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Francisco Morales Nieva (Valdepeñas, Ciudad Real, 29 de diciembre de 1924 – Madrid, 10 de noviembre de 2016).

Dramaturgo, escenógrafo, director de escena, narrador, ensayista y dibujante español, hermano del compositor Ignacio Morales Nieva.

Académico de la Real Academia Española desde 1990, donde ocupó el sillón J, su producción teatral le ha valió el Premio Nacional de Teatro en dos ocasiones (1980 y 1992), el Premio Nacional de Literatura en la modalidad de Literatura Dramática y el Premio Valle-Inclán (2011), por la escritura y dirección de Tórtolas, crepúsculo y… telón. Por su producción literaria en general, se le otorgó el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1992.

Descendiente de conversos ricos emigrados a España en el siglo XVII, es bisnieto del helenista y sacerdote Ciriaco Cruz. Tempranamente atraído por el arte y en contacto con la estrechez de miras de sus tierras manchegas, marchó a Madrid donde estudió pintura en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y se hace amigo de Carlos Edmundo de Ory y Eduardo Chicharro e intenta abrirse paso como autor plástico en 1945 dentro del movimiento de vanguardia de posguerra conocido como Postismo, que contaba en sus filas con otros representantes manchegos como Ángel Crespo.

Entre 1948 y 1963 residió en París, donde asistió al estreno de Esperando a Godot de Samuel Beckett y disfrutando de una beca en 1953 del Instituto Francés de París, donde trabaja como pintor y dibujante, en medio de un ambiente sumamente bohemio y en el entorno del fallecido Antonin Artaud, esboza su obra El combate de Ópalos y Tasia; descubre su bisexualidad y recibe el premio Polignac por el conjunto de su obra artística (1963).

Allí se casa con Geneviève Escande, que ocupa un alto cargo en el Centre National de la Recherche Scientifique, y alterna con conocidos hispanistas franceses, publicando estudios pioneros sobre la influencia de Cervantes en el teatro de García Lorca y la plástica en la obra de Valle-Inclán. Tras residir un año en Venecia, regresó a Madrid en 1964 y, salvo largas estancias en Berlín y Roma, permaneció afincado en esta ciudad, entregado a su trabajo como escenógrafo, autor dramático y colaborador de diversas publicaciones periódicas.

Como escenógrafo su labor empezó de la mano de José Luis Alonso, con quien colaboró realizando los escenarios de El rey se muere de Ionesco para el teatro María Guerrero. Trabajó después con Adolfo Marsillach en las escenografías de Pigmalión de George Bernard Shaw y Después de la caída de Arthur Miller. Estos trabajos lo transformaron en una figura de referencia en su campo, y a lo largo de los años sesenta se ocupó de La dama duende de Pedro Calderón de la Barca, El zapato de raso de Paul Claudel, El burlador de Sevilla de Tirso de Molina, El señor Adrián de Carlos Arniches y, por supuesto, Marat-Sade de Peter Weiss, de nuevo bajo la dirección de Adolfo Marsillach y Antonio Malonda.

Sin embargo, se mantuvo inédito como escritor teatral hasta que publicó en Primer Acto y representó privadamente Es bueno no tener cabeza en 1971. Sus ideas teatrales se expresaron en el texto conocido como Breve poética teatral en torno a los conceptos de “transgresión”, “contravalor” y “culpa”; pretende exhibir escénicamente lo prohibido como si fuera lo más anodino, convencional y corriente en lo público (“contravalor”) en busca de una liberación (catarsis) total.

Esta poética bebe fundamentalmente del Artaud que conoció en París, pero también de Alfred Jarry, Ghelderode, Eugène Ionesco, Samuel Beckett y Jean Genet; lo original de Nieva es insertar conscientemente esta vanguardia en la tradición literaria española de lo grotesco y lo esperpéntico, otorgando a lo cómico un papel fundamental en lograr dicha inversión, prosiguiendo la tradición de Cervantes, Quevedo, José Gutiérrez Solana y Ramón María del Valle-Inclán.

Aunque clasificó su teatro inicialmente en “Teatro furioso”, “Teatro de farsa y calamidad” y “Teatro de crónica y estampa”, la publicación de su Teatro completo en 1991 le hizo distinguir otros grupos:

  • Teatro inicial: Tórtolas, crepúsculo y telón, compuesto en 1953 en París pero retocada continuamente hasta que se publicó en 1972 y retocada todavía después hasta su versión de 1989; Es bueno no tener cabeza, escrita en 1967 durante una estancia en Dublín. El maravilloso catarro de lord Bashaville, compuesto en Viena en 1967.
  • Reóperas: Pelo de tormenta, escrita en París en 1961 y Nosferatu (Aquelarre y noche roja de), escrita en 1961, publicada en 1975 y representada en 1993.
  • Teatro furioso: La carroza de plomo candente, escrita en Roma en 1969 y estrenada en 1976. El combate de Ópalos y Tasia, escrita entre 1953 y 1964, y estrenada en 1976.
  • Teatro de farsa y calamidad: La señora Tártara, escrita en 1969 y representada en 1980, y El baile de los ardientes, estrenada en 1990. Se incluyen también Coronada y el toro, (1973) y Los españoles bajo tierra (1975).
  • Teatro de crónica y estampa: Sombra y quimera de Larra, versión muy personal de No más mostrador de Mariano José de Larra.
  • Teatro en clave de brevedad: El espectro insaciable (1968), No es verdad (1987)), Carlota Balsifinder (1987), Los viajes forman a la juventud (1992)…

Esta clasificación se modificó en la edición de sus Obras completas (2007), donde distingue seis grupos: Centón de teatro, Teatro Furioso, Teatro de Farsa y Calamidad, Teatro de crónica y estampa, Tres versiones libres y Varia teatral.

A todas estas obras hay que añadir sus adaptaciones de clásicos; fuera de la ya citada de Larra, están La paz de Aristófanes, Los baños de Argel de Cervantes, Casandra de Galdós, Las aventuras de Tirante el Blanco de Joanot Martorell, El manuscrito encontrado en Zaragoza de Jan Potocki, Divinas palabras de Valle-Inclán adaptada a la ópera con música de Antón García-Abril, Don Álvaro o la fuerza del sino, del Duque de Rivas, El desdén con el desdén, de Agustín Moreto y Electra, de Benito Pérez Galdós.

Como director de escena montó óperas, zarzuelas y ballets como Cinderella de Sergei Prokofiev, Capricho español de Enrique Granados, La vida breve de Manuel de Falla, L’heure espagnole de Maurice Ravel, Pepita Jiménez de Isaac Albéniz, Tosca de Giacomo Puccini, Curro Vargas de Ruperto Chapí, I due Foscari de Giuseppe Verdi, Don Giovanni de Mozart y La señorita Cristina de Luis de Pablo.

Su última vertiente fue la de novelista: escribió El viaje a Pantaélica (1994), La llama vestida de negro (1995), Granada de las mil noches (1995), Oceánida (1996), Carne de murciélago. Cuento de Madrid (1998)…

Colaboraba habitualmente con artículos en el diario La Razón y en 1990 ingresó en la Real Academia de la Lengua Española con un discurso titulado Esencia y paradigma del género chico y su producción continúa muy viva a fecha de hoy.

  • Teatro completo de Francisco Nieva, Toledo: Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, 1991, 2 vols. Incluye un apéndice con dibujos y grabados.
  • Obra completa, ed. al cuidado de Juan Francisco Peña Martín, Madrid: Espasa, 2007, 2 vols.

Bibliografia. Teatro. web.

Fuentes: wiki, web de F. Nieva y elaboración de EQM

Entrevista a Francisco Nieva, realizada en 2005 por el Centro de Documentación Teatral.

El dramatrugo Francisco Nieva

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Francisco Nieva, la transgresora unión de lo culto y lo popular

La suya era una voz original, culta y transgresora, en cuya riqueza de tonos lo cosmopolita estaba irrigado por la frescura de lo popular

Juan ignacio García Garzón en ABC, 121116.

Francisco Nieva estaba a punto de rebasar la frontera de los 92 años cuando falleció en las últimas horas del pasado jueves mientras dormía en su domicilio de Madrid. Nacido en Valdepeñas (Ciudad Real) el 29 de diciembre de 1924, era el dramaturgo vivo más importante del último siglo, un creador plural que cultivó las artes plásticas, la narrativa y, singularmente, la escritura escénica. La suya era una voz original, culta y transgresora, en cuya riqueza de tonos lo cosmopolita estaba irrigado por la frescura de lo popular. Su teatro es un ejemplo de esa tensión dramática entre lo ilustrado y la huella genuina de los géneros populares.

Tal vez por eso, por su impronta estética y su capacidad de aunar lo aparentemente diverso, Nieva me ha parecido siempre un heredero contemporáneo y teatral de Goya. Un ilustrado que disfrutaba tanto con la ópera como con él género chico, al que, el 29 de abril de 1990, dedicó precisamente su discurso de ingreso en la Real Academia Española –«Esencia y paradigma del género chico»– donde ocupó la silla J. En Francisco Nieva, que era un dandy en el sentido elegante, elevado y un punto frívolo del término, vibran, combinados, asumidos y bullentes, el racionalismo del siglo XVIII, el relámpago individualista y apasionado del Romanticismo y el descaro desprejuiciado de las vanguardias.

Nació en una familia manchega acomodada que le procuró una buena formación. Desde temprana edad le interesaron las artes, al igual que a su hermano cuatro años menor, el luego compositor Ignacio Morales Nieva. Siendo aún un niño, ya escribía cuentos y obritas de teatro, unas inquietudes que lo llevaron pronto a volar fuera de su ciudad natal. Viajó a Madrid para estudiar pintura en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y allí entró en contacto y se hizo amigo, en torno a 1945, del poeta Carlos Edmundo de Ory y el pintor y escritor Eduardo Chicharro, padres del postismo, ese movimiento «ísmico» que pretendía sintetizar los desafíos de todas las vanguardias. Nieva fue postista, como lo fueron en su momento Fernando Arrabal, Ángel Crespo, Gloria Fuertes y Antonio Fernández Molina, por citar algunos.

Aires abiertos

En 1948 se trasladó a París a respirar aires más abiertos y trabajar como pintor y dibujante. En aquella entonces capital del mundo artístico pudo disfrutar de una beca del Instituto Francés y asistir a eventos como el estreno de «Esperando a Godot», de Samuel Beckett, amén de frecuentar a Antonin Artaud, quien influyó sin duda en la impronta insurgente su teatro. En París, donde permaneció hasta 1963, se casó con Geneviève Escande y, al parecer, descubrió sus inclinaciones bisexuales. Pasó luego un año en Venecia antes de regresar a Madrid y aquí, salvo diversos periodos de mayor o menor consideración en Roma y Berlín, ha vivido hasta el final, entregado a su trabajo, primero como escenógrafo y luego como autor dramático y director de escena.

Fue el gran José Luis Alonso, probablemente el mejor director teatral español del último siglo, quien le encargó las escenografías de «El zapato de raso» de Paul Claudel y «El rey se muere» de Ionesco, y Adolfo Marsillach las de «Después de la caída» de Arthur Miller y su legendario «Marat-Sade» de Peter Weiss, donde el trabajo de Nieva fue tan impresionante como el resto de aquel espectáculo que hizo temblar las costuras de nuestra escena allá por 1968.

Escritor compulsivo

Mientras, Nieva escribía teatro de manera compulsiva. Fue un autor casi secreto hasta 1971, cuando logró publicar «Es bueno no tener cabeza». En 1976 irrumpió como un trueno con un montaje doble que, dirigido por Alonso con escenografía del autor, naturalmente, unía dos piezas escritas en 1972, «La carroza de plomo candente» y «El combate de Opalos y Tasia». Recuerdo mi fascinación en el Fígaro –yo era un estudiantillo casi imberbe– ante aquel teatro raro y deslumbrante, y recuerdo también los encantos posteriores de Rosa Valenty, turgente Venus Calipigia de aquella apuesta cargada de futuro y que tanto bebía del pasado.

Desde esa fecha hasta finales de los años 90 fue estrenando sus creaciones dramáticas, cocinadas con ingredientes del teatro clásico universal, elementos de la tradición española –Cervantes, Quevedo, Valle-Inclán– y la salsa picante de los revoltosos Jarry, Ionesco, Beckett, Genet y el mencionado Artaud. Un estilo propio que tenía muy en cuenta los claroscuros plásticos de Goya y Solana –sus dibujos y bocetos de escenografías y personajes son de una calidad deliciosa– y una sensibilidad especial para sublimar lo grotesco. En sus obras abundan los contrapuntos cómicos, y trágicos desde luego, entre la España ancestral y la contemporaneidad, con la religión y el sexo eternamente en conflicto.

«Sombra y quimera de Larra» (1976), «Delirio del amor hostil» (1978), «El rayo colgado» (1980), «Malditas sean Coronada y sus hijas» (1980), «La señora Tártara» (1980), «Coronada y el toro» (1982), «No es verdad» (1988), «Te quiero, zorra» (1988), «Corazón de arpía» (1989), «El baile de los ardientes» (1990), «Los españoles bajo tierra» (1992), «Nosferatu» (1993), «Los viajes forman a la juventud» (1996)… Son algunos de los títulos –ordenados por fecha de estreno, pero casi todos escritos años antes– de una producción copiosa, buena parte de la cual llevó el mismo Nieva a escena con escenografías propias.

Entre sus últimos estrenos, destacan «Pelo de tormenta», función dirigida por Juan Carlos Pérez de la Fuente en 1997, aunque la obra fue escrita en 1972; «Tórtolas, crepúsculo… y telón», que data también de 1972 y se estrenó, montada por el propio Nieva, en 2011, y «Salvator Rosa», que Guillermo Heras puso en escena en 2015.

En la última edición de sus «Obras completas», que lleva pie de imprenta de 2007, divide definitivamente su producción dramática en seis apartados: Centón de teatro, Teatro Furioso, Teatro de Farsa y Calamidad, Teatro de crónica y estampa, Tres versiones libres y Varia teatral.

Creador del lenguaje

No quiero que se me olvide resaltar las dimensiones del gran autor fallecido como formidable creador de lenguaje, tanto en lo conceptual como en lo formal. Un estilo esmaltado de hallazgos sorprendentes y metáforas que se despliegan como cohetes coloridos y bulliciosos; en su adjetivación y su prosodia se enlazan los ecos del barroco y el modernismo con singular fortuna; de nuevo hay que aludir a esa combinación de lo culto y lo popular en la que Nieva consigue que Valle y Arniches caminen de la mano.

Guardo en los desvanes admirativos de la memoria la forma en que uno de sus personajes vitupera a otro llamándolo «montón de poquita cosa». La cita procede de «Las aventuras de Tirante el Blanco», la adaptación que realizó en 1987 de la novela, de Joanot Martorell, que me sirve, de paso, para visitar esa categoría de las adaptaciones que Nieva llevó siempre a su propio territorio creativo. «La paz» de Aristófanes (1977), «Los baños de Argel» (1980) de Cervantes, «Casandra» (1983) y «Electra» (2010) de Pérez Galdós, y «Manuscrito encontrado en Zaragoza» (1991) de Jan Potocky son buenos ejemplos de ello. En 1997 firmó el libreto de la ópera de Antón García Abril «Divinas palabras», basada en la obra homónima de Valle Inclán.

Faceta narrativa

Y de ahí a su faceta narrativa integrada por las novelas «Viaje a Pantaélica» (1994), «Granada de las mil noches» (1994), «La llama vestida de negro» (1995), «Oceánida» (1996) y «La mutación del primo mentiroso o el estilo que mata» (2004); los libros de relatos «Carne de murciélago» (1998), «Los rabudos y otros cuentos» (2000) y «Argumentario clásico» (2001), y su libro de memorias «Las cosas como fueron» (2002).

Entre los premios relevantes que fue acumulando en las estanterías a lo largo de su vida figura por partida doble el Nacional de Teatro (1980 y 1992), Mayte (1976), Crítica (1982), Mariano de Cavia (1991), Príncipe de Asturias de las Letras (1992), Max de Honor (2004), Corral de Comedias de Almagro (2010) y Valle-Inclán (2011).

Siempre me ha gustado y he admirado el teatro de Francisco Nieva, creo que se nota por el tono de estas líneas emocionadas. El Teatro María Guerrero, escenario de varios de sus más grandes éxitos, acogió ayer la capilla ardiente del dramaturgo. Descanse en paz.

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Adiós a un maestro total

Vanguardista y profundamente español. Escenógrafo, dramaturgo y director. Paco Nieva fue la modernidad escénica

Jose Luis Romo en El Mundo, 121116.

Decía Francisco Nieva (Valdepeñas, 1924 – Madrid, 2016) que la muerte es como un termómetro. «Cuando lo ponemos bajo el brazo nos da la temperatura moral de las personas». Tras su fallecimiento, a los 92 años, en la madrugada del jueves, sus compañeros dan cuenta de su talla moral, escénica y humana.

NURIA ESPERT. «Paco es una persona a la que quiero muchísimo, debería decir quería, pero no me resisto. Era tan bondadoso, inteligente, divertido… Le conozco desde los inicios y, como ser humano, era excepcional. Además, artísticamente, para mí, era un verdadero genio. Siempre tan imaginativo, me ha guiado tantas veces, que tengo una deuda enorme con él.

Hemos coincidido en noches preciosas de risas con amigos y su ingenio brillaba por encima de todo el mundo. Profesionalmente, cuando dirigí el Centro Dramático Nacional, le encargamos Los baños de Argel y yo quedé maravillada de cómo, de la nada, creó un espectáculo fascinante. La gente creía que aquello había costado millones de pesetas. En realidad, todo era Paco tiñendo telas en su estudio. Era un creador total.

Su teatro es tan nuevo y diferente, que aún nos tiene que llegar. Se adelantó a su momento. Quizá por ello fue mal entendido y aún no nos hemos dado cuenta de su belleza y profundidad».

MIGUEL DEL ARCO. «Su teatro me fascina por su gusto por el lenguaje. Hay algo musical en su escritura, en la sonoridad de sus palabras y eso se lo hizo, precisamente, cuando el castellano parecía que tendía a achatarse, a reducirse. Esa sonoridad, ese punto gongoriano, es la puerta de un teatro personalísimo y único. De poca gente se puede decir que tenga un universo tan reconocible y singular, con esos personajes tan misteriosos que parecen sacados del siglo XVIII o XIX pero que a la vez son tremendamente contemporáneos».

GERARDO VERA. «Paco Nieva ha ocupado un lugar muy grande como escenógrafo y autor dramático. Él fue quien creó la escenografía moderna en España. Hasta que llegaron él y Fabià Puigserver, en Barcelona, los decorados eran telones pintados, papel, había poca construcción… Sin embargo, Nieva llegó de París y revolucionó todo. Él era un pintor simbolista y modernista, muy conectado con las vanguardias artísticas de su época y deslumbró con el bagaje que traía. Lo primero que hizo fue un Bernard Shaw junto a Marsillach en el Teatro Goya y resultó una conmoción. Luego, con José Luis Alonso, fue encadenando éxitos… Con él pasaba algo que no he vuelto a ver, la gente aplaudía cada vez que se levantaba el telón y aparecía su decorado. Yo fui su ayudante y todo lo aprendí de él, ha sido una carrera en la que hemos sido cómplices y amigos.

Como dramaturgo tiene una mirada que no ha tenido nadie, creo que aún no se le ha hecho el gran espectáculo que habría que hacerle. Yo lo intenté con Tórtolas, telón y crepúsculo, pero habría que mirar más textos suyos, hay mucho Nieva por hacer aún. Es un día triste porque con Paco se muere gran parte del alma de la cultura española».

JUAN CARLOS PÉREZ DE LA FUENTE. «Mi primer recuerdo de Paco viene de la escuela de Arte Dramático. A mí el espacio escénico y el vestuario siempre me han interesado mucho y él, quizás no fuera muy pedagógico, pero enseñaba cosas fundamentales. Nos decía que todo estaba inventado, pero que el resultado dependía de nuestra mirada y que teníamos que jugar como niños imaginando a los personajes en los decorados. El último día en la escuela, en la Plaza de Isabel II, le dije que algún día haría Pelo de Tormenta. Él me respondió que no me dejarían, que era una obra muy prohibida y cara.

Así que se sorprendió cuando, años después, le llamé para decirle que quería dirigirla. Era la primera vez que había un gobierno conservador en el poder y quise hacer la obra más revolucionaria del franquismo, la censura la había prohibido por completo. Él fue muy colaborador, le pedí que no viera nada las primeras semanas, que viniese luego y, si no le gustaba, me lo dijera. Corrimos un gran riesgo, pero fue un éxito total, aún hoy se habla de aquel estreno. Tiempo después, él mismo dirigió El manuscrito encontrado en Zaragoza, donde demostró que él era capaz de barroquizar el barroco.

Para mí, él es un grande porque su lenguaje es una catarata de imágenes increíbles. Bebe de Cervantes, de Quevedo, de Calderón y sus autos sacramentales, baila con la zarzuela, admira a Valle Inclán y en París entra en contacto con las vanguardias. Su mirada a España es la de un joven enloquecido, alucinado, anarquista, excesivo… Además, es el dramaturgo de la belleza no entendida como lo bonito, sino que en la belleza está Dios».

PACO BEZERRA. «Recuerdo que en la RESAD estudié Coronada y el toro y aluciné. Era un teatro profundamente político. En cierta forma había algo de Fuenteovejuna, pero estaba escrito desde un lado que no era el realista, sino que tenía que ver más con la fantasía y el mito. No había una ideologización racional, pasaban cosas loquísimas. Aparecía un hombre toro vestido de monja, con un conjuro despertaba a los muertos, salía volando sobre un toro de nieve… Me quedé impactado con su libertad. Desde Valle Inclán yo no había leído nada parecido. Sus textos ofrecen un imaginario increíble, por eso creo que es perfecto acercarse a él cuando eres joven porque te dispara la imaginación, te da unas alas que no te da Harold Pinter, por ejemplo.

La última vez que vi a Nieva fue en el documental de Chus Gutiérrez Droga oral. Hablaba de su experiencia con las drogas, de cómo tuvo que hacer un vestuario y una escenografía en una noche y, para hacerlo, se infló a éxtasis y pastillas. Verle hablando así con 90 años me pareció tan moderno… Como un Baudelaire, siempre estaba a la última. Tuvo un alma adolescente hasta el final. Acababa diciendo: «Probé todas las drogas y todas me sentaron mal».

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Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

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