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Chufla, chufla, que como no os apartéis vosotros…

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Del hundimiento educativo

Contrariamente a lo que pueda parecer, tanto el bochornoso espectáculo parlamentario del pasado sábado, protagonizado por Rufían y Pablo Iglesias, como la farsa histriónica liderada por ZPedro a pase de Jordi Évole, el domingo en la Sexta, dieron a la sociedad un conocimiento esencial para conocer la exacta medida de qué clase de golpe es el que pretendían llevar a cabo esta gentuza como alternativa a un gobierno constitucionalista.

De los dos primeros, no voy a añadir nada a lo que quien suscribe y muchos otros ha aportado ya. Las hemerotecas se encuentran saturadas de ejemplo de la calaña de estos personajes encantados con que su patulea cómplice rodee el Parlamento al grito de que lo que sucede allí dentro, invistiendo democráticamente al actual Presidente del Gobierno de España, es fruto de un golpe mafioso producido por los poderes fácticos y utilizando a los diputados como meras marionetas fascistas.

De ZPedro, solamente añadir hoy -seguiremos informando- que, como cuenta El País en su editorial, fue precisamente él quien se encargó de presionar personalmente a importantes accionistas de PRISA para que doblegaran la línea editorial del grupo mediático debido a que él entendía que afectaba a sus intereses.

Tal actuación sería motivo más que suficiente, en cualquier democracia consolidada, para expulsarle de la política, cuando menos.

En España estamos viviendo un grave momento de perplejidad social y alarma social por la gran mayoría ciudadanía y que, en la importante parte que conforman los mayores de 40 años -cada vez más por el envejecimiento de la población y su mayor esperanza de vida-, se fundamentamenta en la constatación de que el Sistema que los populistas denominan ‘del 78’ ha cometido -hemos cometido- el gravísimo y continuado error de educar en la ignorancia histórica y cultural más supina a las generaciones nacidas en la actual etapa democrática.

Entre otras cuestiones trascendentes, ello ha supuesto que, a estas alturas, aquellos discentes son precisamente quienes van teniendo acceso al poder sin saber hacer la O política con un canuto y van obteniendo cada vez electores coetáneos, es decir, más votos de un grupo social en incesante aumento.

Dicho de otro modo: hemos dado una educación -fundamentalmente pública- que facilita, hasta con devoción, la llegada a la política decisoria de auténticas mareas de palurdos para los que, por si algo les faltara, la ignorancia no es, en absoluto, un desdoro.

Lo cual, evidentemente, tiene su sentido: cuando la ignorancia cunde hasta generalizarse, es ridículo pedir las peras de la sensatez al olmo analfabeto incluso del sentido que hasta hace no mucho considerábamos común.

Esto es algo que se palpa en el Congreso con sólo escuchar los parlamentos de quienes pretenden derruir el Sistema con el amparo y apoyo de millones de votantes a quienes ellos consideran ‘la gente’ y que está compuesto mayormente por ciudadanos nacidos, como digo, después de la transición española a la democracia.

Y de cuya gravedad debimos tomar nota hace ya muchísimo tiempo, esto es, cuando comenzamos a visualizar qué tipo de contenidos educativos reales y valores constitucionales se impartían, qué importancia se daba docentemente al esfuerzo y al mérito, cómo se degradaba el concepto de exámen hasta el establecimiento de la cultura del aprobado general, o, finalmente, qué tipo de nuevo ciudadano político se conformaba en torno a la submersión lingúística en Cataluña, tolerada ya durante décadas por el Gobierno español.

Con una particularidad que agrava cualquier proceso regenerador: el desconocimiento, la incultura y la consiguiente ineptitud han alcanzado, como no podría ser de otro modo, a tres pilares fundamentales en la pedagogía pública: la política, la docencia y los medios.

Y claro, resulta muy difícil explicar o explicarse para quien tiene la obligación ética, moral o profesional, si no sabe ni se sabe…

EQM

pd. Se me podrá replicar que los líderes mochileros sí saben y que manipulan a los desconocedores, pero ese es otro cantar que bebe en las mismas fuentes de la ignorancia inducida, consentida, impulsada, por las generaciones que, sabiendo, no impedimos que los poderes públicos incumplieran con su obligación de que los que venían detrás no dejaran de saber.

  • Les adjunto dos interesantes artículos: el primero de Arcadi Espada, sobre la sensatez política imperante y el segundo de Cayetana Álvarez de Toledo, sobre la misma implicaría una suerte de coalición de Gobierno entre PP y Ciudadanos, en estos tiempos de tanta chifladura.

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raul-arias-em-301016Ilustración de Raúl Arias [España, 1969] en El Mundo, 301016.

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El monopolio de la chifladura

Arcadi Espada en El Mundo, 301016.

Mi liberada:

Necesito tu ayuda experta para responder una pregunta que me corroe desde hace tiempo y cuya trascendencia no han hecho más que revalidar (palabra derogada) los eventos parlamentarios de esta semana: ¿por qué los chiflados españoles son de izquierdas? Para mí, como sabes, es una pregunta que surge de un malestar profundo. Yo nací, perdonadme, con el prejuicio de que la inteligencia era de izquierdas y he pensado a menudo si en el fondo no milité en la izquierda para disponer de un certificado.

Y aunque hace tiempo que vencí al prejuicio, la identificación entre la chifladura y la izquierda me sigue provocando un íntimo resquemor.

Me sentiría mucho mejor viviendo en países como Francia, donde madame Le Pen es un valor seguro e inequívoco. Y qué decir de mi orgullosa felicidad si dentro de unos días pudiera votar por Mrs. Clinton. Yo tendría también el antiguo corazón contento y en su sitio luchando contra Orbán en Budapest. O en Varsovia, contra Kaczynski. En todos esos ejemplos no se libra sólo un combate moral; sino también, y fundamentalmente, un combate contra la estupidez.

Así pues, comprenderás mi desazón cuando observando el panorama desde el puente veo en qué inesperado lugar se agrupa la chifladura política española. Es una afrenta que cada vez que toma la palabra el líder del partido Podemos compruebe espeluznado cómo en vez de la inteligente crueldad de Robespierre adviene The Nasty Professor con su más cruel estupidez.

Cualquier español que no esté sordo, muy sordo, sabe que ¡el nuevo! presidente Rajoy es el responsable de innumerables crímenes, y del principal que es el de seguir siendo presidente tras el rescate bancario de España, la secesión en marcha de Cataluña, la crisis de Europa, la abdicación del Rey, el tesorero corrompido y la irrupción de los quincemesinos en la vida adulta. Pero hay un mérito que el presidente puede atribuirse, porque el que manda es igualmente responsable tanto si llueve (porco governo!) como si hace sol: al partido que dirige desde hace 12 años no le ha salido ningún bubón a su derecha.

Rajoy ha encarado una crisis económica y una crisis de Estado sin precedentes. Respondió a las instrucciones europeas con evidente acierto y está superando la primera: España crece hoy por encima del 3% y para reducir la pobreza no hay más camino conocido que el de acelerar el crecimiento. La crisis de la secesión catalana aún no ha tocado el anhelado fondo. Rajoy prefirió tratarla como una enfermedad crónica y no como un virulento brote infeccioso.

Pero, más allá del acierto o del fracaso que acabe teniendo la estrategia, Rajoy será siempre el presidente que el 9 de noviembre de 2014 no supo evitar la desobediencia de un gobierno desleal y la convocatoria, organización y desarrollo de un referéndum, no por grotesco menos humillante para la democracia.

Esta doble crisis prestaba argumentos sólidos al nacimiento del bubón. El primero, centrado en los inmigrantes. La inmigración es uno de los argumentos de referencia de la chifladura populista. En el Reino Unido, en Francia, en Alemania y en Estados Unidos. Pues bien: respecto del total de sus habitantes, España tiene un porcentaje de inmigración más alto que todos esos países. Si a eso se le añade el aumento de la desigualdad que ha traído la crisis, el mayor de la Ocde, se entiende el pasmo ante la anomalía española.

El segundo argumento es el patriótico: mientras Rajoy gobernaba, el Estado y la propia idea de nación han dado signos de descomposición difícilmente comparables al de cualquier otro país al que la vista alcance. Por lo tanto, ¿quién dudaría que en términos de mercado había y hay un nicho esperando la aparición de un partido que reprochara al Pp sus presuntas debilidades de orden patriótico general y ofreciera al electorado una política fuerte?

Pues bien, ahí está el estruendoso fracaso del último que lo intentó, el partido Vox, que aun añadió a su intenso ideario el argumento antietarra, ése que golpea con dolor y con causa la sensibilidad cívica de millones de ciudadanos.

Sería maravilloso deducir de esta evidencia que los españoles rechazan a los chiflados. ¡Una Dinamarca donde todo huele a espliego! Pero no, obviamente. Basten los ejemplos inmediatos. Cinco millones de españoles votan al partido Podemos. La mitad de los ciudadanos catalanes dan su apoyo al gobierno desleal de la Generalidad y a sus proyectos ilegales. La cuarta parte aproximada de la población vasca, y me atengo a una exquisita prudencia estadística, ha escogido el orgullo en vez de la vergüenza para vertebrar su relato sobre el terrorismo. Chiflados, pues, los hay. ¡A millones! Y peligrosos. A la chifladura derechista de echar a los inmigrantes corresponde la de salir de Europa, ésa que comparten podémicos y secesionistas. Y a la de echar a los catalanes de España, la de echar a los españoles de Cataluña.

Hay chifladura. Pero toda está en la izquierda. Insiste en la circunstancia el socialismo catalán, que acaba de pedir respetuosamente su ingreso en la orden de la chifladura podémica, una decisión que, de todos modos, puede ser absolutamente benéfica para la reconstrucción del socialismo español. La destrucción del catalanismo ha acabado de completar el cuadro. Es verdad que durante bastantes años la derecha cedió una parte de sus votos a la chifladura nacionalista. Pero tras la alianza de los restos del catalanismo con el movimiento antisistema, el nacionalismo ya está inherentemente cosido a la izquierda, salvo lo que tenga bien exponer en los próximos meses el marido de la diputada Arrimadas.

El Pp ha perdido votos. Pero con limpieza, por así decirlo. Ha perdido votos en favor de una formación política, Ciudadanos, que no aspira, al menos en su programa de hoy, a formar parte militante de la chifladura. Las razones por las que la derecha española exhibe hoy un perfil razonable, aliado con el sentido común y la inteligencia disponible, no dejan de tener un punto excitante de misterio. La politología reinante nos las explicará cuando ya no sea necesario. Estoy seguro de que se trata de una paradójica venganza. Vuestra violenta demonización del Pp, el torpe extremo al que habéis llegado, han hecho imposible la aparición de algo consistente a su derecha.

Y es que, piénsalo, libe: ¿cómo hacer brotar una llama en el infierno?

Y sigue ciega tu camino

A.

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Aportación de Giovannini al texto de Arcadi, en su blog:

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vía [en grande]

Mujeres que leen cartas, por Leonard Giovannini

A partir del cuadro de Jan Steen “The Way You Hear It” hemos escenificado una reunión familiar de los populistas de izquierda. He hecho trampa casi sin querer: la señora tiene en sus manos una partitura y no una carta, pero me he percatado con el trabajo en marcha. Solo había un modo de resolverlo: he supuesto que la partitura ha llegado por correo.
El patriarca de los orates populistas ejerce aquí de rey de pacotilla, tocado con corona de trapo, mientras observa a su prole: la Alcaldesa del Pueblo y su sumiller de corps, la diputada abusadora, los botarates de la pipa de la guerra, el que sopla la gaita, el sandalio, etcétera. Las medianías (en el mejor de los casos) que guiarán al Pueblo hasta las ilimitadas llanuras de la mediocridad (en el mejor de los casos).
Para ello cuentan con su propio oráculo. Contra lo que cabría esperar no enseñan a hablar al loro, sino que hacen suyo el discurso de este. Por su parte, el loro repite lo que le dice el pajarico que hay en la jaula, quien a su vez recibe instrucciones del señor del cuadro. Millones de españoles –ignorantes, semicultos y cultos– desean poner sus destinos en las manos de estos zascandiles.
Pero, un momento, ¿no es Felipe ese que asoma tras el cristal? Él es el gran culpable. Optó por demonizar a los partidos de derecha democrática en lugar de construir un verdadero partido socialdemócrata. Esto último requiere construir votantes socialdemócratas (los partidos crean a sus votantes y no al revés). No lo hizo.

Ilustración de Sean Mackaoui [Suiza, 1969] en El Mundo, 311116.

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Alcalde en tiempos de guerra

Cayetana Álvarez de Toledo en El Mundo, 301016.

Fue hace tres años. Estábamos sentados frente a frente en el salón de una antigua casa italianizante de la zona alta de Barcelona. Un amigo común había hecho las presentaciones y escuchaba en silencio, divertido. Yo observaba: la cara limpia; los ojos encendidos; el discurso en el punto justo donde convergen la razón y las emociones. Qué ingenuo es, pensé.

Pero entre su idealismo incandescente y el cinismo desideologizado que nos rodea… Seguí escuchando. «Yo quiero que Ciudadanos sea una fuerza de regeneración del sistema», insistió. «Quiero que rinda un servicio concreto a España. Como la UCD en su día. Y si eso significa que luego debamos disolvernos, no pasa nada. Misión cumplida».

No sé cuánto habrá cambiado Albert Rivera desde su irrupción en la política nacional. Pero de aquella visión de C’s como partido provisional sólo quedan los rescoldos de una noche de invierno. Hoy el objetivo de Rivera es sobrevivir.

La historia pudo haber sido distinta. Hace un año, entre las elecciones catalanas del 27-S y las generales de diciembre, Ciudadanos perdió la oportunidad de sustituir al Partido Popular. «El Podemos de derechas», se mofaban los listos. Y temblaba Génova. El éxito de Inés Arrimadas convirtió la suave brisa en un vendaval. Los votos volaban hacia C’s. No había cena o cenáculo en que votantes del PP, habituales o potenciales, liberadores o conservadores, no anunciaran, no ya su simpatía hacia Rivera, sino su intención de apoyarle.

Quizás Rivera se asustó. «¡Marca blanca!», le gritaban, y él respondía: «¡No, no!». Como un chico del PP. No se percató de que la plaga nacional-populista exigía la urgente redefinición de los ejes ideológicos. Convirtió, es verdad, la denuncia de la rancia división rojos-azules en una consigna. Pero la sustituyó por la confrontación nuevos-viejos, situándose junto al disolvente Podemos contra los defensores del sistema.

Mucho se ha escrito sobre sus compadreos con Iglesias, camisa arremangada, Évole de celestina. Menos sobre su decisión de arrinconar el debate catalán. «No es centrista», diría Garicano. Y el trasvase del PP se frenó en seco. Incluso se revirtió: unos a por las pinzas; otros, a la abstención.

Entre enero y las elecciones del 26-J, Rivera intentó corregir el rumbo. Se declaró incompatible con Podemos, viajó a Venezuela y ensayó una difícil distinción entre el PP y Rajoy. Pero ya era tarde. Cuando Rajoy convocó a la defensa del sistema, el electorado respondió: 137 diputados para el PP; 32 para C’s.

El pasado jueves, apuntando a las balas de Tejero, Rivera dio el penúltimo paso de su larga rectificación: del «choca, Pablo» y no a Rajoy, al «vaya gilipollas» y a Rajoy. El definitivo, sin embargo, ha quedado pendiente.

No sé si Rivera ha leído las memorias de Nick Clegg, Politics between the extremes. El libro contesta una pregunta decisiva para C’s: ¿oposición constructiva o construcción desde el Gobierno? Lo hace sin autocomplacencia y con lucidez. Clegg, como Ignatieff, disecciona su fracaso. Explica cómo su entrada en el gobierno de Cameron convirtió la Cleggmanía en cenizas de rabia y frustración. Cómo no supo combatir la sensación de traición de sus votantes. Cómo perdió el control sobre el relato de los Lib Dems, reducidos «a una especie de póliza de seguro» contra los excesos de los Tories. Por momentos, Cameron y Osborne parecen una pareja de gatos panzudos jugando con un jilguero. And yet.

La conclusión de Clegg es rotunda. Y convincente. Su libro es un alegato por la coalición de los partidos de la razón frente a la ola nacional-populista, que al Reino Unido le ha costado su pertenencia a Europa y veremos si también la vida. Según Clegg, el avance del extremismo emplaza a los partidos intermedios a maximizar su influencia. A asumir plena responsabilidad. A integrar gobiernos racionales. A liderar las reformas desde arriba. A desmentir con hechos la nuclear mentira populista de que el cambio no lo procuran los gobiernos sino la calle encendida.

Clegg valoró dejar gobernar en minoría a los conservadores. Pero lo descartó: «Siempre me pareció la peor de las opciones: responsabilidad sin control; apoyo sin dirección». Y, peor aún, sin garantías. Sometido al chantaje, invocando la inestabilidad, Cameron no habría dudado en convocar elecciones y entonces los Lib Dems habrían quedado prematuramente liquidados, sin equipo ni obra que exhibir. Qué tentación para Rajoy.

No, la decisión de Rivera no es fácil. Pero hay algo estéril, desesperado, en su reivindicación del acuerdo de 150 puntos con el PP. ¿Qué ventaja tiene reclamar desde la grada lo que puedes decidir desde el terreno, the man in the arena? Ahí están, boyantes, Cristina Cifuentes y Susana Díaz. Y eso que sólo dependen de C’s. La fragmentación del Parlamento ofrece a Rajoy más opciones donde elegir: un PSOE reconciliado, esperemos que definitivamente, con España; un PNV abonado, seguro que temporalmente, al pragmatismo… C’s afronta un achique de espacios, que es también ideológico: no es lo mismo hacer oposición a Colau/Carmena que al tío carnal de Pontevedra.

Quizá sea al revés y a C’s le convenga entrar en el Gobierno. Imaginen al vicepresidente Rivera, impulsor y portavoz de un proyecto de modernización en marcha. Con influencia sobre el rumbo político del Gobierno y hasta el control de la televisión. No sé qué pasaría en la inevitable contienda por el liderazgo del centro-derecha. De momento, Rajoy no tiene relevo ni el PP el esbozo de un proyecto.

La coherencia reformista es un valor. Apunta Clegg: «Los partidos reformistas deberán aprovechar todas las oportunidades para compartir el poder. Si las dejaran pasar por miedo electoralista, defraudarán a la gente que aspiran a servir». Un partido reformista que declina la ocasión de reformar es un oxímoron inútil. El Parlamento no suplanta al Gobierno y 32 escaños no equivalen a cuatro ministerios. La defensa y regeneración de un sistema político depende, ante todo, del coraje ejecutivo. Y más en circunstancias extremas.

Burgemeester in oorlog. Alcalde en tiempos de guerra. Así describen los holandeses el dilema del líder político obligado a escoger entre la apacible irrelevancia y el poder con riesgos. Clegg escogió bien. Brexit, Rodea el Congreso, el lúgubre y anacrónico Rufián… La era de la sinrazón ha quedado solemnemente inaugurada. Muchos países acabarán recurriendo a la fórmula del Government of National Unity para combatir la política del odio y el rencor.

Cuanto antes lo haga España, mejor. Necesitamos gobiernos dispuestos a defender la razón. Incluso a hacer de esa defensa una emoción. C’s en Cataluña, una vez consumada la doble rendición del PSC, al nacionalismo y a Podemos. Y una coalición del Partido Popular y Ciudadanos en España. Ahora imaginen que esas dos dichosas circunstancias coincidieran en el tiempo. La nueva España. La verdadera revolución.

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Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

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