.

eqm_141016

«Like a Rolling Stone» [1965]. Composición, música y letra, de Bob Dylan, para su álbum de estudio Highway 61 Revisited‘ [1965]. Elegida mejor canción de todos los tiempos por la revista Rolling Stone y segundo puesto en la lista estadounidense Billboard Hot 100.

.

Dylan no se merecía que le hicieran eso

El gran Bob Dylan [Robert Allen Zimmerman; EEUU, 1941] es un músico, cantante y poeta, considerado ampliamente como una de las figuras más prolíficas e influyentes de su generación en la música popular del siglo XX.

Yo soy tan admirador de su música que guardo gran parte de su discografía, pero ello no me impide afirmar que jamás nadie -hasta la fecha- hubiera osado calificarle de acreditado candidato al prestigioso Premio Nobel de Literatura. Cosa distinta es que recibiera en 2007 el Príncipe de Asturias de las Artes, porque lo suyo sí es arte y mucho.

Aunque ya sé que en el actual Occidente eso ha cambiado y ya prácticamente todo es posible, que le acaben de otorgar el Nobel en la presente edición 2016 es tan surrealista como si, salvando las distancias, el próximo Miguel de Cervantes recayera en el también grande Joaquín Sabina o con más motivo, si cabe, en José luis Perales, poeta compositor en español donde los haya.

A este paso, nuestros descendientes aprobarán las disciplinas académicas literarias cantando antes sus profesores las maravillosas baladas de Dylan o de los dos españoles mencionados.

Ya sé que hay cada vez menos gente que sepa lo que es leer un libro en su vida pero eso no debería llevarnos a la conclusión de que uno de los mejores cantautores anglosajones del pasado siglo, incoherencias ideológicas al margen, deba distinguirse mundialmente con el galardón de mayor trascendencia internacional, por su aportación literaria.

Flaco favor le han hecho, en mi opinión.

EQM

pd. A este paso me veo a Ramoncín y a Teddy Bautista sentados en la Real Academia Española [RAE] -no se asusten- por la consiguiente integración de la Sociedad General de Autores y Editores [SGAE] en la misma. Aunque viendo ya en ella al prestigioso periodista Juan Luis Cebrián, tampoco me extrañaría tanto.

Bob Dylan

Santiago González en ‘Herrera en COPE’ y en su blog, 141016.

La concesión del premio Nobel de Literatura a Bob Dylan es una noticia que va a dar juego,-ya lo está dando en las redes sociales-y que provoca en mi memoria sensaciones encontradas. Yo no había leído ni sabía quien era Doris Lessing premiada en 2007, ni había leído a Borges, que no lo ganó nunca, cuando ya era muy fan de Bob Dylan.

En mi adolescencia, Bob Dylan era una poética accesible y gratificante y no sólo en los planos estrictamente musical o literario. En los guateques de aquella segunda mitad de los sesenta, uno ponía ‘Like a rolling stone’ para bailar con la chica que le gustaba y lo hacía por dos razones: Era lenta y permitía el ‘approach’, que entonces llamábamos ‘arrime’ por no saber inglés. La otra razón era cuantitativa: duraba seis minutos y diez segundos, frente a la duración convencional de las canciones, en torno a los tres minutos.

Dylan me ha gustado siempre desde entonces, pero mi educación sentimental no puede definir el canon de la literatura universal, y el Nobel de Literatura, después de Dylan, no podrá recuperarse de no haberse premiado a sí mismo con el nombre de Jorge Luis Borges. De todo el hervor que este asunto ha suscitado en Twitter, el comentario más pertinente y luminoso ha sido el de Julia Escobar; en la red, @lahijadeaugusto:

“Suecia y Noruega han confundido sus premios. Tenían que haberle dado el Nobel de la Paz a Bob Dylan y el de Literatura al presidente Santos”.


Bob Dylan: Nobel de Literatura al mejor escritor de canciones del mundo

En la cuneta quedaron De Lillo, Marías o Murakami. Queda inaugurado el debate corporativista: ¿merece el premio un tipo que no es escritor?

Jesús Fernández Úbeda en LD, 131016.

Bob Dylan (Duluth, Minnesota, 1941) ha recibido un Nobel de Literatura inesperado por abuso de quinielas. La academia sueca lo justifica con racanería, señalando que ha “creado una nueva expresión dentro de la gran tradición de la canción americana”. El compositor es un coctelero atómico que combina a Rimbaud y a Woody Guthrie, a Picasso y a los beat, a la Torah con el cristianismo evangélico más delirante. Es cínico y piadoso, realista y surrealista, simple y laberíntico. Quizá, el mayor mérito del autor de canciones como “Ballad of a Thin Man”, “Things Have Changed” o “She Belongs to Me” consiste en hacer de la contradicción, con su poesía, una de las –con mayúsculas– Bellas Artes.

En la cuneta quedaron –otros– candidatos habituales como De Lillo, Wa Thiong’o, Marías o Murakami. Queda inaugurado el debate corporativista: ¿merece el Nobel de la Literatura un tipo que no es escritor? Quien afirme esto miente: al margen de cancioneros y libros de arte, Bob Dylan ha escrito dos libros: Tarántula (1971) y Crónicas Vol. 1 (2004). El primero es un compendio anárquico de poemas y otros textos químicos; el segundo, una autobiografía incompleta e intermitente y escrita con una prosa exquisita.

El dato queda apuntado como mera excusa formal. Porque –la evidencia es insultante– lo que convierte a Dylan en un gigante, en el Dios Padre de la Alta Literatura de la Música –volvemos a las mayúsculas– es su condición de letrista. Discos de folk como The Freewheelin’ Bob Dylan o The Times They Are a-Changin’ ya cuentan con textos que se leen –centrémonos en el plano literario– con una fuerza, un nervio y una inteligencia que trascienden lo habitual, o sea, lo mediocre. Sin embargo, la verdadera implosión vino después, cuando el músico renegó de la progresía y demostró que el rock&roll puede ser un ecosistema que dé cobijo a conceptos más complejos que el de “vamos a bailar, nena” o “mueve tus caderas”. Bringing It All Back Home, Highway 61 Revisited y Blonde On Blonde ofrecen una exuberancia vanguardista, riquísima y salvaje –a veces, de difícil comprensión–de personajes e historias imposibles escritas con mercurio. Blood on the Tracks es la ruptura mejor contada del mundo. Slow Train Coming es la prueba de que se puede hacer –nueva– poesía religiosa con calidad sin tener que rimar “Dios” con “yo” o con “amor”. Time Out of Mind es un balcón místico, sombrío y exquisito con vistas al abismo. Y así.

El último Nobel de la Literatura nació judío y huyó de una ciudad que apestaba a mina de hierro y de una universidad que lo encorsetaba. Se fue a Nueva York, lloró la muerte de su ídolo –Guthrie–, lagartijeó por el Greenwich Village y grabó su primer disco gracias al pope de Columbia Records, John Hammond, quien nada tiene que ver con el personaje de Parque Jurásico. Cantó a las respuestas que ofrece el viento y a los maestros de la guerra, para después renegar de ello –por agobio–, enfundarse la guitarra eléctrica y ser tildado de “Judas”. Se retiró, volvió, publicó discos mediocres –caray con el Self-Portrait…–, volvió a los ochomiles a mediados de los setenta, se divorció e, incluso, hizo cine. Reivindicó a los infieles tras una trilogía cristiana menguante. Se perdió en los ochenta y resucitó clamando a la misericordia. Tras un arranque noventero flojo, publicó una de sus mejores obras asomándose a una muerte que no le llegó a tocar. Después, vinieron discos de blues, y ahora, que versiona a Sinatra hasta el hastío, es cuando le dan el Nobel. Ya lo dijo Nick Cave: la clave está en el contrapunto.

Y Dylan, en eso, es el Rey Sol.

El Nobel de Kadaré

Federico Jiménez Losantos en El Mundo, 141016.

A Dylan le han dado el Premio Nobel de Literatura por dos razones, las mismas por las que le han dado a Santos el Nobel de la Paz: la demagogia mediática y la corrupción política, que son dos caras de la misma moneda devaluada. Pero el Gordo de las Letras de este año, una mamarrachada aunque el agraciado sea un ilustre cantante, ha tenido una virtud: comprobar que las páginas de cultura de los periódicos de internet están pobladas de gente a la que la literatura no le importa absolutamente nada.

No habían pasado diez minutos de la noticia de la lotería de Estocolmo y la Red con mayúscula aullaba y gemía de satisfacción, mientras las redes con minúscula se incendiaban, que es lo que hacen cada diez minutos aunque sin quemarse nunca, lástima. Yo creo que la razón de tanto alborozo es que, por fin, premiaban a alguien del que todos sabían algo. Aleluya.

Hace muchos años, me eché a los ojos Tarántula, prueba de que el genial cantautor al que tanto admiraba -y admiro- es un malísimo escritor adolescente. No para adolescentes, como Hesse o Kipling, que son muy buenos, sino alguien que vale para lo que vale: lograr esa extraña alquimia de letra y música que no aguantarían solas ni la letra ni la música. Pero eso no lo pone por delante de Mozart ni de Joyce. Si acaso, de Leonard Cohen.

Es cierto que el Nobel ha premiado a menudo mediocridades, al gusto político del publicista soviético que lo gestionaba. Por eso nunca se lo dieron a Borges y premiaron a Toni Morrison antes que a Vargas Llosa. Ahora, para actualizar el sectarismo, distinguen razas o continentes. Y sólo por el hecho de ser australiano premiaron a un tal Patrick White en vez denunciarlo a la Interpol por escribir Las esferas del mandala. Este año, dicen los fans -que no lectores- de Dylan, el Nobel le tocaba a los USA. Pues deberían lamentar que, muertos Capote y Salter, no se hayan fijado en Roth, De Lillo, Auster o Franzen, que no cantan, pero escriben.

Ahora bien, si lo que quieren los becarios de la red es aprender y los lectores disfrutar, pueden leer a Ismael Kadaré, que todos los años se queda en nominado para el Nobel: Los tambores de la lluvia, El año negro, Abril quebrado, El ocaso de los dioses de la estepa, El concierto, El viaje nupcial. Eso es literatura. El resto, como casi todo hoy en día, simple espectáculo.

bob-dylan-2.

Bob Dylan, premio Nobel de Literatura 2016

La Academia Sueca otorga el galardón al músico “por haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición americana de la canción”

Fernando Navarro en El País, 131016.

Por primera vez en la historia del Nobel de Literatura, la gente no correrá a las librerías sino a las tiendas de discos. Cuando la secretaria de la Academia Sueca Sara Danius ha pronunciado el nombre, han retumbado todos los cimientos. Bob Dylan (1941, Duluth, Minnesota), premio Nobel de Literatura. La sorpresa en los mundos de las letras y la música solo puede ser comparable a la que seguro ha sido una legendaria, hipnótica, imbatible sonrisita pícara del galardonado al enterarse, perdido como siempre en su gira interminable alrededor del mundo, al margen del mito. Era el eterno aspirante, así como un recurrente chiste entre los más escépticos y, sobre todo, más ortodoxos. ¿Un músico, cuya única obra en prosa fue un fracaso, cosechando el mayor de los premios literarios? Imposible. Pero lo imposible –y vivir a contracorriente- es lo que mejor se le ha dado a este compositor que cambió como nadie el concepto de canción popular en el siglo XX, añadiendo una particular dimensión poética a la música cantada. Y tan importante como ese determinante hecho: su influencia, reconocida por los Beatles, los Rolling Stones, Bruce Springsteen y cualquier icono del rock y el pop que venga a la cabeza, no ha hecho más que crecer a medida que ha pasado el tiempo. Ahora, con este premio, y tras haber recibido antes el Pulitzer o el Premio Príncipe de Asturias de las Artes, la onda expansiva da para otro siglo.

El bing bang comenzó a principios de los años sesenta, cuando un Dylan chaval abandonó su pueblo de Minnesota para trasladarse a Nueva York con el fin de dedicarse a la música y conocer en persona a su ídolo musical Woody Guthrie. Provisto de una gorra y una guitarra acústica, incluso inventándose parte de su biografía, recaló en Greenwich Village, el bohemio barrio de Manhattan poblado de cafés y clubes donde conoció ya la palabra afilada de los combatientes cantautores Pete Seeger, Ramblin’ Jack Elliott o Dave Van Ronk. Componía a partir del contacto con ellos pero también de la poesía de los surrealistas franceses, especialmente de Arthur Rimbaud, y devorando la prensa diaria, que le daba combustible para esas primeras canciones que cambiaron la cara del folk norteamericano y le dieron un carácter contestatario sin renunciar al aspecto poético. Composiciones como Blowin’ in the wind, Masters of War, The Times They Are a Changing, A Hard Rain’s a-Gonna Fall, Mr Tambourine Man o Chimes of Freedom llegaron al corazón de la generación de los sesenta, donde se fraguó la contracultura. “Venid senadores, congresistas, por favor oíd la llamada, / y no os quedéis en el umbral, no bloqueéis la entrada, / porque resultará herido el que se oponga, / fuera hay una batalla furibunda, / pronto golpeará vuestras ventanas y crujirán vuestros muros, / porque los tiempos están cambiando”, cantaba en 1964 con su voz nasal en The Times They Are a Changing, anticipándose al revuelo social y político de Norteamérica.

Fueron en esos primeros sesenta, en su tránsito diario de trovador por Greenwich Village, cuando conoció a los poetas beat. Aquello determinó aún más su visión literaria, a la que impregnó de una fuerza contracultural más incisiva, repleta de instinto y mordiente. Se relacionaba con Jack Kerouac, Neal Cassady, William Burroughs, Herbert Huncke, John Clellon Holmes o Allen Ginsberg, pero aún más importante: había vasos comunicantes. Dylan se fijaba en ellos, pero ellos veían en él al portavoz generacional, sorprendiéndose de su capacidad de captar la agitación, la desorientación, los desamparos y los ideales de aquellos convulsos sesenta. Con sus más de seis minutos de canción, rompiendo en 1965 el molde de single y reventando el concepto de radio comercial, Like a Rolling Stone conquistó el territorio de la ruptura generacional de los sesenta, más que cualquier novela, obra de teatro o película. Como dijo el poeta estadounidense David Henderson, no se trataba de una canción, sino de “una epopeya”.

Acababa de empezar la epopeya de Dylan, que abandonó el folk por el pop, maravillado por el ímpetu desenfadado y juvenil de los Beatles, los Rolling Stones y toda la tropa británica que desembarcó con un éxito monumental en EE UU. Con su sonido circense, de folk-blues-rock acelerado, sin olvidar esas baladas al piano, los álbumes Highway 61 Revisited y Blonde on Blonde elevaron a la música popular a lo más alto del universo cultural. Allí donde antes había un chaval folkie lanzando dardos surgía un merodeador que documentaba las emociones de la extraña realidad.

Según ha declarado con exageración el poeta chileno Nicanor Parra, solo por tres versos de la canción Tombstone Blues, incluida en Highway 61 Revisited, se merece el Nobel. Son los versos: “Mamá está en la fábrica / no tiene zapatos / papá está en el callejón / está buscando un fusible / yo estoy en las calles /con el blues de Tombstone”. “Es realismo real, con la fábrica, el callejón y la cocina, donde está el niño solo con los blues”, ha dicho Parra. A decir verdad, son muchos más los versos, que abren imágenes como ventanas a otros mundos posibles y que se recogen en esos dos discos esenciales para el desarrollo intelectual del rock. Esas obras, publicadas entre 1965 y 1966, sirvieron de guía fundamental para los Beatles, los Beach Boys y toda esa irrepetible generación del pop y el rock que protagonizó el siglo XX con sus canciones. Y, sin embargo, fue en esos años cuando, aupado por su propio entusiasmo compositivo y su fama, publicó su única novela Tarántula, una pifia de literatura experimental muy por debajo de toda su obra musical. Está claro que el comité del Nobel no ha tenido en cuenta el aspecto narrativo de Dylan a partir de su único libro, en el que intentó emular en prosa poética a Kerouac, Burroughs o Ginsberg.

El propio Allen Ginsberg fue el que más defendió su obra como un legado literario influyente, que a día de hoy se estudia en algunas universidades y tiene varios ensayos de análisis. De hecho, las primeras noticias acerca de la candidatura de Dylan al Nobel empezaron a llegar en 1996 cuando se organizó en Estocolmo un comité de campaña, apoyado por Ginsberg y Gordon Ball, profesor de la Universidad de Virginia. Ginsberg afirmaba: “Dylan es uno de los más grandes bardos y juglares norteamericanos del siglo XX y sus palabras han influido en varias generaciones de hombres y mujeres de todo el mundo”. Y Ball, por su lado, escribió: “Dylan ha devuelto la poesía de nuestra época a su transmisión primordial a través del cuerpo, revivió la tradición de los trovadores”. Un buen ejemplo de todo esto es un disco como Blood on Tracks. Para explicarse todas las grietas sentimentales del amor, uno puede leer los relatos De qué hablamos cuando hablamos de amor de Raymond Carver, pero también puede coger este álbum de diez composiciones y bucear en sus letras para dar con huellas emocionales que explican los sinsabores del alma humana.

En las últimas dos décadas, Dylan, como siempre pero más que nunca, ha huido de su propio mito, como bien demostró en sus memorias Crónicas, un fabuloso libro lleno de trampas que no tiene nada de autobiografía al uso y sí mucho de literatura, en ese repaso desordenado y fascinante a algunos recuerdos de su vida. En este tiempo, no quiere saber nada de su influencia imponente en la música popular contemporánea o en las letras norteamericanas. No quiere detenerse ni un segundo en preguntarse si es tan valioso para la cultura y el arte como Picasso o John Ford, tal y como no se cansan de decirle. En estas dos últimas décadas, también muchos detractores le han situado en el ocaso de su carrera, lejos de esos años dorados de bardo divino. Pero, en todo este tiempo, realmente, el veterano compositor ha dado frutos conmovedores en discos como Time Out of Mind, Modern Times, Love and Theft o Tempest.

A partir de una melancolía sonora que bucea en las raíces del folk, el gospel o el country, ha creado un universo repleto de símbolos del pasado y evocaciones. La historia norteamericana llegando hasta nuestros días se despliega a través de postales ocres, repletas de personajes anónimos que podrían poblar las novelas de Philip Roth, Richard Ford o Cormac McCarthy en ese retrato espiritual del envés del sueño americano y del imparable paso del tiempo. “Ningún hombre, ninguna mujer sabe / la hora en que llegará el sufrimiento / En la oscuridad escucho la llamada de las aves nocturnas… El sueño es como una muerte temprana”, canta Dylan con voz arrastrada en Workingman’s Blues #2. “Reúnete conmigo al final, no te retrases / Tráeme mis botas y zapatos / Puedes rendirte o luchar lo mejor que puedas en primera línea / Canta un poquito este blues del trabajador”, dice el estribillo.

Esquivo e imprevisible, Dylan hace historia al ser el primer músico que consigue el premio Nobel de Literatura. Ya en 1965, cuando la prensa norteamericana le calificaba del gran poeta de su tiempo, el músico decía: “No me llamo poeta porque no me gusta la palabra. Soy un artista del trapecio”. Durante más de medio siglo, su paso por el trapecio ha sido un irrepetible ejemplo para otros muchos más artistas y personas de todo el mundo que reconocen una deuda con sus letras, con su visión del mundo. Bruce Springsteen dijo una vez: “Si Elvis Presley liberaba tu cuerpo, Bob Dylan liberaba tu mente”. Esa capacidad, al alcance de los mejores creadores, es esencia misma de la mejor literatura, de la más trascendente y admirable obra artística.

Bob Dylan, premio Nobel de Literatura. Han retumbado los cimientos, como esa guitarra eléctrica, órgano Hammond, baqueta sobre la caja de la batería y voz punzante acopladas hicieron retumbar el mundo hace más de medio siglo con la arrolladora Like a Rolling Stone, un torrente literario que no deja indiferente. Bob Dylan, premio Nobel de Literatura. El secreto está en las canciones. Allí el trapecista Dylan ha conseguido lo que parecía imposible: que un músico gane el premio más prestigioso de la literatura mundial. Eso sí, que nadie espere que, a diferencia del resto, esto le va a cambiar la vida. Dylan seguirá a lo suyo, en su trapecio, con su sonrisita épica, intentando contarnos cómo sopla el viento.

••

•••

 

Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

Anuncios