.

fidel-castro-bnFidel Castro

.

Todo un geopolítico populista

En su primer viaje a EEUU [1959], Castro dió a conocer su voluntad de construir una ‘democracia representativa y con economía muy planificada’ jerga con la que antes se conocía un imposible político en sus diversos grados, porque en aquella época -y en ésta- sólo hay tres regímenes factibles, al margen de las teocracias: democracia [representativa, con economía de libre mercado], fascismo [dictadura política, con economía de mercado algo controlada] y comunismo [dictadura política, con economía planificada]. Lo que ocurre es que ahora muchos fascismos se disfrazan de democracias singulares o populares [caso, por ejemplo, de China, Rusia, Venezuela, Turquía y, camino de ello, la propia Cuba], con el beneplácito de los viejos y nuevos imperios.

Pero en cuanto volvió a la Habana, con el fin de asentarse en el poder, Fidel consagró la idea cumbre de su Sistema: la lucha por la soberanía de la isla frente al gigante yanqui y su imperialismo.

En consecuencia, saqueó la sacrosanta propiedad privada estadounidense en la isla y se dirigió, rapidamente, a refugiarse en el marxismo-leninismo del rublo, que le esperaba con los brazos abiertos, como incomparable portaviones frente a las costas del capitalismo.

Hablamos, por tanto, de un dictador populista, socio del imperialismo soviético y exportador -a Africa y Latinoamérica- de una revolución que ahora denominan ‘bolivariana’ y que siempre se ha basado, pues, en el marxismo de conveniencia. Al pueblo, su cubana dictadura sólo le ha reportado la incuestionable defensa de la dignidad frente a EEUU y un nivel educativo muy superior a la media centro y sudamericana pero fieramente castrada por la dictadura.

Porque el pagano de tal tiranía ha sido, como siempre ocurre, la ciudadanía cubana, que ha sufrido durante más de medio siglo la carencia absoluta de las más elementales libertades y del bienestar que los cubanos merecen. Y en ello sigue.

Cosas de la geopolítica.

EQM

pd.

Fidel, curioso fenómeno de dictadura consentida por Occidente.

Quisiera subrayar la habilidad con la que Fidel ha ocultado el hecho de que Cuba siga siendo, con diferencia, el país más racista del continente americano. Racismo contemporizado sobre la base de que la población negra asuma, por la vía de los usos y costumbres, la supremacía de los cubanos blancos. Podría contar numerosas anécdotas vividas personalmente. Los Castro jamás han movido un dedo tampoco para cambiar tal discriminación.

TVE, la televisión pública mariana, en su nueva etapa regeneradora, nos dió ayer la noticia en el Telediario de máxima audiencia, dedicando parte importante de la información a ilustrarnos con lo que piensa sobre Fidel su gran amigo e insigne intelectual… Maradona!

Ilustración de Raúl Arias [España, 1969] en El Mundo, 271116.

.

Necrología de Juan Abreu

Arcadi Espada en El Mundo, 271116.

Mi liberada:

Estoy volviendo de Madrid en tren. Llueve y hace frío. El tren no lleva a casi nadie, al menos en mi clase. Toso y estornudo de una manera ciclópea. Pasa la muchacha con el carrito de las bebidas y estornudamos a la vez, lo que nos une mucho de pronto. Me sonríe mientra se atusa y dice: “Los primeros fríos”. Infalible marca de la melancolía. El viernes en Madrid estuvimos hablando largamente de este tema tuyo del nacionalismo, por iniciativa de la diputada Carolina Punset. Mi intención era escribirte a fondo, como si fuera el primer día, sobre el nacionalismo, o más bien sobre lo que yo uso, que es mi arraigado y cada vez más pletórico antinacionalismo. Pero ha muerto Fidel, como siempre lo llamamos y sigues llamándole, y yo voy en un tren y llevo encima (no es necesario que suspendas tu incredulidad: solo que es innecesario darte los detalles) las memorias de mi amigo Juan Abreu, que se titulan Debajo de la mesa y que están a punto de aparecer en España publicadas por Editores Argentinos. Como sueles reprocharme mis conflictos de intereses, ya explícita mi amistad te anuncio que el libro lleva un lacito mío en la contraportada donde puede leerse: “Juan Abreu no es el primer niño que observa el mundo desde debajo de la mesa. Pero sí ha sido el primero que lo ha descrito desde ese lugar, con una prosa emocionante, mas no emocionada, puesta a disposición del ejemplar heroísmo de la memoria”. El libro lleva una colección de fotos borrosas, remotas. Las voy mirando. Nadie sale sonriendo, salvo el niño Abreu en una de ellas, donde ya anuncia su estrepitosa carcajada de adulto. No creo que fueran ni el malhumor ni la pena ni la miseria. Era la desconfianza ante el artefacto. Hasta un momento concreto de la historia del retrato, las personas posan con una gran preocupación: como si el mecanismo fuera a estallarles en la cara. Supongo que las primeras sonrisas deben ser el anuncio de una confianza que ya no se romperá jamás.

Voy leyendo el libro de Abreu, mientras arrecia la lluvia. Pero el frío disminuye con su escritura. A partir del próximo punto te escribo ya con sus palabras, que traigo, corto, añado y pego como quiero, porque soy un lector soberano y porque él es mi amigo, y porque cuando abras hoy los periódicos, y no digamos ya tus periódicos, no encontrarás en ellos ninguna memoria más súbita y profunda de lo que fue el castrismo, ninguna más que en esta carta, ninguna necrología más canónica respecto a lo que fue la obra del hombre. Sabrás que en el Parque del Dominó de Miami se reunían todos los días decenas de viejos solitarios a contarse sus penurias y nostalgias y a jugar partida tras partida mientras pedían a Dios que acabase de matar a Fidel Castro para regresar ellos a la isla a morir. Los ruegos han durado más de medio siglo. Los cementerios de Miami están repletos de viejos a los que Dios no escuchó. Sabrás que La Plaza fue el gran mercado del centro de La Habana. Montañas de golosinas, frutas, viandas, interminables tarimas rebosantes de peces recién sacados del mar. Jaulas llenas de pollos, guanajos y guineos. Bullentes cestas de cangrejos y langostas. Gelatinosos pulpos y calamares. El trajinar del gentío, la santa marea de la diversidad: los rostros, las expresiones, las voces, los pregones, las risas, el escándalo de las aves de corral. La imponente sensualidad de lo que se come y de lo que se asfixia y de lo que patalea y de lo que refulge en un estertor. Al pensar en lo que hemos perdido, en ocasiones, llego a la conclusión de que entre las cosas más valiosas que destruyó el fidelismo está esa Habana de La Plaza, esa infinidad de olores, colores y sensaciones que fueron sustituidos en pocos años por un desierto gris, sucio y monocorde. Cuando los envases de cristal desaparecieron por completo y hasta Liborio y su botellería (confiscada) desaparecieron, nos vimos obligados a guardar los peces en latas. Si tuviera que identificar a la llamada revolución cubana con algo, la identificaría con la desaparición de las cosas. No de las grandes (que también), sino de las cosas pequeñas: una botella desechable, un pedazo de turrón, la suavidad del papel higiénico, una cuchara, un vaso de vidrio, el olor a jabón, el frescor que deja en la boca la pasta de dientes. Y desaparecieron también las gallinas y los conejos y solo quedaron las ratas. Y los modales: en la vulgaridad instaurada casi oficialmente por el nuevo régimen, las normas de urbanidad, aunque rudimentarias, nos sirvieron para combatir la fanática marea en la que la palabra señor había pasado a ser un insulto, y la cortesía y los buenos modales se consideraban taras burguesas. Pero hay que precisar que algunas cosas no desaparecieron. Cuando íbamos a casa de Rodi a ver a Olguita, nuestro amigo Ubaldo tenía que esconderse detrás de las persianas pues la precoz exhibicionista no enseñaba las tetitas y el chochito si un negro la estaba mirando. Los libertadores habían conseguido que desaparecieran innumerables cosas autóctonas, incluidas la malanga, el boniato, las guayabas, la yuca y la carne de cerdo, pero no el racismo.

Yo leo en un tren lanzado a 300 por hora, Abreu escribe y ve su vida como un dibujo recuperado de las aguas. El trazo firme donde el papel escapó a la humedad, desleído donde permaneció anegado. Un médico le recomendó zapatos ortopédicos. Los zapatos estaban racionados y la madre deambulaba por La Habana en busca de unas tiendas especiales donde decían que se podrían conseguir los zapatos ortopédicos. Pero las tiendas estaban vacías. “Señora, la revolución está cambiando el país, construyendo el FUTURO y a usted lo único que le interesa es un par de zapatos ortopédicos”, exclamaba el funcionario. Una revolución y su prometido futuro nunca ha valido ni valdrá lo que la mierda que se pega por accidente en la suela de un par de zapatos ortopédicos de cualquier niño. Otro niño. Uno de los jefes militares de la prisión leyó los nombres de los que serían ejecutados el siguiente amanecer. Entre ellos, el de Luisito. Los presos protestaron argumentando la edad del muchacho. Entonces el militar mandó buscar al médico del penal, este hizo abrir la boca al niño, le revisó las muelas como si de un animal se tratase y dijo a continuación: “Este ya está para fusilar”.

Campeón, viejo, medio ciego, enfermo, salió de casa una mañana y nunca regresó. Probablemente lo atropelló un coche en la calzada o simplemente no fue capaz de encontrar el camino. Mi madre lo buscó durante días, lloraba en la cocina por su perro. Ahora mientras escribo tengo 60 años y como el perro de mi madre tampoco he encontrado el camino de regreso a casa.

Sigue ciega.

A.

Ilustración de Eva Vázquez [España, 1970] en El País, 271116.

Un cara a cara con Fidel en el Meliá Varadero

Jesús Cacho en vozpópuli, 261116.

El Comandante tenía anunciada su llegada a la explanada del Hotel Meliá Varadero a las 5 en punto de la tarde, pero desde las 4, a pleno sol, la “gloriosa brigada” de trabajadores que había construido el edificio piramidal en tiempo record, orgullo de la Revolución, estaba a pie firme, limpios, derechos todos como una vela y en posición de revista, en un lateral del hotel cuya inauguración iba a presidir Fidel Castro. El Comandante tardó en aparecer cerca de media hora sobre el horario previsto, pero la espera mereció la pena. Aunque lejos ya la aventura de aquel PCE en el que milité en vida de Franco y que abandoné, como todos los integrantes de mi “célula” –entre ellos José María Barreda, que andando el tiempo se convertiría en presidente del Gobierno de Castilla-La Mancha- tras las primeras elecciones generales de 1977, confieso que estar por primera vez a dos metros de la figura histórica, del revolucionario que, embutido en un traje verde oliva como recién planchado, como recién salido de fábrica, ocupaba ya por derecho propio un lugar en los libros de historia, me produjo un fuerte impacto emocional.

Ante el pequeño grupo de periodistas españoles que, invitados por Gabriel Escarrer, patrón del Grupo Meliá, asistíamos a la inauguración, año 1994,  del primer hotel gestionado –gracias a los buenos oficios del rey Juan Carlos y de Bruno Kreisky, canciller federal austriaco y vicepresidente de la Internacional Socialista- por una empresa española en la Cuba revolucionaria, desfilaba un hombre al que la izquierda europea había convertido en un mito viviente, un héroe del pueblo capaz de derribar la dictadura de Batista y hacerle frente al “imperialismo yanqui”. Es verdad que para entonces del mito del revolucionario benefactor no quedaba ni las raspas. El pueblo cubano se moría literalmente de hambre, mientras los más arrojados se echaban al mar en humildes embarcaciones que rara vez lograban alcanzar las costas de Florida, pero, pelillos a la mar, aquel día del verano caribeño y en Cuba, uno tenía la ocasión de estar frente al hombre que durante mi primera juventud había encarnado todas las virtudes de la abnegación y el heroísmo.

El Comandante se largó un discurso, relativamente breve para lo que solía ser habitual en él, ensalzando la labor de la “gloriosa brigada” que, con su esfuerzo, había hecho posible el milagro de aquella hermosa edificación, y a continuación todos los presentes empezamos a desfilar hacia el interior del hotel, en cuyo salón de actos se iba a celebrar una conferencia de prensa con el amo y señor de Cuba. Ese había sido precisamente el cebo de aquel viaje a la isla: la promesa, más o menos explícita, del propio Escarrer, de que el grupito de periodistas españoles que le acompañábamos íbamos a tener la oportunidad y el privilegio de charlar cara a cara con Castro durante tiempo indefinido. Pero al entrar en la platea de aquel gran anfiteatro, mi gozo se fue al pozo. Aquello estaba de bote en bote, con las primeras filas ocupadas por dizque periodistas y cámaras de televisión cubanas y de países latinoamericanos varios, emisoras de radio y canales de tv de claro matiz izquierdista todos, simpatizantes todos con la Revolución. Por un momento pensé que Fidel se disponía a hacer algún anuncio trascendental, capaz de dar la vuelta al mundo.

Mientras trataba de superar la sorpresa que me producía la presencia de aquel gentío congregado para inaugurar algo que en España habría merecido la presencia del alcalde del pueblo, conseguí colocarme con no poco esfuerzo en el centro de la quinta o sexta fila, frente a la mesa presidencial en cuyo centro se acomodaba ya el gran Fidel y una cohorte de ministros de su Gobierno, amén del propio Escarrer y ejecutivos de su grupo. Desde el minuto uno levante la mano pidiendo el uso de la palabra, pero aquello se demostró pronto misión imposible. Todo eran preguntas laudatorias con respuesta inducida sobre las gloriosas conquistas de la Revolución cubana, todo un infame peloteo a Castro, de modo que después de varios intentos infructuosos, dejé de levantar la mano decidido a disfrutar del espectáculo. Y en esto que el vicepresidente del grupo Meliá abandona la mesa presidencial, se acerca con dificultad hasta mí, y en voz baja me dice que levante la mano, que el ministro de Información cubano sentado a la izquierda de Castro me va a dar la palabra como representante de los periodistas españoles presentes.

Preguntar a Castro por elecciones democráticas

Y en efecto, una amable señorita me pasa un inalámbrico, de modo que, puesto en pie, me lanzo a perorar sobre la emoción que para mí supone, Comandante, hallarme frente al mito que ha acompañado los sueños revolucionarios de tantos jóvenes españoles durante tanto tiempo, la ilusión de una primera visita a Cuba que me ha permitido descubrir esa íntima relación existente entre la isla y España, imposible de extrapolar a cualquier otro país de habla española, la conciencia del drama que para la España del 98 supuso la pérdida de Cuba, solo perceptible cuando uno pisa la isla y se empapa de su peculiar aroma, pero también, añado, la sorpresa que me ha producido comprobar el ambiente de decepción en que viven muchos cubanos, la miseria palpable en cada uno de sus rincones, y la infinita ansia de libertad que cualquier cubano que no pertenezca a la nomenklatura del partido es capaz de susurrarte al oído en cualquier esquina lejos de testigos incómodos. Y en estas condiciones, Comandante, mi pregunta es la siguiente: ¿En qué condiciones estaría usted dispuesto a dar paso a unas elecciones libres, como le está solicitando la comunidad internacional, que conduzcan a un Gobierno verdaderamente democrático en la isla de Cuba?

Un silencio espeso cayó sobre el auditorio. Miradas cargadas de sorpresa y reprobación en mi derredor, y el comandante que se lanza a hablar. Recuerdo perfectamente dos de sus argumentos condenatorios. Que cómo era posible que un español, miembro de un pueblo que había luchado durante no sé cuántos siglos por liberar a su país de la dominación árabe, fuera capaz de pedir a Cuba y a los cubanos que se rindieran de nuevo al odioso imperialismo yanqui que, al otro lado del canal de Florida, estaba listo para extender su zarpa sobre la isla. Presa de un cabreo que no intentaba disimular, Fidel se iba calentando, y hubo un momento en que comenzó a sudar copiosamente, de modo que mientras peroraba se secaba el sudor de su frente con un enorme pañuelo blanco, tan impoluto como su casaca verde oliva que vestía, con lentos movimientos de su brazo derecho. Su indignación no parecía tener límites. Y de repente casi gritó: ¡y además, una cosa le voy a decir, compañero, y es que ni usted ni nadie tiene derecho a inmiscuirse en los asuntos internos de Cuba como tampoco los cubanos nos metemos en los asuntos internos españoles…! Y con un movimiento brusco se levantó de su asiento, dando por terminada la rueda de prensa ante la atónita parroquia.

Todos en pie y casi en posición de firmes, le vi desfilar lentamente por el pasillo a cuatro o cinco metros de donde me encontraba. Seguía sudando por todos los poros de su cuerpo. Tras él, Gabriel Escarrer, que me lanzó una mirada asesina de soslayo. Le acababa de arruinar la fiesta. Todos estábamos citados para, a continuación, tomar parte en la cena de inauguración del hotel en un enorme salón profusamente decorado y alumbrado. Media langosta y medio pollo asado con patatas, manjares que millones de cubanos jamás podrían probar porque estaban reservados para los dólares de los turistas que empezaban a llegar a la isla dispuestos a disfrutar de playa y sexo, las dos especialidades de la revolución castrista. A la mañana siguiente, Escarrer me confesó que Fidel, con quien había compartido mesa, “tardó un cuarto de hora en serenarse y recuperar la compostura”. No osé preguntar detalles por los epítetos que me dedicó.

Me preocupe más, a pesar del “cordón sanitario” que a partir de mi pregunta a Fidel colocó el régimen en mi derredor, por constatar allí donde pude el ambiente de oprobio, pobreza extrema y falta de libertad en la que una mayoría de cubanos vivía en la isla, señas de identidad o imagen de marca de una ideología que, a lo largo de sus 100 años de historia, no ha producido más que miseria y muerte por las cuatro esquinas del planeta Tierra, pero que, cosas de la humana naturaleza, algunos listos con aire profesoral todavía pretenden vendernos hoy como mercancía nueva en esta peripatética España del siglo XXI. Que la muerte del tirano caribeño traiga pronto la libertad al pueblo cubano.

••

•••

 

Notas.-

Enlaces [en azul cuando se trata de textos ajenos] y corchetes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

Anuncios