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El mito de David

La rebeldía frente al imperialismo estadounidense ha dado para mucho al dictador cubano, en toda Latinoamérica. Se mantiene incluso hoy en día gracias a la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América – Tratado de Comercio de los Pueblos o ALBA-TCP, como izquierdista y revolucionaria, promovida por Cuba y Venezuela, contrapartida a Área de Libre Comercio de las Américas, impulsada por Estados Unidos.

En Occidente, se puede decir que no hubo apenas juventud que no se sintiera identificada por el fervor de defensa de la libertad de lo pueblos que supuso enfrentarse al todopoderoso yanqui. Yo recuerdo que incluso en la España franquista, las familias se apretujaban alrededor de Radio Nacional de España en la década de los 50′, para escuchar tanto las hazañas ciclistas de Federico Martín Bahamontes como los progresos de Fidel contra la dictadura de Fulgencio Batista.

En definitiva, a Fidel -apoyándose,por supuesto, en el mítico Che Guevara– no le faltaron fans en el mundo, y no sólo de entre los esperanzados en/con la llegada del comunismo sino también entre todos aquellos a quienes motivaba la dignidad del pequeño David cubano ante la superpotencia del Goliat estadounidense.

Castro supo aprovechar tal basamento ideológico sobre la legítima defensa para transformar sus iniciales proyectos democráticos en pura dictadura marxista, con la aquiescencia de la URSS, China, Francia gran parte de Latinoamérica y Africa. Tampoco descuidó sus relaciones incluso con dictaduras de signo opuesto, como las de Franco o Pinochet, de quienes aprovechó aquellas experiencias que pudieran aplicarse a su país.

El declive de Castro coincide, lógicamente, con la desapairición de la URSS -y sus ayudas- pero también con la paulatina consolidación democrática de muchos países latinoamericanos, la estabilización africana, la globalización de la economía de mercado y la aparición de nuevos imperios emergentes dentro de la misma, como es el caso de China.

En su etapa final, pudo morir en paz no por la calidez climática o la tolerancia buenista de los cubanos sino simplemente porque seguía quedando en pie el mito de David. Razón por la cual las televisiones occidentales -TVE, por ejemplo- aún se les escapan expresiones laudatorias en favor de un dictador durante medio siglo.

EQM

pd. A Rita Barberá, por el contrario, le crecieron los enanos demonizadores y se quedó, tirada en un hotel, sin siquiera perrito que le ladrara. La decadente izquierda convencional del PSOE, el populismo del Pablemos, el centrismo de Ciudadano Rivera, y las viejas y nuevas generaciones del desnortado PP se confabularon para erigirla en chivo expiatorio de todos lo males de una sociedad linchadora, enferma.

Incluso a Cándido Conde-Pumpido le faltó tiempo, según cuentan, para comunicar formalmente desde el Tribunal Supremo, que su expediente penal en torno a los famosos 1000 euros, quedaba archivado por falta de pruebas.

Una icónica, histórica, pena contra la presunción de inocencia que hará mucho daño a la política española y a la conciencia de una ciudadanía que, desde el final de la guerra civil, se acerca su siglo de inquietante silencio lechal.

Ilustración de Sean Mackaoui [Suiza, 1969] en El Mundo, 281116.

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Un silencio sepulcral

Cayetana A. de Toledo en El Mundo, 281116.

Albert Rivera y Javier Maroto no dijeron nada en Twitter sobre la muerte de Rita Barberá. Es extraño, dada la cantidad de horas y de energía que uno y otro dedicaron a la desdichada alcaldesa desde que un juez la señaló por un presunto blanqueo de 1.000 euros, una acusación que el Tribunal Supremo iba a archivar. Maroto se destacó, quiso hacerlo, como la voz más clara, es decir más dura, del PP contra Barberá. Obcecada. Expedientable. En las antípodas de la ejemplaridad. En la cumbre de la indignidad. Vieja política. Insensible al clamor de las bases. ¡De la gente!

A Maroto parecía gustarle su papel de azote anticorrupción. Esos titulares: «Los renovadores del PP exigen…». Era una forma de reciclaje después del fracaso de la política pop de apertura al submundo nacionalista en el País Vasco. Hay que leer el post de Santiago González del 11 de septiembre de 2012. Ahí está, fiskeada, la entrevista en la que Maroto pone a su cariñosa peluquera proetarra como ejemplo del potencial electoral de un PP menos rocoso, más accesible, menos… San Gil. «Nuestro objetivo es tratar de desligarnos de un discurso que a lo mejor tiene demasiados años y presentarnos como una opción moderna y útil para la sociedad vasca». Moderna y útil. Los atributos sagrados. Los que Maroto esperaba que le fueran reconocidos a cambio de su contribución al auto de fe nacional. Y que sólo Barberá, ya quemada, se atrevió a discutirle cuando el Tribunal de Cuentas condenó a Alfonso Alonso y al propio Maroto a pagar 400.000 euros por su mala gestión en Vitoria: «Que se ocupe de su condena en lugar de ir a Eurovisión». Pop.

El silencio de Rivera también es espeso. El líder de C’s hizo del binomio Rita/Twitter un instrumento de captación de votos y presión al PP. Su time-line y el de su partido están salpicados de frases con el hashtag #RitaBarberá. Rita como símbolo de la putrefacción de los viejos partidos. Rita como testimonio del compromiso regenerador de C’s. Rita como justificación del veto a Rajoy. El miércoles, antes de que los forenses culminaran su trabajo y después de que Podemos exhibiera su abyecta coherencia, Rivera puso este tuit: «El respeto por los adversarios no nos hace cómplices de sus ideas o actos, nos hace simplemente humanos». Ya no estaba el hashtag, pero ahí seguía, empotrada en la palabra cómplice, la condena moral de la difunta. Una delincuente.

Hace un par de días, incómodo, Rivera afirmó que, «cuando una persona muere, no se pueden sacar conclusiones políticas». Se puede y a veces se debe: Rita Barberá es una víctima del populismo que ha contaminado gran parte del sistema español. Y el PP y Ciudadanos tienen una concepción igualmente equivocada de la modernidad.

Recuerdo bien aquel Congreso de Valencia de junio de 2008: papeletas sin sobre, urnas de metacrilato, cámaras delante de las urnas y espías de Génova en cada rincón. Era imposible votar libremente. Y en todo caso no había nadie alternativo al que votar. Ninguno de los críticos privados rompió en público. En ese ambiente nació el PP de Rajoy, del que Maroto es un prototipo. Si hay una idea que define a este PP sin ideas es que la verdad no es útil ni moderna. O, dicho al revés, que lo moderno y útil es el disimulo; un cierto relativismo; la aceptación táctica de la ficción ajena. Cuesta ver en el registrador de Pontevedra un posmoderno, pero a veces el temperamento suplanta la ideología.

El PP atribuyó su derrota de 2008 al abuso de la verdad: la oposición callejera al diálogo con ETA; la impugnación de la bilateralidad catalana; el realismo de Pizarro ante Solbes. Creyó que la verdad era incompatible con la victoria y decidió probar un camino distinto. La movilización contra el blanqueo político de ETA se disolvió en una pragmática aceptación de Bildu como animal de compañía. De recoger firmas contra un Estatuto inconstitucional se pasó a permitir la votación de un referéndum ilegal. Y el gran mandato renovador de 2011 quedó reducido al ¡que viene Podemos! de 2016. El PP nacido en Valencia no ha construido, ni como oposición ni como gobierno, un proyecto alternativo al de la izquierda y el nacionalismo. Ha resistido, gracias a los errores ajenos, en un marco crecientemente definido por los dos antagonistas del sistema democrático: el secesionismo catalán y el populismo de Podemos. Pero la resistencia tiene secuelas, también psicológicas. La parálisis y el asedio han roto los lazos de amistad internos. En el PP lo que prima es la supervivencia personal. El desamparo de Rita Barberá es el clímax del marianismo. Un homenaje al vacío.

Dirigentes de Ciudadanos justifican la presión sobre Barberá en «la percepción de la gente» de que España es una ciénaga de corrupción: la indignación exige sacrificios; un justo por tres pecadores. Es una inmoralidad y un error. La política moderna, la útil, es precisamente la que no actúa a partir de percepciones sino de realidades. La que entiende que el big bang tecnológico ha alumbrado medios-buitre, que se alimentan de cadáveres presuntamente culpables. Lo he oído yo, sentada en el plató de una tertulia política: «¡Marchando otra de corrupción, que la competencia arrecia!». A esta suicida bacanal colectiva debemos contraponer un esfuerzo adulto, responsable y valiente por afirmar la verdad. Por rehuir lo binario. Por distinguir los grises. Por defender a los inocentes. Ésa es la nueva política. El antónimo del populismo. Y su antídoto.

El próximo 10 de febrero, los compromisarios del PP volverán a reunirse, esta vez en Madrid, para una nueva ceremonia de consagración del líder. Como en Valencia, sólo hay un candidato y es el mismo. Cinco días antes, Ciudadanos habrá clausurado su cuarta Asamblea General sin sorpresas. En estos tiempos de referendos bumerán y con el insepulto Sánchez haciendo disidencia por España, ¿quién se atreve a excitar a las bases? Ni el campeón de la democracia interna. Más relevantes, en todo caso, serán los debates teóricos y las propuestas de acción. El rumbo. El PSOE -oh, Fernández– ha pactado con el PNV la legitimación del derecho a decidir. La vicepresidenta del Gobierno ha abierto despacho de (con)cesiones en Barcelona. Ciudadanos empieza a confundir el crecimiento electoral con la equidistancia ideológica. Y los tres aceptan el marco escatológico de Podemos. Es extravagante. Necesitamos partidos modernos y útiles, dispuestos a encarar la verdad en todos los ámbitos. La última prueba inversa es este tuit de Rajoy: «Mis condolencias al Gobierno y autoridades cubanas por el fallecimiento del ex presidente Fidel Castro, una figura de calado histórico». Castro era un criminal. Y Barberá, una inocente.

Ilustración de ‘Ulises‘ [México, 1963] en El Mundo, 281116.

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Comandante o Cara de coco

Raúl del Pozo en El Mundo, 281116.

“Un hombre de seis pies, de piel aceitunada, de cara llena, de barba dispareja; viste un uniforme verde olivo”, así describió Matthews en el New York Times a Fidel Castro cuando el Gobierno de Batista lo daba por muerto. “Ellos tienen bazookas, morteros, ametralladoras, aviones, pero nosotros estamos seguros en la sierra”, dijo el barbudo en la entrevista.

Desde Sierra Maestra, Fidel Castro pasó a ser uno de los protagonistas del siglo XX y anteayer pasó, definitivamente, a la Historia. Murió el Comandante y los cubanos no podrán beber ron ni para llorarlo ni para celebrarlo. Han prohibido la bebida durante los días de luto.

En mi barrio, cruzado por el Paseo de La Habana, donde está la embajada de Cuba, hubo puñetazos el sábado. En la zafra de la reyerta política que vive Europa gritaban los paraguas. Unos decían: “Asesino”, “Genocida”, “El mayor de los tiranos”. Contestaban otros: “Por un Madrid sano, que se mueran los gusanos”. Gorras guevaristas, banderas cubanas en un día oscuro, lluvioso, como si el esplendor del sol se hubiera extinguido. Me llegaba el recuerdo y el olor a tabaco de Cuba y su ritmo de semillas secas.

Después de morir tantas veces, ha muerto un mito, que primero fue un sueño y después una pesadilla. Actualizando el famoso proverbio, podríamos decir: “Quien no haya sido castrista en el siglo XX no tiene corazón y quien sea castrista en el siglo XXI no tiene cerebro“, pero celebran más la muerte de Cara de coco en La Pequeña Habana de Miami que en La Habana real.

Hay una foto en la que el Che, con botas y gorra, le está dando fuego al puro de Jean Paul Sartre. En aquellos tiempos la Revolución cubana era la más original y romántica del mundo. Los escritores de Europa iban en peregrinación a La Habana como si fueran a Delfos. Luego, cuando se oscureció el mito, los castristas acusaron a Sartre de ser agente de la CIA, la agencia que intentó matar al Comandante más de 600 veces. Millones de jóvenes del mundo entero eran apasionados castristas. Nada tenía que ver el barbudo de Sierra Maestra con el del infame chándal del otoño de su mandato. Ha pasado a la leyenda porque, al final, los que sobreviven y dicen no tienen la última palabra.

Fue el revolucionario más cantado por los poetas. Lo compararon con los héroes homéricos. Neruda le saludó en nombre de los mineros que sacan fuego de la tierra helada: “Fidel Castro con 15 de los suyos/ y con libertad bajó a la arena/ Fidel,/ con la libertad/ Fidel/ y el Che Guevara”.

No pudieron acabar con él. Los cientos de atentados, los intentos de envenenamiento, el fallido intento de Kennedy para derrocarlo lo convirtieron en una leyenda. “Perder a Fidel es como perder a un padre”, dice un ciudadano de La Habana. Da la razón a Freud, que fumaba 10 habanos al día y que dijo que el gran hombre es la imagen del padre: el complejo del padre.

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“Por lo que Fidel representa”: crónica desde Cuba

“Verán, aquí, en Cuba, hay algún problemilla con la libertad de expresión”. Por eso Yasmín no se llama Yasmín.

José María Albert de Paco y María Espada en LD, 281116, desde Cienfuegos-Trinidad (Cuba)

Así están las cosas: Fidel ha muerto y en Cuba regirá la ley seca hasta el 4 de diciembre. El reguetón atraviesa su peor momento desde el cierre temporal del discobar Brisas del Atlántico, en el Paralelo barcelonés. En el salón de la casa de Cienfuegos donde nos alojamos, sentados frente a la tele, María y yo presenciamos cómo, en la televisión nacional, uno de los millares de Mr. Smith que ofician de locutores anima a la población a enviar correos laudatorios del Gran Timonel. Fuera, el chófer del colectivo que nos ha de llevar a Trinidad nos apremia.

Lo compartimos con una pareja de francés e inglesa que, no sin delicadeza, le sacarán los colores a mi inglés. “Living History”, le digo a Jean, a propósito del Óbito, y me quedo dudando sobre si ese History va con artículo o sin artículo. María saca el iPhone por la ventanilla y, con su objetivo de ojo de pez, va grabando el paisaje. Es inútil insistirle en que, en uno de los miles de baches que salpican el asfalto, corre el riesgo de que el móvil le salte por los aires. Es, además de una joven cineasta en ciernes, una Espada.

Yasmín, la matrona de nuestra casa en Trinidad, nos conduce a la vivienda desde el parque del wifi, donde nos ha ofrecido sus servicios con afabilidad de testigo de Jehová. De camino, tras 10 minutos de charla, nos recuerda que ha muerto Fidel. María y yo nos percatamos de que, en el instante en que ha pronunciado su nombre, ha bajado la voz. Y María le pregunta abiertamente por el súbito descenso del volumen. “Verán, aquí, en Cuba, hay algún problemilla con la libertad de expresión. No es que no se pueda hablar, claro; es que hay asuntos en los que es mejor no meterse”. Por eso Yasmín no se llama Yasmín.

La prohibición de consumir alcohol no ha alcanzado a las casas turísticas. María se abre una cerveza y sale al fresco. En el balcón de enfrente hay dos niñas a las que dar carrete, y nada más justo, para empezar, que elogiar sus meneítos. La negrita Valia (13 años) es nieta de bailadora e hija de bailadora y está firmemente decidida a seguir la tradición, o eso parecen decir sus caderas; la trigueña Elisabeth quiere ser médico, eso es, llegar un peldaño más allá que su mamá, de profesión enfermera.

En apenas unos minutos, sabremos por Valia y Eli que en España (en el resto del mundo, en verdad), cuando alguien enferma de corazón y no tiene dinero, no recibe atención médica, y que parir también cuesta dinero. Y que Fidel, que ya era muy viejito, hizo mucho por los niños y por los pobres. Y que Cuba, desde el avión, se ve pequeñita pero luego se da uno cuenta de que es gigante.

Al anochecer, lo último que veremos antes de acostarnos es al niño Elián, el hijo pródigo del castrismo. La criatura engendrada por el Pueblo, veintitantos ya, glosa a Fidel entre sollozos. “Vive en Cárdenas, en la provincia de Matanzas”, nos dice Yasmín, “y allá donde va, lo hace siempre con escoltas”.

La pareja de vascos con los que compartimos el colectivo a la playa de Trinidad, a 8 kilómetros del centro, opina lo mismo que Valia y Eli. A ella le ha dolido la muerte de Fidel “por lo que Fidel representa”, pero considera una desproporción que no se pueda beber cerveza. Me pregunta si es nuestra primera vez en Cuba y le cuento que estuve en La Habana en 1994, cuando la rotura de la cristalera del Deauville y el estallido de la crisis de los balseros, en pleno Período Especial. “La situación sigue siendo penosa”, le digo, “pero entonces era casi apocalíptica”. “Sí, pero aquí nadie pasa hambre y todo el mundo tiene un piso; no como en España, donde la gente se muere de hambre y hay miles de desahucios al día”. En la mayor de las Antillas, cualquier “Sí se puede” lleva incorporado un chisporroteo de gramola.

A punto estoy de golpearle en la cabeza con las memorias de Abreu, y comprobar de primera mano cómo, al dar con un libro en una cabeza y sonar a hueco, no hay que preguntarse por el libro. Pero a la vuelta hemos de compartir el mismo colectivo y, además (lo lamento, Arcadi, me dejé olvidado en un taxi el libro de Abreu).

El Período Especial. Cuba no sólo es pródiga en metáforas sino también en eufemismos. Lo que en cualquier otro país se llama crisis o colapso, aquí se llamó Período Especial. “En realidad”, nos dijo un taxista habanero al poco de aterrizar en la ciudad, “nuestro Período Especial empezó en 1959”.

En la playa de Trinidad, ordeno al mozo dos mojitos y frente a la mar más hermosa del mundo (¡tanto que parece una piscina¡) me vienen a la cabeza los versos de Silvio Rodríguez:

Soy feliz, soy un hombre feliz
y ruego que me perdonen
los muertos en este día por mi felicidad.

Raúl Castro dando la noticia del fallecimiento de su hermano Fidel.

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La España de Fidel

Jorge Bustos en El Mundo, 281116.

A los cubanos se les ha muerto Fidel, el hombre, pero los españoles no tendremos tanta suerte: aquí sigue vivo Fidel, el símbolo. Y no sólo pervive en la roja devoción de sus beatas: numerosos medios liberales han optado por ilustrar su muerte con el arrogante barbudo de fusil al hombro, como si ese tipo no hubiera muerto hace décadas, en lugar de escoger al decrépito rehén de su propio chándal, gran pérdida para Adidas. Cuando se trata de embalsamar a un mito, el primer borrador de la historia que es el periodismo a veces no resiste la tentación de comportarse como un maquillador forense.

Se ha escrito que Castro fue el último revolucionario de una época, pero quizá fue el primero de otra, la nuestra, que llamamos posmoderna a falta de mayor precisión y que ha confirmado la sospecha nietzscheana: ya no hay hechos sino interpretaciones. Los hechos: Castro dio un golpe de Estado contra una dictadura de derechas para devolver la soberanía y la prosperidad al pueblo, pero se perpetuó al mando absoluto de una isla penitenciaria a la que, después de quitárselo todo, le arrebató también el orgullo de mandar en su hambre, pues malvivía de las limosnas de la URSS y luego de la petrocracia chavista. Las viudas del chivo que cacarean no sé qué sobre educación universal quizá olvidan que Franco aprobó la Ley de Bases de la Seguridad Social.

Las revoluciones posmodernas son el dominio de la ficción, y por eso Castro fue el primer dictador televisivo. Su ejecutoria -nunca mejor dicho- coincidió con el desarrollo de los medios audiovisuales de masas, que usó para construir su relato épico sin correlato fáctico. Traicionó minuciosamente todo aquello por lo que decía luchar: libertad, paz, redistribución, derechos, independencia. Que Arias Navarro, perdón, Raúl Castro, anunciara la noticia por la televisión estatal fue un acto de justicia poética. La única que se le ha aplicado.

El castrismo es una trola sádica y el filocastrismo de iPhone 7 es una religión de no practicantes. Pero a los ídolos no les afecta la biología. Es preciso ejecutarlos.

Fidel Castro y Augusto Pinochet

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Fidel, para sus amigos

Federico J. Losantos en El Mundo, 281116.

Si alguien tiene alguna duda de que el peor enemigo de la libertad en España no es la casta política sino la periodística, que guarde lo publicado en papel y en internet sobre la muerte del tirano comunista Castro I, que para los amigos -por lo visto y leído, muchísimos- es, simplemente, Fidel. Ni una víctima, ni un estudio sobre la represión, apenas un poco de color miamense para que los tifosos de Fidel disfruten comparando la bullanga gusanera con la elegante pena revolucionaria, compartida, por cierto, en dos infectos comunicados, por el Rey y Rajoy.

Nadie imagina ver en EL MUNDO la noticia de la muerte de Pinochet titulada “Muere Augusto”. Y, sin embargo, los asesinados por la dictadura chilena, precipitada por el viaje de casi un mes de Castro a Chile, siempre con el escolta Pinochet que le puso Allende tomando nota de los asaltos y crímenes a las fábricas y haciendas que visitaba, fueron en torno a 3.000; dejó el Poder tras perder un referéndum y un Chile más próspero que antes. Castro I, sucedido por su hermano Castro II, fusiló, según cifras oficiales, a 7.100. En las reales, varias veces más, porque las familias prefieren olvidar desaparecidos y suicidados en los campos de concentración de la UMAP para homosexuales o en los miles de trastos flotantes que en estos 57 años se echaron al mar y nunca llegaron a esa Florida de la que se ríe la progr-hez periodística. Nadie recuerda a los 17 niños del barco 23 de Marzo que murieron cuando Castro II dio personalmente la orden de barrerlos de la cubierta. Ni a los 2,5 millones de exiliados por los 10 de la isla-cárcel. En España, supondría tener 10 millones de exiliados.

Tampoco se recuerda a los intelectuales de cuatro generaciones -del Diario de la Marina y Orígenes a las blogueras de hoy- humillados, presos, exiliados o muertos por su Fidel: Baquero, Lezama, Cabrera, Piñera, Padilla, Sarduy, Almendros, Arenas o, entre tantos, Cruz Varela, a la que en un acto de repudio la obligaron a comerse de rodillas sus poemas a la puerta de su casa. Las damas de blanco son apaleadas a todas horas, pero la casta periodística lamenta la muerte del matón, el hombre más rico de Cuba -900 millones de dólares tenía en Suiza antes de convertir La Habana en resort narcoguerrillerro-, y le llama, simplemente, Fidel.

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Viñeta de Gallego y Rey en El Mundo, 281116.

Viñeta de Ricardo [R.Martínez Ortega, Chile, 1956] en El Mundo, 281116.

Ilustración de Eduardo Estrada [España, 1967] para El País, 281116.

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Sepulcro difícil de cerrar

Castro ya descansa en paz pero, aunque perderá batallas después de muerto, su figura seguirá en liza durante muchos años. La cuestión es si Cuba podrá remontar el extremismo y la mediocridad a la que Fidel la sometió

Juan M. Ortega en El País, 281116.

Los caminos de mi Cuba nunca van a donde deben.

(Carlos Puebla)

En nuestra revolución se encuentran elementos propios de pistoleros y otros que parecen de San Francisco.

(Carlos Franqui)

De aquí no se han ido los cubanos, se han ido los gallegos.

(Un negro del Barrio de Colón)

Pudo con todos. Nadie pudo con él. Adicto al poder, valiente, culto, inteligente y con figura de helénicos contornos, impuso su persona, ahora histórica, en la segunda mitad del siglo XX. Ha muerto en su Cuba martiana dejando un extravagante legado que no será fácil arrinconar. En su infancia en Birán recibió la herencia rencorosa de su padre, Don Ángel, soldado del ejército derrotado por los usamericanos. Fidel no olvidaría las lágrimas que desbordaban sus ojos cuando relataba su singladura en la guerra contra los norteamericanos. ¡Cuba es nuestra y lo volverá a ser! Lo conocí en el edificio Printemps, en el Vedado, donde pasaba unos días con su hijo, Fidel Alejandro, estudiante de Derecho. Gallego recio y trabajador, fundador , como tantos otros coterráneos, de excelentes familias cubanas. No lo agarró “la confronta”, vino a Cuba como voluntario.

Desde sus días en la escuela primaria Fidel imponía su liderazgo. Pronto todos se le sometían y el que no lo aceptara tenía que dirimir sus diferencias con los puños. Su hermano Raúl, personalidad de méritos revolucionarios, combatiente formidable y sagaz en los días heroicos de la Sierra Maestra, nos ofrece un testimonio confiable de su hermano: “Tenía éxito en todo. En el deporte y en los estudios. Y cada día se peleaba. Tenía un genio muy explosivo. Desafiaba al más potente y más fuerte. Y si era derrotado, volvía a empezar al día siguiente. Nunca se daba por vencido”.

Raúl ha tenido la mala suerte de ser hermano de Fidel. Posee excepcional densidad revolucionaria, pero, al lado de los gigantes, todos somos pigmeos. Sin complejos y con admiración y respeto por su hermano, lo ha apoyado con inteligencia y lealtad, constituyéndose en pilar del proceso revolucionario. Fidel, en una ocasión, dijo: “si a mí me matan, ahí está Raúl. No por ser mi hermano sino por sus virtudes como revolucionario y patriota”.

Fidel, al triunfar en enero de 1959, desbordó a Cuba y al Caribe. Las Antillas y las costas caribe de Suramérica, Centroamérica, México y Estados Unidos, sintieron un escalofrío y una sorpresa, reviviendo sus sentimientos de frustración y esperanzas. Su palabra fácil y su verbo coloquial llegaron como agua clara a las Antillas hispanohablantes y a negros y mestizos que en sus alianzas de sangre habían llevado la peor parte.

El continente Caribe dirigió sus miradas a La Habana creyendo haber encontrado su guía. El Caribe es un conglomerado humano con más afinidades que diferencias. Cuba, República Dominicana y Puerto Rico son perfectamente iguales y deberían ser una nación. Y también Haití, tierra mágica, que produce hombres de alta calidad cívica . No hay gente mejor en el Caribe que nuestros hermanos haitianos, descendientes de aquellos esclavos que se sacudieron el yugo francés. Charles Lecrec, el cuñado de Napoleón, se impresionó al oir que en los vivacs haitianos se cantaba la Marsellesa, lo que sorprendió y aterrorizó a sus soldados…

La Revolución Cubana, o mejor, la vida desmesurada de Fidel Castro, ha tenido consecuencias de mayor cuantía en Cuba y en Iberoamérica. La Cuba de hoy es un muestrario de fracasos y decepciones. Las ilusiones del primero de enero —¡ya hemos llegado!— se han convertido en triste desilusión, carencias y amarguras. Lo que no ha impedido burdas y hasta pintorescas imitaciones idealizando el desastre como “el mar de la felicidad”. La obsesión que recorre el alma cubana es irse del paìs, no importa a dónde. Salir sorteado en una de las 20.000 visas que rifa el gobierno norteamericano conlleva la mayor felicidad a que puede aspirar un cubano. Es el Gordo de Navidad. Pero como la probabilidad es muy remota, se recurre a la balsa, proyecto entre vecinos, (al que los Comités de Defensa de la Revolución hacen la vista gorda) en el que cada cual aporta sus mañas artesanales o marineras. Algún día se escribirá la historia trágica de los balseros y hasta tal vez merezca un monumento su osada búsqueda de libertad.

Ignacio Ramonet, próspero industrial del socialismo del siglo XXI, nos entrega una biografía a dos voces del Comandante, escrita al calor de 100 horas de diálogo. Se trata, ciertamente, de una autobiografía en la que el gallego Ramonet, hace de pendolista complaciente. Preguntas y respuestas han salido del mismo lugar. Hay que leer, como en todas las autobiografías, con severas precauciones. Los silencios, añadidos y afeites, convierten el texto en terreno minado. Fidel quiere que la historia lo absuelva, viéndose forzado a retorcer la verdad. Si sabemos quitar a esta obra las hojas de parra, parches y tapaojos, nos acercaremos al Fidel real. Por ejemplo, haciendo foco en el caso Arnaldo Ochoa en el que es fácil descubrir la grosera falsificación de los hechos. Siempre, en las versiones de los episodios de su vida, Fidel emerge tan puro e ileso como el Ave María. Los malos son los otros. Hasta en su participación en las pandillas de tiratiros alegres, de los años cincuenta, nos ofrece un ingenioso relato en el que su figura sale limpia de plomo y pólvora.

¿Podrá Cuba remontar la sima de extremismo y mediocridad a que Fidel la ha sometido? No es tarea sencilla. La alucinante intención de crear un hombre nuevo sin vicios ni egoismos ha terminado en un Frankestein que habrá que someter a electroshock y cirugía. El cubano de hoy está muy por debajo del cubano de ayer. Su dedicación a sobrevivir ocupa su día a día convirtiéndolo en un subciudadano que ingenia trampas y vivezas cual buscón de nuevo cuño.

Ya Fidel descansa en paz. Su vida ha sido una tormenta sin pausas. Nadie en el siglo XX ha sido tan ensalzado y vilipendiado. Vendrán ahora los castrólogos y los fabricantes de la leyenda. Pero de lo que no hay duda es que, como dicen por estas tierras, “echó la gran vaina”. Las nuevas generaciones cubanas y hasta las latinoamericanas tendrán que incluirlo en sus proyectos o al menos conocerlo para no volver a caer en este bache descomunal que dura más de medio siglo. Después de muerto, al contrario del Cid, perderá batallas, pero permanecerá en la liza por decenios.

Juan M. Ortega estudió en el Candler College de La Habana donde su padre Eduardo Ortega y Gasset vivió exiliado.

Ilustración de Sciammarella [Argentina, 1965] para El País, 281116.

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El miedo de Virgilio Piñera ante el líder

Fidel Castro hizo del miedo una manera de pensar de que aún tenía una paloma posada en el hombro.

Juan Cruz en El País, 281116.

En 1964 publicó el gran cronista mexicano Jorge de Ibargüengoitia un texto magnífico, La rebelión en el jardín,que entonces parecía una broma. Narraba la burocracia abrumadora que lo recibió en La Habana cuando le concedieron el entonces mítico premio Casa de las Américas. Como era una sátira de la Revolución, a la que entonces no se le podía poner un pero, el texto pasó desapercibido.

Años después, cuando ya se habían atenuado los efectos adormecedores de la alegría sin freno que desencadenó aquella paloma revolucionaria que asistía a Fidel Castro, el texto (reeditado recientemente por Reino de Redonda, la editorial de Javier Marías) adquirió su dimensión: no era una crónica, era una advertencia. La revolución no es lo que era. Los gigantes estaban poseídos por el don de los dictadores: tener razón porque la Historia iba a ponerlos en la gloria.

Hubo otras advertencias. Cabrera Infante, refugiado en Londres con su mujer, la actriz Miriam Gómez, fue de los primeros en decir que aquello no era lo que decían haber visto intelectuales de todo el mundo: la gloria revolucionaria. A un caciquismo, el de Batista, seguía otro, el de los Castro. Y aunque era evidente que la perpetuación en el poder de esos gemelos disímiles era una aberración democrática, los que quisimos que la Revolución pareciera lo que no era nos mantuvimos en la creencia de que solo se podía desconfiar en una dirección. Los críticos eran gusanos.

Ocurrieron aberraciones que tampoco nos torcieron el rostro ante la pestilencia sucesiva. Fueron ruidos que los que creímos que la Revolución era infalible atribuimos a los gusanos de dentro y de fuera. En los noventa las cosas se hicieron nítidas. Castro fusiló a los suyos a la luz del mundo, su hermano Raúl declaró que se dio cuenta de que lloraba por ellos “al mirarme al espejo” y siguieron testimonios que dejaron boquiabiertos (pero callados) a quienes aún creían que la Revolución era infalible. Uno fue el de Eliseo Alberto, poeta, novelista, que contó en Informe contra mí mismo cómo fue presionado para que contara lo que se hablaba en casa. En casa estaba una gloria de Cuba, el poeta Eliseo Diego.

Pero el momento más esclarecedor de esa oscura noche que Fidel Castro convirtió en interminable fue cuando Virgilio Piñera, uno de los mejores escritores de Cuba, afrontó con un nudo en el alma la tarea de decirle al líder máximo con la verdad de su tragedia. Homosexual y escritor, experto a la fuerza de las persecuciones del Régimen, asistió a la reunión de Fidel con los artistas cubanos tras el caso Padilla, que acabó con el poeta sometido a una autocrítica estalinista. Virgilio se levantó tembloroso, como si estuviera ante un pelotón de fusilamiento, quizá con aquellos ojos rotos que debió tener Lorca en su última noche y dijo en medio del espectacular silencio:

— Tengo miedo.

Fue una declaración terrible. Una oscura comprobación de los hechos, una condena como veredicto de la historia: aquel poeta triste tachaba así la aspiración castrista de pasar a la eternidad como un héroe. Fue un dictador que hizo del miedo un modo de seguir creyendo que aún tenía una paloma en el hombro.

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Ilustración de LPO [L. Pérez Ortiz; España, 1957], en El Mundo, 281116.

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Rita Barberá o el final de una época

Elisa De La Nuez / Rodrigo Tena en El Mundo, 281116.

Lamentar la muerte de un ser humano debería ser la reacción natural de otro ser humano. Y la cosa debería quedarse simplemente ahí, por respeto a su familia y a sus amigos y, sobre todo, a la propia persona que ya no puede defenderse. Pero cuando no ocurre así, como en el caso de Rita Barberá, y a la crueldad y estupidez de unos se une la hipocresía de otros, o cuando se pretende extraer ciertas conclusiones políticas de ese triste suceso, desde la utilidad de revisar pactos anticorrupción hasta la de atribuir la instrucción de los procedimientos penales a la Fiscalía, pasando por culpar a los medios de comunicación de acoso a los políticos sometidos a investigación penal, no hay más remedio que sumarse a este ruidoso coro con la finalidad de intentar aportar algo de perspectiva.

Rita Barberá acumuló un poder prácticamente omnímodo durante décadas en el seno de un partido al que dedicó su vida con toda la fuerza y la generosidad de que disponía, que era mucha. Y terminó siendo tratada como una apestada por el mismo partido que la había encumbrado y alabado como un referente político y hasta personal. Porque eso es exactamente lo que ha ocurrido y lo que los familiares de Barberá consideran que acabó por “romperle el corazón”. El tratar de desviar o de compartir la propia responsabilidad con otros agentes -medios, adversarios políticos, jueces o incluso partidos emergentes- no puede disfrazar la incómoda verdad: a Rita Barberá lo que más le pesaba era el abandono de los suyos.

Y es que más allá del indudable drama personal, ese abandono tiene un importantísimo trasfondo político, que es el que aquí intentaremos analizar. Rita Barberá se había convertido en un símbolo de una forma de hacer política, que ha sido la tradicional en España desde siempre y que apenas se ha cuestionado hasta hace cuatro días. Es la política de los liderazgos fuertes, de los golpes de efecto, de las grandes decisiones individuales sin análisis previo ni estudio técnico, de la falta de contrapesos y controles administrativos, del deber de atender con cariño a los fieles sin percibir por ello ningún riesgo para los intereses generales. La política en la que con el adversario se pactan no las políticas sino los cargos o el dinero. La política que huye de la complejidad, del debate público y de la rendición de cuentas. La política en la que el sincero fin de beneficiar a los ciudadanos siempre justifica los medios.

En resumen, se trata de la política propia de las democracias emergentes o de poca calidad, en la que uno o unos pocos individuos concentran todo el poder y, además, lo hacen con la mejor conciencia de trabajar generosamente por los suyos, por su partido, al menos en muchos casos. En ese tipo de democracias, historias como la de Rita Barberá no son tan extrañas. Son países donde se puede pasar de la Presidencia a la cárcel o al exilio, del todo a la nada, del elogio absoluto a la miseria absoluta, de los baños de masas al ostracismo social casi sin solución de continuidad.

Precisamente, porque el problema que plantea este tipo de liderazgos, tan descuidado con las formas, las reglas y los procedimientos, es que ni el más honesto puede salir indemne cuando las cosas vienen mal dadas. No sólo porque ese descuido habrá precipitado errores y abusos de los que medraron a la sombra del poderoso y que indudablemente aparecerán tarde o temprano sino, sobre todo, porque la sospecha siempre resulta creíble. No nos paramos a pensar que si los políticos tiene en España tan malísima fama no es porque personalmente o tomados de uno en uno sean más corruptos que los de los países vecinos, sino porque la forma de hacer política en nuestro país presenta muchísimos menos diques frente al mar de la sospecha y favorece a los que deciden utilizar en beneficio propio los bienes públicos. Y eso infecta a todos, a los pocos deshonestos y a la mayoría que no lo son.

Cuando Rita Barberá se ve amenazada por la investigación del caso Taula, abierto por blanqueo vinculado a una financiación irregular del partido, no entiende nada. Sobre todo no entiende la postura de sus compañeros, especialmente del líder que había avalado, apoyado y consentido su manera de actuar (ahí están las imágenes de Rajoy en el famoso Congreso de Valencia de 2008 y otras muchas con destacados dirigentes del PP valenciano que han sido o están siendo investigados, desde Camps hasta Alfonso Rus) y que, además, se consideraba su amigo personal. Cuando una tiene buena conciencia y convicción de haber actuado en todo momento como se esperaba de ella, incluso más aún, eso resulta especialmente duro.

Rita Barberá no comprende nada porque era una política de raza, pero de una época que toca a su fin. Por eso no se percata de que ese estilo de hacer política empieza a no considerarse presentable por su propio partido, aunque sea de cara a la galería. Porque está claro que internamente todavía la necesidad del cambio en la forma de hacer política está lejos de estar asumido. Pero los tiempos, afortunadamente, están cambiando en España y otros en su partido sí se dieron cuenta. Tras la única pero muy importante concesión de mantenerla contra viento y marea en la Diputación Permanente del Senado en el interregno entre la XI y la XII legislatura, para garantizarla en todo caso el sueldo y el aforamiento, Rajoy tuvo que dejarla caer para salvarse él y sus posibilidades de ser reelegido. No era la primera vez que tenía que sacrificar a alguien de su entorno y puede que no sea la última. En realidad, no es tan extraño: son las necesidades de la política. Esa reacción dice mucho de la astucia política que con indudable razón se atribuye al presidente del Gobierno, aunque dice más bien poco de su coherencia personal y moral.

La conclusión que debemos sacar de todo ello no es atribuir la instrucción al fiscal o revisar el Pacto Anticorrupción para volver a la vieja tesis de que no hay responsabilidad política sin condena penal, sino convertir la política española en algo mucho más aburrido. A los políticos del PP que se quejan del triste final de Rita, lo que les protegerá cuando llegue el momento de dejar el poder -y ese momento siempre llega, al menos en una democracia- es sencillamente hacer las cosas de otra manera. Es necesaria una forma más compleja de hacer política, menos clientelar, menos personalista, más anodina, en la que se comparte la toma de decisiones y, por tanto, también la rendición de cuentas y las responsabilidades. En la que los equipos son más importantes que las personalidades, en la que la evidencia y los datos son el fundamento de cualquier diagnóstico, en la que las relaciones personales y de lealtad cuentan menos que la capacidad y la formación. En la que el líder de turno no asume todos los éxitos, pero tampoco todos los fracasos. En definitiva, se trata de una forma de hacer política más civilizada y moderna, frente a la que cabe esperar que las reacciones de los ciudadanos sean también más civilizadas y modernas, tanto cuando las cosas van bien como, sobre todo, cuando las cosas van mal.

Conviene recordar que las limitaciones del poder son esenciales en una democracia avanzada no sólo para tener mejores políticos sino también para tener mejores jueces y fiscales, mejores medios de comunicación y, sobre todo, mejores ciudadanos. Los políticos, como cualquier ser humano, no están libres de cometer errores, por buenas que sean sus intenciones. Pero cometerán muchos menos si existen mecanismos efectivos de contrapesos que limiten sus posibilidades de equivocarse. Si concentramos todo o casi todo el poder en una persona lo más probable es que multipliquemos el riesgo de que adopte malas decisiones. La Historia nos recuerda que los tiranos benéficos e ilustrados son la excepción, no la regla.

En conclusión, para que no haya más casos como el de Rita Barberá en España lo razonable es impedir que los políticos de cualquier partido prefieran convertirse en reyezuelos o monarcas absolutos que aspiran al amor de sus súbditos más que en simples gestores temporales de los intereses de los ciudadanos. Es más razonable y también más factible aspirar sencillamente a gestionar los asuntos públicos de la mejor manera posible, trabajando en equipo, respetando las reglas del juego y estando siempre dispuesto a rendir cuentas y a ceder el testigo al siguiente cuando llegue el momento, que siempre llega. Quizá actuar así les deparen menos momentos de gloria, pero lo que es indudable es que también les depararán menos momentos de tristeza y de soledad.

Si los dirigentes del PP son capaces de sacar estas conclusiones de la historia de Rita Barberá, su triste final no habrá sido en vano. Pero podemos albergar dudas razonables de que los miembros de la vieja guardia, empezando por el presidente del Gobierno, puedan hacerlo sin incurrir en contradicciones éticas y personales insalvables.

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Elisa de la Nuez es abogada del Estado y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO y Rodrigo Tena es notario. Ambos son coeditores del blog ¿Hay Derecho?

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Notas.-

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