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Empieza una huelga para desterrar los deberes

Durante este mes de noviembre, padres y madres están llamados a boicotear las tareas de casa durante el fin de semana.

“Este primer paso para eliminar los deberes empieza con dejarlos de hacer durante los fines de semana de noviembre. Una propuesta que, aseguran los organizadores, ha tenido buena acogida entre familias y también docentes y que no deja de ser el primer paso para un objetivo mucho más ambicioso: que los deberes desparezcan.”

La Vanguardia, 021116.

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Nubarrones educativos

El Ministro de Educación para la nueva etapa, por cierto, sigue siendo el que era, es decir, Íñigo Méndez de Vigo, y que no sólo no se ha distinguido, precisamente, por su capacidad para impulsar un modelo determinado de educación sino que ha cedido, gustosamente, a las presiones recibidas desde la oposición para paralizar las sensatas reválidas que se iban a poner en marcha como eficaz instrumento -quizás, por el momento, el único a mano- para saber qué saben los alumnos, dado que la deriva educativa lleva años dando sobradas muestras de que aquí hay que ser pero que muy tonto o muy requetevago para no obtener una licenciatura universitaria sin siquiera saber leer [en voz alta] ni, por supuesto, escribir.

Esperemos que la presión de Ciudadanos nos dé una sorpresa y el Ministro sea capaz de asumir uno de los retos que tiene este país: la implantación de un nuevo modelo educativo para unas décadas que nos sitúe al nivel de la media europea y que vuelva a fomentar el esfuerzo, mérito y capacidad de cada quien.

Considero esencial que la sociedad no pierda la idea que a estudiar -ejercitar el entendimiento para alcanzar o comprender algo [RAE]- se aprende, fundamentalmente, haciendo los deberes en casa, enfrentándote al reto en soledad.

EQM

Primera aproximación al nuevo Gobierno

pd. Me parece a mí que Rajoy tiene tan poco interés en la Educación como en la Cultura, en el Deporte educativo o en el apoyo internacional -e interno, léase principalmente Cataluña pero no sólo- a la lengua común, el español: que al Ministro de Educación, aun reconociendo, por el momento, su serenidad y dotes comunicadoras, le haya acumulado la Portavocía del Gobierno indica a las claras que está convencido que, en el Ministerio, tiempo le va a sobrar.

Por cierto, no estaría de más, para empezar la legislatura, que don Íñigo conciliara educación, cultura y deporte contribuyendo decisivamente a que los menores dejaran de tener las actuales facilidades para participar en la adictivas apuestas deportivas en internet que son una bomba de relogería ludópata, tomando también medidas para frenar en seco la invasión de publicidad que hoy rodea a cualquier partido de futbol televisado por la tele. Pero, por lo visto hasta la fecha, tampoco parece que los Gobiernos de Mariano eso les importe un pito.

  • Lo de Maria Dolores de Cospedal de Ministra de Defensa es casi tan de nota como aquella socialista, la Chacón embarazada. Digo casi porque, todo hay que decirlo, tanto su preparación como su sensatez son muy superiores a la chica del arruinador ZP, que la nombró simplemente, como todos sabemos y como a Bibiana, por razones de sectario ‘género‘. Pero, insisto, qué sabrá Maria Dolores de política de defensa… Como las puertas giratorias se han puesto difíciles y parece que la quiere relevar de la Secretaría General del PP, no ha encontrado mejor solución que darle una cartera suficientemente alejada de Soraya, su enemiga oficial. Lamentable. Las Fuerzas Armadas como cajón de sastre de la democracia.

Los niños de Esparta trabajan

Jorge Bustos en El Mundo, 041116.

HEMOS entretenido la espera malaya de la dedocracia marianista con una bonita controversia sobre los deberes escolares. ¿Están imponiendo a nuestros niños demasiada tarea para casa? ¿Les estamos robando la infancia? ¿Cabe esperar que la vacuna del sida se aprenda jugando? Son cuestiones candentes en un país con índices rasantes de excelencia estudiantil que sin embargo no se pregunta cómo reconciliar a los cachorros de español con el conocimiento, sino cómo alejarlos aún con mayor dulzura de él.

Yo no tengo hijos, ni al paso que voy los tendré en la vida, pero semejante singularidad no empaña el recuerdo de los muchos años que pasé disciplinándome sobre un pupitre liliputiense. Todavía me parte un escalofrío cuando vuelvo a casa de mis padres y contemplo la silla y mesa donde quemé mis tiernas cejas rubias sobre librotes menos ilustrados que los de ahora. Todo lo bueno que me ha pasado se lo debo a aquellas tardes de condena, de seis a nueve, de lunes a viernes, más los trabajos ocasionales de domingo cumplidos bajo el único alivio del carrusel deportivo que mi hermano ponía en la radio. Aquello no distaba tanto del modelo que imperaba en Esparta, donde los bebés pasaban la selectividad la primera noche de su nacimiento: se les dejaba a la intemperie, y si a la mañana siguiente seguían vivos, obtenían plaza en la universidad de la vida. A los siete años los papás entregaban a la criatura al Estado, que los educaba -cuenta Plutarco– «procurando hacerlos espléndidos en su figura, fáciles de alimentar y no melindrosos, imperturbables ante la tiniebla, sin miedo a la soledad y nunca incómodos y fastidiosos con sus lloros». Ganaron la guerra a Atenas, claro. Como Wellington comenzó a ganar Waterloo desde los campos de criquet de Eton.

Si Plutarco resulta poco centrista para el pacto educativo que persigue Rivera, podrían empezar por llamar a Gregorio Luri. Maestro en toda la hondura socrática de la palabra, Luri suele repetir que no hay alternativa pedagógica a los codos. Que el interés y aun el entretenimiento son consecuencia del esfuerzo y no al revés, pues uno empieza a disfrutar cuando conoce lo que estudia, pero no conoce nada hasta que no vence la pereza de ponerse a estudiarlo. Acolchar toda posibilidad de trauma en esos años decisivos representa una capitulación de pedagogós hecha de traición, necedad y clasismo, pues capa el futuro del niño pobre y malcría definitivamente al niño rico. No se trata de que los nenes españoles imiten un día a esos chavales surcoreanos que se suicidan si sacan un notable; pero si allí han tenido que tapiar las ventanas de algunos institutos, aquí deberían tapiarlas para que no se tiren los profesores.

La confederación de padres compasivos arguye que a la escuela se va a aprender y a casa a jugar. Se trata de una observación muy precipitada. A la escuela se va principalmente a socializar, a hacer amigos y enemigos, a medir las propias fuerzas con la epifánica noción de autoridad. Pero donde se aprende de veras es en la soledad del hogar, el niño frente al libro cara a cara y el rumor en marcha de su prodigioso cerebrito. Ahí se labran para siempre la capacidad de concentración, la fuerza de voluntad, la medida de la perseverancia, la autonomía de recursos, la satisfacción inigualable de la resolución de un problema sin ayuda. Todo didactismo verdadero es autodidactismo. Y la infancia más gozosa, contra lo que opinó el cursi de Rilke, arranca con tu primer contrato fijo.

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Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

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