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patria-aramburuTusquets Ediciones, 2016

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De la nueva voz del pueblo

La trayectoria constitucional de un país como el nuestro, desde que en 1978 se estableció la ingenua carta magna que ha dado pie a tan significados desvaríos, nos conduce, parece que inexorablemente, a la práctica destrucción ética y/o moral de todo un pueblo, sumido en el apacible silencio que facilita una masiva ignorancia supina, encantada de sustituir la tabla de valores que toda sociedad precisa por una caterva constínua y constante de despropósitos liderados por una lamentable representación democrática que parece que ha tomado la deriva más incoherente posible: su drástico deterioro a manos del asamblearismo populista, es decir, ‘la gente‘ totalitaria que aprovecha el mayoritario ‘meninfotisme‘ -léase pasotismo- para hacerse con ‘la voz del pueblo‘.

Lo cual sí es perfectamente compatible, por supuesto, con el incesante crecimiento de quienes reivindican el derecho a decidir incluso la independencia unilateral de sus regiones.

El tambaleo de estos meses en el seno del PSOE es, en el fondo, más de lo mismo. El firme establecimiento del derrumbe educativo, acompañado por el relativismo, ha dado como fruto tanto el odio nacionalista generado en las poblaciones bajo su mandato como la conversión del liderazgo, en el resto de España, en puro cretinismo aderezado por la partitocracia burrocrática.

Por eso el asunto político español resulta tan complicado. Porque el caos ha invadido, como era de esperar, también los ámbitos familiar, instructivo, convivencial, social, etc., dejando al país sin un modelo -siquiera el constitucional, con todos sus defectos- respetado por todos y sin un proyecto de futuro que le dé sentido a la vida en común.

Por eso regenerar el sentido colectivo de una sociedad educada desde el 78 en tragar sapos, por ejemplo, del tamaño de los asesinos etarras o del de las inmersiones lingüísticas e históricas inventadas e impuestas por los independentistas -recluyéndose en el silencio cómplice patrocinado por un cobarde bipartidismo– es tarea de titanes y años, muchos años.

La entrega de la educación a las Taifas autonómicas nos va a costar muy caro: no había más que ver ayer los comunicados de los sanchistas a la salida del Comité Federal del PSOE o los de Izquierda Unida, Convergencia, Podemos, Mareas, etc, en cuanto finalizaban su despacho de ayer con el Rey: pura remisión al barullo en la calle que esperan -ese ‘rodear el Congreso’ a la venezolana y demás- y desean organice ‘la gente‘ sin que ellos, como dicen, tengan nada que ver, por supuesto.

Y es que el asamblearismo y la patria suelen tener poco en común.

EQM

pd. De vergúenza ajena las últimas maniobras de los sanchistas asamblearios -incluída la Izquierda Socialista de José Antonio Pérez Tapias–  preconizando el incumplimiento antidemocrático de lo acordado por su Comité Federal por una mayoría sobrada frente a su voto en contra, con argumentos como la libertad de conciencia que ellos, con ZPedro, jamás concedieron a los diputados socialistas que preferían abstenerse cuando también el Comité Federal decidió el NO.

Y de vergüenza ese Iceta que aprovecha el lujo de votar en el Comité Federal y, al perder, da a aconocer al mundo que tal votación no le concierne porque él se debe al Comité Nacional del PSC, que le va a decir que mantenga el NO. Imagino que la Gestora esperará a que pase la investidura para que, incluso si se limitan a ausentarse a causa de un apretón colectivo, inicie la liquidación de la actual falsa fraternidad que debilita la presencia del PSOE en Cataluña hasta extremos inauditos.

Les recomiendo vivamente la lectura de ‘Patria‘ [2016], de Fernando Aramburu, el retablo definitivo sobre más de 30 años de la vida en Euskadi bajo el terrorismo.

Así como los artículos, sobre tal texto, de Cayetana Álvarez de Toledo, de José Aguilar Jurado, de José-Carlos Mainer, que les adjunto. Y ETA: una memoria amputada, de Rogelio Alonso, ayer en El Mundo.

sean-mackaoui-em-241016Ilustración de Sean Mackaoui [Suiza, 1969] en El Mundo, 241016.

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Patria o vida

Cayetana Álvarez de Toledo en El Mundo, 241016.

El jueves, la casa en silencio, la noche avanzada, acabé de leer Patria, de Fernando Aramburu. Casualidad, pensé, secándome las lágrimas; justo el día en que se cumplen cinco años del alto el fuego de ETA, que es donde arranca la novela. Patria es un retrato de la devastación que provoca el ensueño identitario en una sociedad cerrada. Jóvenes embrutecidos que disparan en la nuca para ganar prestigio ante la pandilla. Madres fanatizadas por amor a sus hijos asesinos. Clérigos pródigos en la más abyecta adversativa. Adultos carcomidos por la cobardía, capaces de condenar a su mejor amigo a la muerte civil que precede a la física con tal de evitarse un problema. Sin patetismo, con delicadeza y precisión, Patria describe un mundo en que la ficción colectiva arrasa con la responsabilidad y hasta con la conciencia individual. Una comunidad quebrada por el etnicismo y la estupidez. Su protagonista es el nacionalismo. Y su mensaje, la reconciliación. La que no deriva de la equidistancia sino del conocimiento de la verdad y la deslegitimación radical del terror.

Pero Patria tiene también otro protagonista. O esa fue mi conclusión al cerrar el libro y colocarlo amorosamente en la estantería junto a Vidas Rotas. Ese protagonista es el Estado ausente. No el Goliat contra el que clama, pura halitósica hipocresía, el cura don Serapio. Tampoco el que irrumpe en la trama, abusivo y traidor a su mandato. El Estado como expresión de una nación constituida. De una comunidad democrática fundada en un acuerdo blindado a las saludables discrepancias ideológicas. Que comparte memoria y voluntad. Y cuya eficacia no es únicamente policial, sino también pedagógica y moral. Ese Estado no aparece en Patria. Ni tampoco hoy en Alsasua, donde una víctima, Consuelo Ordóñez, ha tenido que asumir la responsabilidad del héroe porque los gobiernos no han asumido la suya. ETA ha sido operativamente derrotada. Pero el odio, el matonismo, la ignorancia y el proyecto político identitario que asesinaron al Txato siguen ahí. Y siguen ahí porque no los hemos combatido. Ni siquiera lo hemos intentado.

Lo ha resumido bien la viuda de Jesús Mari Pedrosa, concejal del PP asesinado en Durango en junio de 2000: el problema es que los partidos «no tienen ni un suelo sobre el que levantar acuerdos». Ese suelo, asentado en la Transición, ha sido socavado. No existe otra nación en el mundo que a los intentos de destrucción contraponga su propia división. En España, la unidad es frágil, efímera. Como el sol en Patria, excepcional.

El jueves, en el Congreso, los grupos parlamentarios no lograron consensuar una declaración institucional sobre los cinco años sin muertos de ETA. Se entiende, con Bildu en la Cámara y Otegi en la recámara. Mucho más grave es la falta de entendimiento entre las fuerzas constitucionalistas. Y para ejemplos, la actitud de Patxi López, que no es Pablo Iglesias, ni siquiera Odón Elorza.

-7 de julio de 2006: López desafía la ilegalización de Batasuna y se reúne públicamente con Otegi y con Rufi Etxeberría, el ideólogo de la «socialización del sufrimiento».

-7 de marzo de 2008: López increpa a Mariano Rajoy y María San Gil en la capilla ardiente del concejal de PSE Isaías Carrasco. Son vísperas de elecciones generales y él sabe que el presidente de su partido, Jesús Eguiguren, lleva años en secretas negociaciones con ETA.

-5 de mayo de 2009: López se convierte en lehendakari gracias a los votos gratis et amore del PP y UPyD. El amore es correspondido con cuatro años de desprecio.

-13 de enero de 2016: López es elegido presidente del Congreso, tercera autoridad del Estado, porque el PP no presenta un candidato alternativo. Rajoy aplaude desde su escaño.

-Ayer: López enarbola la intransigencia de Sánchez y la frivolidad de Iceta: «No compremos un respiro momentáneo para ahogarnos en el futuro».

Y este hombre es considerado la encarnación de la reagrupación constitucionalista. ¡Incluso el futuro del PSOE! En realidad, es la viva explicación de por qué el socialismo y el constitucionalismo retroceden. En el País Vasco, Bildu suma hoy los mismos escaños que PSE, PP y el malogrado Ciudadanos: 18. De los 75 diputados que conforman la Cámara, 57 reclaman el derecho a decidir por el que ETA ha matado medio siglo.

Dicen que es la corrupción, Gürtel, Bárcenas y demás. Pero no es verdad. La aversión socialista hacia el PP tiene una raíz mucho más honda. Es un atavismo y el mayor obstáculo no sólo para la derrota política y moral de ETA, sino también para la continuidad democrática de España. Otra evidencia reciente: el despropósito de Badalona, donde el PSC ha preferido rechazar los votos del PP que recuperar la alcaldía para su partido y para la legalidad. Sí, la esperanza se llama Fernández. Y los individuos, me enseñó John Elliott, son decisivos. Pero para esta tarea de reconstrucción no bastarán un hombre justo y un giro táctico.

El sectarismo erosiona y se extiende. ¿Cómo es posible que UPyD y C’s, partidos que nunca debieron ser distintos, no concurrieran juntos a las elecciones del País Vasco, zona cero? ¿Y qué decir del PP? La imagen de Alfonso Alonso paralizado por la pregunta de la candidata de Podemos, Pilar Zabala -«¿Entonces usted no me considera a mí víctima?»- refleja el fatal desconcierto del PP vasco desde que decidió modular su discurso en busca de una aprobación imposible. Bastaba con responder: «La consuelo dos veces. Por ser la hermana de una víctima y la de un terrorista». Inspirado, incluso podría haber añadido: «ETA y el GAL tienen algo en común: son incompatibles con la democracia. Y su partido, señora Zabala, va camino de serlo».

El aquelarre de la Autónoma y la posterior apología de Podemos -«síntoma de salud democrática», decretó Iglesias- marcan un hito en el asalto al sistema del 78. De la ilegalización de Batasuna hacia la batasunización de España. De nuevo, desde las propias instituciones se legitima la violencia como medio para alcanzar fines políticos. Cierto, no hay muertos. Pero el fiduciario y portavoz del odio, el que convierte el Congreso en escaparate y objetivo revolucionarios, es un partido nacional con 5 millones de votos. Esto exige una reacción mucho más intensa que la sugerida por una abstención a rastras como paso previo a una oposición frontal. Hay que reconstruir el suelo sobre el que se levantan los acuerdos. Afirmar la memoria y reagrupar la voluntad.

Patria acaba con un abrazo breve, mudo, conmovedor. Pero el abrazo más urgente, condición previa para la reconciliación que vislumbra Aramburu, es otro. Es el nuestro. El de las víctimas. El de los ciudadanos españoles. Frente a la lucha de los patriotas, el abrazo de la nación constitucional.

‘Patria’ de Aramburu, la gran novela española sobre el terrorismo de ETA

“He leído muchos capítulos de la novela, he de confesarlo, con un nudo en la garganta y los ojos húmedos”.

José Aguilar Jurado ‘Fray Josepho de la Tarima’ en Libertad Digital, 061016.

Digamos, de entrada, que Patria es la gran novela española sobre el terrorismo de ETA. No la única, desde luego, pero sí a mi juicio la más notable. Si están ustedes leyendo esta sección cultural, ya deberían saber que Fernando Aramburu es uno de los mejores novelistas españoles contemporáneos y que es inexcusable leerlo. Deberían saber también (y perdonen que les regañe) que Aramburu nació en San Sebastián en 1959, en una familia de clase obrera, que estudió Filología en la universidad de Zaragoza, y que en 1985 se fue a Alemania a dar clases de español a hijos de emigrantes. Y que sigue viviendo allí, aunque desde hace cinco o seis años ya solo se dedica a la literatura. Su calidad literaria sigue siendo la misma que cuando compatibilizaba la literatura con las clases, pero ahora tenemos la suerte de que sus novelas salen menos espaciadas. Casi novela por año, aunque en Patria ha tardado un poco más.

No es la primera vez que ETA sale en la obra narrativa de Fernando Aramburu. Ya aparecía, de una manera tangencial, en Fuegos con limón (1996), su primera novela (estupenda, por cierto). También en su sobrecogedor libro de relatosLos peces de la amargura (2006), que fue premio Vargas Llosa, premio Dulce Chacón y premio Real Academia Española. Pero ahí la sustancia literaria no era tanto ETA como su terrible consecuencia: las víctimas. Seis años después, Aramburu publicó Años Lentos (2012), novela que yo mismo reseñé aquí, en la que el terrorismo tiene mayor presencia, aunque tampoco es exactamente el asunto central.

Conviene decir que Aramburu no se fue a Alemania para huir de ETA. Se fue por las cosas de la vida, y por una alemana. O sea, que no es un perseguido de la banda ni un amenazado que ahora se venga escribiendo contra ella. Es simplemente un escritor que nació y creció en territorio etarra y que no puede sustraerse a algo que formó desgraciadamente parte de su vida durante muchos años. Otros sí se sustrajeron (y se siguen sustrayendo) al asunto, y en las páginas de Patria se encuentran las razones de ello. Aramburu no. Él mismo lo explica en un, digamos, cameo, que al modo hitchcocktiano, incluye en el capítulo 109 de la novela (que en total tiene 125, bastante breves). Aramburu es, aunque no se menciona su nombre, un escritor que presenta su libro en unas Jornadas sobre Víctimas del Terrorismo a las que acude uno de los personajes. Es un episodio marginal en la trama, pero las palabras, no demasiadas, que pronuncia ese anónimo escritor son interesantes. Me permito reproducir algunas:

Hay libros que van creciendo dentro de uno a lo largo de los años en espera de la ocasión oportuna de ser escritos. (…) Escribí en contra del sufrimiento inferido por unos hombres a otros, procurando mostrar en qué consiste dicho sufrimiento y, por descontado, quién lo genera y qué consecuencias físicas y psíquicas acarrea a las víctimas supervivientes. (…) Asimismo escribí en contra del crimen perpetrado con excusa política, en nombre de una patria conde un puñado de gente armada, con el vergonzoso apoyo de un sector de la sociedad, decide quién pertenece a dicha patria y quién debe abandonarla o desaparecer. (…) Pero también escribí, desde el estímulo por ofrecer algo positivo a mis semejantes, a favor de la literatura y el arte, por tanto a favor de lo bueno y noble que alberga el ser humano. Y a favor de las víctimas de ETA en su individual humanidad, no como meros números de una estadística donde se pierden el nombre de cada una de ellas, sus rostros concretos y sus señas intransferibles de identidad.

La verdad es que esta intervención del escritor/personaje le da a uno la reseña hecha. Porque en efecto, la sensación que transmiten las páginas de Patria es exactamente la que apuntan las palabras citadas.

Aramburu, del que ya he dicho en otra ocasión que es un novelista de personajes, nos sitúa en un pueblo de Guipúzcoa, donde viven dos familias: la del Txato, un pequeño empresario al que le llega una carta de ETA exigiéndole el impuesto revolucionario, y la de su amigo Joxian, uno de cuyos hijos entra en la banda terrorista. Aunque más que el Txato y Joxian, los personajes centrales son Bittori, la mujer del Txato, y Miren, la de Joxian. Y también los hijos de ambos. Y los yernos y las nueras. Y también un poco los nietos. Sin perder de vista a algunos personajes secundarios, como don Serapio, el cura del pueblo, o Patxi, el que regenta la Herriko Taberna. Los retratos son todos magistrales. Cuando sea mayor, quiero aprender a dibujar personajes tan vivos y reales como los de Aramburu.

Por otro lado, la historia no se presenta de una manera lineal, sino por medio de fragmentos y saltos temporales, que poco a poco nos van metiendo en la trama. Una trama que se desarrolla desde la Transición, que pasa por los años duros en los que la banda asesinaba a mansalva, y llega hasta prácticamente nuestros días, con la llamada tregua definitiva de ETA y este periodo en que vivimos, en que tanto se habla de pasar página.

He leído muchos capítulos de la novela, he de confesarlo, con un nudo en la garganta y los ojos húmedos. Experiencia impactante, la lectura de Patria. Y eso que Aramburu no se recrea en la emotividad efectista. Es un narrador certero que sabe que las emociones no están en los adjetivos, sino en los sustantivos. No en explicar lo terrible que es algo, sino en mostrárnoslo. La ficción, en Aramburu, se hace verdad. Y eso es lo que sobrecoge.

En fin, que al principio he dicho que Patria es la gran novela española sobre el terrorismo de ETA. Y siendo cierto, me parece que esto reduce su dimensión y su categoría. Patria es una gran novela, independientemente de su tema. Es decir, no la metan ustedes en el subgénero “novelas de ETA”. Pónganla en el apartado “enormes novelas del siglo XXI”. Después de leerla, claro.

el-roto-ep-210416Viñeta de El Roto [A. Rábago, España 1947], para El País, 211016.

Patria voraz

Aramburu ha escrito una novela memorable sobre los 40 años de deriva fascista de Euskadi

José-Carlos Mainer en El País, 020916.

En 1996, Fuegos con limón, la primera novela de Aramburu, nos deslumbró a bastantes lectores. Era un relato extenso, sin prejuicios ni pudores, aparentemente salvaje, pero que hablaba de la fe de unos muchachos en la virtud salvadora de la literatura. Y, en su fondo, dejaba ver los perfiles de esa piedra cruel y berroqueña que la hipocresía nos hace llamar “el conflicto vasco”, “el conflicto” para sus íntimos. Veinte años después, Aramburu es algo más que un escritor de culto, y aquel pedrusco infame, ya algo cuarteado por fortuna, ha ocupado el primer plano de unos conmovedores relatos, Los peces de la amargura (2006), y de una breve e intensa novela, Años lentos (2012), cuyas estrategias narrativas —la mezcla de distancia e implicación, de autoflagelación y lucidez— nos hicieron pensar en las novelas africanas de J. M. Coetzee.

Ahora la vieja piedra se llama simplemente Patria y el libro es una novela extensa y memorable que abarca 40 años de fascistización de una sociedad cerrada y recelosa y otros tantos de degradación moral de las instituciones del Estado. Allí está todo: el mundo de la lucha armada y el encarcelamiento de sus héroes, la hipócrita y cruel ocultación de sus víctimas, la constitución de una mentalidad de “pueblo elegido” y perseguido, el bochornoso papel de la Iglesia católica y sus imanes parroquiales, la diaria y sistemática práctica de división de una comunidad en buenos y malos. Aramburu ha retratado las dos caras de una sociedad arcaica y patriarcal que ha preservado los valores de unidad familiar (es significativo que castellanohablantes y euskaldunes usen la misma nomenclatura vasca de la jerarquía familiar: amona, aita, ama, osaba…) y donde la cuadrilla es el instrumento de socialización de adolescentes y jóvenes. Y queda claro que la misma mentalidad que sustenta una gran cohesión social ha sido el caldo de cultivo natural de la justificación de la violencia y del ejercicio del acoso fascista al sospechoso (pintadas manifestaciones, culto a los retratos de los héroes).

No es casual que Patria sea la historia de dos familias que han sido inmemorialmente amigas y a las que ha enfrentado el “conflicto”. Y cuya historia paralela es la errática, aunque decidida, búsqueda de un perdón que unos han de pedir a los otros y que al final llega. No sabemos sus apellidos familiares, sino solo los nombres de pila, lo que es significativo. Gobiernan a las familias dos etxekoandreak (amas de casa), Miren y Bittori, que dominan a dos maridos —el Txato, la víctima mortal de un atentado terrorista, y Joxian, torpe, cobarde y sentimental— y a los cinco hijos que encarnan toda la gama de biografías de una sociedad que ha ido pasando de la vida pueblerina a la propia de una clase media semiurbana. Hay un médico, lúcido y algo reservón, Xabier; un escritor en euskera que acepta su homosexualidad, Gorka; un terrorista que purga su culpa, Joxe Mari. Y dos mujeres que, en el fondo, heredan —cada cual a su modo— la resistencia, el empeño y el fracaso de sus madres: Nerea, la aparentemente errática y egoísta pero que crece moralmente con el paso de las páginas, y Arantxa, la marcada por su mala suerte y a la que un ictus convierte en una inválida. Y en uno de los personajes más logrados y emotivos de la novela, quizá el mayor y mejor de todos.

El orden del relato se ha sedimentado en un centenar de capítulos breves que adoptan la unidad de un cuento. No los unifica la cronología estricta, sino una sucesión de naturaleza emocional. También se ha diluido adrede (y con gran efectividad) la responsabilidad narrativa: no sabemos quién cuenta porque las frases —casi ráfagas— escritas en primera persona se mezclan con las formas del estilo indirecto libre y con la presencia mayoritaria de un narrador que todo lo gobierna y organiza. Y que quizá se autorrepresenta como el novelista que, al final (en el capítulo ‘Si a la brasa le da el viento’), habla de sus novelas vascas en un acto organizado, tras el abandono de las armas por parte de ETA, al que significativamente asisten muchos personajes reales y otros de nuestra ficción. El resultado estético es un estilo urgente y minucioso que parece nacer de la misma historia contada y que busca abarcarlo todo: a través de esos diálogos expresivos en los que se usa el castellano hablado en el país (con los verbos en condicional, que sustituye al pretérito imperfecto de subjuntivo) o mediante la búsqueda de la mayor precisión en los mecanismos psicológicos de los personajes que lleva a que, a menudo, los conceptos se expresen en formas alternativas o complementarias separadas por barras: “presentía/deseaba”, “estaba todo hablado/roto”, “se indignó/inquietó”.

Patria es, sobre todo, una gran y meditada novela. Pero la tradición del género lleva incluida la virtud de explicar a sus contemporáneos algo del mundo que les ha tocado vivir, o que forma parte de su herencia: amalgamar evocación y análisis. Lo hicieron los Episodios nacionales, de Galdós, justo cuando hacía falta recordar y suturar discordias civiles, y lo hizo Guerra y paz, de Tolstói, cuando corría riesgo de olvido el origen de la Rusia moderna. Lo mismo están logrando ahora las novelas de Fernando Aramburu.

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Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

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