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[Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes].

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Relato breve

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Probablemente no lo van a entender pero, para mí, ella es como una imagen ilusoria. No crees que pueda existir tanta lindura y garbo glorioso en un organismo. Cuando sonríe con sus labios pulposos, te cimbrea y calienta el cuerpo como si quisiera arrastrarte una racha violenta del superior poniente. Y si, además, fija la mirada con fresca actitud observante y firme, te yergue hasta ponerte de puntillas para acabar encumbrándote hacia la gran alucinación: serpentear sobre su voluptuosa entidad. Cuando menos, eso es lo que yo experimenté.

Al poco de conocerla, en una embestida originada por la necesidad irrenunciable de gozarla, le dije: “que me convierta en liliputiense para que me aplastes si no es verdad que estoy enamorado de ti hasta las trancas”. Y la emocioné de tal manera que acabó casándose conmigo.

Por eso me siento el hombre más suertudo del mundo. La gozo tanto que, a veces, cavilo que sin ella sería pura lata de cuneta, chafada cien veces. Sé que me es leal; imposible dudar de su fidelidad. No obstante, es difícil que confíe en los hombres que siempre bullen a su alrededor. Podrían confundirla, envolverla en el engaño. Y como me ausento tantos días por mis obligaciones comerciales, he decidido vigilar los posibles acontecimientos.

De momento, instalando por doquier cámaras diminutas. Como si hubiera crecido en tiempo récord una enredadera invisible abarcando la casa, con bayas chivatas que todo lo ven. No hay rincón que no disponga de esas filmadoras de las traiciones. Son de la más alta tecnología y con mi móvil podré ver a tiempo real cualquier imagen desdichada. Ahora conseguiré ausentarme con la tranquilidad del que se cree un Winston Smith controlándolo todo. Me siento orgulloso del trabajo hecho.

Hace ya cuatro días que estoy fuera de casa por requerimiento profesional y, por ahora, estoy satisfecho al ver normalidad. Es verdad que siento alguna cierta zozobra, pero presumo que los acontecimientos sobrevendrán satisfactoriamente y todo se relajará.

Como todas las noches en que viajo, estoy en la cama del hotel y conecto mi móvil para ver a gran velocidad lo sucedido durante el día. A los pocos instantes, una imagen confusa gravada a oscuras avispa mi interés liquidándome de golpe el sueño. Mi corazón se comprime y clama perturbado mientras la garganta se obstruye de malos presagios hasta dificultarme ventilar. Parece que mi mujer está con otro en la cama de matrimonio.

Las imágenes equívocas me embrollan el cerebro haciéndome presumir que los cuerpos desnudos y prietos bailotean agarrados sobre las sábanas al son de una melodía ardiente. Y cuando logro trabajarlas hasta optimizar la nitidez, consigo distinguir quién la posee fogosamente. ¡Dios mío, es mi mejor amigo! El que procura darme aliento estando siempre a mi lado. Mi adorada mascota, mi dogo leonado. Y las imágenes tajantes me dejan atónito y salvajemente tronchado, en apnea perpetua.

No doy crédito a la desviación sexual vista. ¡Mi divina mujer practicando la zoofilia con Tom, mi perro!

Oprimo el móvil contra mi pecho de víctima agónica mientras empapo la sufrida noche con mil lágrimas de lamento por la calamitosa perversión y mi traspié acerca de las grabaciones. Horas de sombras enigmáticas a la búsqueda de un albor que me oriente en la espinosa disyuntiva. Y sólo hallo una salida: desmantelar la maldita instalación soplona y originar mi ignorancia de lo visionado.

Y es que me es del todo imposible tomar represalias, porque comportaría perder dos tesoros inefables: mis dos sustentos del alma, dejándome como una puta lata de cuneta, eternamente chafada.

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Enrique Masip Segarra [2016]. © Todos los derechos reservados.

enriquemasipsegarra.wordpress.com
enmasecs@hotmail.com

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espiavía [ingimage/vostock-photo]

NOTAS.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes, son aportados por EQM.

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