mayoritariamente cultas, y de olvidar a las más desfavorecidas.

Una de las voces más significadas ha sido la de la pensadora Nancy Fraser, ampliamente reconocida por sus análisis sobre las desigualdades sociales y la necesidad de redistribución, reconocimiento y representación (las contundentes 3R) de los colectivos con riesgo de exclusión social. Fraser ha señalado que Clinton representa un feminismo neoliberal centrado en romper el techo de cristal, eliminando los obstáculos que impiden a las mujeres alcanzar puestos de decisión en empresas y gobiernos. Se trata de mujeres de clase media o alta, con suficiente nivel educativo, y que ya poseen capital cultural y relacional; por tanto, mayoritariamente mujeres privilegiadas. El problema radica en que su posibilidad de ascender depende en buena medida de otro colectivo de mujeres, el que se encarga del servicio doméstico y del cuidado familiar, trabajadoras inmigrantes, en precario y con muy bajos sueldos.

Pese a ello, nadie deja de reconocer que Clinton empezó su carrera abogando por las mujeres y la infancia, es famosa por su defensa feminista ante la ONU, donde equiparó los derechos de las mujeres y los derechos humanos, y ha defendido con consistencia el derecho al aborto. Durante su estancia en la Casa Blanca defendió con denuedo un sistema de asistencia médica para toda la ciudadanía y, mientras fue Secretaria de Estado, impulsó estratégicamente las políticas para el desarrollo y empoderamiento de mujeres desde todas las embajadas estadounidenses. A la luz de todos estos datos ¿es o no es feminista Hillary Clinton?

Echar un vistazo a la Historia nos puede orientar. ¿Se atrevería alguien a decir que el movimiento sufragista, formado fundamentalmente por mujeres de clase media y alta, algunas de ellas con demostrados rasgos clasistas, no es feminista? Las bienpensantes sufragistas inglesas y norteamericanas dieron un paso gigantesco en la igualdad de derechos pese a no contemplar subvertir el sistema dado en su globalidad, manteniendo el respeto a los lazos matrimoniales, a la familia y a la religión. No es menos cierto, sin embargo, que, al mismo tiempo, las feministas socialistas (mucho más olvidadas y menos reconocidas) luchaban por la emancipación de las mujeres mientras trataban de acabar con la esclavitud que suponía para ellas la familia, las relaciones amorosas, las religiosas y las laborales. El imaginario de cambio social era, sin duda, mucho más amplio y profundo entre estas últimas que entre las sufragistas, pero estoy convencida de que fue la fuerza de ambos movimientos la que logró crear el clima cultural necesario (el llamado “espíritu de los tiempos”) para lograr el derecho al voto y los demás avances hacia la libertad de las mujeres occidentales.

Por todo ello creo que la división en el movimiento feminista en momentos clave para nuestra sociedad debería superarse por una alianza que aunara la ética de la convicción con la ética de la responsabilidad. Los puntos de acuerdo podrían remitirse a los siguientes argumentos:

1. La falta de perfección o de pureza no puede ser una excusa para afianzar el sistema patriarcal. Otorgar la presidencia, aunque sea por pasiva, a una persona como Trump es una temeridad no solo para Estados Unidos sino para toda la humanidad, en tanto que su país es el más poderoso de mundo. El profundo desprecio de Trump hacia las mujeres, las minorías y aquellos más débiles es la expresión más pura y radical del patriarcado.

2. Las feministas no deberíamos participar de los estereotipos con que se tacha a todas las mujeres que están en puestos de poder, pensados para deslegitimarlas y disminuirlas en sus actuaciones. Ser fría, ambiciosa o dura son adjetivos asociados solo a mujeres poderosas que debemos desmontar con una mirada más compleja y multidimensional de sus personalidades.

3. El feminismo implica un nuevo orden social y lucha por el acceso igualitario de las mujeres a todos los ámbitos, laborales, sociales, académicos y económicos. Las mujeres con menos posibilidades deben ser siempre el centro de nuestras actuaciones, pero ello no es incompatible con la defensa del acceso de mujeres a lugares de poder, especialmente si las que llegan se declaran feministas y trabajan por la igualdad.

Cambiar el mundo no es fácil, pero sumando, estableciendo alianzas y redes en torno a los pactos que podamos consensuar, sin duda estará mucho más a nuestro alcance.

Ilustración de Enrique Flores [España, 1967] para el artículo.

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¿Debemos descuartizar a Trump?

Existe una profusión descontrolada de fuentes de noticias y opiniones, y eso produce una inmensa fragmentación. Los medios de comunicación, chillones y polarizados, están erosionando cada vez más los cimientos de la democracia

Timothy Garton Ash en El País, 111016.

“Para Trump, el engaño es una segunda piel”. Es lo que me decía el otro día en Chicago Nathan, propietario de una pequeña empresa. Yo no habría podido decirlo mejor. Según un análisis reciente, Donald Trump dice una mentira o algo que no es cierto aproximadamente cada cinco minutos. Los medios de comunicación estadounidenses mantienen un gran debate a propósito de cómo informar sobre este demagogo narcisista, fanfarrón, mentiroso, ignorante y peligroso. Pero los medios son parte del problema.

Todos parecen estar de acuerdo en que los presentadores de televisión deben pedirle cuentas cada vez que mete la pata, como hizo Leslie Holt en el primer debate, y no mantener un falso equilibrio entre dos candidatos de calidad y seriedad muy diferentes, lo que la analista Brooke Gladstone llama el prejuicio de la equidad. “Ah, sí, profesor Smith, gracias por defender que la Tierra es redonda, y ahora voy a dar el mismo tiempo y respeto a Mr. Jones, que asegura que la Tierra es plana”. Un ejemplo reciente del prejuicio de la equidad es la cobertura que hizo la tímida e intimidada BBC de la campaña del Brexit.

Es interesante que incluso The New York Times haya abandonado su habitual imparcialidad y discreción. No sólo porque casi cada día publica dos o tres artículos que atacan a Trump, sino porque sus informaciones, además de incluir excelentes reportajes de investigación sobre Trump como hombre de negocios, farsante y racista, deslizan expresiones, adjetivos y adverbios peyorativos que la vieja dama de gris, antiguamente, no habría aprobado.

Entiendo a la perfección por qué el Times ha dejado su práctica habitual. Como decía en un editorial, Trump es “el peor candidato propuesto por un gran partido en la historia moderna de Estados Unidos”. Es un peligro para la paz civil y el prestigio de su país en el mundo. Un amigo italiano lo compara con la reacción deLa Repubblica ante el ascenso de Silvio Berlusconi.

Por desgracia, la decisión de tomar partido puede reforzar una tendencia estructural que está corroyendo la democracia norteamericana. Estados Unidos ha defendido siempre la libertad de expresión y la prensa libre con el argumento —mencionado expresamente en la Primera Enmienda de la Constitución— de que es necesaria para el autogobierno democrático. Los ciudadanos, como hacían los antiguos atenienses cuando se reunían a los pies de la Acrópolis, deben poder oír todos los argumentos y pruebas para tomar una decisión informada y, por tanto, poder decir legítimamente que se autogobiernan.

Sin embargo, el primer debate televisado entre los dos candidatos no fue más que un breve instante de experiencia común en la plaza pública. El resto del tiempo, los votantes están en su cámara de eco, oyendo opiniones que consolidan las suyas. Este efecto de cámara de eco se vio primero en Internet, con la burbuja informativa y el filtro burbuja, pero se ha convertido en un elemento fundamental de todo el panorama mediático, no solo en la Red y no solo en Estados Unidos. Existe una profusión descontrolada de fuentes de noticias y opiniones, con la correspondiente fragmentación. Los votantes de Trump se alimentan de Fox News, los programas de radio de derechas, sitios de Internet como Breitbart (cuyo jefe supremo es asesor de Trump); los votantes de Clinton, de MSNBC, NPR, PBS, sitios de Internet como Slate o el HuffPost, gente de su misma opinión en las redes sociales… y ahora el periódico anti-Trump, The New York Times.

Como Internet ha destruido el modelo de negocio tradicional de la prensa y, al mismo tiempo, permite una enorme abundancia de fuentes, todos compiten ferozmente por quedarse con las visitas y los clics en este terreno abarrotado día y noche: como si fuera el parqué de una Bolsa o la calle de un mercado en India. Hay que gritar. Cuanta más sangre y más rugidos, mejor. A las informaciones y los análisis matizados, equilibrados y basados en pruebas les cuesta hacerse oír. Las posibilidades tecnológicas, los imperativos comerciales y los cambios culturales se unen para convertir la democracia deliberativa en infotainment, en espectáculo.

La realidad televisiva vence a la auténtica. Trump, hombre de negocios y antigua estrella de un reality show, es al tiempo creador y producto de este nuevo mundo. En esta realidad alternativa, los hechos, las pruebas y las opiniones de expertos dejan paso a los mitos, las exageraciones, las mentiras y las simplificaciones (el “hagamos que América vuelva a ser grande” de Trump, el “recuperemos el control” del Brexit). Los historiadores de la propaganda saben que las mentiras se imponen por mera repetición, a base de atontar la mente hasta expulsar la verdad. Las cámaras de eco constantes de los medios sectarios y las redes sociales que refuerzan los prejuicios causan un efecto similar.

Una vez tuve la divertida experiencia de tener que defender un libro mío, Los hechos son subversivos, en el programa satírico Colbert Report. “¡Qué dice —exclamó Stephen Colbert—, yo no quiero que los hechos me subviertan y me hagan sentirme incómodo, quiero cosas que me hagan sentirme bien!”. Colbert fue quien inventó el término truthiness para indicar esa cómoda verdad alternativa, la que nos gustaría que fuera. Pues bien, la realidad ha superado a su humor satírico. Trump es el maestro de la verdad alternativa. Aunque ya ha dejado de hablar de la partida de nacimiento de Obama, uno de sus comentarios después de que Obama la hiciera pública es un buen ejemplo: “Mucha gente tiene la sensación de que no era un certificado propiamente dicho”. Y yo tengo la sensación de que la Tierra es plana.

En el primer debate, Clinton soltó una frase muy ensayada: “Donald, sé que vives en tu propia realidad”. Y él replicó con otra frase menos practicada, más graciosa y muy reveladora: “Creo que el mejor miembro de su campaña son los grandes medios de comunicación”. Unas palabras propias de la retórica populista en todo el mundo, desde Estados Unidos a Francia y desde Polonia a India, con las que señala que sus partidarios son un grupo asediado por las poderosas élites liberales y que son la única “gente real” (una expresión que utiliza mucho Nigel Farage).

La distorsión está más agudizada en la derecha populista, pero la polarización tendenciosa, los gritos simplistas y las cámaras de eco son un problema en todas partes. Estados Unidos tiene medios de comunicación libres, variados y sin censura, pero que cada vez tienen menos sitio en la plaza pública común. Existe allí un noble lema que nos invita a creer en el “mercado de las ideas”. Lo que estamos presenciando en estas elecciones es el fracaso del mercado de las ideas.

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Timothy Garton Ashes catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, donde dirige el proyecto freespeechdebate.com, e investigador titular en la Hoover Institution, Stanford University. Su nuevo libro, Free Speech: Ten Principles for a Connected World, acaba de publicarse.@fromTGA

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

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