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Iceta , en el Congreso del PSC:, lanza a Hillary el mismo mensaje que utilizó con ZPedro para que resistiera:

“Go, Hillary, go! For goodness’ sake, go for it! Don’t let Trump win! We are all with you!
[¡Vamos, Hillary, vamos! ¡Por Dios, ve a por ello! ¡No permitas que Trump gane! ¡Estamos todos contigo”]

Pedro Sánchez viaja a EEUU para apoyar a Hillary Clinton [sic]

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¡Pánico en los mercados!

Resulta curioso o no tanto. Ese renaciente afán ciudadano de proteccionisno asusta al vendedor.

Y no me refiero -que también- a que el nivel intelectual de los candidatos a la presidencia de los EEUU parezca más cercano al certificado de estudios primarios -muy primarios, desde luego, e invadidos de populismo él y de cinismo ella– que a quienes debieran aspiran a gobernar la que sigue siendo primera potencial mundial.

Me voy a ceñir, pues, al devenir mediático de estas últimas semanas, alrededor de la campaña presidencial: cuanto más potencial voto concitaba Trump, más medios y más páginas de los mismos se dedican a calificarle de fascista

Y no sólo en EEUU, también en España! Ayer mismo, la mismísima televisión pública española, en el telediario top, fingía su neutralidad entrevistando a votantes que, oh casualidad, todos portaban la papeleta de Clinton, haciéndole la ‘cobra‘ a Trump.

O sea, anden con cuidado, el mundo se tambalea, porque EEUU puede acabar siendo gobernado por un candidato fascista, gracias -obviamente- a que más de la mitad de los votantes estadounidenses o son ignorantes o se han vuelto fascistas

No hace falta recurrir a la teoría de que no existe casualidad sin causa para tener muy claro que este movimiento de demonización de Trump no es fruto del azar, por muy excéntrico y lenguaraz que sea el candidato.

No sé si desgraciada o afortunadamente, a medida que se va imponiendo la idiocia en la sociedad occidental -y no casualmente- ésta afecta a los propios promotores y, en consecuencia, no resulta dificil verles el plumero, sobre todo cuando sus mismos instrumentos mediáticos gritan, espantados, ‘¡Pánico en los mercados!‘.

Acabáramos. No se trata, por supuesto del pánico de los consumidores.

Para mi que la economía global -esa que sí está preocupada- está adelantando las cautelas, las medidas precautorias -que comentaba Jorge Bustos, ayer en El Mundo– para reducir los daños que, para sus cuentas de resultados, que puede suponer la victoria del proteccionista.

Y tienen sus motivos. Esos que, por ejemplo, explican que la gasolina cueste prácticamente lo mismo en todas las gasolineras que nos surten. Se ha puesto de moda achacar nuestras desgracias al populismo…, como si éste apareciera por arte de birlibirloque.

Seamos serios. Las emociones limitadas a las desastrosas hazañas bélicas mediterráneas del Obama no parece que resulten suficientes para que su electorado -antaño adorador de la llegada de la ‘igualdad racial‘ a la Casa Blanca– se trague la virtudes de la sra Clinton

Insisto, a mi Trump y Clinton me parecen dos mediocres con parejos riesgos -aunque de naturaleza distinta- para la gobernanza, es decir, para la ciudadanía. Pero en ningún caso son el fondo de la cuestión, que, no les quepa duda, se las arreglará para no sólo sobrevirivir sino crecer bajo cualquiera de los dos.

Y aunque la mediocridad instalada en el poder político lo ha sido por el poder económico, éste se encuentra sobradamente preparado para paliar los sofocos que el electorado le ha dado con el Brexit o que ahora le puede dar en EEUU. De modo que, gane quien gane, la geopolítica económica sabrá, sin ninguna duda, evitar que el caballo ganador se desboque en contra de sus intereses.

EQM

Clinton vs Trump: ¿Quién tiene más opciones de ganar?. Clinton es favorita pero Trump sube y tiene un 22% de probabilidades

Por qué ganará Trump. Con la encuestas a favor de Clinton, existen, sin embargo, indicios más que suficientes para pensar que el candidato republicano será el vencedor de las próximas elecciones

Trump no es Trump

Jorge Bustos en El Mundo, 071116.

Se nos presentan estos comicios estadounidenses como la elección del asno de Buridán, que murió de inanición por no decidirse entre dos montones de heno idénticos. A tenor de sus respectivos detractores, Trump y Hillary personifican dos montones de estiércol equivalentes. El burro de la fábula escolástica expresa la parálisis a que aboca el racionalismo extremo, y siendo además el símbolo de los demócratas ilustra bien el escrúpulo del votante de Obama que no se decide a votar a una investigada por el FBI.

El trumpista es otra cosa. Su opción no es racional sino identitaria. No delega en un representante sino que se identifica con un superhéroe, capaz por fin de poner coto a esa hipócrita progresía cuyo triunfo tanto le humilla. Es un tipo oscurecido por el signo de los tiempos que ha decidido que Trump encarna lo que él necesita: el resurgir de un nacionalismo orgulloso y proteccionista como reacción a la intemperie global. Pero el trumpismo es, sobre todo, el pretexto autorizado para una ira abstracta. Trump es el hombre de la rienda suelta: el que concede la gran revancha a los derrotados por la corrección política, el aliviadero blanco del resentimiento o la nostalgia. Más que admirarle, Trump le sirve al trumpista para odiar a gusto al progre.

Donald es un vengador con el superpoder de traspasar los hechos como el hombre elástico salva los muros. Por eso no le pasan factura sus mentiras, ni los ataques mediáticos -más contraproducentes cuanto más alineados-, ni sus promesas irrealizables. A los trumpistas les da igual que no se pueda hacer lo que dice, ni que proponga lo contrario de lo que propuso, ni que el mundo que pinta no se corresponda con el real: se corresponde con el que ellos sienten que los excluye, y basta. En la era posfactual la paranoia sustituye al análisis y la televisión al programa de gobierno.

Trump no da miedo por fuerte sino por inconsistente. Es un fraude, como buen telécrata. Y si venciera, la realidad y los contrapesos institucionales se encargarían de que no rayase jamás a la fantasiosa altura que proyectan los trumpistas.

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La abstención, el gran peligro de Hillary Clinton

Blas Moreno en El Español, 011116.

¿Y si nos olvidamos de Donald Trump por un instante?

Resulta difícil, pero quizá esto nos ayude a entender su posible victoria en las elecciones de este martes. Porque tendemos a explicar a Trump como un fenómeno autónomo, como algo que se puede comprender en base a su logorrea o al perfil sociológico de sus votantes. Y nos olvidamos de que su figura ha surgido como rechazo a algo, y a alguien, muy concretos.

Esto vale también para aquellos aspectos de Trump que son extrapolables a otras latitudes. El populismo no es sólo un fenómeno transnacional provocado por grandes procesos (la globalización, la desigualdad, las nuevas tecnologías), sino que también responde a situaciones muy particulares de los países donde aparece. Así, al igual que es lícito preguntarse si Podemos tendría la fuerza que tiene si Mariano Rajoy no fuera presidente, podemos preguntarnos si Trump estaría mordiendo los talones de cualquier otro candidato que no fuese Hillary Clinton. O, dicho de otra forma, quizá la pregunta no sea por qué puede ganar Trump, sino por qué puede perder Hillary.

Y hay muchas razones, empezando por el desgaste que supone que su partido lleve ocho años controlando la Casa Blanca. Ocho años, además, que no han sido una balsa de aceite: la reforma sanitaria de Obama, por poner un ejemplo, ha provocado rechazo incluso entre algunos demócratas (uno de cada cuatro simpatizantes de este partido estaría a favor de su derogación). Además, la crispación fomentada por esta reforma ha contribuido a desprestigiar el sistema político y las élites que lo gestionan; hace un año menos del 20% de los estadounidenses confiaban en la labor gubernamental.

Mal momento, por tanto, para una insider del partido del presidente como es Hillary Clinton. Su posición se parece mucho, curiosamente, a la de John McCain en 2008, enfrascada como está en una doble lucha contra el legado de un presidente polarizador y contra un rival que vende los vivificadores aires del cambio.

Y luego están los propios problemas de Clinton como candidata. No es sólo su falta de carisma; el gran problema de Clinton es su mochila tras cuatro años como ministra de Exteriores, ocho como senadora, ocho más como primera dama del país y doce como primera dama del estado de Arkansas.

Sus partidarios pueden presentar esto como un prontuario de experiencia política y de dedicación a lo público. Pero su currículum también se puede ver como un larguísimo proceso de desgaste, un retrato de Dorian Gray que se enturbia tanto por pasados errores de gestión -según muestra la reapertura del caso de los emails– como por la animadversión suscitada a lo largo del tiempo -odiar a Hillary se convirtió casi en un pasatiempo nacional a mediados de los noventa-. O incluso podemos pensar en los tics adquiridos tras décadas inmersa en la política, como serían el cortejo de millonarios a través de su fundación o el secretismo paranoico que en su día le hizo denunciar las filtraciones de los amoríos de su marido como una “enorme conspiración derechista”.

Y luego está el hecho de que sea una mujer. Aquí hay que afinar el análisis: el problema no es tan burdo como que haya votantes que piensan que una mujer no pueda ser presidente. Al fin y al cabo, Michelle Obama es inmensamente popular y podría haber arrasado en estas elecciones de haberse presentado.

El problema, más bien, se sitúa en el doble rasero con el que se juzga qué es normal y qué no en alguien metido en política. La ambición de Trump y su deseo de triunfar en la vida, por ejemplo, no despiertan recelos; la ambición de Hillary, por contra, la ha llevado a ser estigmatizada como la Lady Macbeth de la política americana. En realidad, si Michelle Obama es tan popular es precisamente porque representa una versión sutilmente amable de la mujer metida en política: si bien ha mantenido un perfil propio, nunca ha intentado huir de la sombra de su marido (mientras que Hillary estuvo varios años sin adoptar el apellido de Bill) y desde el primer momento se prestó a ser vista como un icono de moda y de fitness(“consigue los brazos de Michelle con estos seis sencillos ejercicios”).

Así, la cuestión no es que una mujer no pueda ser elegida presidente en EE.UU. sino que, para hacerlo, tiene que ajustarse a unos parámetros de feminidad en los que Hillary nunca ha encajado. Lo cual no es sino otra razón por la que su candidatura podría perder contra cualquier otra.

Y ahora volvamos a pensar en Trump.

Ilustración de Federico Yankelevich.

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La abstención, el gran peligro de Hillary ClintonBlas Moreno en El Español, 011116.

“Está siendo una campaña volátil, la gente tiene ideas muy mudables. Por eso tenemos que mantenernos concentrados en continuar hasta el final. No quiero que hagáis como Usain Bolt, y miréis hacia atrás sonriendo, confiados en que ya habéis ganado.” Así advertía el presidente Obama a los votantes demócratas sobre los riesgos de quedarse en casa el próximo día 8. Parecía decirles: la candidatura de Trump es real, no la menospreciemos y hagámosle frente. Y lo hacía en un lugar lleno de significación para la carrera presidencial, en Orlando, Florida, uno de los Estados más disputados y con mayor peso en las elecciones.

Y es que el aparato electoral de Hillary Clinton -que recibe el influyente apoyo del matrimonio Obama- considera que la abstención puede pasarles factura en unos comicios a los que ambos candidatos llegan con niveles de impopularidad históricos.Trump acudió al segundo debate del 9 de octubre con la grave losa de la publicación del vídeo en el que se le escuchaban comentarios machistas, y con el Partido Republicano renegando de su candidato. Ese fue el fin de semana más duro de toda su campaña, y a pesar de todo, salió vivo del debate. Para Trump, sobrevivir a ese lance equivalía a una pequeña victoria cuando ya todo estaba en su contra.

Condenando al fracaso a su contrincante antes de haberle ganado la partida, los votantes de Clinton parecen haberse relajado durante las últimas semanas, cayendo en el error de compartir lo que el mundo quiere creer: que alguien como Donald Trump nunca llegará a la Casa Blanca. Pero la historia reciente nos da ejemplos de lo peligroso que puede ser no ir a votar en jornadas clave como esta: baste echar la vista al Reino Unido.

Mientras, y cogiendo al equipo de Clinton a contrapié, el FBI empieza de nuevo a remover el talón de Aquiles de la aspirante: el asunto de los correos electrónicos. Lo cierto es que es una cuestión menor -a pesar de que Trump haya insistido incluso en equipararlo al Watergate– pero para muchos votantes el vídeo de Trump es mucho menos importante que los correos de Hillary.

La bocanada de aire que este episodio ha supuesto para el candidato republicano ha permitido que las encuestas estén hoy más apretadas que nunca en las últimas tres semanas. Coreando “que la encierren” en los mítines, los seguidores de Trump confirman lo eficaz que está siendo entre sus votantes el discurso criminalizador contra Clinton, que espolea la candidatura de Trump.

Tanto es así que a pesar de que las encuestas a nivel estatal permiten anticipar una victoria de Hillary -recordemos que las encuestas a nivel federal no son tan representativas, puesto que un candidato podría llegar a presidente con menos votos que su contrincante si gana en los Estados clave-, la situación todavía podría dar un vuelco, en especial dado que muchos ciudadanos no han decidido su voto. Entre ellos hay un buen número de simpatizantes republicanos reacios a apoyar a un verso suelto de su partido -algo que puede verse claramente en Estados como Arizona, tradicionalmente republicano, pero donde se da una ligera ventaja a Clinton- o jóvenes que habrían apoyado a Sanders en las primarias demócratas y que no ven en Clinton a su candidata.

Es por eso que todos los esfuerzos están puestos en movilizar a los indecisos, en especial en los llamados swing states, o Estados en disputa, donde no puede anticiparse con claridad el resultado. Además de Florida, los otros dos más importantes son Ohio y Pensilvania, ambos en la zona conocida como Cinturón industrial. Se trata de los Estados situados entre los Grandes Lagos y la costa atlántica, con gran tradición industrial y minera.

La crisis, unida a la tendencia que desde los años 80 ha supuesto el cierre de fábricas -como consecuencia de la externalización, la automatización, o el abandono de la explotación del carbón- se ha sentido mucho entre los trabajadores de cuello azul que pueblan la región.

Es cierto que las políticas de Obama han permitido recuperar la economía, pero el impacto se ha sentido menos entre los blancos de clase baja -con frecuencia desempleados, sin estudios superiores, de ascendencia americana y conservadores- a quienes el discurso de Obama nunca pudo llegar. Son ellos los que constituyen el mayor granero de votos para Trump.

Se entiende así que Clinton se esté centrando en especial en las clases urbanas de ambos Estados, así como en el sur cosmopolita y latino de Florida -quienes más podrían apoyarla-. Si gana en al menos uno de los tres Estados, casi puede asegurarse la Casa Blanca. Si pierde los tres, lo tendría muy difícil.

En posesión de la poderosa maquinaria electoral demócrata, Clinton también ha estimulado una tradición que fomentó Obama: el voto anticipado. Por esta vía, permitida en la mayoría de Estados, han votado ya 22 millones de los casi 226 que podrían hacerlo hasta el día 8, y las encuestas a pie de urna dan ventaja a los demócratas. El objetivo es alcanzar una gran ventaja previa al día 8 ante la que Trump no pueda competir.

Sin embargo, es de esperar que muchos votantes desencantados con el establishment de Washington se decanten a última hora por Trump, dueño de un discurso populista en lo económico -ha propuesto volver al proteccionismo o estimular la explotación del carbón, discurso muy atractivo en el Cinturón industrial- y muy alejado de lo que representa Clinton, la élite inaccesible.

Mientras que el votante hispano está acudiendo en gran número a los colegios, el afroamericano, tan importante para la candidatura demócrata, parece desencantado: ni pensar en votar a Trump, pero Hillary no les representa.

Pase lo que pase el día 8, tanto si hay sorpresa como si no, lo cierto es que el fenómeno Trump no puede entenderse como algo efímero: puesto que las razones de su éxito no han aparecido de repente, es de esperar que incluso si Trump pierde las elecciones tampoco desaparezcan sin más. El trumpismo es la manifestación de la profunda crisis que los EE.UU. están viviendo.

La narrativa de un país que hasta ahora ha sido dominada por una élite de blancos apoyada por la mayoritaria población blanca de a pie ha caído en el descrédito. Mientras que los afroamericanos cada día se enfrentan más enconadamente a un sistema que los discrimina, la población hispana crece imparable, y la base blanca de las pequeñas ciudades y el mundo rural ve amenazada sus empleos por la globalización y es hoy consciente de que aquella élite de la costa noreste y californiana no se preocupa de sus necesidades.

La difícil perspectiva de un país cada día más diverso y en el que el inglés no va a ser ya el único idioma dominante, pasa por recuperar para la causa a los desencantados blancos pobres, aquellos que son más pesimistas, y en quienes el mensaje de alguien como Donald Trump ha calado tanto. Una labor que tendrá que acometer el Partido Republicano -cuando se recupere de sus heridas- pero también el resto de la clase política.

*** Blas Moreno es graduado en Relaciones Internacionales y miembro de la dirección de la revista ‘El Orden Mundial en el siglo XXI’.

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Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

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