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arcu-091116Arcu, sobre la portada, ayer, de El Periódico de Cataluña, hablando de populismo…

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Pero… ¿quién manda hoy aqui?

Dejémonos de cuentos: la propia democracia está sirviendo de instrumento ideal para que, en Occidente, una gran mayoría de ciudadanos comience a motrar su hartazgo ante la consolidación de un Sistema que, manteniendo las formas democráticas, les está llevando a la ruina más absoluta.

La aparición de populismos de uno u otro signo, el brexit, el referéndum colombiano y el triunfo de Trump no son más que la punta del iceberg de una reacción social tan urgente como necesaria. Los síntomas de esta sociedad enferma nos advertían, de hace ya mucho tiempo, de que estábamos abrazando un camino sin retorno. Con gran alborozo por cierto, de sociedades antagónicas y rivales que contemplaban, encantadas, nuestra profunda predisposición al martirilogio.

Unas multinacionales implantadoras de un Sistema de economía global basado en un desaforado consumo; una desaparición de fronteras y aranceles que facilita el mercadeo incontrolado y grandes flujos migratorios de mano de obra barata y explotada, presentada como si fuera un problema de asilo político; un Estado del Bienestar en deconstrucción, liquidando las conquistas sociales, eternizando el paro y pergeñando unas futuras pensiones de terror; una tabla social de valores destrozada por el relativismoy el falso y desvertebrador hermanamiento cultural; una educación anclada en el aprobado general y el analfabetismo; una familia de tipología variable, sin apenas descendencia e hipotecada; un Estado de Derecho sin Estado e invadido de obligaciones, prohibicionismos y sin conciencia colectiva; una cultura propia arrinconada, desprestigiada e impedida para su función identitaria colectiva; un intencionado impulso a todo género de adicciones -medicamentos, alcohol, drogas, apuestas- que favorezcan la dependencia social y disminuyan la libertad del indivíduo; deslocalizaciones industriales en el extranjero, con total desprecio a la mano de obra propia; etc [a añadir por el lector, a su gusto].

Tal ‘hoja de ruta’ no ha aparecido por generación espontánea, ya digo. A los administradores de unos intereses económicos -los verdaderos artífices de una estructura internacional, multinacional, global, financiera y de mercado que ya se encuentra totalmente desprendida del escaso espíritu colectivo que antes le pudiera quedar- se han unido, conscientemente o no, los segmentos sociales necesarios para que la cosa marche: me estoy refiriendo, fundamentalmente, al poder político y el mediático.

Como muy bien dicen los populistas de uno u otro signo, la casta existe, ya lo creo. También, por supuesto, la que ellos están interesados en construir, aunque ese es otro cantar. Aristocracias, al fin. Pero si nos centramos en la casta del actual Sistema, no nos resultara difícil escrutarla.

Una casta formada por empresarios, directivos, ejecutivos, obsesionados con producir -más y lo que sea- al tiempo que se incremente el número de consumidores. Una casta que, gracias a la colaboración de los partidos, entrelazando intereses espurios, ha conseguido hacerse con gran parte de la voluntad de políticos que, con escandalosa frecuencia, parecen administrar los intereses generales confundiéndolos con los deseos de unos lobbys que más bien suponen, obviamente, una carga o gravamen para la ciudadanía.

Una casta que utilizando los mismos procedimientos del do ut des ha terminado por configurar un modelo mediático subvencionado e incentivado hasta convertirse en pura hoja parroquial ideológica para satisfacer un teatral formato de modos aparentemente democráticos. No hay más que leer estos días las portadas de la prensa española respecto al fenómeno Trump para percatarse de ello.

El resultado, como ya he comentado, salta a la vista: la alternancia política al servicio de los intereses económicos o cómo establecer para la sociedad un menú político desde cocinas económicas en vez de condicionar la economía a la voluntad política de los ciudadanos.

Al respecto, hay múltiples teorías que explicarían el fenómeno occidental. Algunos llegan a decir la universalización de una educación anticuada ha contribuído a incrementar la distancia en el bienestar entre la minoritaria clase dirigente y ‘la gente’ y que eso es lo que ha hecho explotar al votante, aprovechando que la democracia exige el apoyo de mayorías y son estos últimos quienes las conforman.

Yo tengo otra tesis. La de la ambición desmedida o la avaricia que rompe el saco: el poder establecido, con sus irreflexivas actuaciones in crescendo, ha destrozado hasta tal punto la red interna de equilibrios de intereses sociales que le permitían perdurar, que el Sistema le ha estallado en la manos. Algo así como que pareciera una suerte de dictadura democrática que se asomara periódicamente a la balconada de recogida de votos, confiada en su fiabilidad, y, en una de esas cosechas, recibiera un aluvión de tomatazos.

El equilibrio se ha quebrado ante la evidencia pública de que demasiados políticos cobran sus servicios con corrupción y puertas giratorias y demasiados partidos, con financiación ilegal; ante la gravedad de una crisis que se ha parcheado rescatando entidades financieras con el tesoro público; ante el gravísimo deterioro de las prestaciones sociosanitarias, el nivel salarial y de paro y el umbral de pobreza; y ante el terrible error cometido con un sistema educativo vendido políticamente como todo un éxito social y que realmente consiste en la analfabetización incluso con título universitario.

La educación pública implantada ha sido tan universal como nefasta y ha dejado en las exclusivas manos de las élites la calidad de la instrucción privada, agravando las diferencias y quizás pensando en que la docilización de ‘la gente’, en un proceso sin freno, permitiría a los mercados, sin coste alguno, convertir a los ciudadanos en consumidores lelos tanto de sus productos como de las políticas que favorecieran a la economía global.

Y estamos viendo que el Sistema ha hecho crack.

Bien está que la economía de mercado pretenda consolidar su mundialización interrrelacionada, pero cosa bien distinta es que con ello el ciudadano esté dispuesto a aceptar su empobrecimiento, la aniquilación de su cultura propia, la desaparición de su Estado-Nación, la discriminación positiva de las minorías o la imposición de corrientes contra natura de orden ecofeminista o medioambiental.

Repito: además de los EEUU, potencias sociales como Rusia, China, la India y otras, nos observan convencidas de lo mucho que hemos tardado los europeos en darnos cuenta en algo tan elemental.

La antipolítica no está representada por la aparición de los nuevos populismos -que, precisamente, la reclaman, aprovechando el vacío- sino por un Sistema que hace ya demasiado tiempo que la dejó de lado para dedicarse a un pan y toros formalmente democrático pero que, en realidad, se encontraba más bien ocupado en incrementar la cuenta de resultados de privilegiadas minorías, a cuenta del interés general.

EQM

pd. Se equivoca Albert Rivera, al asegurar que “hoy estarán contentos en Podemos” porque todos los populismos, tanto de extrema izquierda como de extrema derecha, “al final defienden lo mismo“.

En lo único que se parecen Trump y Pablemos es en el descontento de sus votantes con el Sistema.

No defienden, en absoluto, lo mismo.

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Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

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